lunes, 26 de enero de 2026

EL INVIERNO DE LA VIDA EN LA REALIDAD PARALELA DEL IPR

EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN...

Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo ascendimos la entonces existente rampa que conectaba las Urgencias con la entrada del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, tras haber dejado a mi padre al comienzo mismo de un azaroso y proceloso viaje por las profundidades del inframundo de los egipcios, del que solo saldría de forma definitiva diecisiete meses después; repito, desde aquella inolvidable jornada, he vuelto muchas veces a este hospital. Y, por desgracia, la inmensa mayoría de las ocasiones no ha sido para asuntos baladíes, sino como consecuencia de enfermedades hors catégorie de mis seres más queridos.

Allí permaneció mi padre noventa días seguidos la primera vez; allí residió mi hermana diecinueve días cuando le detectaron el primero de sus males; allí operaron a mi padre siete veces de diversas enfermedades a lo largo del tiempo; allí internaron a mi hermana en un montón de ocasiones después de sus diversas recaídas; allí vivió mi hermana treinta días seguidos, durante enero y febrero de 2013, cuando se descubrió el segundo gran frente que padecía; allí habitó mi hermana treinta y seis días continuados, en agosto y septiembre de 2015, antes de volver a casa, para regresar finalmente al hospital de la calle Doctor Esquerdo veinticuatro horas antes de emprender su huida hacia el sol; allí intervinieron tres veces a mi madre entre 2016 y 2019, y allí se sumergió la triste tarde de Otumba del 21 de mayo de 2020, para salir once días después, con dos heridas mortales, una en el cuerpo y otra en la mente.

Durante todo este tiempo en el hospital, en el que yo tan solo fui de "turista", es decir, en el que el gran peso de los acompañamientos, la mayoría de las veces, recayó en mis abnegados padres, siempre percibí, sin embargo, bien por lo que yo viví in situ, bien por referencias directas de mi familia, la existencia de una realidad, la de la vida en el hospital, paralela a la del día a día fuera de aquel.

...Y AYER, EL IPR

Y esa realidad, tan alejada de las anchas avenidas de la vida cotidiana, es con la que me he reencontrado en estos primeros días de enero del estrenado año, a cuenta de una gripe A padecida por mi padre. Sin embargo, esta vez el edificio que nos ha albergado no ha sido el icónico hospital de Doctor Esquerdo, sino un anejo del mismo, el Instituto Provincial de Rehabilitación (IPR), sito en la calle de Francisco Silvela.

Este centro sanitario, alto, estrecho de fachada y que pasa completamente desapercibido si uno pasea cerca de él y no sabe de su existencia, era ya conocido por mí desde finales de los 80 o comienzos de los 90, no porque hubiera ingresado yo en él, sino porque mi hermana estuvo acudiendo allí una temporada para realizar unas sesiones de rehabilitación poco después de haber sido detectada su primera gran enfermedad. A esas sesiones matutinas acudieron a acompañarla, como siempre, mis sufridos padres.

Así que, tres décadas y media después de aquellos sucesos, mi padre y yo nos sumergimos en la tercera planta del edificio, en una habitación doble, que compartimos la mayor parte del tiempo con José, un buen hombre, vecino de la calle de San Claudio, en Vallecas, también aquejado de la "puta gripe", tal como la denominó una enfermera del sitio, airada ante esta nueva plaga del invierno 25/26. Un vallecano, al que, por cierto, nadie visitó durante los días de nuestra convivencia, y que la única llamada que hizo al exterior fue a un trabajador social municipal para comentarle su situación, pero que nunca apareció por allí.

EL TALLER FRENTE A LA INDUSTRIA

Frente a la barahúnda, al torbellino, al huracán del edificio de Doctor Esquerdo, tan lleno de gente, con tantos pasillos, con tantas intersecciones, con la mítica M30 (que descubrí increíblemente la noche que pasamos en la UPH 4, y de la que tanto me hablaste, pajarillo, hace cuarenta años), que conecta el edificio principal con el de Oncología; frente a tanto trasiego, a tanta multitud, la tercera planta del IPR (supongo que el resto de plantas destinadas a hospitalización serán iguales) me pareció casi desde el principio una especie de humilde taller, quizá como el que albergaba la rueca que gira en el cuadro Las hilanderas, de Diego Velázquez: el taller de Francisco Silvela frente a la gran industria de Doctor Esquerdo. Y recalco, para que no haya malas interpretaciones, que esta simbólica comparación la realizo solo y exclusivamente en cuanto a las dimensiones de la edificación.

Porque, efectivamente, esa tercera planta solo alberga para los ingresados un único pasillo, de cincuenta metros de largo y tres de ancho, que se abre a veintiocho habitaciones dobles. Lógicamente, en esa planta existen más dependencias, además de una cómoda sala de espera, dotada de una pequeña y elegante biblioteca, a disposición de pacientes y acompañantes. Pero es en ese medio centenar de metros en el que se materializa la vida cotidiana del hospital, una existencia, ya digo, paralela, por lo diferente, a la que se respira más allá de sus puertas de entrada.

EL TIEMPO

Primero está el tiempo. Y es que cuando se habita en estos espacios de paredes blancas, que son los hospitales, y más si se permanece muchos días en ellos, uno nota inmediatamente la ralentización del padre Cronos, la lentitud en la caída de los granos en el reloj de arena, el avance renqueante del segundero. Uno se halla en el IPR para recuperarse, para sanarse, para volver al torbellino de la vida, y el enfermo y su hipotético acompañante han de acomodarse al tranquilo transitar de las olas, porque, en definitiva, no hay cosa más importante en la vida que estar sano, y todo el que diga lo contrario o relativice esta aserción no tiene ni puta idea de lo que va el tema.

LA MONOTONÍA

Y junto con la cámara lenta a la que viaja la vida en las habitaciones y en el mítico pasillo, se halla en paralelo la monotonía, la rutina. En una suerte de Atrapado en el tiempo, película que tanto me fascinó cuando la visioné hace tan solo unos meses, las jornadas en el centro hospitalario se hallan cargadas de hábitos, de costumbres, y son, en suma, planas e iguales. Enfermeros que pasan tomando la tensión, la temperatura y la saturación en sangre a los pacientes dos o tres veces al día, así como administrando los diversos tratamientos; auxiliares que lavan a aquellos enfermos que no pueden valerse por sí mismos, que cambian su ropa interior, que rehacen las camas, que reparten las comidas; personal que pasa limpiando el pasillo y las habitaciones; celadores que se encargan de movilizar a los pacientes en sus ingresos, en sus pruebas médicas y en su altas; y médicos, por supuesto, que te visitan el día del ingreso, te dan alguna explicación de vez en cuando de cómo evoluciona el mal que padeces, y vuelven la última jornada para decir que te vas, entregándote la famosa Carpeta de información al alta.

LA PERFECTA ORQUESTA

Este es el trasiego, la jornada de los trabajadores públicos del IPR, perfectamente sincronizada, esmerada, cuidadosa, profesional en definitiva, en la que ningún detalle se pasa por alto, en la que la misma minuciosidad se pone en repartir las bandejas del desayuno, en asear a un paciente, en ponerle un antibiótico o en limpiar los baños y los suelos. Todo un modelo de organización, que solo se capta en su verdadera dimensión si uno se aleja mentalmente de su propio caso particular; toda una excelencia en el trabajo público, tan injustamente denostado a veces por los apóstoles del apocalipsis ideológico.

EN LO MÁS CRUDO DEL CRUDO INVIERNO

Pero el alma de la tercera planta del IPR la integran, básicamente, los enfermos, los pacientes, los dolientes. Veintiocho camas para veintiocho microhistorias. Y aquí es donde detecté el gran nexo común en la mayoría de los sufrientes: la edad. Cuando llegamos, habían pasado dos días de la emblemática fiesta de los Reyes Magos, y el legendario pasillo se encontraba decorado con motivos referentes a la reciente Navidad, pero también con insinuaciones a la estación del año que transitábamos en esos instantes, la más representativa de las cuales se hallaba frente al Control de enfermería (este, una suerte de caravanserai en la Ruta de la Seda, de campo base en las estribaciones del Everest, de puesto de mando en una importante batalla): un pequeño mural en la pared hecho de cartón, con un muñeco de nieve, un árbol y, enmarcándolo todo, la palabra "INVIERNO".

