martes, 10 de marzo de 2026

REGRESO AL PLANETA DE LOS SIMIOS

EL PLANETA DE LOS SIMIOS

El sábado 29 de enero de 1977 fue una jornada inolvidable y distorsionadora para mí y para mucha otra gente. Y es que esa noche, en la única cadena de televisión que emitía entonces en España (bueno, también estaba el denominado UHF, es decir, la segunda cadena, pero que entonces la veían "cuatro gatos"), dentro del espacio denominado Sábado Cine se proyectó una sorprendente película de ciencia-ficción, titulada El planeta de los simios, prologada por el inolvidable Manuel Martín Ferrand.

El filme, de 1968, pero estrenado en la pequeña pantalla de nuestro país aquella noche, dirigida por Franklin J. Schaffner, y protagonizada por Charlton Heston, Roddy McDowall, Kim Hunter, Maurice Evans y James Whitmore en sus principales papeles, narraba la increíble historia de un astronauta, George Taylor, que junto a su tripulación tiene un aterrizaje forzoso en un planeta desconocido, habitado por simios inteligentes, que detentan el poder, y que tienen esclavizados a los humanos, quienes, en un salto atrás en la evolución, ni siquiera saben hablar.

Yo, que entonces contaba nueve años, quedé fascinado con las peripecias que pasaba el protagonista, con su amistad con dos de los simios, con el despotismo de los gorilas que gobernaban aquel microcosmos y, sobre todo, con la legendaria escena final, la del astronauta Taylor hincado de rodillas en la playa frente a una Estatua de la Libertad neoyorkina semihundida, que le hacía comprender a aquel, finalmente, dónde se hallaba.

Escena final de El planeta de los simios ("Ciencia ficción en el cine", www.facebook.com, 2-5-21)

UN GORILA, CON INTELIGENCIA Y PODER, GOBIERNA EL MUNDO

Desde hace demasiado tiempo, una estirpe de gorilas, de ideologías antagónicas, que parece haber viajado en el tiempo hacia el pasado, desde aquel año 3978, en el que se desarrollaba el legendario filme, ha ido escalando, metro a metro, la montaña del poder en algunos países occidentales, hasta conseguir, por fin, acceder a los resortes, a las salas de máquinas de los gobiernos de turno.

De entre todos estos primates, destaca uno que, para suerte suya y desgracia de sus propios conciudadanos y de los del resto del mundo, ha logrado instalarse hace ya catorce meses en el número 1600 de la avenida Pensilvania NW, de la ciudad de Washington D. C.

Desde esa elegante y lujosa mansión, residencia desde 1800 de todos los presidentes del país más poderoso de la Tierra, este señor, de cabello rubio, gorra de béisbol roja, corbata del mismo color, con cara de sempiterno enfado y con ademanes prepotentes, inmoderados y sobrados, no solo malgobierna su propia nación (lo cual, al resto de los 8.277.000.000 de habitantes del planeta a día de hoy nos daría igual), sino que se ha creído con el derecho de imponer su ideario a gran parte del mundo a base de manotazos de orangután, haciendo regresar a uno de los escasos países que nació siendo democracia (otras naciones con instituciones representativas y ausencia de regímenes dictatoriales desde sus comienzos son Australia, Canadá, Costa Rica y Suiza) a un papel que algunos creíamos ya superado con el paso de los años.

LA COSA EMPEZÓ UNA FRÍA MAÑANA DE ENERO

A pesar de algunos avisos en esta mala dirección, dados en su anterior mandato (2017-2021), nada es comparable a lo que ha acontecido desde el 20 de enero de 2025. Aquel día, el del ascenso del gran emperador al poder nacional (y mundial), presencié su discurso, y quedé, ciertamente, preocupado a la vista de que sus fundamentales referencias hacían alusión a "yo", "yo", "yo", y "EE. UU"., "EE. UU"., "EE. UU". Daba la clara sensación de que desde el 4 de julio de 1776 (Día de la Declaración de Independencia de la gran nación americana, del que este año se cumplirá el 250 aniversario, que marcó su nacimiento como nación libre y soberana) hasta ese frío de enero, ninguno de los cuarenta y seis anteriores presidentes había aportado nada al país, y este era el único territorio con vida inteligente en el planeta.

Y, efectivamente, fue jurar su cargo aquella aciaga jornada, y comenzar a correr el tiempo de su extravagante y desdichado ideario, algunos de cuyos apuntes dibujó ya en su discurso inaugural.

DE MÉXICO AL "DIA DE LA LIBERACIÓN"

Primero, le tocó el turno a México, advirtiendo el nuevo rey a su Gobierno que pretendía cambiar el nombre del golfo marítimo que lleva el nombre del país azteca desde mediados del siglo XVI, por el del golfo de América, tratando de reforzar así su agenda de "América primero".

Más tarde, puso en su diana a Panamá, amenazando con que se vería obligado a tomar el control del famoso canal (inaugurado en 1914, y que une el mar Caribe y el océano Pacífico a través de ochenta y dos kilómetros), debido a las supuestas injerencias chinas en el mismo, contraviniendo así el acuerdo suscrito en 1977 entre el presidente estadounidense Jimmy Carter y el panameño Omar Torrijos, por el que la nación de las barras y las estrellas (que había sido su propietaria desde su construcción) se comprometía a devolver todo el territorio del canal a Panamá el último día de 1999.

La tercera estación de este triste viacrucis se situó en Canadá. Y es que a S. M. el emperador del mundo se le ocurrió la genial idea de que el país de la hoja de abeto debería formar parte de EE. UU., convirtiéndose de esta manera en el estado cincuenta y uno de la Unión. Tal desvarío se basaba en que ambas naciones habían tenido un pasado común (tras la independencia americana en 1776, miles de colonos ingleses leales a Reino Unido emigraron y se establecieron principalmente en lo que hoy es Ontario), y que juntas formarían un bloque de poder sin igual.

El enfado, natural y lógico, de la sociedad canadiense ante esta intolerable injerencia en su vida nacional, se plasmó pronto, y el 28 de abril del año pasado, en las elecciones federales, el vencedor fue el centroizquierdista Partido Liberal, frente al favorito en las encuestas durante los últimos dos años, Partido Conservador. El mensaje, rotundo, de los ciudadanos canadienses fue "váyase al carajo, señor emperador".

Más tarde, apareció en lontananza Groenlandia, la isla más grande del mundo, y que desde 1933 ha estado bajo la influencia de Dinamarca (salvo el breve período de la Segunda Guerra Mundial), pasando a formar parte de forma definitiva del territorio de este reino en 1953, y consiguiendo una amplia autonomía en 1979. ¿Cuáles fueron las justificaciones para que el nuevo zar rubio ansiara de forma voraz este pedazo de hielo entre el océano Atlántico y el Glacial Ártico? Pues las famosas "tierras raras", de las que quería apoderarse, y, cómo no, la supuesta política china de expansión comercial. Esta vez, el choque con uno de los miembros de la OTAN fue muy duro, el virrey amenazó con invadir el territorio de un aliado, hubo protestas de los ciudadanos de Groenlandia y de Dinamarca, y cuando la cosa se puso ardiendo, solo la amenaza europea, capitaneada por Francia, en forma del denominado "bazoca comercial" de la UE contra EE. UU., paró los pies al gorila jefe, que, finalmente, se conformó con mejorar algo su ya privilegiada posición en la antigua isla verde.

"No hay quinto malo" dice el refrán, y Ucrania, pero especialmente su presidente, Volodímir Zelenski, fueron humillados públicamente el 28 de febrero del pasado año por el presidente y por el vicepresidente de los EE. UU., además de por los periodistas palmeros que cubrían el encuentro entre los tres mandatarios en el Despacho Oval de la Casa Blanca. El pobre líder ucraniano, que soporta una cruel guerra con Rusia desde el 24 de febrero de 2022, había quedado en reunirse con su homólogo norteamericano para firmar un acuerdo, mediante el que, a cambio del mantenimiento del apoyo militar a Ucrania, Estados Unidos conseguía la explotación de minerales en este país. 

Lo que parecía un buen pacto para ambas partes, se convirtió en una encerrona a Zelenski, en la que dos primates enloquecidos insultaron, vejaron y humillaron al líder ucraniano por no haberse mostrado este suficientemente agradecido al apoyo militar norteamericano, además de echarle en cara el que, al no estar ganando la guerra, no podía aquel dictar las condiciones de la paz, y por ello, no encontrarse preparado para ella.  

La escena, televisada, hirió la sensibilidad de muchos, y empezó a mostrar la oscura faceta del gran vendedor de alfombras. Dos meses escasos después, con motivo del sepelio del papa Francisco, el maltratador intentó resarcirse del espantoso episodio ante el mundo, acordando un encuentro con el maltratado en el interior de la basílica de San Pedro, silla frente a silla. Ahora el lobo se vistió de cordero, pero no engañó a nadie: seguía siendo un lobo.

Y así llegamos al sexto episodio de esta saga de Darth Vader, el acaecido el 2 de abril del pasado año. En esa infausta jornada, denominada el "Día de la Liberación", el señor del mundo, con un aparato y una tramoya dignas de Walt Disney, anunció un arancel universal del 10 % sobre todas las importaciones a EE. UU., además de tarifas aún más altas para sesenta países. La rocambolesca escena e idea se basaba en que esos más de sesenta países habían estado ¡aprovechándose! de la nación más rica del mundo durante decenios. Esta vez, la gran tomadura de pelo ha tardado en ser contrarrestada, pero, al final, incluso el Tribunal Supremo americano, en una sentencia del 20 de febrero pasado, declaró ilegales esos aranceles. Por supuesto, a pesar de ello, el gran líder tardó solo unas horas en hacer caso omiso a la Justicia, y se sacó de la manga otros aranceles, esta vez del 15 %. El respeto a la ley no es propio de simios.

