"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais:
atacar naves en llamas más allá de Orión;
he visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia".
(Blade Runner, 1982)
EL DESPERTAR
Después de aquellos insondables cinco días de descenso en picado; después de aquellas aterradoras cuarenta y ocho horas de permanencia en un estado de postración absoluta, colindante con el espacio que se sitúa en la oscuridad de la gruta, en lo más crudo del crudo invierno, en un cielo nocturno carente de estrellas; después de aquel no-tiempo, Lázaro abrió los ojos, y lo primero que musitó fue: "¿pero dónde estoy?" Y una voz en off, que venía de lo bajo (no de lo alto) le respondió: "Estás en el infierno".
BRITANIA, SIGLO VI
Ante sus somnolientos y confundidos ojos, el resucitado percibió un enorme vestíbulo de paredes blancas, con amplios ventanales, innumerables mesas redondas, grandes y cómodos sillones, extraños artilugios con ruedas, cuatro fornidas mujeres vestidas inmaculadamente y, sobre todo, diecisiete extravagantes personajes, que le miraban tal y como los súbditos del rey británico observaron por primera vez a Hank Morgan en la imborrable novela de Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo.
EL PREMIO
Después de casi nueve décadas de existencia; después de su singladura del campo a la ciudad; después de aquellos cincuenta y tres años de unión con aquel refulgente pajarillo; después de alumbrar a dos vástagos; después de trabajar tanto; después de hacer tanto el bien a propios y a ajenos; después de estar dos veces ante el precipicio de la vida; después de haber presenciado, en vivo y en directo, el inacabable y tristísimo hundimiento de aquel angelical Titanic durante veintinueve años seguidos; después de ver la cruel aceleración del mismo ocaso durante los últimos treinta y cinco meses; después de presenciar, también en vivo y en directo, los decadentes y postreros siete meses de aquel dulce y fosforescente gorrioncillo.
Tras tanta penuria, tras tanta miseria, tras tanto pedalear en la infinita bicicleta de la vida, el premio final, la recompensa definitiva ha sido el acceso al infierno de los desgraciados. Porque por mucho que el letrero de la entrada al nuevo espacio vital de Lázaro haga mención a cierto labrador milagrero, nacido en el Mayrit musulmán hace nueve siglos y medio, el auténtico rótulo que debería anteceder al famoso habitáculo es el mismo que aparecía en la puerta del infierno en la Divina Comedia de Dante Alighieri: "Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis". Y es que, en verdad, los que se hallan dentro de aquella mazmorra reluciente...
MORADORES DEL TÁRTARO
En un principio, se encuentra Lola, una anciana venerable (como todos los que comparten su situación), siempre sentada, irremisiblemente sentada en alguno de los amplios y placenteros sillones que pueblan el recinto. La mujer habla poco, pero cuando lo hace es para repetir una incansable letanía, que remite, quizá, a una pretérita edad dorada: "pa-pá, pa-pá, pa-pá, pa-pá, pa-pá...".
Luego está Ángela, una espigada abuela, cuyas frecuentes alocuciones vienen marcadas por frases inconexas, divididas en palabras que pronuncia, remarcando cada sílaba. Aunque su gran aportación sean, sin duda, sus frecuentes conminaciones a que callen todos los que en ese momento se hallan hablando a su alrededor: "chis, chis, chis, chis, chis...".
Más tarde, nos encontramos con Isabel, pequeña fémina que platica mucho, protesta por todo y solivianta al resto del grupo, creando las condiciones necesarias para que, casi todas las jornadas, acabe enzarzándose con algún compañero de batallas (estas, bien reales), y que suele desembocar en algún "hi de puta" o en el lanzamiento de alguna cuchara a la cabeza.
Más tranquilo parece el capitán Manuel, un viejecillo con su eterno jersey verde con el cuello de pico, que, a pesar de saludar algunas veces con la mano en la frente, al estilo militar, nunca estuvo en ninguna guerra ni perteneció a ejército alguno.
También sobresale entre los habitantes del curioso averno Elena, una señora seria, con gafas, que escruta todo a su alrededor, cual búho nocturno, pero que mantiene un escrupuloso y sonoro mutismo.
Y cómo no, hemos de reparar en Mari, una decrépita y huesuda anciana, cuya dentadura inferior es tan grande que, a veces, parece que baila en su boca, y cuyo silencio ilumina la tétrica escena.
EL SILENCIO
Porque, efectivamente, en esta exquisita dependencia del hades, la falta de sonido es una de las notas dominantes, un silencio que apabulla al que entra por primera vez, pero al que uno se acostumbra con el tiempo. ¿Qué parloteos, qué chácharas, qué deliciosas conversaciones habrán tenido todos ellos en el pasado? ¿Cuántas historias habrán salido de sus bocas, cuántas vivencias, cuántos recuerdos?
LA DESMEMORIA
¡Ah, los recuerdos! De la mayoría de sus deteriorados cerebros hace ya tiempo, mucho tiempo, que dejaron de fluir pensamientos, sensaciones, ilusiones, imágenes..., aquellos momentos que se perdieron en el tiempo como lágrimas en la lluvia, tal y como afirmó, de forma lapidaria y crepuscular, el replicante Roy Batty en la icónica escena final del clásico Blade Runner.
Porque si hay un elemento sobresaliente en este tártaro contemporáneo es la presencia fantasmal, invasiva, telúrica, del gran padre de todos los males, del general en jefe de todas las dolencias, del dios de todos los sufrimientos, aquel Mont Ventoux de las aflicciones, en cuya cumbre no existe ni vegetación ni árboles, sino tan solo arena y rocas, a imagen y semejanza de nuestra querida Luna, aquel satélite muerto al que dirijo tantas veces la mirada en las infinitas noches nostálgicas.
EL DESAMPARO
Sin embargo, tan siniestro como el fantasma del padre de todos los dioses, en la genenna de los desgraciados habita otro personaje muy habitual, muy frecuente en este nuestro mundo actual, la soledad. Y es que, salvo a cuatro de los habitantes del cruel abismo, al resto nadie los visita, nadie se acuerda de ellos, nadie les da un poco de calor, como si nunca hubieran existido, como si nunca hubieran nacido, como si nunca hubieran tenido derecho a ser consolados en el invierno de sus vidas. Recuerdo, con nostalgia y dolor, aquellos enfados de mi pajarillo, cuando, en sus innumerables paseos por el barrio, se encontraba con alguna abuela solitaria sentada en algún banco, se ponían a hablar y, ante la pregunta de si la anciana tenía hijos, esta le espetaba que cinco, pero que todos tenían familia y nadie se preocupaba de ella. Aquel lejano recuerdo lo veo hoy trasplantado a este espacio de soledad y silencio.
NO HAY PECADOS, SOLO INFORTUNIO
A pesar de todo, la gran, la enorme, la definitiva diferencia entre el infierno al que hace unos pocos días accedió Lázaro y el que conocemos por las referencias de las culturas hebraica, griega, romana, cristiana o islámica es que sus moradores no residen en él por sus culpas, por sus faltas, por sus pecados, sino solo y exclusivamente por la acción de dos dioses del más allá y del más acá: Cronos y Fortuna. Solo ellos han guiado, en una cruel combinación, a una legión de seres humanos hasta el abismo de los dolientes, hasta el sheol de los afligidos, hasta el infierno de los desgraciados. Y ahí, en ese espectral lugar, habitarás, durante un tiempo indeterminado, mi querido y viejo rey leño.