Después de varios paseos por delante del sugerente cartel, se me hizo la luz y descubrí que, frente a la superficie de la referencia estacional, la mágica palabra simbolizaba el invierno del hombre, su etapa final, su pronta disolución. Porque, efectivamente, la inmensa mayoría de los destinados a habitar aquel pequeño microcosmos blanco eran ancianos, especialmente mujeres, octogenarios, nonagenarios e incluso centenarios. Por allí andaba la buena de Teresa, que llamaba constantemente a su inexistente madre a viva voz; por allí deambulaba Enrique, aquel espigado y famélico personaje que, tras sus maratonianos paseos por el pasillo, siempre preguntaba a su mujer, a su hermano o a Henry, el chico que la familia había contratado para quedarse con él por la noche; repito, que siempre preguntaba cuál era su habitación; y no solo eso, sino que, a veces, al hombre, en su difuso mundo interior, le daba por pasear con una silla de ruedas (él andaba perfectamente), llevar la mesita en la que le colocaban la comida de un sitio a otro del pasillo, preguntar a Henry que quién era y qué hacía allí o discutir seriamente con las enfermeras por no querer ducharse durante cuatro días seguidos.

Por este pequeño mundo de fluorescentes blancos llegó el último día a nuestra habitación Juan, un vecino de Rivas-Vaciamadrid, que, inmediatamente, me preguntó que de dónde era, y al contestarle yo que de Moratalaz, añadió que él había sido celador en el Centro de Especialidades de Pavones. Hasta ahí parecería todo normal, pero la cosa cambia cuando a los cinco minutos te hace la misma pregunta, igual que a los diez y a los quince.

NACIDA EL AÑO DEL DESASTRE DE ANNUAL

Sin embargo, quien más simbolizó el cartel que aludía a la estación invernal fue, por supuesto, Asunción. Venía de alguna residencia de mayores de Guadalajara, y contaba con la inestimable edad de 104 años. Se hallaba en la cama 315, sola, sin vecino de habitación y sin nadie que la visitara. La pobre mujer se pasaba gran parte de las jornadas gritando amargamente "madre", "madre", "madre". Cada vez que pasaba yo por delante de su habitación, la miraba y ella, casi siempre, volvía su cara hacia mí. Luego, por la noche, cuando me acostaba junto a mi padre en aquel sillón extensible tan agradable, mi mente volaba hacia la vida de la venerable abuela, nacida el año en que el ejército español sufrió la terrible derrota de Annual en el Rif marroquí. Y divagaba sobre cuáles habrían sido las circunstancias de que no tuviera a ninguna persona a su lado tan solo unos metros antes de arribar al río Leteo, a la laguna Estigia, al paseo en la barca del mítico Caronte. Y, sí, tristemente, pensando en Asunción en la neblina de la madrugada, me veía a mí mismo habitando la cama 315.

RUMORES LEJANOS DE VIDA EXTERIOR

Caminar gran parte del día por el estrecho pasillo con mi padre o a solas era, quizá, el ejemplo máximo de la realidad paralela que habitaba el IPR. Al pasar por delante de las habitaciones, muchas con la televisión de pago encendido, y oír las noticias de las negociaciones para formar gobierno en Extremadura, de la tensión diplomática entre Estados Unidos y la Unión Europea a cuenta de Groenlandia, de los casos de corrupción que afectan al Gobierno central; al andar por el interior de la delgada recta, y escuchar en algunas radios las canciones de Aitana, Rosalía o Dani Fernández; esos murmullos sonoros del exterior me parecían lejanas olas que el viento batía caprichosamente y que, sabiendo a la perfección que existían, asemejaban entes extraños a la realidad cotidiana del hospital.

Destrucción de Sodoma (autor desconocido. Diario La Razón, 8-3-21)

SI UNO DE ELLOS HUBIERA HABITADO SODOMA Y GOMORRA...

Dentro de este mundo de mujeres y hombres mayores, de decadencia física y mental, de estragos causados por el tiempo y la edad, tan solo vi la luz, fosforescente, brillante, superlativa, proyectada por los trabajadores sanitarios. Lourdes, Toñi, Cris, Paula, el enfermero andaluz, la enfermera de pelo rizado de por la noche..., todo un conjunto de profesionales que dan, diariamente, lo mejor de sus existencias a cuenta de unos pacientes, instalados ya en el invierno de sus vidas. Después de un pequeño lapso de tiempo habitando en el vientre de la ballena blanca, que es el IPR, he quedado plenamente convencido de que si uno solo de estos personajes anónimos hubiera residido en las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, es evidente que Yahvé, en su ira contra la corrupción y el pecado, pero en su búsqueda de alguna persona justa en las ciudades que permitiera salvarlas, nunca hubiera derramado el azufre y el fuego sobre las destartaladas cabezas de sus habitantes.











martes, 16 de diciembre de 2025

SIEMPRE SUMERGIDA EN LAS PEQUEÑAS COSAS

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) dedicó el 39.º capítulo de su magna obra Camino (1939; cinco millones de copias; segundo libro en español más traducido de la historia) a las "cosas pequeñas". A lo largo de dieciocho puntos, el fundador del Opus Dei muestra uno de los muchos caminos que conducen a la santidad, esta vez a través de la glorificación de los actos cotidianos y rutinarios. Tres de sus epígrafes dicen así:

"813. Hacedlo todo por amor. Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo.

815. ¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

825. Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas"

Desconozco dónde se encontrará tu alma ahora, mamá, pero si siguiéramos el razonamiento del santo oscense, indudablemente hace ya mucho, mucho tiempo, casi un quinquenio, que se hallaría residiendo en las verdes y frescas praderas del empíreo.

Desde que tengo uso de razón, y aún antes (por los recuerdos que me hiciste llegar sobre el "tiempo de las sombras", aquel camino vital por el que discurrimos los primeros años de nuestras vidas, pero del que no tenemos memoria), siempre, y digo siempre, anduviste sumergida en las pequeñas cosas. Era algo estructural en ti, como la humildad, la curiosidad, el agradecimiento, la capacidad de sorpresa, la conmiseración con los que sufren...

De puertas para afuera, con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los conocidos, cuidaste al máximo la sociabilidad a través de un millón de detalles microscópicos. Si quedabas en llamar a alguien, eras un auténtico reloj suizo de precisión, bien lo saben Antonia, Ana Mari, Basi o Julia sin ir más lejos. Si alguien se encontraba enfermo, te interesabas masivamente por su estado, pero de verdad, no para quedar bien o para sonsacar detalles escabrosos que luego pudieras airear. Si te encontrabas en algún banco público con cualquiera de tus queridas abuelas, que te contaban cómo discurría su trayectoria vital en soledad a pesar de haber engendrado cinco vástagos, empatizabas al máximo con ella, y luego te cagabas en todas las muelas de sus cinco retoños cuando me narrabas la escena.

Si una vecina te pedía un favor, te volcabas con ella. Si en la calle, junto a sus portales, te juntabas con los míticos porteros (hoy ya todos desaparecidos, por muerte o jubilación), siempre sabías la manera de mantener una conversación en la que la persona en concreto, no en abstracción, fuera el centro de la misma, así como sus circunstancias cotidianas.

Nunca vi en toda esta miríada de detalles postureo alguno, huroneo insano, parloteo indecente o hablar por hablar. Como diría el gran Karlos Arguiñano, tus palabras, tus actitudes, tus hechos con los demás siempre estuvieron acompañados de toneladas de fundamento, de sinceridad, de verdadero sentir, de una fiera empatía.

Mi padre y mi madre junto a la iglesia de San Miguel Arcángel (Pedrezuela)

Pero donde demostrabas más ese cuidado de los detalles, ese gusto por las cosas pequeñas, esa exaltación de lo rutinario era, naturalmente, de puertas hacia dentro, es decir, en el interior de estas cuatro paredes y, por supuesto, fuera de ellas, en tu relación con nosotros tres.

Según nos referiste en multitud de ocasiones, no te gustaba especialmente cocinar, pero ponías los cinco sentidos al hacerlo cada día, en cada desayuno, en cada comida, en cada cena. En este sentido, muchas veces hacías alusión a la famosa frase de Teresa de Jesús "también entre los pucheros anda el Señor" (Fundaciones, 5, 8), aunque tú, habitualmente, llamabas a la santa abulense "doña Teresa". Y es que, efectivamente, siempre presencié en el pequeño microcosmos de la cocina, donde la Mujer ha entregado su vida durante tanto tiempo, laboriosidad, detallismo, cariño y emoción. 