ESTACIÓN TERMINI: IRÁN. LAS MISMAS MENTIRAS, 23 AÑOS DESPUÉS

Finalmente, tras otras épicas actuaciones, como su calurosa recepción (estuvo aplaudiéndole sonoramente desde que bajó del avión hasta que le estrechó la mano) al dictador Vladímir Putin en Alaska, con motivo de una reunión para tratar la guerra de Ucrania; la obligación manu militari de aumentar el gasto en Defensa a todos los países de la OTAN al 5 % del PIB (y a las pensiones, a la sanidad, a los servicios sociales, a la educación, al desempleo de esos países, que "les zurzan"); o el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa el 3 de enero pasado, mediante una operación relámpago, que dejó setenta y nueve muertos, pero sin ningún aval de legalidad internacional, a pesar de que la nocturna misión se escudó en la lucha contra el narcotráfico; repito, después de estas bagatelas, llegamos al séptimo día (como en la película sobre los crímenes de Puerto Hurraco), al verdadero "plato fuerte" cocinado por el señor de la oscuridad: la guerra de Irán.

El portaaviones USS Gerald R. Ford se dirige a Oriente Medio (U. S. Navy / Agencia Efe, La Razón, 8-3-26)

En un escalofriante paralelismo a lo acontecido hace veintitrés años con la guerra de Irak, el macaco jefe decidió someter al nauseabundo régimen teocrático y medieval de los ayatolás a una presión militar descomunal, cuya primera justificación fue la posibilidad de que Irán pudiera hacerse con la bomba atómica (cuestión desmentida varias veces por la Organización Internacional de la Energía Atómica); cuya segunda fue el arsenal de misiles balísticos con que contaba el ejército persa, que supuestamente podían alcanzar Estados Unidos, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que el radio de acción de aquellos es de 3000 kilómetros, y Estados Unidos e Irán se hallan separados por casi 10.000; y cuya tercera fue la terrible represión desatada por el régimen contra su pueblo, que ha causado un número de muertos estimado entre 5000 y 30.000. 

En todo caso, la intervención militar de Estados Unidos, apoyada por Israel, era un fijo en la quiniela desde que cayó la ficha de Maduro en Venezuela, que neutralizaba a su vez al régimen comunista de Cuba al cortar el suministro de petróleo venezolano a la isla caribeña, e imponiendo sanciones a aquellos países que trataran de proveerla del preciado oro negro. Después de poner en orden su "patio trasero" en América ("derecho" que el gobierno americano rescató en el verano pasado tras aprobar la nueva Estrategia de Seguridad Nacional), el señor de las sombras decidió acabar de reconfigurar el orden internacional, intentando eliminar el último aliado de Rusia y China en Oriente Medio, que esta sí era su verdadera intención. Para ello, decidió jugar dos barajas. La primera, ir acercando a aguas del golfo Pérsico una impresionante flota naval, liderada por el mayor portaaviones del mundo. Y la segunda, jugar la baza diplomática, concretándose esta en tres reuniones entre las delegaciones estadounidense e iraní.

Al final de la tercera, celebrada en Ginebra el pasado 27 de febrero, el mediador omaní, ministro de Asuntos Exteriores de su su país, dio una rueda de prensa en la que, visiblemente optimista, declaró que se habían producido avances significativos en las negociaciones sobre la reducción de las reservas de uranio enriquecido de Irán, y que las dos delegaciones quedaban en volver a reunirse en unos días en Viena

Menos de cuarenta horas después, despreciando olímpicamente la posibilidad de una salida negociada al conflicto, despreciando una paz que estaba al alcance de la mano, despreciando que un pacto (aunque fuera regular) pudiera arruinar una guerra, el macho alfa de la ultraderecha mundial decidió iniciar la ofensiva sobre Irán, escoltado únicamente por su fiel escudero, el primer ministro israelí (¡quién te ha visto y quién te ve, oh, Casa de Sión, yo que lloré por ti tantas veces debido a tus cuitas históricas, desde los lejanos días de la destrucción de Jerusalén en 587 a. C. hasta el pogrom del 7 de octubre de 2023, pasando por la Shoah; y hoy masacrando impunemente a Gaza, a Teherán, a Beirut, sin que se te caiga la cara de vergüenza!) y sumiendo a todo Oriente Medio en el caos más absoluto.

MORALEJAS DE UN MUNDO REGIDO POR MACACOS PODEROSOS

¿Qué lecciones podemos sacar de todo este cúmulo de disparates e insensateces acaecido en el mundo durante los últimos catorce meses?

La primera, y más importante, es que al emperador del planeta le importa un soberano comino la legalidad internacional, tan trabajosamente lograda y con grandes imperfecciones, sin duda alguna, salida del final de la Segunda Guerra Mundial. Para este señor, las reglas no existen, la fuerza de la razón la ignora, tan solo atiende a la razón de la fuerza. Él, su fiel escudero y el dictador ruso están creando un mundo sin códigos.

La segunda es que a este émulo de Napoleón únicamente le interesan los políticos que se pliegan al 100 % a sus designios. Algún lector desnortado pensará que el actual presidente de España (el gobernante más nefasto que ha pisado la vida política española desde la muerte de Franco) ha hecho frente al líder supremo incorrectamente (rechazando su aumento del gasto de Defensa y negándose a que los aviones norteamericanos utilizaran las bases de Rota y Morón para atacar Irán, decisiones con las que estoy totalmente de acuerdo), y que nuestro país va a ser seguramente castigado por ello. Pero es que el gobernante más nefasto de la historia de España desde la muerte de Franco no es el único al que ha tratado de humillar, vocear, insultar y degradar el gran zar ¿Nadie se acuerda ya del trato que este matón de opereta ha dado en los últimos catorce meses a los presidentes o primeros ministros de Ucrania, Canadá, México, Panamá, Dinamarca, Groenlandia, Colombia, Reino Unido y algunos más que se me olvidan? Curiosamente, como buen acosador escolar, nunca se le ha ocurrido enfrentarse directamente con los mayores del colegio, esto es, con Vladímir Putin y Xi Jinping. Con ellos no, con el resto, sí. Vamos, nada nuevo bajo el sol: fuerte con el débil y débil con el fuerte.

¿Y cuál es la causa de este maltrato, de este acoso, de este bullying a esos altos signatarios, entre los que se encuentra el nuestro? Pues simple y llanamente que todos ellos se negaron en redondo a someterse al 100 %, a formar en primer tiempo de saludo, a apoyar felpudescamente al matón de turno.

La tercera y última moraleja de este desgraciado asunto es que las naciones del mundo deben mantener su soberanía, deben mantener su dignidad, deben mantener la cabeza alta ante expresiones hiperbólicas del autoritarismo, como la que estamos describiendo.

ES LA DIGNIDAD, ESTÚPIDO

Enlazando con esto último, (y modificando levemente el famoso eslogan de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, creado por James Carville), y para acabar, solo añadiré la novelada, pero real, conversación que Salvador Allende, el presidente chileno, tuvo con el entonces embajador norteamericano en la ONU, George H. W. Bush, en diciembre de 1972, antes de la intervención del presidente sudamericano en la ONU, en la que iba a criticar duramente la política del gobierno estadounidense contra las reformas emprendidas en el país del cono sur americano. Esa conversación de Allende con Bush padre (inserta en la magnífica serie Los mil días de Allende, que he visto a principios de año) ejemplifica perfectamente lo que un dirigente debería decir a otro cuando este trate de convertirlo en su lacayo y vasallo:

"Señor Bush, quiero reiterarle el deseo de pueblo de Chile por mantener las mejores relaciones diplomáticas con su Gobierno. Todo esto dentro del marco del respeto mutuo, por supuesto.

Si entiendo bien, usted me está solicitando que yo retire todas las referencias a la ITT [multinacional estadounidense que colaboró activamente con la CIA y el Gobierno de los americanos en la desestabilización del gobierno de Salvador Allende] de mi discurso ante la ONU. Es así, ¿no?

No sé si usted tiene perro, señor Bush, pero le cuento que yo tengo dos y los quiero mucho. Me imagino que usted sabe lo que es la vida de un perro: dormir, comer, pasear, hacer sus necesidades y, sobre todo, obedecer a un amo.

Yo no estoy en política, señor Bush, para recibir condecoraciones ni para ganar las próximas elecciones. Estoy en política porque yo no quiero que mi pueblo viva como un perro. Y para eso es fundamental no tener un amo. Espero que me entienda. Muchas gracias por su llamada, señor Bush. Hasta luego".

Por desgracia, como todo el mundo sabrá a estas alturas, el héroe de esta escena acabó mal nueve meses después. Y es que el amo acabó, finalmente, degollando al perro el 11 de septiembre de 1973.

viernes, 27 de febrero de 2026

VAN OLDENBARNEVELT, EL OTRO SERVET

MIGUEL SERVET. LA SANGRE Y LA CENIZA

Desde que, a principios de 1989, descubrí al personaje a través de una memorable serie emitida en TVE, mi fascinación por Miguel Servet (Villanueva de Sigena, ca. 29 de septiembre de 1509-Ginebra, 27 de octubre de 1553) se ha mantenido a través del tiempo.

En aquellos remotos y desasosegantes días (hacía tres meses que a mi hermana le habían detectado esclerosis múltiple), yo andaba cursando en la Universidad Complutense de Madrid cuarto curso de Geografía e Historia, aunque ya había decidido el año anterior (influido notablemente por las magistrales clases vespertinas del gran Manuel Martín Galán) que la especialidad que deseaba estudiar iba a ser Historia Moderna.

