miércoles, 24 de septiembre de 2025

3653 DÍAS DESPUÉS

Hola, Mari. Te escribo desde la vida, esa extraña existencia que transito, a mi pesar, desde hace demasiados años, y de la que fuiste expulsada, a tu pesar, por fuerzas oscuras (algunos las denominan luminosas) hace casi ya una década.

Te observo, te atisbo, te oteo diariamente en el salón, en mi escritorio, en la habitación de mamá, en la tuya, a través de esas imágenes que me permiten mantenerte congelada en el tiempo con tu sonrisa eterna, con tus ganas de vivir, con tu resistencia ante la adversidad, con tu bondad, con tu amor hacia mamá, hacia papá y hacia mí. Y muchas, muchas veces (y te lo digo con total honestidad), cuando te veo en esas estampas del pasado; cuando pienso en aquellos inacabables veintinueve años de calamidades sin cuento; cuando rememoro aquellos últimos treinta y dos meses de deterioro físico; cuando pasan por mi mente aquellos recuerdos tan dolorosos; entonces, pregunto a la diosa Fortuna, al destino, a la Naturaleza, a Dios, al Demonio, a Yahvé, a Alá, a Buda, a Visnú, al sursuncorda, a su puta madre en definitiva, por qué tú pasaste por lo que pasaste, por qué atravesaste el desierto que atravesaste, por qué sufriste lo que sufriste, por qué, en resumen, estás al otro lado del espejo y yo, aún, me hallo en la cara visible de la Luna.

Y lo que te manifiesto en estas líneas no es solo una queja ante las Alturas y las Bajuras; no es solo un recurso al pataleo ante una situación ya inamovible; es, sobre todo y por encima de todo, un postrero lamento ante una ucronía, ante una realidad alternativa, ante un "lo que pudo ser y no fue". Porque si esa tarde de otoño de 1986, cuando volvías del instituto en compañía de tus amigas, no hubieras sentido la primera punzada de la innombrable enfermedad; si hubieras regresado a casa sana y salva; y en cambio, hubiera sido yo, al retornar aquel día de la universidad, el que hubiera notado el comienzo del paseo nocturno por el inframundo de los antiguos egipcios, descrito en el Libro de los muertos; si yo, pues, hubiera sido el "elegido" para el tortuoso ascenso a la montaña del dolor, y tú te hubieras convertido en un trasunto mío; entonces, no solo hubieras tenido un mejor passer por este valle de lágrimas, sino que tu vida, en comparación con la mía, hubiera merecido mucho más la pena.

Aún mantengo frescos en la retina algunos fogonazos de tu oceánica y procelosa existencia, que me hacen pensar en la ucronía, en la realidad alternativa que pudo desarrollarse si las circunstancias hubieran sido distintas: aquellas fiestas patronales de Pedrezuela en 1992, en las que te integraste en la peña El Mogollón Subversivo, con aquella camiseta roja tan bonita, y en las que disfrutaste tanto; aquella oposición al Ayuntamiento de Madrid en 1995, malograda en el segundo examen por aquella cruel circunstancia; aquellas cartas de varias empresas que, al comienzo de la carrera de Matemáticas y en vista de tus impresionantes notas académicas, te ofrecían diversas salidas profesionales al final del mundo universitario; aquellos escarceos sentimentales con el gran Álvaro; aquella bella amistad con el bueno de Tomás, el objetor eterno. 

Aquellos increíbles viajes con la Asociación de Esclerosis Múltiple de Madrid a Tenerife (el Gran Salto del 99, como lo denominé yo), a PortAventura (donde, según tus amigas, no parabas de subirte a las distintas atracciones), a Granada, a Córdoba, al valle de Arán..., todos ya con la silla de ruedas, y en los que te negaste rotundamente a que te acompañaran papá y mamá porque no ibas a disfrutar lo mismo...; aquellos regresos de la Asociación, a las 18:15 (siempre recuerdo aquella hora en el reloj del salón), con la sonrisa en la cara y con tantas ganas de contarnos las historias acaecidas durante la mañana; aquellas indescriptibles fiestas de Carnaval y de Halloween en la Asociación, de las que venías siempre contentísima; aquella inverosímil reanudación de tu querida carrera de Matemáticas en la UNED; aquella asignatura maldita que te faltó para concluir el periplo universitario, cuando ya casi no podías redactar y cuando ya nada esperabas de un futuro profesional; aquella escritura cada vez más distorsionada; en fin, aquel escribir con la boca antes de las tormentas de finales del 12...

¿Adonde trato de llegar con estas remotas evocaciones, que parece que nunca existieron? ¿Qué trato de demostrar con estas desgarradoras páginas del pasado? Pues simple y llanamente, que si fuiste capaz de vivir estas deslumbrantes realidades narradas con todos lo elementos en contra, no hace falta ser un lince para imaginar dónde hubieras llegado de no mediar el cruel destino.

Pero como en aquella fatídica última curva de la caravana presidencial en Dallas; como en aquella marcha atrás del vehículo del archiduque Francisco Fernando en la maldita esquina de Sarajevo; como en la llegada, ya casi fuera del tiempo, del mariscal Von Blücher a la ladera de Waterloo; al final, ninguna realidad se puede cambiar, y JFK y el heredero al trono imperial fueron asesinados; Napoléon perdió, finalmente, su baraka; y desde aquella aparentemente anodina tarde de finales del 86, tu destino quedó marcado en las estrellas.

Y cuando el próximo miércoles 1 de octubre, a las 17:30, se cumplan 3653 jornadas desde que se ocultó el sol a tu vista, dos únicos pensamientos taladrarán mi memoria: el primero, que te echo de menos muchísimo, cada día quizá más; y el segundo, que no llegaré nunca ni a la suela de tus zapatos en lo que a hacer frente al destino y a aprovechar este breve ínterin, que es la vida, se refiere. Hasta otra, y un beso gigantesco adonde te encuentres.










EL INVIERNO DE LA VIDA EN LA REALIDAD PARALELA DEL IPR

EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN... Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo as...