Tanto en las comidas del día a día como, por supuesto, en las celebraciones cumpleañeras, cuaresmales o navideñas, siempre noté esa parsimonia, ese cuidado al máximo, esa sublimación de la cotidianidad. Y ese empeño, ese buen hacer en la elaboración de los alimentos que tú y el resto consumían se trasladaba, naturalmente, a la planificación semanal (que partió de Mari, y que yo heredé), a la compra de los productos en las tiendas pequeñas y en las grandes superficies, en la preparación de la mesa, en el fregado de los cacharros, en el barrer... Y todo, absolutamente todo, haciéndolo con paciencia, sin prisa, sin pausa, con orden, en una apoteosis del trabajo bien hecho.

Y lo realizado en la cocina, tu sancta sanctórum, lo expandías hacia el resto de tareas domésticas: la puesta en funcionamiento de la lavadora; el tendido de la ropa en la terraza o en los radiadores; la recogida de la misma; el planchado, con aquella delicadeza en nuestras camisas; el doblado de estas y de los pantalones cuando había cambio de estación; la limpieza general de la casa con la mopa por el suelo, la de los azulejos, la de los espejos, la de los cristales...

Sin embargo, donde el triunfo del trabajo bien hecho y de la dedicación ultraprofesional en las pequeñas cosas de la vida alcanzaban su clímax era, sin duda, en la enfermedad. ¡Cuántos años, desde aquel remoto 17 de febrero del 85, te vi luchando contra los diversos y tristes destinos que te/nos tocaron vivir! Allí, en aquellas situaciones límite, es donde extendías tu máxima potencia vital: aquellos meses inacabables de 1985 y 1986 con papá; aquella eternidad de veintinueve años de esclerosis múltiple con Mari; aquellos últimos treinta y cinco meses con tu pequeña...

Recuerdo aquella tarea hercúlea, sobrehumana, y se me parte el alma. ¡Tantas estancias en el hospital! ¡Tantas mañanas ayudando, con papá por supuesto, a levantarse a Mari, a lavarla, a darla el desayuno, a vestirla, a bajarla a la calle para que la recogiera la furgoneta del Centro de Día! Y luego, ¡tantas tardes bajando a la calle a recogerla, subiéndola aquí, dándola de merendar, poniéndola la televisión, dándola de cenar, acostándola (los últimos treinta y un meses con la ayuda de la grúa)...! 

Pero es que esta actividad frenética, aunque pausada y sincronizada, también llegaba a las pequeñas enfermedades, que tal que yo sufría a veces. Daba igual que fuera un constipado, un dolor de muelas, un problema de lumbalgia o una cefalea. Tú siempre andabas en el lado correcto de la historia, para ayudarnos y hacernos la vida un poco mejor.

Y todo lo citado se repetía en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, en una suerte de AWAC que cubriera con su radar los 360.º de la existencia.

Además de una enorme cigarra, con cuyo canto nos iluminabas todos los días de nuestra vida, fuiste una gigantesca hormiga, un excelso enano laborioso, una especie de ángel ayudante de san Isidro en sus tareas agrícolas, que desplegabas tus alas, tu vida, tu alma, por todos los territorios que surcabas, que eran, en gran medida, los nuestros. Y así, un día y otro y otro y otro, en un interminable sendero de esmero y profesionalidad en las labores aparentemente insignificantes, socialmente minusvaloradas. 

En 1971, el maestro Joan Manuel Serrat compuso una canción que decía así:

"Uno se cree / que las mató el tiempo y la ausencia, / pero su tren / vendió boleto de ida y vuelta. 

Son aquellas pequeñas cosas / que nos dejó un tiempo de rosas / en un rincón, en un papel / o en un cajón.

Como un ladrón, / te acechan detrás de la puerta. / Te tienen tan a su merced / como hojas muertas.

Que el viento arrastra allá o aquí, / que te sonríen tristes y / nos hacen que / lloremos cuando nadie nos ve".

Sublimaste lo sencillo, lo cotidiano, lo rutinario, lo insignificante. Avanzaste por las procelosas aguas de la vida que te tocó vivir con armonía, elegancia, empeño, sinceridad y amor por los detalles. Diste todo lo que podías ofrecer, que era mucho. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que hiciste por nosotros. Un quinquenio tras tu marcha, tras tu disolución en el éter, sigo recordando aquel Camelot en que convertiste nuestra vida, y algunas veces, cuando nadie me ve, sigo llorando por los pasillos. Y rememorando a María Salgado, tan solo una vida más tarde comprendí y valoré tu legendaria labor.




















jueves, 27 de noviembre de 2025

GRACIAS, DON CARLOS (MARTÍNEZ SHAW)

COLÓN ME GUIÓ AL DOCTORADO...

Desde la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América para los europeos, es decir, desde el imborrable año 1992 y, con especial significado, desde mis dos visitas a la Exposición Universal de Sevilla, la primera en junio y la segunda en septiembre de ese año, tuve claro que quería, que deseaba realizar el doctorado. Y es que, a pesar de haber acabado la carrera de Geografía e Historia dos años antes, no fue hasta el emblemático año colombino cuando el espíritu del gran descubridor, que yo asocié a la insaciable sed de conocimiento y belleza, se apoderó de mí y me llevó, finalmente, a las procelosas aguas de la tesis doctoral, aunque aún restarían tres años para tal empresa.

... Y EL AZAR ME LLEVÓ A CMS

Una vez finalizada la prestación social sustitutoria en la Fundación Antisida en mayo de 1995, llegó el momento esperado, y después del verano y aprovechando que mi hermana andaba cursando la carrera de Matemáticas en la UNED, un día que tuvo que acercarse a la Facultad de Ciencias, le pedí que entrara en la de Humanidades, colidante con la suya, y anotara el teléfono de algún profesor que impartiera el doctorado en Historia Moderna, la especialidad que me había fascinado desde aquellas mágicas clases vespertinas impartidas en la Universidad Complutense por el magnético e inclasificable Manuel Martín Galán, que tanto nos hechizó a mi amiga Sagrario y a mí. Al finalizar el día, me encontré con dos nombres, de los que, reconozco, no había oído nada en mi vida: María Helena Sánchez Ortega y Carlos Martínez Shaw. ¿Por qué decidí contactar con el segundo y no con la primera? El azar absoluto.

EN EL ESPEJO

El caso es que, como vi que el profesor en cuestión tenía tutorías presenciales los jueves en la Facultad de Humanidades, decidí llamarle el primero que apareció en el horizonte, que fue, finalmente, el día 30 de noviembre, el próximo domingo hará treinta años. Durante la conversación, en la que ya intuí una cordialidad que no esperaba, le hablé a mi receptor sobre el objetivo del doctorado y, en un brusco (para mí) giro de los acontecimientos, me emplazó para vernos esa misma tarde en la cafetería El Espejo, sita en el paseo de Recoletos de la capital de España.

Y allí aparecí, a la hora convenida, como también apareció él, puntual como siempre, con su maletín, sus gafas, su eterna sonrisa y su acento sevillano. Desde la oceánica distancia que da la perspectiva de tres décadas, aquel encuentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos me parece casi un sueño, pero fue real, divertido, agradable y muy esclarecedor. El hombre que tenía delante de mí no parecía un profesor al uso, en el sentido de mantener la habitual relación académica con un alumno, como yo había avizorado durante mis estudios en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, con las excepciones, quizá, del citado Manuel Martín Galán, Carmen Sanz Ayán o Juan Carlos Galende No solo era el lenguaje que utilizaba (cercano y popular); no solo era la claridad de los objetivos que marcaba; no solo era la amabilidad que derrochaba; era también, cómo no, el hecho de haber quedado con un futuro doctorando, totalmente desconocido, a las primeras de cambio y en una cafetería. Nadie me negará que el personaje en cuestión parecía singular y fascinante.