Es evidente que el entonces monopolio de la televisión estatal (aún no había aparecido Telemadrid, mayo de 1989, ni las cadenas privadas, enero de 1990) influyó en que la legendaria emisión concitara a su alrededor una audiencia sorprendentemente importante para la época, teniendo en cuenta el contenido de la misma. Yo, desde luego, fui uno de sus más adictos seguidores, y tras un par de capítulos dubitativos, devoré los siguientes cinco con fruición, llegando al clímax con el último, en el que tiene lugar la condena a la hoguera y la ejecución del genial y testarudo aragonés.

UN HOMBRE DE SABER UNIVERSAL

¿Por qué me sedujo tanto aquella serie y el personaje central de la misma? Pues, en esencia, porque donde uno creía hallar única y exclusivamente al descubridor de la circulación menor o pulmonar de la sangre (que pasa del ventrículo derecho al pulmón para oxigenarse, y vuelve al ventrículo izquierdo), proceso que explicó en su magna obra Christianismi Restitutio, (que, por cierto compré en junio de aquel mismo año en la Feria del Libro del Retiro, en Madrid), se encontró, por contra, con un personaje poliédrico, multifacético y heterodoxo.

Miguel Servet (1) apareció, de pronto, gigante ante mí, como uno de los máximos representantes del humanismo español del siglo XVI, destacando por sus dotes de científico, teólogo y, fundamentalmente, de hombre de saber universal, en paralelo al gran Erasmo de Rotterdam. Y es que su sagaz descubrimiento citado era solo la punta del iceberg de su dimensión intelectual, ya que, a su interés por la medicina (Syruporum universa ratio, París, 1557), le seguía el mostrado por la geografía (Geografía, de Ptolomeo, Lyon, 1535), la astronomía (Apologetica disceptatio pro astrologia, París, 1538), la anatomía, las matemáticas, la jurisprudencia y, por supuesto, la teología. Y fue en este campo del conocimiento, tan espinoso como dado a polémicas hiperbólicas en la época, donde el universal aragonés tuvo su auge y su caída.

HETERODOXIA RELIGIOSA

Porque, efectivamente, al margen de publicar Declarationis Jesu Christi (1540), dos Biblias latinas, editadas por H. de la Porte (Lyon, 1542), la Biblia de Pagnini (1542) y la Biblia sacra cum glossis (Lyon, 1545), Miguel Servet se hizo famoso en toda Europa por tres obras, en las que desparramaba sus heterodoxas ideas: De Trinitatis Erroribus (Haguenau, 1531), Dialogorum de Trinitate libri duo (Haguenau, 1532) y, especialmente, la ya citada Christianismi Restitutio (Viena, 1553).

En las dos primeras, Servet desarrolla una idea sui generis sobre el dogma de la Santísima Trinidad, estableciendo que en ella hay una distinción personal, pero no real, es decir, negando la división de la esencia divina y estableciendo que las personas de la Trinidad son simplemente formas o modos. Además, reconociendo en Jesús las cualidades divinas, no acepta su eternidad, cualidad que tan solo concede al Verbo, esto es, a Dios antes de encarnarse en el Hijo.

Por contra, su obra definitiva, la Christianismi Restitutio, es, esencialmente, una colección de tratados sobre diferentes parcelas teológicas, en la que se pretende que la Iglesia católica vuelva a sus orígenes en cuanto al restablecimiento del conocimiento de Dios, a la justificación por la fe y a la regeneración del bautismo y de la comunión eucarística.

SERVET Y CALVINO

De todas estas polémicas cuestiones en la época, sobresalió, sin duda, su concepción de la Trinidad y de la no eternidad del Hijo, que le valieron a Servet el inicio de un proceso inquisitorial por parte de la Inquisición española y francesa en 1532, que le obligaron a modificar su nombre en los libros que publicó a partir de entonces y a cambiar frecuentemente de residencia por diferentes ciudades de Europa, con la estación Termini de Ginebra. Allí, en 1553, tuvo lugar el enfrentamiento final, después de diecinueve años de polémicas sin cuento entre Servet y Juan Calvino (que tan bien ha analizado María Tausiet (2)), quien ya en 1546 había advertido, en una carta a un amigo, del final que le esperaba a su contrincante intelectual en el caso de que este pisara los pies en su ciudad. Así sucedió, y tras ser detenido acusado de herejía, se le realizó un proceso judicial de dos meses y doce días, al final del cual fue condenado a ser quemado vivo, sentencia que se ejecutó a las afueras de la teocrática Ginebra el 27 de octubre de 1553.

La aparición estelar de Miguel Servet en mi vida, en marzo y abril del 89, me dejó una honda huella en dos aspectos concretos: la defensa de la libertad de conciencia y de la tolerancia religiosa, así como la especial valoración de una de las facetas del humanismo renacentista, a saber, el insaciable deseo de conocimiento en la mayoría de las ramas del saber. Tres años antes de que el "espíritu colombino del 92" aterrizara en mi vida, un genial aragonés puso ya las bases del mismo. No es casualidad, pues, que una imagen de Juanjo Puigcorbé, el actor catalán que dio vida a Miguel Servet en la legendaria serie, lleve decorando mi habitación desde hace treinta y siete años.

Ejecución de Miguel Servet (www.granadacostanacional.es, 9-12-2021)

¿QUIÉN SE ACUERDA DE VAN OLDENBARNEVELT?

Si la figura de este español universal ha pasado casi de puntillas por la Historia, y casi nadie sabe hoy la verdadera dimensión del personaje, ¿qué vamos a contar de Johan van Oldenbarnevelt, que nació seis años antes del suplicio de Servet en la meseta de Champel? Aunque, a fuerza de ser sinceros, la gran pregunta que podría fustigar al lector que ha conseguido llevar vivo hasta esta parte de mi escrito debería ser: ¿pero qué diablos tiene que ver el insigne aragonés con este señor? Pues aunque parezca increíble, puedo afirmar rotundamente que bastante más de lo que parece. Veámoslo.

LA REBELIÓN DE LAS SIETE PROVINCIAS

Desde hace muchos, muchos años, me ha atraído sobremanera la política internacional desarrollada por los cinco reyes de la Casa de Austria, que gobernaron, entre otros, los diferentes territorios de la actual España entre 1516 y 1700. Y he de reconocer que uno de los capítulos que, de siempre, más me han fascinado ha sido el correspondiente a la rebelión de los Países Bajos, es decir, la revuelta que las siete provincias del norte (Holanda, Zelanda, Güeldres, Overijssel, Utrecht, Groninga y Frisia) llevaron a cabo entre 1566 y 1648 contra la dominación española de aquellas latitudes. Estamos hablando, por supuesto, de la llamada Guerra de los Ochenta Años.

Habiendo ya leído bastante acerca de este desgraciado y sangriento conflicto (cuyo origen, esto es, la adquisición de los Países Bajos por la Corona de España a través de la herencia paterna recibida por Carlos I, solo fue posible después de una sucesión de desgracias familiares en la descendencia de los Reyes Católicos, que acabó con uno de los hijos de Juana I de Castilla en el trono) durante los reinados de Felipe II y Felipe IV, me dio hace poco por rellenar el vacío bibliográfico que tenía sobre el monarca intermedio de ambos. De esta manera, cayeron en mis manos dos obras fundamentales del período: una, que me sirvió de introducción al mismo, escrita por Hugo Huidobro Castaño (3) y otra, sublime, que me guió por el corazón mismo del secular enfrentamiento hispano-holandés. Me refiero a un volumen escrito por el historiador inglés Paul C. Allen (4).

Ha sido en este último libro, maravilloso e impactante, y que a veces me recordaba, durante su lectura, el diario de un reportero de guerra o de un periodista en una reunión de altos vuelos internacionales, tal es su detallismo, fluidez y conexión entre los diferentes espacios geográficos, donde he descubierto la verdadera dimensión de Johan van Oldenbarnevelt.

ABOGADO Y POLÍTICO

Este holandés (5), nacido en 1547, que cursó estudios de Derecho en las universidades de Lovaina, Bourges y Heildeberg (en esta última es donde entró en contacto con las ideas protestantes), y que al volver a su país fue elegido miembro del Consejo de Holanda, sito en La Haya, se convirtió desde 1572, tras la segunda revuelta de las provincias neerlandesas contra la autoridad española (esta sí exitosa, no como la de 1566), en uno de los principales líderes de dicha insurrección.

Su papel en el conflicto solo hizo más que aumentar con el paso de los años, y en 1576 se convirtió en pensionario de Rotterdam, cargo que le permitió acceder al parlamento de la provincia de Holanda, y a partir de ahí y de la incorporación del resto de provincias a la rebelión (que fructificó en la Unión de Utrecht de 1579), dirigir las acciones conjuntas de los Países Bajos. Desde entonces, y hasta 1609, apoyó totalmente el liderazgo militar de los estatúter de Holanda y Zelanda, Guillermo de Orange (hasta su asesinato por un fanático católico, tras haber sido puesto precio a su cabeza por el rey Felipe II) y del hijo de este, Mauricio de Nassau, colaborando con ellos en las campañas militares contra el ejército español.

LA TREGUA EN LA QUE POCOS POLÍTICOS CREÍAN

Hasta aquí podemos entender la vida de este político holandés como la de una pieza más, sin duda importante, aunque aún no decisiva, en el largo enfrentamiento entre los dos territorios. Sin embargo, su papel adquiere un protagonismo fundamental, que le comienza a acercar a la vida de Miguel Servet, en 1607, con el comienzo de las negociaciones entre las dos potencias beligerantes para buscar un acuerdo de paz, ya que ambas se encontraban exhaustas a nivel económico y militar.