Cafetería El Espejo (Wikimapia.org)

EN LOS ANDENES DEL AVE

Aquel jueves 30 de noviembre, don Carlos (él siempre me decía que le tuteara, pero a mí siempre me costaba mucho hacerlo) me mandó leer dos libros, con el fin de que fuera anotando los temas que pudieran interesarme para llevar a cabo el doctorado. Y aunque no me matricularía hasta el curso siguiente, 1996/1997, aquel dilecto y simpático sevillano se convirtió ya de facto en mi director de tesis. Finalizada la charla, acordamos que cuando hubiera acabado mi labor escrutadora, le llamaría. Y, efectivamente, pasado un tiempo, comuniqué con él otro jueves fosforescente, y esta vez, el audaz andaluz me convocó junto a la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, sita en el jardín tropical de la estación de trenes de Atocha

Increíblemente, yo nunca había estado allí (aunque la remodelación de la terminal databa de tres años antes), me fue difícil encontrar el lugar por los intrincados pasillos de la estación, y acabé llegando tarde a la cita. El marrón fue total. Y, sin embargo, el gran profesor fue indulgente con mi error, y en vez de tomar una infusión en la cafetería que entonces se hallaba a la entrada del inmenso vergel, nos vimos obligados a adentrarnos en los propios andenes del AVE, tren en el que mi acompañante hacía la ruta Sevilla-Madrid y Madrid-Sevilla todos los jueves.

Hoy parece increíble y anacrónico, después de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, pero a principios de 1996, dos personas podían charlar tranquilamente junto a las vías de los trenes en Atocha sin que uno de ellos hubiera sacado un pasaje y sin que nadie les hubiera revisado nada antes de acceder a las mismas. El caso es que tras informarle sobre mis lecturas y preferencias temáticas, volvió a recomendarme otros libros, ya más especializados en las facetas que habían despertado mi curiosidad, que, básicamente, eran las relacionadas con la religiosidad popular. Después de aquellos sabrosísimos minutos absorbiendo los conocimientos y las estrategias para llegar al objetivo último, nos despedimos, viéndole marchar con firmeza y elegancia hacia el AVE, que en dos horas y treinta minutos le trasladaría a la capital hispalense.

EN OTROS LUGARES PARA EL RECUERDO

A lo largo de los años siguientes (tardé demasiados en confeccionar la tesis doctoral), profesor y alumno volvieron a reunirse de manera informal junto a los raíles del AVE, en Atocha; en el restaurante Mora, del paseo del Prado; en la cafetería Nebraska, de la Gran Vía; en una salita de la Real Academia de la Historia, en la calle del León, después de ser admitido don Carlos como miembro de la prestigiosa institución, a finales de 2007; en el Salón General y en la Sala de Manuscritos, Raros y Varios de la Biblioteca Nacional, adonde siempre que acudía me parecía revivir el espíritu colombino de sabiduría y belleza; y, por supuesto, en su mítico despacho de la Facultad de Humanidades de la UNED, sito en el paseo de la Senda del Rey, junto al Puente de los Franceses.

En este último lugar acabé defendiendo primero el trabajo de investigación y, más tarde, la propia tesis doctoral aquel imborrable 23 de octubre, junto al gran profesor, los miembros del tribunal, algunos compañeros de trabajo y mi familia.

NO SOLO ME TRANSMITIÓ SABER

Quiero afirmar que todos aquellos años de investigación, lecturas, estrategias y encuentros los recuerdo con luz brillante, con focos encendidos, con un azul celeste y marino. Y los veo así en la lejanía, entre otras cosas, porque el director de la tesis doctoral fue Carlos Martínez Shaw, que, junto a su inmenso saber, destiló siempre conmigo una amabilidad, una simpatía, una cercanía, un saber estar realmente inconmensurables. De él aprendí contenido, capacidad de análisis, asociación de ideas, gramática, ortografía y el objetivo final del trabajo académico, el de ser publicado en beneficio último de la comunidad, es decir, del ciudadano de a pie deseoso de ilustrarse.

Hoy, todo aquel tiempo del doctorado y la tesis me parecen increíblemente lejanos, porque forman parte de una vida anterior a las grandes tormentas que azotaron mi vida entre 2013 y 2020. Y, sin embargo, aquel Camelot colombino lo mantengo fresco en mi memoria, ya que el fautor del mismo me hizo mejor persona.

Después de la estación Termini del inenarrable 23 de octubre, quedé con mi amigo varias veces más, con el objetivo de dar forma al libro que acabé publicando, basado en la tesis doctoral, aunque también para otros proyectos de investigación, así como para la presentación de un volumen sobre las relaciones comerciales entre España y América, del que él era coautor.

La última vez que comuniqué con el egregio sevillano fue a principios de 2024, para preguntarle su parecer acerca de unas, para mí, sorprendentes afirmaciones realizadas por dos historiadores de prestigio en un curso telemático, a lo que, como siempre, me respondió de forma clara, concisa y amena.

El historiador Carlos Martínez Shaw (El Norte de Castilla, 23-4-2017)

UNA ENORME GRATITUD

Cuando el próximo domingo 30 de noviembre se cumplan tres décadas de nuestro primer encuentro en aquella mítica cafetería de Recoletos, lo único que me vendrá a la mente de aquella velada primigenia no podrá ser más que el eterno agradecimiento de parte de un humilde exdoctorando, por el hecho de que durante varios años pasara por su vida una estrella de sabiduría y de humanidad. Gracias, don Carlos.
















 

martes, 11 de noviembre de 2025

CULTURA VS. EDUCACIÓN (MI ABUELO RAMÓN)

UN HOMBRE QUE SABÍA ESTAR

Mi abuelo Ramón (así le llamaba toda la familia, aunque su verdadero nombre de pila era Juan Ramón) fue un hombre, en consonancia con la época que le tocó vivir (nació en 1895), que tuvo una formación académica escasa, por no decir nula. Ello no fue óbice para que, según los testimonios que bebí de ti, mamá, a lo largo de varias décadas, siempre se comportara en privado y en público de forma prudente, juiciosa y educada.

En sus constantes andanzas entre Pedrezuela y Madrid, para contratar los productos que luego vendería en la pescadería sita en la planta baja de su vivienda; en sus visitas a familiares o amigos en la capital; en su vida social, en suma, nunca se le escapaba una palabra malsonante, una frase estridente, una expresión fuera de lugar. Si alguien le saludaba, él saludaba; si entraba en una casa, un local o una dependencia siempre se quitaba su eterna gorra, comprada, por supuesto, en Yustas, aquella tienda que aún hoy permanece varada en el tiempo en la Plaza Mayor; si alguien le hacía un pequeño o gran favor (dejarle entrar a deshora en un hospital para ver a un familiar ingresado, etc.), él siempre lo agradecía ofreciendo algún obsequio a la persona en cuestión; si hablaba con alguien, sabía escuchar; y nunca le gustaba entrar en polémicas estériles, ya fuera a cuenta de toros, política, religión u otras materias que comportaran disensiones.

Este mercader pedrezolano, este Marco Polo del siglo XX (una vez, le contaste, pajarillo, a Miguelín el sobrenombre que un buen día yo le adjudiqué a tu padre, y el primo se partió de risa) fue, en resumen, una persona con escasísimos fundamentos culturales que, sin embargo, demostró siempre durante toda su vida un gran respeto hacia los demás, una educación esmerada, un saber estar oceánico.

Desconozco si este carácter templado, prudente y educado de mi abuelo podría generalizarse entre los habitantes del microcosmos en el que vivió toda su existencia, aunque, por testimonios tuyos, pajarillo, y de otras fuentes directas, me consta que algunos de aquellos viejos valores y comportamientos se hallaban, ciertamente, asentados en la Pedrezuela de la época.

ME ACUERDO DE ÉL ENTRE TINIEBLAS

Me jode no haber conocido plenamente a mi abuelo Ramón. Cuando falleció, el 2 de septiembre de 1975, yo contaba siete años, y tan solo conservo algunas imborrables fotografías en blanco y negro, donde aparezco junto a él, a la abuela Evarista, a la bisabuela Dionisia y a ti, pajarillo, paseando por las polvorientas calles del pueblo eterno, así como posando en el pasillo empedrado exterior de la casa familiar y en la parte trasera de la misma, donde se alojaban las gallinas. Junto a esas imágenes, pululan por mi mente recuerdos brumosos y, por encima de todos, el de la mañana de su muerte, cuando, al despertarme en el frío dormitorio junto a la sala de estar de la casa familiar, me comunicaste la luctuosa noticia, ante la cual reaccioné con un grito desgarrador, cuyo eco aún escucho en la lejanía después de cincuenta años.