A pesar de que gran parte de la población de las Provincias Unidas se declaraba en esos momentos de extenuación partidaria de buscar una salida diplomática al conflicto, el partido belicista encabezado por Mauricio de Nassau intentó, desde el principio y por todos los medios, poner trabas a las negociaciones, ya que consideraba que la lucha debía continuar hasta la expulsión del ejército español del conjunto de los Países Bajos y la reconquista total de las provincias del sur, fieles a la Monarquía hispánica. 

Sin embargo, el posibilismo, la diplomacia, la política (entendida como el arte de lo posible), de Van Oldenbarnevelt en las negociaciones que dieron lugar a la Tregua de los Doce Años, firmada en Amberes el 9 de abril (casualmente o no, según Allen, sí, la misma jornada en la que Felipe III firmó la orden de expulsión de la minoría morisca del territorio español), supuso el triunfo absoluto de las tesis moderadas del gran abogado, que representaban, en esencia, los deseos de paz de gran parte de la población de las siete provincias, a excepción, quizá, de la de Zelanda. Y recalco lo de los deseos de paz de la población, ya que, por contra, el número de líderes políticos de ambos bandos que estuvieron plenamente convencidos de las bondades del armisticio fue escaso, y en el fascinante libro de Allen queda acreditado, salvándose, aparte del caso de nuestro protagonista, los del archiduque Alberto y el general Ambrosio Spínola.

La Tregua de los Doce Años supuso la práctica independencia de las Provincias Unidas. A pesar de ello, los verdaderos deseos del rey Felipe III eran utilizar ese largo período de paz para que la Monarquía hispánica, agotada después de más de cuatro décadas de guerra (solo en el período 1598-1609 se habían transferido a los Países Bajos la nada despreciable cantidad de treinta y siete millones de ducados, a un ritmo de más de tres millones anuales, a lo que había que añadir la bancarrota que la Corona española declaró a finales de 1607), pudiera recuperarse a nivel financiero y humano, con el objetivo último de volver a asaltar la fortaleza nórdica por enésima vez.

Johan van Oldenbarnevelt (taller de Michiel Jansz van Mierevelt, www.worldhistory.org, publicado por el Rijksmusem, 29-10-2023)

PACIFISTAS Y ARMINIANISTAS CONTRA BELICISTAS Y CALVINISTAS

Sin embargo, en el campo neerlandés, los partidarios de continuar la conflagración nunca perdonaron al buen abogado haber impuesto sus tesis pacifistas, y desde 1609 estuvieron siempre al acecho de utilizar la mínima oportunidad para ir en su contra. Esta comenzó a gestarse tras la tregua, cuando los conflictos interiores de las Provincias Unidas sustituyeron al enfrentamiento secular contra el imperio español. Dos fueron los fenómenos que socavaron la unión de los territorios protestantes, y en ambos la figura de Van Oldenbarnevelt se halló en el centro.

De una parte, la disputa entre el particularismo de las provincias, especialmente de Holanda, representada especialmente por el abogado, y los deseos del príncipe Mauricio y sus acólitos por desarrollar un régimen monárquico en todos los Países Bajos. 

Y de otra, el elemento religioso, que nos retrotrae nuevamente a Miguel Servet. En este caso, la lucha se dio entre el calvinismo rigorista, que intentaba establecer una teocracia, como la impuesta en Ginebra, para todos los territorios de las Provincias Unidas, y la corriente arminianista, que defendía una Iglesia abierta y tolerante. La primera de las opciones contaba como partidarios a Mauricio de Nassau, el partido belicista y seis de las siete provincias, y la segunda, a Johan van Oldenbarnevelt, el partido republicano y la provincia de Holanda.

La "madre de todas las disputas" eclosionó en el verano de 1617, cuando los Estados Generales de las Provincias Unidas intentaron establecer un modelo de iglesia nacional en la línea de la Ginebra, que chocó contra los deseos del parlamento holandés. El conflicto derivó, un año después, en la invasión de la provincia "rebelde" por parte del ejército del príncipe de Orange, en el control de la misma y en el apresamiento de los líderes holandeses, el primero de ellos nuestro conocido abogado.

Acusado de traición, y tras nueve meses de prisión, terribles interrogatorios y un juicio llevado a cabo por un tribunal compuesto mayoritariamente por enemigos de Van Oldenbarnevelt, que no le permitió siquiera contar con un abogado defensor, el político holandés, en otro tiempo una de las almas de la insurrección neerlandesa, fue declarado culpable, condenado a muerte y decapitado en La Haya el 13 de mayo de 1619. Restaban menos de veinticuatro meses para que expirara su gran aportación política.

DOS APÓSTOLES DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA, SEPULTADOS POR LA HISTORIA

Quizá, después de haber leído estos procelosos acontecimientos, muchos pensarán que existen, de hecho, grandes diferencias entre Miguel Servet y Johan van Oldenbarnevelt. No las niego. Uno contaba con una faceta científica, y el otro, con una política. Uno era la expresión más pura del hombre de saber universal, en línea con Leonardo, y el otro contaba con una sólida formación de Derecho. Uno era un polemista exacerbado e insaciable, y el otro, un político posibilista, que, por si fuera poco, fue el principal artífice de la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) en 1602. Estas son diferencias incuestionables.

Sin embargo, si analizamos la parte profunda de ambos personajes, nos daremos cuenta de que, en esencia, no resultaban tan antagónicos como pudiera parecer. Servet era un teólogo cristiano, pero antitrinitario y cercano al anabaptismo (creía firmemente en que el bautismo no se debía imponer a los recién nacidos, sino a las personas adultas, cuando estas manifestaran su voluntad de recibir el preciado sacramento), por tanto, en la periferia de la ortodoxia cristiana, y por ello fue perseguido durante toda su vida por católicos, pero también por protestantes.

Van Oldenbarnevelt era partidario de una Iglesia abierta y tolerante, en las antípodas de la esgrimida por el calvinismo rigorista, y por ello, también fue condenado por este. Además, en paralelo a esta dimensión religiosa, el abogado holandés desarrolló un posibilismo político, que tuvo su acto final en la Tregua de Amberes, que los belicistas de turno nunca le perdonaron.

He aquí dos hombres, en apariencia muy diferentes, pero en su parte esencial, a mi juicio, muy parecidos. Ambos defendieron posturas religiosas y políticas personalistas, minoritarias y heterodoxas para la época, que pagaron con sus vidas. Ambos fueron apóstoles de la libertad de conciencia, cercenada por el poder autoritario. Y ambos, tras ser las cenizas de uno aventadas en el campo de Chapel, y ser enterrado el otro bajo la capilla de la Corte, en el Binnenhof de La Haya, sepultadas sus figuras y su recuerdo durante decenios bajo un manto de silencio. Tan solo Voltaire, ciento cincuenta años después de la ejecución del abogado, comenzó a reconocer la valía de ambos personajes y la terrible injusticia de sus ejecuciones.

En una época, como la nuestra, donde nuevas formas de autoritarismo, con trazos ideológicos antagónicos, se expanden como un reguero de pólvora por partes sustanciales del globo, no está de más recordar a dos personas, a las que la historia devoró, y que fueron maltratadas por hombres autodenominados puros, que les acusaron, ignominiosamente, de cometer un único delito: pensar por sí mismos y declarar en alto su heterodoxo ideario.

(1) Es fundamental para su estudio el clásico volumen de José Barón Fernández, Miguel Servet. Su vida y su obra, Madrid, Espasa-Calpe, 1989.

(2) "Mago contra falsario: un duelo de insultos entre Calvino y Servet", Hispania Sacra, vol. 62, nº 125, 2010, pp. 181-211.

(3) La gran ocasión. Los años decisivos de Felipe III, Gijón, Ediciones Trea, 2021.

(4) Felipe III y la Pax Hispánica, 1598-1621, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

(5) Parte de los datos, en Tomás Fernández y Elena Tamaro, "Biografía de Johan van Oldenbarnebelt", [Internet]. Barcelona, España; Editorial Biografías y Vidas, 2024, en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/oldenbarnevelt.htm [página consultada en febrero de 2026].

martes, 10 de febrero de 2026

ROSALÍA, UNA PERLA DE MUCHO "CUIDAO"

UNA ARTISTA CON CIFRAS ESTRATOSFÉRICAS

Que quede claro desde el principio, que a mí, Rosalía Vila Tobella, más conocida como Rosalía (San Esteban Sasroviras, Barcelona, 25 de septiembre de 1992), no me cae mal. No es que sea muy fan de ella, pero es verdad que algunas de las canciones de sus tres primeros álbumes, como Malamente, La fama, Despechá o Motomami me gustan bastante. Quiero decir con esto, que su música me atrae de alguna manera, y me hallo (como otros millones de personas) dentro de su radio de acción musical.

Lo que sí me sorprendió siempre mucho del personaje en cuestión antes de publicar su último e icónico disco, Lux, es que con tan solo tres álbumes de estudio editados a sus espaldas, que incluían en total la sorprendente y, ciertamente, corta cifra de quince sencillos; repito, lo que siempre me sorprendió es que gran parte de los medios de comunicación (radio, televisión, prensa escrita e internet) la consideraran ya una de las artistas españolas de la canción más grandes de la historia. 

Es verdad, hay que reconocerlo, que el número de distinciones y premios obtenidos por la diva catalana entre 2017 y 2024 es sencillamente impresionante, alcanzando los ochenta, entre los que se incluyen dos Grammy, catorce Latin Grammy, cuatro MTV VMAS y cinco Los 40 Music Awards.

A todo este poderío hay que sumar, naturalmente, la cifra de discos vendidos y escuchados (especialmente este último, a través de las diversas plataformas de internet), así como la del conjunto de sus conciertos, como el llevado a cabo en su gira Motomami World Tour, que durante 2022 y 2023 sumó sesenta y ocho actuaciones, recorriendo veintiún países y reuniendo a más de dos millones de personas.

LUX, ENTRE LA ESPIRITUALIDAD Y LA TRASCENDENCIA

Y en estas estábamos, con la crack catalana en guarismos astronómicos, cuando llegó Lux. Este cuarto álbum de estudio, que ha tenido una recepción magnífica por parte de la crítica musical y que se ha convertido en número uno en diversas listas a nivel mundial (Alemania, Austria, Bélgica, España, Estados Unidos, Portugal y Suiza), ha roto en gran parte con el pasado sonoro de Rosalía, ya que, según declaraciones suyas y de su equipo de prensa, ha tratado de explorar "temas líricos de mística femenina, transformación y trascendencia, inspirándose sus canciones en las relaciones románticas de la cantante y en su relación con Dios".

A esta explosiva publicación ha añadido Rosalía la presentación del álbum, el pasado 7 de noviembre, en Times Square (Nueva York) y en la plaza del Callao (Madrid), donde cientos de personas observaron, sorprendidas, el atuendo monjil de la cantante impreso en las pantallas luminosas de la noche, portada del disco. A ello se unía el hecho de que, en las semanas previas y posteriores al lanzamiento del mismo, la artista no paró de dar entrevistas y hacer declaraciones en las redes sociales, en las que manifestaba, sinceramente, su admiración hacia el mundo de los conventos y los monasterios, hacia la vida contemplativa, hacia la vida espiritual en suma. A tanto ha llegado el fenómeno, que algunos media hablan ya de un renacimiento del cristianismo, fomentado por personajes mediáticos como ella y otros muchos, así como por el tratamiento que el tema está teniendo en las redes.

UN AGUJERO NEGRO EN EL ICÓNICO ÁLBUM

Sin embargo, en este viaje introspectivo de misticismo, santidad, trascendencia, crecimiento personal y espiritualidad, existe también una parte inquietante, oscura, tenebrosa. Me refiero a la canción La perla, estrenada el 5 de diciembre pasado, y que en la actualidad suena sin parar en las radio fórmulas de todo el país. Según la artista, la pieza es una crítica contra algunos desengaños amorosos del pasado. Así, en una entrevista en 2025 a un medio norteamericano para hablar sobre el sencillo, declaró que "Siempre hay un villano. Hay demasiados villanos. La fe en la masculinidad se ha perdido. Eso es todo lo que diré".

Tratando de ser justos, hemos de decir que los despechos sentimentales convertidos en canción no son nada nuevo, y que hay rastro de tales creaciones artísticas desde hace cincuenta años: 50 Ways to leave your lover, de Paul Simon (1975); Ese hombre, de Rocío Jurado (1979); I forgot that you existed, de Taylor Swift (2019); Flowers, de Miley Cyrus (2023); o la icónica Shakira: BZRP Music Sessions, volumen 53, de Shakira y Bizarrap (2023).

Aunque algunas de estas canciones me encantan, he de decir que este tipo de obras nunca me ha gustado, en el sentido profundo de las mismas, es decir, en la expresión de una crítica pública a antiguos amantes (vida privada) que, por la razón que fuera, dejaron de serlo. Pero es evidente que en este campo, como en otros, existen grados. No es lo mismo una alusión velada a viejos desengaños sentimentales que una letra llena de indirectas e ironía, pero guardando las formas. Un paso más nos descubrió Shakira hace tres años, cuando lanzó su panfleto anti-Piqué. Aquello creó una gran polvareda, pero se halla a años luz de la canción que nos ocupa.

LA VÍCTIMA DE LA PERLA

La inmensa mayoría de entendidos en el mundo de la música y en el de los propios fans de Rosalía llegó, desde el primer momento, a la conclusión de que el verdadero receptor de La perla era el cantante puertorriqueño Raúl Alejandro Ocasio Ruiz, conocido artísticamente como Rauw Alejandro (San Juan, 10 de enero de 1993). Los indicios que apuntaban a este personaje eran variados y contundentes: 1) una relación sentimental con la crack catalana entre 2019 y 2023, con promesa de boda en marzo de este último año, pero con un abrupto final el 26 de julio del mismo, con sospechas de infidelidad por parte de él; 2) el propio título de la canción, "casualmente" uno de los barrios de la ciudad natal del cantante; 3) la alusión a la palabra "perla" en el sencillo "Promesa", cantado por Rosalía, pero dentro del álbum RR (2023), publicado por ambos; y 4) una estrofa de la canción que tratamos ("su masterpiece, su colección de bras"), que parece señalar al interés del cantante, reconocido personalmente, por coleccionar ropa interior de sus fans lanzada al escenario a lo largo de sus conciertos.

UN INTENTO DE ASESINATO SOCIAL

Llegados a este punto, un extraterrestre venido de la galaxia de Andrómeda que leyera lo hasta aquí narrado preguntaría, sorprendido: ¿pero qué relevancia tiene la letra de La perla para toda esta megaintroducción? Y yo le respondería a ese hombrecillo verde, de cabeza grande y cuerpo pequeño, que la trascendencia de la canción estriba en la hipérbole, en la exageración, en el insulto, en la descalificación, en la humillación, en el intento de asesinato civil de una persona, en este caso, Rauw Alejandro. Porque, ¿qué le parecería a cualquiera de nosotros que alguien con el que hubiera mantenido una relación sentimental durante cuatro años, y que, por las razones que fuera, aquella hubiera acabado definitivamente, le espetase en una canción, escuchada millones de veces por todo el mundo, frases del tenor siguiente:

"Ladrón de paz"; "campo de minas para mi sensibilidad"; "estrella de la sinrazón"; "medalla olímpica al más cabrón"; "terrorista emocional"; "mayor desastre mundial"; "rey de la 13 14"; "mientes más que hablas"; "monumento a la deshonestidad"; "si puede, vive en casa ajena"; "red flag andante, tremendo desastre"; "bala perdida"; "la lealtad y la fidelidad es un idioma que nunca entenderá"; o "si le pides ayuda, desaparecerá".

Y, por supuesto, solo queda aquí reflejado lo más fuerte del dichoso sencillo, pero no es lo único.

Desconozco lo que mediaría, lo que acontecería entre marzo y julio de 2023, entre el gozoso compromiso de la pareja de marras y su áspero y estrepitoso final, y teniendo en cuenta que ya han pasado casi tres años del mismo, no queda claro que lo sepamos algún día.

Sin embargo, sí sé claramente que Rosalía no fue asesinada, violada, secuestrada o torturada por su pareja, y que, como mucho, y es solo una suposición, en todo este embrollo pudo mediar una infidelidad. Ante ello, ¿me puede explicar alguien, con dos dedos de frente y con un mínimo de sesera, cómo es posible que la reacción de una persona ante esa hipotética situación sea el infame vómito, el desabrido esputo, el irracional rebuzno, el pegajoso lapo, en fin, el lamentable y vergonzoso contenido de la maldita canción?

Rosalía y Rauw Alejandro en la gala de Los 40 Music Awards, en 2021 (Marca, 3-11-23)

LA MÍSTICA DESPECHÁ

Desde que escuché por primera vez La perla, no me pareció de recibo su letra, aunque confieso que su música me gusta. Pero aún me ratifico más en mi opinión sobre la misma cuando veo, oigo y leo que la artista que la ejecuta no solo afirma que el álbum entero e, incluso, su propia vida, tiene como bases fundamentales la trascendencia, la espiritualidad, el crecimiento personal y la mística, sino que auténticas leyendas de la religiosidad femenina de todos los tiempos, como Hildegard von Bingen y Teresa de Jesús han sido referencias absolutas para ella.

¿Qué pensarían estas dos religiosas al escuchar los versos de La perla? ¿Tendría cabida en los conventos y monasterios, que tanto fascinan a la crack catalana, el recital de improperios narrado? ¿Puede ver alguien una correlación entre la supuesta espiritualidad de la megaestrella y el ultraje que supone la letra de la fatídica canción? ¿Puede uno asegurar que está creciendo personalmente después de componer esta oda al asesinato social de su antigua pareja?

Lo dije al principio y lo confirmo al final: ni Rosalía me cae mal ni algunas de sus canciones me dejan de gustar, pero he de reconocer que La perla supone, desde mi humilde punto de vista, un agujero negro, insondable, fétido y maligno, que ha deteriorado enormemente la visión que yo tenía sobre una estrella emergente del mundo de la canción. Porque, en definitiva, ¿alguien se imagina ser Rauw Alejandro, y tener que escuchar a su alrededor millones de veces la dichosa canción? ¿Le haría gracia? Pues eso.

lunes, 26 de enero de 2026

EL INVIERNO DE LA VIDA EN LA REALIDAD PARALELA DEL IPR

EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN...

Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo ascendimos la entonces existente rampa que conectaba las Urgencias con la entrada del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, tras haber dejado a mi padre al comienzo mismo de un azaroso y proceloso viaje por las profundidades del inframundo de los egipcios, del que solo saldría de forma definitiva diecisiete meses después; repito, desde aquella inolvidable jornada, he vuelto muchas veces a este hospital. Y, por desgracia, la inmensa mayoría de las ocasiones no ha sido para asuntos baladíes, sino como consecuencia de enfermedades hors catégorie de mis seres más queridos.