Y repito que me molesta no haber sabido más de él, no haber vivido más con él, por ser una persona que poseía unos valores que tanto aprecio y que tanto añoro en la vida del día a día. ¿Dónde quedaron aquellos comportamientos, aquella educación, aquel saber estar? Como diría el llorado gigante de las letras Mario Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió Perú?

Mi abuelo Ramón

A PESAR DE LO QUE SE DIGA, VIVIMOS MUCHO MEJOR QUE NUESTROS ANCESTROS

No seré yo quien cree del pasado una Arcadia feliz, un edén mítico, un paraíso perdido, una edad de oro primigenia. No va conmigo el famoso dicho de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". La nostalgia puede con todo, y parece que siempre estamos en el presente peor que en el recuerdo. Pero salvo por la salud o por la memoria de los familiares desaparecidos, seres insustituibles en nuestra vida cotidiana, casi siempre el ahora es mejor que el ayer; y para demostrarlo, ahí se encuentra el espectacular progreso de nuestro país en las últimas décadas; vamos, que vivimos de largo mucho mejor que nuestros padres y abuelos. Y hay 50.000 datos que lo atestiguan, comenzando por la esperanza de vida y terminando por la mejora incomensurable de la cultura entre la población.

MONTAÑAS DE CULTURA, DESIERTOS DE EDUCACIÓN

Contamos con Internet, las redes sociales, bibliotecas, galerías de arte, teatros, cines, exposiciones, conferencias, periódicos, revistas, emisoras de radio y de televisión, universidades, colegios mayores..., todo un mundo de conocimiento a la espera de ser utilizado. Y, sin embargo, me da la sensación de que cuanto más cultura tenemos menos educación demostramos.

No soy sociólogo ni pretendo serlo, pero una miríada de teselas del gran mosaico de la vida cotidiana me induce a la teoría proyectada. Tampoco voy a ponerme en plan catastrofista, y afirmar que todo es un puñetero desastre. Pero declaro que una parte sustancial de la sociedad actual ha perdido en gran medida los valores que caracterizaron a mi añorado abuelo.

LA ESCUCHA

¿Quién escucha hoy en día? ¿Quién presta oído a lo que dice el prójimo? Todo el mundo tiene mucho que decir, pero nada que escuchar. Bla, bla, bla, y cuando acabo mi perorata, desconecto.

EL AGRADECIMIENTO

¿Quién agradece hoy en día? Le haces un regalo a un compañero de trabajo, a un personaje púbico, a un supuesto amigo y, muchas veces, joder, casi ni te da las gracias. Atiendes a la ciudadanía en una oficina de la Administración pública y, muchas, muchas veces, después de haber dedicado a la persona en cuestión veinte o veinticinco minutos, y de conseguir resolver satisfactoriamente su gestión, se va el tío, y no te dice ni adiós. Por no mencionar a los actuales empoderados ancianos, decepcionantes réplicas de sus ancestros, que se presentan en las oficinas de atención al ciudadano con altivez y prepotencia, para exigir no se qué derechos, que no son más que disparatadas leyendas urbanas, no recogidas en ninguna parte. Por cierto, venerables mayores, algunos de los cuales no se quitan la visera que cubre su escaso cabello ni en la ducha.

LA "CEGUERA" Y LA MUDEZ

Luego se hallan los que miran, pero no ven. Multitud de personas que se tienen por muy serias y educadas en sus familias, pero que las saludas y, en unos casos, ni te miran, y en otros, lo hacen y piensan: ¿quién coño eres tú para que yo te diga hola? En el trabajo, en la comunidad de propietarios, en el aparcamiento de residentes, toda una serie de seres poco respetuosos evitan el contacto sonoro con el prójimo.

LA POLÉMICA

También nos encontramos con los polemistas de profesión. Una vez, hace ya muchos años, leí en una entrevista al gran crítico de cine Carlos Pumares que le preguntaban cuál era su verdadero oficio, a lo que el hombre, con bravo hígado, respondió que el de polemista. Bueno, pues ¿quién no conoce en su medio circundante a alguno de estos personajes? En unos casos, su especialidad favorita es el fútbol; en otros, la política; y en muchos, cualquier tema que uno saque. Da igual lo que tú expongas, lo que tú argumentes, que el polemista profesional siempre, siempre, siempre te lo rebatirá. ¿Que tú dices que dos y dos son cuatro? Pues él responderá que son cinco. ¿Que tú dices que son cinco? Pues él afirmará que cuatro. ¿Que tú dices que el sol sale por el este? Pues él ya argumentará, con sesudos razonamientos, que sale por el oeste. ¿Que le confirmas que sale por el oeste? Pues él contestará que por el este. Son incombustibles en la conversación directa, pero su fuerte son las redes sociales. Allí, en esos medios que se crearon para que la gente pudiera relacionarse de una manera armoniosa y respetuosa, el polemista alcanza su clímax, ya que sus pronunciamientos pueden llegar a cientos y miles de lectores. El caso no parece tener mucha solución, y hay quien te dice que es el signo de los tiempos.

EL SECTARISMO

Podría añadir, por último, la cuestión del sectarismo, una variante de la polémica, en la que sus representantes siempre consideran que los "suyos" son moralmente superiores a los "otros", y da igual lo que hagan de mal aquellos, que siempre lo harán peor los "otros". Trumpistas y sanchistas se llevan, hoy día, el gato al agua en estos temas.

Sepultura de mi abuelo Ramón, mi abuela Evarista y mi tío Ramón en el cementerio de Pedrezuela

VUELVO LOS OJOS HACIA MI ABUELO (Y HACIA LOS QUE ERAN COMO ÉL)

Después de escarbar someramente la tierra que nos puebla, y de contemplar algunos de los comportamientos y actitudes de muchos de los españoles de hoy en día, es lógico, pajarillo, que desee volver la vista hacia tu padre, aquel mercader marcopoliano del pasado siglo que, sin apenas cultura, derrochaba en el día a día toneladas de respeto hacia los demás, corrección y urbanidad.

Cuando en nuestra visita periódica al cementerio de Pedrezuela papá y yo abrimos la verja y accedemos a la casa de los difuntos, lo primero que oteo a mi izquierda, y en tercer lugar, es la tumba del tío Ramón, de la abuela Evarista y del abuelo Ramón. Desde que te fuiste, pajarillo, hemos tratado papá y yo de tenerla lo más adecentada y en orden posible. No estaría de más que, visto lo visto en el mundo actual de los vivos, llamara a Carlos, aquel marmolista que se encargó de la sepultura donde os alojáis Mari y tú (y que en un tiempo indeterminado se convertirá en mi eterna residencia), y le sugiriera que, junto al nombre de tu padre, añadiera una pequeña frase: "aquí yace un hombre educado y que siempre sabía estar".










viernes, 31 de octubre de 2025

LAS DESGRACIAS QUE, EN TORNO A 1500, DESVIARON A ESPAÑA DE SU EVOLUCIÓN POLÍTICA NATURAL

LOS REYES CATÓLICOS Y LA VERTEBRACIÓN NACIONAL

El pasado 19 de octubre se cumplieron 556 años del matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón), acaecido en el Palacio de los Vivero, en Valladolid. En esa fecha crucial no se creó España (a pesar del título del post, elegido con fines meramente didácticos), sino que tan solo hubo una unión dinástica entre las Coronas de Castilla y Aragón, que siguieron ostentando leyes, instituciones y monedas propias. Para la unificación de toda la península ibérica no portuguesa quedaba aún la conquista del último reducto musulmán (Reino de Granada), obtenida en 1492, y la anexión del Reino de Navarra a la Corona de Castilla en 1515, tras su conquista militar tres años antes. Y para considerar a España como un ente territorial unificado y cohesionado totalmente habría que esperar a los decretos de Nueva Planta, llevados a cabo por Felipe V entre 1707 y 1716. La vertebración definitiva de España, como la conocemos hoy día, proviene, pues, de 1716.