Allí permaneció mi padre noventa días seguidos la primera vez; allí residió mi hermana diecinueve días cuando le detectaron el primero de sus males; allí operaron a mi padre siete veces de diversas enfermedades a lo largo del tiempo; allí internaron a mi hermana en un montón de ocasiones después de sus diversas recaídas; allí vivió mi hermana treinta días seguidos, durante enero y febrero de 2013, cuando se descubrió el segundo gran frente que padecía; allí habitó mi hermana treinta y seis días continuados, en agosto y septiembre de 2015, antes de volver a casa, para regresar finalmente al hospital de la calle Doctor Esquerdo veinticuatro horas antes de emprender su huida hacia el sol; allí intervinieron tres veces a mi madre entre 2016 y 2019, y allí se sumergió la triste tarde de Otumba del 21 de mayo de 2020, para salir once días después, con dos heridas mortales, una en el cuerpo y otra en la mente.

Durante todo este tiempo en el hospital, en el que yo tan solo fui de "turista", es decir, en el que el gran peso de los acompañamientos, la mayoría de las veces, recayó en mis abnegados padres, siempre percibí, sin embargo, bien por lo que yo viví in situ, bien por referencias directas de mi familia, la existencia de una realidad, la de la vida en el hospital, paralela a la del día a día fuera de aquel.

...Y AYER, EL IPR

Y esa realidad, tan alejada de las anchas avenidas de la vida cotidiana, es con la que me he reencontrado en estos primeros días de enero del estrenado año, a cuenta de una gripe A padecida por mi padre. Sin embargo, esta vez el edificio que nos ha albergado no ha sido el icónico hospital de Doctor Esquerdo, sino un anejo del mismo, el Instituto Provincial de Rehabilitación (IPR), sito en la calle de Francisco Silvela.

Este centro sanitario, alto, estrecho de fachada y que pasa completamente desapercibido si uno pasea cerca de él y no sabe de su existencia, era ya conocido por mí desde finales de los 80 o comienzos de los 90, no porque hubiera ingresado yo en él, sino porque mi hermana estuvo acudiendo allí una temporada para realizar unas sesiones de rehabilitación poco después de haber sido detectada su primera gran enfermedad. A esas sesiones matutinas acudieron a acompañarla, como siempre, mis sufridos padres.

Así que, tres décadas y media después de aquellos sucesos, mi padre y yo nos sumergimos en la tercera planta del edificio, en una habitación doble, que compartimos la mayor parte del tiempo con José, un buen hombre, vecino de la calle de San Claudio, en Vallecas, también aquejado de la "puta gripe", tal como la denominó una enfermera del sitio, airada ante esta nueva plaga del invierno 25/26. Un vallecano, al que, por cierto, nadie visitó durante los días de nuestra convivencia, y que la única llamada que hizo al exterior fue a un trabajador social municipal para comentarle su situación, pero que nunca apareció por allí.

EL TALLER FRENTE A LA INDUSTRIA

Frente a la barahúnda, al torbellino, al huracán del edificio de Doctor Esquerdo, tan lleno de gente, con tantos pasillos, con tantas intersecciones, con la mítica M30 (que descubrí increíblemente la noche que pasamos en la UPH 4, y de la que tanto me hablaste, pajarillo, hace cuarenta años), que conecta el edificio principal con el de Oncología; frente a tanto trasiego, a tanta multitud, la tercera planta del IPR (supongo que el resto de plantas destinadas a hospitalización serán iguales) me pareció casi desde el principio una especie de humilde taller, quizá como el que albergaba la rueca que gira en el cuadro Las hilanderas, de Diego Velázquez: el taller de Francisco Silvela frente a la gran industria de Doctor Esquerdo. Y recalco, para que no haya malas interpretaciones, que esta simbólica comparación la realizo solo y exclusivamente en cuanto a las dimensiones de la edificación.

Porque, efectivamente, esa tercera planta solo alberga para los ingresados un único pasillo, de cincuenta metros de largo y tres de ancho, que se abre a veintiocho habitaciones dobles. Lógicamente, en esa planta existen más dependencias, además de una cómoda sala de espera, dotada de una pequeña y elegante biblioteca, a disposición de pacientes y acompañantes. Pero es en ese medio centenar de metros en el que se materializa la vida cotidiana del hospital, una existencia, ya digo, paralela, por lo diferente, a la que se respira más allá de sus puertas de entrada.

EL TIEMPO

Primero está el tiempo. Y es que cuando se habita en estos espacios de paredes blancas, que son los hospitales, y más si se permanece muchos días en ellos, uno nota inmediatamente la ralentización del padre Cronos, la lentitud en la caída de los granos en el reloj de arena, el avance renqueante del segundero. Uno se halla en el IPR para recuperarse, para sanarse, para volver al torbellino de la vida, y el enfermo y su hipotético acompañante han de acomodarse al tranquilo transitar de las olas, porque, en definitiva, no hay cosa más importante en la vida que estar sano, y todo el que diga lo contrario o relativice esta aserción no tiene ni puta idea de lo que va el tema.

LA MONOTONÍA

Y junto con la cámara lenta a la que viaja la vida en las habitaciones y en el mítico pasillo, se halla en paralelo la monotonía, la rutina. En una suerte de Atrapado en el tiempo, película que tanto me fascinó cuando la visioné hace tan solo unos meses, las jornadas en el centro hospitalario se hallan cargadas de hábitos, de costumbres, y son, en suma, planas e iguales. Enfermeros que pasan tomando la tensión, la temperatura y la saturación en sangre a los pacientes dos o tres veces al día, así como administrando los diversos tratamientos; auxiliares que lavan a aquellos enfermos que no pueden valerse por sí mismos, que cambian su ropa interior, que rehacen las camas, que reparten las comidas; personal que pasa limpiando el pasillo y las habitaciones; celadores que se encargan de movilizar a los pacientes en sus ingresos, en sus pruebas médicas y en su altas; y médicos, por supuesto, que te visitan el día del ingreso, te dan alguna explicación de vez en cuando de cómo evoluciona el mal que padeces, y vuelven la última jornada para decir que te vas, entregándote la famosa Carpeta de información al alta.

LA PERFECTA ORQUESTA

Este es el trasiego, la jornada de los trabajadores públicos del IPR, perfectamente sincronizada, esmerada, cuidadosa, profesional en definitiva, en la que ningún detalle se pasa por alto, en la que la misma minuciosidad se pone en repartir las bandejas del desayuno, en asear a un paciente, en ponerle un antibiótico o en limpiar los baños y los suelos. Todo un modelo de organización, que solo se capta en su verdadera dimensión si uno se aleja mentalmente de su propio caso particular; toda una excelencia en el trabajo público, tan injustamente denostado a veces por los apóstoles del apocalipsis ideológico.

EN LO MÁS CRUDO DEL CRUDO INVIERNO

Pero el alma de la tercera planta del IPR la integran, básicamente, los enfermos, los pacientes, los dolientes. Veintiocho camas para veintiocho microhistorias. Y aquí es donde detecté el gran nexo común en la mayoría de los sufrientes: la edad. Cuando llegamos, habían pasado dos días de la emblemática fiesta de los Reyes Magos, y el legendario pasillo se encontraba decorado con motivos referentes a la reciente Navidad, pero también con insinuaciones a la estación del año que transitábamos en esos instantes, la más representativa de las cuales se hallaba frente al Control de enfermería (este, una suerte de caravanserai en la Ruta de la Seda, de campo base en las estribaciones del Everest, de puesto de mando en una importante batalla): un pequeño mural en la pared hecho de cartón, con un muñeco de nieve, un árbol y, enmarcándolo todo, la palabra "INVIERNO".

Después de varios paseos por delante del sugerente cartel, se me hizo la luz y descubrí que, frente a la superficie de la referencia estacional, la mágica palabra simbolizaba el invierno del hombre, su etapa final, su pronta disolución. Porque, efectivamente, la inmensa mayoría de los destinados a habitar aquel pequeño microcosmos blanco eran ancianos, especialmente mujeres, octogenarios, nonagenarios e incluso centenarios. Por allí andaba la buena de Teresa, que llamaba constantemente a su inexistente madre a viva voz; por allí deambulaba Enrique, aquel espigado y famélico personaje que, tras sus maratonianos paseos por el pasillo, siempre preguntaba a su mujer, a su hermano o a Henry, el chico que la familia había contratado para quedarse con él por la noche; repito, que siempre preguntaba cuál era su habitación; y no solo eso, sino que, a veces, al hombre, en su difuso mundo interior, le daba por pasear con una silla de ruedas (él andaba perfectamente), llevar la mesita en la que le colocaban la comida de un sitio a otro del pasillo, preguntar a Henry que quién era y qué hacía allí o discutir seriamente con las enfermeras por no querer ducharse durante cuatro días seguidos.

Por este pequeño mundo de fluorescentes blancos llegó el último día a nuestra habitación Juan, un vecino de Rivas-Vaciamadrid, que, inmediatamente, me preguntó que de dónde era, y al contestarle yo que de Moratalaz, añadió que él había sido celador en el Centro de Especialidades de Pavones. Hasta ahí parecería todo normal, pero la cosa cambia cuando a los cinco minutos te hace la misma pregunta, igual que a los diez y a los quince.

NACIDA EL AÑO DEL DESASTRE DE ANNUAL

Sin embargo, quien más simbolizó el cartel que aludía a la estación invernal fue, por supuesto, Asunción. Venía de alguna residencia de mayores de Guadalajara, y contaba con la inestimable edad de 104 años. Se hallaba en la cama 315, sola, sin vecino de habitación y sin nadie que la visitara. La pobre mujer se pasaba gran parte de las jornadas gritando amargamente "madre", "madre", "madre". Cada vez que pasaba yo por delante de su habitación, la miraba y ella, casi siempre, volvía su cara hacia mí. Luego, por la noche, cuando me acostaba junto a mi padre en aquel sillón extensible tan agradable, mi mente volaba hacia la vida de la venerable abuela, nacida el año en que el ejército español sufrió la terrible derrota de Annual en el Rif marroquí. Y divagaba sobre cuáles habrían sido las circunstancias de que no tuviera a ninguna persona a su lado tan solo unos metros antes de arribar al río Leteo, a la laguna Estigia, al paseo en la barca del mítico Caronte. Y, sí, tristemente, pensando en Asunción en la neblina de la madrugada, me veía a mí mismo habitando la cama 315.

RUMORES LEJANOS DE VIDA EXTERIOR

Caminar gran parte del día por el estrecho pasillo con mi padre o a solas era, quizá, el ejemplo máximo de la realidad paralela que habitaba el IPR. Al pasar por delante de las habitaciones, muchas con la televisión de pago encendido, y oír las noticias de las negociaciones para formar gobierno en Extremadura, de la tensión diplomática entre Estados Unidos y la Unión Europea a cuenta de Groenlandia, de los casos de corrupción que afectan al Gobierno central; al andar por el interior de la delgada recta, y escuchar en algunas radios las canciones de Aitana, Rosalía o Dani Fernández; esos murmullos sonoros del exterior me parecían lejanas olas que el viento batía caprichosamente y que, sabiendo a la perfección que existían, asemejaban entes extraños a la realidad cotidiana del hospital.

Destrucción de Sodoma (autor desconocido. Diario La Razón, 8-3-21)

SI UNO DE ELLOS HUBIERA HABITADO SODOMA Y GOMORRA...

Dentro de este mundo de mujeres y hombres mayores, de decadencia física y mental, de estragos causados por el tiempo y la edad, tan solo vi la luz, fosforescente, brillante, superlativa, proyectada por los trabajadores sanitarios. Lourdes, Toñi, Cris, Paula, el enfermero andaluz, la enfermera de pelo rizado de por la noche..., todo un conjunto de profesionales que dan, diariamente, lo mejor de sus existencias a cuenta de unos pacientes, instalados ya en el invierno de sus vidas. Después de un pequeño lapso de tiempo habitando en el vientre de la ballena blanca, que es el IPR, he quedado plenamente convencido de que si uno solo de estos personajes anónimos hubiera residido en las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, es evidente que Yahvé, en su ira contra la corrupción y el pecado, pero en su búsqueda de alguna persona justa en las ciudades que permitiera salvarlas, nunca hubiera derramado el azufre y el fuego sobre las destartaladas cabezas de sus habitantes.











martes, 16 de diciembre de 2025

SIEMPRE SUMERGIDA EN LAS PEQUEÑAS COSAS

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) dedicó el 39.º capítulo de su magna obra Camino (1939; cinco millones de copias; segundo libro en español más traducido de la historia) a las "cosas pequeñas". A lo largo de dieciocho puntos, el fundador del Opus Dei muestra uno de los muchos caminos que conducen a la santidad, esta vez a través de la glorificación de los actos cotidianos y rutinarios. Tres de sus epígrafes dicen así:

"813. Hacedlo todo por amor. Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo.

815. ¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

825. Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas"

Desconozco dónde se encontrará tu alma ahora, mamá, pero si siguiéramos el razonamiento del santo oscense, indudablemente hace ya mucho, mucho tiempo, casi un quinquenio, que se hallaría residiendo en las verdes y frescas praderas del empíreo.

Desde que tengo uso de razón, y aún antes (por los recuerdos que me hiciste llegar sobre el "tiempo de las sombras", aquel camino vital por el que discurrimos los primeros años de nuestras vidas, pero del que no tenemos memoria), siempre, y digo siempre, anduviste sumergida en las pequeñas cosas. Era algo estructural en ti, como la humildad, la curiosidad, el agradecimiento, la capacidad de sorpresa, la conmiseración con los que sufren...

De puertas para afuera, con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los conocidos, cuidaste al máximo la sociabilidad a través de un millón de detalles microscópicos. Si quedabas en llamar a alguien, eras un auténtico reloj suizo de precisión, bien lo saben Antonia, Ana Mari, Basi o Julia sin ir más lejos. Si alguien se encontraba enfermo, te interesabas masivamente por su estado, pero de verdad, no para quedar bien o para sonsacar detalles escabrosos que luego pudieras airear. Si te encontrabas en algún banco público con cualquiera de tus queridas abuelas, que te contaban cómo discurría su trayectoria vital en soledad a pesar de haber engendrado cinco vástagos, empatizabas al máximo con ella, y luego te cagabas en todas las muelas de sus cinco retoños cuando me narrabas la escena.

Si una vecina te pedía un favor, te volcabas con ella. Si en la calle, junto a sus portales, te juntabas con los míticos porteros (hoy ya todos desaparecidos, por muerte o jubilación), siempre sabías la manera de mantener una conversación en la que la persona en concreto, no en abstracción, fuera el centro de la misma, así como sus circunstancias cotidianas.

Nunca vi en toda esta miríada de detalles postureo alguno, huroneo insano, parloteo indecente o hablar por hablar. Como diría el gran Karlos Arguiñano, tus palabras, tus actitudes, tus hechos con los demás siempre estuvieron acompañados de toneladas de fundamento, de sinceridad, de verdadero sentir, de una fiera empatía.

Mi padre y mi madre junto a la iglesia de San Miguel Arcángel (Pedrezuela)

Pero donde demostrabas más ese cuidado de los detalles, ese gusto por las cosas pequeñas, esa exaltación de lo rutinario era, naturalmente, de puertas hacia dentro, es decir, en el interior de estas cuatro paredes y, por supuesto, fuera de ellas, en tu relación con nosotros tres.

Según nos referiste en multitud de ocasiones, no te gustaba especialmente cocinar, pero ponías los cinco sentidos al hacerlo cada día, en cada desayuno, en cada comida, en cada cena. En este sentido, muchas veces hacías alusión a la famosa frase de Teresa de Jesús "también entre los pucheros anda el Señor" (Fundaciones, 5, 8), aunque tú, habitualmente, llamabas a la santa abulense "doña Teresa". Y es que, efectivamente, siempre presencié en el pequeño microcosmos de la cocina, donde la Mujer ha entregado su vida durante tanto tiempo, laboriosidad, detallismo, cariño y emoción. 

Tanto en las comidas del día a día como, por supuesto, en las celebraciones cumpleañeras, cuaresmales o navideñas, siempre noté esa parsimonia, ese cuidado al máximo, esa sublimación de la cotidianidad. Y ese empeño, ese buen hacer en la elaboración de los alimentos que tú y el resto consumían se trasladaba, naturalmente, a la planificación semanal (que partió de Mari, y que yo heredé), a la compra de los productos en las tiendas pequeñas y en las grandes superficies, en la preparación de la mesa, en el fregado de los cacharros, en el barrer... Y todo, absolutamente todo, haciéndolo con paciencia, sin prisa, sin pausa, con orden, en una apoteosis del trabajo bien hecho.

Y lo realizado en la cocina, tu sancta sanctórum, lo expandías hacia el resto de tareas domésticas: la puesta en funcionamiento de la lavadora; el tendido de la ropa en la terraza o en los radiadores; la recogida de la misma; el planchado, con aquella delicadeza en nuestras camisas; el doblado de estas y de los pantalones cuando había cambio de estación; la limpieza general de la casa con la mopa por el suelo, la de los azulejos, la de los espejos, la de los cristales...

Sin embargo, donde el triunfo del trabajo bien hecho y de la dedicación ultraprofesional en las pequeñas cosas de la vida alcanzaban su clímax era, sin duda, en la enfermedad. ¡Cuántos años, desde aquel remoto 17 de febrero del 85, te vi luchando contra los diversos y tristes destinos que te/nos tocaron vivir! Allí, en aquellas situaciones límite, es donde extendías tu máxima potencia vital: aquellos meses inacabables de 1985 y 1986 con papá; aquella eternidad de veintinueve años de esclerosis múltiple con Mari; aquellos últimos treinta y cinco meses con tu pequeña...

Recuerdo aquella tarea hercúlea, sobrehumana, y se me parte el alma. ¡Tantas estancias en el hospital! ¡Tantas mañanas ayudando, con papá por supuesto, a levantarse a Mari, a lavarla, a darla el desayuno, a vestirla, a bajarla a la calle para que la recogiera la furgoneta del Centro de Día! Y luego, ¡tantas tardes bajando a la calle a recogerla, subiéndola aquí, dándola de merendar, poniéndola la televisión, dándola de cenar, acostándola (los últimos treinta y un meses con la ayuda de la grúa)...! 

Pero es que esta actividad frenética, aunque pausada y sincronizada, también llegaba a las pequeñas enfermedades, que tal que yo sufría a veces. Daba igual que fuera un constipado, un dolor de muelas, un problema de lumbalgia o una cefalea. Tú siempre andabas en el lado correcto de la historia, para ayudarnos y hacernos la vida un poco mejor.

Y todo lo citado se repetía en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, en una suerte de AWAC que cubriera con su radar los 360.º de la existencia.

Además de una enorme cigarra, con cuyo canto nos iluminabas todos los días de nuestra vida, fuiste una gigantesca hormiga, un excelso enano laborioso, una especie de ángel ayudante de san Isidro en sus tareas agrícolas, que desplegabas tus alas, tu vida, tu alma, por todos los territorios que surcabas, que eran, en gran medida, los nuestros. Y así, un día y otro y otro y otro, en un interminable sendero de esmero y profesionalidad en las labores aparentemente insignificantes, socialmente minusvaloradas. 

En 1971, el maestro Joan Manuel Serrat compuso una canción que decía así:

"Uno se cree / que las mató el tiempo y la ausencia, / pero su tren / vendió boleto de ida y vuelta. 

Son aquellas pequeñas cosas / que nos dejó un tiempo de rosas / en un rincón, en un papel / o en un cajón.

Como un ladrón, / te acechan detrás de la puerta. / Te tienen tan a su merced / como hojas muertas.