Haciendo abstracción de la tardía incorporación del reino navarro, los Reyes Católicos pusieron las bases de un formidable edificio político, como fue la denominada "Monarquía hispánica" que, a la muerte de Isabel I (1504), incluía la Corona de Castilla (con los diversos reinos peninsulares, las islas Canarias y las posesiones de las Indias occidentales) y la de Aragón (con los Reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y el Principado de Cataluña, más los Reinos de Sicilia, Nápoles y Cerdeña). A este sugerente conjunto de territorios (repito una vez más, unidos tan solo a nivel dinástico) se sumarían entre 1497 y 1510 una serie de plazas fuertes en el norte de África, conquistadas con el objetivo de contrarrestar los ataques berberiscos y los llevados a cabo por el gran Imperio otomano. Esos presidios incorporados a Castilla fueron Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía, Trípoli y el Peñón de Argel.

Ese mosaico de entidades debería haber llevado a la recién nacida Monarquía hispánica a asentarse como una potencia europea de alto rango, pero cuya proyección debería haber sido única y exclusivamente atlántica y mediterránea, despreocupándose en cierta medida del tablero global que se jugaba en el centro de Europa entre Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico. Esa fue precisamente la política llevada a cabo por los monarcas castellanos desde el primer tercio del siglo XV, y por los aragoneses desde el siglo XII. Y esa expansión es la que consolidaron los Reyes Católicos, continuada tras la muerte de la reina Isabel por las diversas regencias del cardenal Cisneros y del rey Fernando.

LA RIQUEZA DE CASTILLA Y ARAGÓN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI

A este aspecto cohesionador de la política se unía la riqueza que ambas coronas poseían, basada en las industrias de ciudades como Toledo, Segovia, Cuenca o Granada; las exportaciones que los diversos municipios manufactureros realizaban hacia Flandes e Inglaterra vía Bilbao; las ferias internacionales de comercio que se desarrollaban anualmente en Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón; el trasiego mercantil entre Barcelona, Valencia y el resto de puertos ubicados en el Mediterráneo, pertenecientes a la Corona aragonesa; la fuerza de la Mesta; y, por supuesto, el comercio indiano, centralizado en Sevilla desde 1503 con la creación de la Casa de Contratación.

Todo esto es sabido, pero es preciso recalcarlo una vez más para que quede claro que el futuro de la Monarquía hispánica, en torno a 1500, era más que prometedor. Y sin embargo, en 1497 comenzaron las tempestades...

EL PRÍNCIPE JUAN

Los hijos de los Reyes Católicos fueron cinco: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. A pesar de no ser el primogénito, el heredero al trono de la recién creada Monarquía hispánica fue el príncipe Juan, que se casó con la archiduquesa Margarita de Austria, con el fin de reforzar los lazos con el Imperio germánico. Pero dos meses después del enlace, el 4 de octubre de 1497, moría Juan, debido a la tuberculosis o a un exceso de esfuerzo sexual. A pesar de ello, la Monarquía contuvo la respiración, porque la esposa del príncipe se encontraba embarazada a la muerte de este, y el futuro vástago podía convertirse automáticamente en heredero. Vana esperanza, ya que meses después, Margarita perdería a su hijo, sin haber dado a luz.

Sepulcro del príncipe Juan. Monasterio de Santo Tomás (Avila) (Reyes González, "Por amor al arte", Facebook, 3-9-2017)

LA PRINCESA ISABEL 

Fallecido el príncipe Juan, la excelsa herencia de Isabel y Fernando pasó a la princesa Isabel, quien, por cierto, parece que nunca entendió por qué sus padres no la habían elegido como heredera después del nacimiento de su hermano Juan, no existiendo ninguna ley en Castilla que impidiera gobernar a una mujer. En todo caso, ella se casó en 1490 con el infante Alfonso, heredero al trono de Portugal, aunque el matrimonio duró tan solo ocho meses y diez días, ya que el 13 de julio de 1491 fallecía el joven príncipe a causa de una caída de caballo.

A pesar del deseo de la princesa recién enviudada de regresar a Castilla y entrar de monja en la orden de las clarisas, sus padres se negaron en redondo y buscaron un nuevo enlace con el nuevo heredero al trono portugúes, el príncipe Manuel. Finalmente, se impuso la voluntad regia, y la boda se celebró el 30 de septiembre de 1497, convirtiéndose Isabel en reina consorte de Portugal, debido a que su marido ya era rey. Noventa y seis horas después del enlace, moría el príncipe Juan, por lo que Isabel se transforma a su vez en heredera al trono de Castilla. Pero la parca continuaba de cerca las andanzas matrimoniales de la pareja, y diez meses después (23-8-1498), después de dar a luz a un niño llamado Miguel de la Paz, Isabel muere. Como en el caso del hijo nonato del príncipe Juan, las esperanzas de los Reyes Católicos se centran ahora en el niño Miguel, que podría haberse convertido en el unificador de la península ibérica ocho décadas antes de que dicha unión se produjera de la mano de Felipe II. Sin embargo, dos años menos un mes después de nacer, el niño murió, disolviéndose las posibilidades de la agrupación ibérica.

LA REINA JUANA  Y EL REY FELIPE 

El fallecimiento de Isabel y de su hijo Miguel tuvieron, a la larga, consecuencias muy trascendentes, y nada positivas, para el futuro de los territorios hispánicos. Y es que la siguiente heredera de la saga familiar fue la princesa Juana, que había sido ofrecida por sus padres en matrimonio al hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo y de la duquesa María de Borgoña, Felipe, apodado el Hermoso, con quien la hija de los Reyes Católicos se unió en nupcias el 20 de septiembre de 1496.

Juana fue una mujer muy fuerte a nivel físico (tuvo seis hijos y vivió setenta y cinco años), pero muy débil a nivel mental y emocional. Algunos historiadores han querido focalizar su desgraciada vida en las infidelidades de su esposo, en los enfrentamientos con su madre, en la pugna política entre su marido y su padre por el control de Castilla o en el largo encierro en Tordesillas. Sin embargo, parece claro, a la vista de documentos y testimonios de la época, que Juana fue una mujer incapaz de gobernar, debido fundamentalmente a su mala salud, a mitad de camino entre la depresión y la melancolía.

Eliminada Juana, por tanto, de la ecuación del poder (aunque nominalmente siguió siendo reina hasta su muerte, acaecida en 1555), apareció súbitamente su esposo, Felipe, que, tras diversos enfrentamientos con Fernando el Católico, fue proclamado rey iure uxoris (por el derecho de su mujer) de Castilla en julio de 1506 (aunque de facto lo era desde 1504), con el nombre de Felipe I. Sin embargo, en un nuevo giro dramático de los acontecimientos, tres meses después de su advenimiento al poder, el nuevo monarca falleció, debido a la peste o a beber agua helada tras disputar un partido de pelota a mano.

Doña Juana la Loca. Francisco Pradilla y Ortiz. 1877. Museo del Prado

EL CÉSAR CARLOS

Toda esta serie de calamidades personales, de desgracias familiares, de mala suerte en definitiva, dieron como resultado que, tras una complicada y larga regencia de Fernando el Católico primero, y del cardenal Cisneros después, hiciera su aparición estelar en la historia el segundo de los hijos de Juana y Felipe, Carlos, y la entronización de una dinastía extranjera en España tras la muerte de Fernando en enero de 1516.

LA DESMESURADA HERENCIA

¿Cuál fue el problema del advenimiento de uno de los mejores reyes que han tenido los territorios hispánicos a lo largo de su historia? Pues simple y llanamente que el bueno de Carlos venía cargado con una herencia excesiva a través de sus abuelos maternos (Castilla, Aragón y todas sus posesiones), pero especialmente paternos. Y es que a través de su abuelo, el emperador, se hizo cargo de Austria, Estiria, Carniola, Corintia, el Tirol y, por si fuera poco, tuvo la oportunidad de disputar la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, como así ocurrió en la elección imperial de 1519, en la que derrotó al favorito, Francisco I de Francia. Y por parte de su abuela María, el césar Carlos recibió el antiguo círculo de Borgoña, que reunía doce provincias, diseminadas entre las actuales Bélgica, Países Bajos y Francia.

¿FORTUNA O CALAMIDAD? CALAMIDAD

Cualquier observador neutral, cualquier hooligan del patriotismo español, cualquier analista poco avezado podría argumentar que fue una bendita fortuna esta superherencia; que ella puso los cimientos del Imperio español; y que ayudó a la hegemonía española sobre el continente europeo durante 150 años. Y yo, a ese observador neutral, a ese patriota de hojalata, a ese analista desnortado le respondería que aquel hinchado legado de territorios (fundamentalmente, el heredado de los abuelos paternos) fue una puñetera desgracia para los intereses nacionales de los territorios peninsulares hispánicos. ¿Por qué?

GUERRA, EMPOBRECIMIENTO Y MUERTE

Primero, la corona imperial. La supuesta gloria que para la Monarquía hispánica supuso el acceso de Carlos I a aquella tuvo como consecuencia inmediata la supeditación de los intereses de Castilla y de Aragón (especialmente, los primeros) a los asuntos centroeuropeos, con especial incidencia en dos frentes: las relaciones con Francia (país que se vio literalmente rodeado de estados controlados por el césar Carlos, experimentando una auténtica asfixia territorial), lo cual provocó varias guerras entre ambos países desde 1521 hasta 1559 (Paz de Cateau-Cambrésis); y los turbulentos conflictos de religión en Alemania, iniciados a raíz de la aparición de Lutero y su reforma protestante en 1517, y que asolaron el centro de Europa hasta 1555 (Paz de Augsburgo). 

Y segundo, los Países Bajos. Parte de los territorios que por vía de María de Borgoña llegaron a manos de Carlos I se rebelaron, por cuestiones político-religiosas, contra la Corona española en 1566, comenzando entonces una eterna y sangrienta disputa armada, que duró ocho décadas (la Guerra de los Ochenta Años), y que solo acabó en 1648 con la independencia de Holanda y del resto de provincias rebeldes. No es extraño que algunos historiadores hayan denominado a esta contienda el "Vietnam español".

Estas tres conflagraciones descritas desangraron económica y humanamente a los territorios peninsulares (especialmente, Castilla). Millones de ducados se gastaron durante años en unos conflictos completamente ajenos a nuestros intereses nacionales, siendo la más importante causa de las ocho bancarrotas que sufrió el erario español durante la dinastía Habsburgo: 1557, 1575, 1596, 1627, 1647, 1652, 1662 y 1666. Y decenas de miles de hombres jóvenes (y no tan jóvenes) sucumbieron en los campos de batalla del centro de Europa. Como ocurrió en la lamentable Guerra de Vietnam con un obrero de Detroit o un ganadero de Fort Worth, ¿qué coño le interesaba a un agricultor de Tierra de Campos, a un pañero de Toledo, a un mercader de Villalón o a un comerciante de Sevilla las rencillas dinásticas entre los Habsburgo y los Valois, las eternas disputas entre católicos y protestantes en Alemania o si unas cuantas miles de almas católicas se perdían en favor del calvinismo en las Provincias Unidas? En este aspecto, un procurador a Cortes durante el reinado de Felipe II resumió perfectamente la cuestión ante la costosísima guerra de Flandes cuando se justificaba desde el Gobierno central la contienda con fundamentos religiosos. El buen representante de su ciudad respondió que si los holandeses querían perderse para la causa católica, pues que se perdieran. Divino político.

¿Para qué sirvieron los cuantiosos impuestos locales y regios, cada vez más onerosos, que recaían sobre los campesinos, labradores y pequeños propietarios del conjunto de las coronas de Castilla y León? ¿Para qué sirvió el pujante comercio entre el centro y norte de Castilla con los Países Bajos e Inglaterra? ¿De qué sirvieron tantas toneladas de oro y, especialmente, de plata, extraídas de los territorios americanos?

Todas aquellas ganancias monetarias, toda aquella riqueza, toda aquella prosperidad económica que pudo ayudar al desarrollo y al progreso material de los territorios hispánicos peninsulares (como ocurrió, por ejemplo, con el asombroso caso de la diminuta Holanda), dilapidados, tirados, hechos sucumbir en contiendas lejanas, incomprensibles para el súbdito medio y bajo, ajenas, en todo caso, a nuestros intereses patrios.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD: LOS COMUNEROS

Frente al futuro incierto y espinoso que se cernía sobre Castilla con la llegada de Carlos I, su dinastía extranjera, sus ambiciosos consejeros y su onerosa herencia reaccionaron vivamente muchas ciudades, canalizándose el descontento a través del movimiento de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Este trató, dentro del conjunto de sus complejas reivindicaciones, que la política internacional de los territorios peninsulares girara en torno a la llevada a cabo por los Reyes Católicos, es decir, atlantista y mediterránea. La sublunar derrota en Villalar (23 de abril de 1521) acabó definitivamente con esa pretensión.

SI NO HUBIERA OCURRIDO AQUEL ROSARIO DE MUERTES...

La herencia paterna de Carlos I supuso una carga descomunal, que lastró enormemente nuestro desarrollo económico y nuestro bienestar material durante 200 años. Eso no contradice el hecho de que Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a los que he admirado siempre enormemente, fueran unos buenos reyes, que gestionaron de la mejor manera posible los territorios que les legaron sus ancestros. Pero está claro que Castilla y Aragón (especialmente, Castilla) hubieran tenido un futuro esplendoroso de no mediar una serie de inopinadas desgracias en el entorno del año 1500. La fortuna, como tantas veces, se inmiscuyó en la historia y, en este caso, para mal.










jueves, 16 de octubre de 2025

LOS "MD" Y OTROS HOMBRES INVISIBLES DE MADRID

Y escribo el término "hombres" a conciencia, no en su sentido genérico, sino en el estricto, es decir, el del conjunto de personas pertenecientes al sexo masculino, ya que solo el 15 % de los protagonistas de este nuevo post son mujeres. Como diría Jesucristo en el Evangelio de san Marcos, "el que tengo oídos para oír, que escuche y entienda".

Como hormigas, de agujero (tienda) en agujero (domicilio). Empiezan su jornada a las ocho de la mañana, y algunos la estiran hasta las once de la noche, cuando llegan a sus hogares. Pedalean infatigablemente por las calles de nuestras ciudades, con sus cascos y sus características y voluminosas mochilas amarillas, verdes o naranjas. Forman parte del paisaje urbano desde hace algunos años, como las marquesinas, como los árboles, como los semáforos. Los miramos todos los días, pero no los vemos. Son los raiders, los repartidores de productos a domicilio (especialmente, comida) a través de plataformas digitales. Y son los nuevos precarios entre los precarios.

Sentado este verano en una terraza de la plaza de Santa Bárbara, haciendo cola el otro día a la entrada del Vips del Centro Comercial Las Rosas, paseando por las calles de Moratalaz... uno se los encuentra en todas partes: unas veces, conduciendo sus caballos de acero; otras, esperando a que les suministren los productos; y en ocasiones, formando grupos de colegas junto a los establecimientos de marras.

En sus cabalgadas diurnas y aun nocturnas por el asfalto urbano, estos sufridores de la ruta nos suministran los apetecibles sándwiches de Vips, las deliciosas hamburguesas y patatas gajo de Burger King, las excelentes pizzas de Pizza Hut, los encomiables fingers de pollo de KFC, los apetitosos burritos y tacos de los restaurantes mexicanos, los sabrosos kebabs de los bares turcos... Todo un universo gastronómico, parte de él quizá no muy saludable (aunque cada uno hace con su cuerpo lo que le da la real gana), que llega a nuestros hogares a la hora de comer, a la de merendar, en el cumpleaños de la tía Hermelinda o cuando delante de nuestro televisor vemos salir a los jugadores del Real Madrid y del Barcelona en el Clásico de todos los años. Da igual que haya sol, luna, lluvia, nieve, niebla, viento; el raider siempre cumple, llega a casa a punto para cualquier celebración, deja el pedido y sale pitando para entregar el siguiente, mientras nosotros nos quedamos saboreando los suculentos manjares.

Alguno habrá español, no digo yo que no, pero la inmensa mayoría de estos trabajadores sobre ruedas son sudamericanos, africanos y asiáticos. Dentro de estos últimos, destacan con luz propia los ciudadanos originarios de Bangladesh, con su inconfundible tez oscura, su sonrisa inherente y, en muchos casos, con la partícula "MD" que antecede a su nombre de pila, colocada en honor del profeta Muhammad, es decir, Mahoma.