Que el viento arrastra allá o aquí, / que te sonríen tristes y / nos hacen que / lloremos cuando nadie nos ve".

Sublimaste lo sencillo, lo cotidiano, lo rutinario, lo insignificante. Avanzaste por las procelosas aguas de la vida que te tocó vivir con armonía, elegancia, empeño, sinceridad y amor por los detalles. Diste todo lo que podías ofrecer, que era mucho. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que hiciste por nosotros. Un quinquenio tras tu marcha, tras tu disolución en el éter, sigo recordando aquel Camelot en que convertiste nuestra vida, y algunas veces, cuando nadie me ve, sigo llorando por los pasillos. Y rememorando a María Salgado, tan solo una vida más tarde comprendí y valoré tu legendaria labor.




















jueves, 27 de noviembre de 2025

GRACIAS, DON CARLOS (MARTÍNEZ SHAW)

COLÓN ME GUIÓ AL DOCTORADO...

Desde la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América para los europeos, es decir, desde el imborrable año 1992 y, con especial significado, desde mis dos visitas a la Exposición Universal de Sevilla, la primera en junio y la segunda en septiembre de ese año, tuve claro que quería, que deseaba realizar el doctorado. Y es que, a pesar de haber acabado la carrera de Geografía e Historia dos años antes, no fue hasta el emblemático año colombino cuando el espíritu del gran descubridor, que yo asocié a la insaciable sed de conocimiento y belleza, se apoderó de mí y me llevó, finalmente, a las procelosas aguas de la tesis doctoral, aunque aún restarían tres años para tal empresa.

... Y EL AZAR ME LLEVÓ A CMS

Una vez finalizada la prestación social sustitutoria en la Fundación Antisida en mayo de 1995, llegó el momento esperado, y después del verano y aprovechando que mi hermana andaba cursando la carrera de Matemáticas en la UNED, un día que tuvo que acercarse a la Facultad de Ciencias, le pedí que entrara en la de Humanidades, colidante con la suya, y anotara el teléfono de algún profesor que impartiera el doctorado en Historia Moderna, la especialidad que me había fascinado desde aquellas mágicas clases vespertinas impartidas en la Universidad Complutense por el magnético e inclasificable Manuel Martín Galán, que tanto nos hechizó a mi amiga Sagrario y a mí. Al finalizar el día, me encontré con dos nombres, de los que, reconozco, no había oído nada en mi vida: María Helena Sánchez Ortega y Carlos Martínez Shaw. ¿Por qué decidí contactar con el segundo y no con la primera? El azar absoluto.

EN EL ESPEJO

El caso es que, como vi que el profesor en cuestión tenía tutorías presenciales los jueves en la Facultad de Humanidades, decidí llamarle el primero que apareció en el horizonte, que fue, finalmente, el día 30 de noviembre, el próximo domingo hará treinta años. Durante la conversación, en la que ya intuí una cordialidad que no esperaba, le hablé a mi receptor sobre el objetivo del doctorado y, en un brusco (para mí) giro de los acontecimientos, me emplazó para vernos esa misma tarde en la cafetería El Espejo, sita en el paseo de Recoletos de la capital de España.

Y allí aparecí, a la hora convenida, como también apareció él, puntual como siempre, con su maletín, sus gafas, su eterna sonrisa y su acento sevillano. Desde la oceánica distancia que da la perspectiva de tres décadas, aquel encuentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos me parece casi un sueño, pero fue real, divertido, agradable y muy esclarecedor. El hombre que tenía delante de mí no parecía un profesor al uso, en el sentido de mantener la habitual relación académica con un alumno, como yo había avizorado durante mis estudios en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, con las excepciones, quizá, del citado Manuel Martín Galán, Carmen Sanz Ayán o Juan Carlos Galende No solo era el lenguaje que utilizaba (cercano y popular); no solo era la claridad de los objetivos que marcaba; no solo era la amabilidad que derrochaba; era también, cómo no, el hecho de haber quedado con un futuro doctorando, totalmente desconocido, a las primeras de cambio y en una cafetería. Nadie me negará que el personaje en cuestión parecía singular y fascinante.

Cafetería El Espejo (Wikimapia.org)

EN LOS ANDENES DEL AVE

Aquel jueves 30 de noviembre, don Carlos (él siempre me decía que le tuteara, pero a mí siempre me costaba mucho hacerlo) me mandó leer dos libros, con el fin de que fuera anotando los temas que pudieran interesarme para llevar a cabo el doctorado. Y aunque no me matricularía hasta el curso siguiente, 1996/1997, aquel dilecto y simpático sevillano se convirtió ya de facto en mi director de tesis. Finalizada la charla, acordamos que cuando hubiera acabado mi labor escrutadora, le llamaría. Y, efectivamente, pasado un tiempo, comuniqué con él otro jueves fosforescente, y esta vez, el audaz andaluz me convocó junto a la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, sita en el jardín tropical de la estación de trenes de Atocha

Increíblemente, yo nunca había estado allí (aunque la remodelación de la terminal databa de tres años antes), me fue difícil encontrar el lugar por los intrincados pasillos de la estación, y acabé llegando tarde a la cita. El marrón fue total. Y, sin embargo, el gran profesor fue indulgente con mi error, y en vez de tomar una infusión en la cafetería que entonces se hallaba a la entrada del inmenso vergel, nos vimos obligados a adentrarnos en los propios andenes del AVE, tren en el que mi acompañante hacía la ruta Sevilla-Madrid y Madrid-Sevilla todos los jueves.

Hoy parece increíble y anacrónico, después de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, pero a principios de 1996, dos personas podían charlar tranquilamente junto a las vías de los trenes en Atocha sin que uno de ellos hubiera sacado un pasaje y sin que nadie les hubiera revisado nada antes de acceder a las mismas. El caso es que tras informarle sobre mis lecturas y preferencias temáticas, volvió a recomendarme otros libros, ya más especializados en las facetas que habían despertado mi curiosidad, que, básicamente, eran las relacionadas con la religiosidad popular. Después de aquellos sabrosísimos minutos absorbiendo los conocimientos y las estrategias para llegar al objetivo último, nos despedimos, viéndole marchar con firmeza y elegancia hacia el AVE, que en dos horas y treinta minutos le trasladaría a la capital hispalense.

EN OTROS LUGARES PARA EL RECUERDO

A lo largo de los años siguientes (tardé demasiados en confeccionar la tesis doctoral), profesor y alumno volvieron a reunirse de manera informal junto a los raíles del AVE, en Atocha; en el restaurante Mora, del paseo del Prado; en la cafetería Nebraska, de la Gran Vía; en una salita de la Real Academia de la Historia, en la calle del León, después de ser admitido don Carlos como miembro de la prestigiosa institución, a finales de 2007; en el Salón General y en la Sala de Manuscritos, Raros y Varios de la Biblioteca Nacional, adonde siempre que acudía me parecía revivir el espíritu colombino de sabiduría y belleza; y, por supuesto, en su mítico despacho de la Facultad de Humanidades de la UNED, sito en el paseo de la Senda del Rey, junto al Puente de los Franceses.

En este último lugar acabé defendiendo primero el trabajo de investigación y, más tarde, la propia tesis doctoral aquel imborrable 23 de octubre, junto al gran profesor, los miembros del tribunal, algunos compañeros de trabajo y mi familia.

NO SOLO ME TRANSMITIÓ SABER

Quiero afirmar que todos aquellos años de investigación, lecturas, estrategias y encuentros los recuerdo con luz brillante, con focos encendidos, con un azul celeste y marino. Y los veo así en la lejanía, entre otras cosas, porque el director de la tesis doctoral fue Carlos Martínez Shaw, que, junto a su inmenso saber, destiló siempre conmigo una amabilidad, una simpatía, una cercanía, un saber estar realmente inconmensurables. De él aprendí contenido, capacidad de análisis, asociación de ideas, gramática, ortografía y el objetivo final del trabajo académico, el de ser publicado en beneficio último de la comunidad, es decir, del ciudadano de a pie deseoso de ilustrarse.

Hoy, todo aquel tiempo del doctorado y la tesis me parecen increíblemente lejanos, porque forman parte de una vida anterior a las grandes tormentas que azotaron mi vida entre 2013 y 2020. Y, sin embargo, aquel Camelot colombino lo mantengo fresco en mi memoria, ya que el fautor del mismo me hizo mejor persona.

Después de la estación Termini del inenarrable 23 de octubre, quedé con mi amigo varias veces más, con el objetivo de dar forma al libro que acabé publicando, basado en la tesis doctoral, aunque también para otros proyectos de investigación, así como para la presentación de un volumen sobre las relaciones comerciales entre España y América, del que él era coautor.

La última vez que comuniqué con el egregio sevillano fue a principios de 2024, para preguntarle su parecer acerca de unas, para mí, sorprendentes afirmaciones realizadas por dos historiadores de prestigio en un curso telemático, a lo que, como siempre, me respondió de forma clara, concisa y amena.

El historiador Carlos Martínez Shaw (El Norte de Castilla, 23-4-2017)

UNA ENORME GRATITUD

Cuando el próximo domingo 30 de noviembre se cumplan tres décadas de nuestro primer encuentro en aquella mítica cafetería de Recoletos, lo único que me vendrá a la mente de aquella velada primigenia no podrá ser más que el eterno agradecimiento de parte de un humilde exdoctorando, por el hecho de que durante varios años pasara por su vida una estrella de sabiduría y de humanidad. Gracias, don Carlos.
















 

REGRESO AL PLANETA DE LOS SIMIOS

EL PLANETA DE LOS SIMIOS El sábado 29 de enero de 1977 fue una jornada inolvidable y distorsionadora para mí y para mucha otra gente. Y es q...