Después de diez o doce horas de trasiego sin cuento por nuestras calles, plazas y avenidas, regateando coches, motos y autobuses, jugándose literalmente la vida por una carrera más (en abril del año pasado, un repartidor venezolano de veintinueve años, que no llevaba ni un año en Madrid, murió atropellado de madrugada por un taxi en la avenida de la Ciudad de Barcelona), muchos de estos seres cuasiinvisibles para el gran público logran unos ingresos de entre 600 y 800 euros al mes, y lo que es peor, en gran parte de los casos, sin protección social. Y es que, a pesar de que la Ley rider, que entró en vigor en agosto de 2021, exigía que todos estos trabajadores fueran contratados como asalariados (con todos sus derechos laborales) y no como falsos autónomos (como hasta ese momento había ocurrido), el caso es que cuatro años después de ser publicada en el BOE, la norma no ha conseguido erradicar ni muchísimo menos las abusivas prácticas de empresas como Glovo, Uber, Easy Eat, Amazon, etc. 

Repartidor de Uber Eats (La Vanguardia, 12-9-22)

En la actualidad, una gran parte de estos trabajadores en la sombra (pero que extienden su jornada de sol a sol) siguen siendo irregulares, sin tarjeta de residencia que les permita trabajar legalmente, y obligados por las circunstancias económicas a buscar el alquiler o la venta de cuentas de las citadas empresas por parte de antiguos repartidores con la documentación en regla. Habrá quien diga que al ser irregulares, estas personas no deberían haber entrado en nuestro país para trabajar, y que lo que les pasa es la consecuencia forzosa de su situación legal. Yo lo miro desde otro prisma: 1) para prosperar en la vida, las personas hacen lo que pueden; 2) su oficio no es delincuencial; y 3) el hecho de estar en una situación ilegal no justifica que estos seres humanos sean maltratados por desaprensivos ciudadanos, avariciosos empresarios e indolentes gobiernos.

Como ciudadanos de bien, esperemos y deseemos que la normativa legal vaya calando lentamente en este opaco mundo de explotación laboral, que se desarrolla cotidianamente ante nuestra inexpresiva mirada. Y la próxima vez que contemplemos a estos trabajadores en sus eternas bicicletas, acelerando para conseguir un reparto más, adelantando vehículos y esquivando autobuses, pensemos que no es necesario irnos a miles de kilómetros en busca de historias humanas injustas e infortunadas, porque estas las vemos diariamente delante de nuestros ojos.









miércoles, 24 de septiembre de 2025

3653 DÍAS DESPUÉS

Hola, Mari. Te escribo desde la vida, esa extraña existencia que transito, a mi pesar, desde hace demasiados años, y de la que fuiste expulsada, a tu pesar, por fuerzas oscuras (algunos las denominan luminosas) hace casi ya una década.

Te observo, te atisbo, te oteo diariamente en el salón, en mi escritorio, en la habitación de mamá, en la tuya, a través de esas imágenes que me permiten mantenerte congelada en el tiempo con tu sonrisa eterna, con tus ganas de vivir, con tu resistencia ante la adversidad, con tu bondad, con tu amor hacia mamá, hacia papá y hacia mí. Y muchas, muchas veces (y te lo digo con total honestidad), cuando te veo en esas estampas del pasado; cuando pienso en aquellos inacabables veintinueve años de calamidades sin cuento; cuando rememoro aquellos últimos treinta y dos meses de deterioro físico; cuando pasan por mi mente aquellos recuerdos tan dolorosos; entonces, pregunto a la diosa Fortuna, al destino, a la Naturaleza, a Dios, al Demonio, a Yahvé, a Alá, a Buda, a Visnú, al sursuncorda, a su puta madre en definitiva, por qué tú pasaste por lo que pasaste, por qué atravesaste el desierto que atravesaste, por qué sufriste lo que sufriste, por qué, en resumen, estás al otro lado del espejo y yo, aún, me hallo en la cara visible de la Luna.

Y lo que te manifiesto en estas líneas no es solo una queja ante las Alturas y las Bajuras; no es solo un recurso al pataleo ante una situación ya inamovible; es, sobre todo y por encima de todo, un postrero lamento ante una ucronía, ante una realidad alternativa, ante un "lo que pudo ser y no fue". Porque si esa tarde de otoño de 1986, cuando volvías del instituto en compañía de tus amigas, no hubieras sentido la primera punzada de la innombrable enfermedad; si hubieras regresado a casa sana y salva; y en cambio, hubiera sido yo, al retornar aquel día de la universidad, el que hubiera notado el comienzo del paseo nocturno por el inframundo de los antiguos egipcios, descrito en el Libro de los muertos; si yo, pues, hubiera sido el "elegido" para el tortuoso ascenso a la montaña del dolor, y tú te hubieras convertido en un trasunto mío; entonces, no solo hubieras tenido un mejor passer por este valle de lágrimas, sino que tu vida, en comparación con la mía, hubiera merecido mucho más la pena.

Aún mantengo frescos en la retina algunos fogonazos de tu oceánica y procelosa existencia, que me hacen pensar en la ucronía, en la realidad alternativa que pudo desarrollarse si las circunstancias hubieran sido distintas: aquellas fiestas patronales de Pedrezuela en 1992, en las que te integraste en la peña El Mogollón Subversivo, con aquella camiseta roja tan bonita, y en las que disfrutaste tanto; aquella oposición al Ayuntamiento de Madrid en 1995, malograda en el segundo examen por aquella cruel circunstancia; aquellas cartas de varias empresas que, al comienzo de la carrera de Matemáticas y en vista de tus impresionantes notas académicas, te ofrecían diversas salidas profesionales al final del mundo universitario; aquellos escarceos sentimentales con el gran Álvaro; aquella bella amistad con el bueno de Tomás, el objetor eterno. 

Aquellos increíbles viajes con la Asociación de Esclerosis Múltiple de Madrid a Tenerife (el Gran Salto del 99, como lo denominé yo), a PortAventura (donde, según tus amigas, no parabas de subirte a las distintas atracciones), a Granada, a Córdoba, al valle de Arán..., todos ya con la silla de ruedas, y en los que te negaste rotundamente a que te acompañaran papá y mamá porque no ibas a disfrutar lo mismo...; aquellos regresos de la Asociación, a las 18:15 (siempre recuerdo aquella hora en el reloj del salón), con la sonrisa en la cara y con tantas ganas de contarnos las historias acaecidas durante la mañana; aquellas indescriptibles fiestas de Carnaval y de Halloween en la Asociación, de las que venías siempre contentísima; aquella inverosímil reanudación de tu querida carrera de Matemáticas en la UNED; aquella asignatura maldita que te faltó para concluir el periplo universitario, cuando ya casi no podías redactar y cuando ya nada esperabas de un futuro profesional; aquella escritura cada vez más distorsionada; en fin, aquel escribir con la boca antes de las tormentas de finales del 12...

¿Adonde trato de llegar con estas remotas evocaciones, que parece que nunca existieron? ¿Qué trato de demostrar con estas desgarradoras páginas del pasado? Pues simple y llanamente, que si fuiste capaz de vivir estas deslumbrantes realidades narradas con todos lo elementos en contra, no hace falta ser un lince para imaginar dónde hubieras llegado de no mediar el cruel destino.

Pero como en aquella fatídica última curva de la caravana presidencial en Dallas; como en aquella marcha atrás del vehículo del archiduque Francisco Fernando en la maldita esquina de Sarajevo; como en la llegada, ya casi fuera del tiempo, del mariscal Von Blücher a la ladera de Waterloo; al final, ninguna realidad se puede cambiar, y JFK y el heredero al trono imperial fueron asesinados; Napoléon perdió, finalmente, su baraka; y desde aquella aparentemente anodina tarde de finales del 86, tu destino quedó marcado en las estrellas.

Y cuando el próximo miércoles 1 de octubre, a las 17:30, se cumplan 3653 jornadas desde que se ocultó el sol a tu vista, dos únicos pensamientos taladrarán mi memoria: el primero, que te echo de menos muchísimo, cada día quizá más; y el segundo, que no llegaré nunca ni a la suela de tus zapatos en lo que a hacer frente al destino y a aprovechar este breve ínterin, que es la vida, se refiere. Hasta otra, y un beso gigantesco adonde te encuentres.










EL INVIERNO DE LA VIDA EN LA REALIDAD PARALELA DEL IPR

EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN... Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo as...