EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN...
Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo ascendimos la entonces existente rampa que conectaba las Urgencias con la entrada del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, tras haber dejado a mi padre al comienzo mismo de un azaroso y proceloso viaje por las profundidades del inframundo de los egipcios, del que solo saldría de forma definitiva diecisiete meses después; repito, desde aquella inolvidable jornada, he vuelto muchas veces a este hospital. Y, por desgracia, la inmensa mayoría de las ocasiones no ha sido para asuntos baladíes, sino como consecuencia de enfermedades hors catégorie de mis seres más queridos.
Allí permaneció mi padre noventa días seguidos la primera vez; allí residió mi hermana diecinueve días cuando le detectaron el primero de sus males; allí operaron a mi padre siete veces de diversas enfermedades a lo largo del tiempo; allí internaron a mi hermana en un montón de ocasiones después de sus diversas recaídas; allí vivió mi hermana treinta días seguidos, durante enero y febrero de 2013, cuando se descubrió el segundo gran frente que padecía; allí habitó mi hermana treinta y seis días continuados, en agosto y septiembre de 2015, antes de volver a casa, para regresar finalmente al hospital de la calle Doctor Esquerdo veinticuatro horas antes de emprender su huida hacia el sol; allí intervinieron tres veces a mi madre entre 2016 y 2019, y allí se sumergió la triste tarde de Otumba del 21 de mayo de 2020, para salir once días después, con dos heridas mortales, una en el cuerpo y otra en la mente.
Durante todo este tiempo en el hospital, en el que yo tan solo fui de "turista", es decir, en el que el gran peso de los acompañamientos, la mayoría de las veces, recayó en mis abnegados padres, siempre percibí, sin embargo, bien por lo que yo viví in situ, bien por referencias directas de mi familia, la existencia de una realidad, la de la vida en el hospital, paralela a la del día a día fuera de aquel.
...Y AYER, EL IPR
Y esa realidad, tan alejada de las anchas avenidas de la vida cotidiana, es con la que me he reencontrado en estos primeros días de enero del estrenado año, a cuenta de una gripe A padecida por mi padre. Sin embargo, esta vez el edificio que nos ha albergado no ha sido el icónico hospital de Doctor Esquerdo, sino un anejo del mismo, el Instituto Provincial de Rehabilitación (IPR), sito en la calle de Francisco Silvela.
Este centro sanitario, alto, estrecho de fachada y que pasa completamente desapercibido si uno pasea cerca de él y no sabe de su existencia, era ya conocido por mí desde finales de los 80 o comienzos de los 90, no porque hubiera ingresado yo en él, sino porque mi hermana estuvo acudiendo allí una temporada para realizar unas sesiones de rehabilitación poco después de haber sido detectada su primera gran enfermedad. A esas sesiones matutinas acudieron a acompañarla, como siempre, mis sufridos padres.
Así que, tres décadas y media después de aquellos sucesos, mi padre y yo nos sumergimos en la tercera planta del edificio, en una habitación doble, que compartimos la mayor parte del tiempo con José, un buen hombre, vecino de la calle de San Claudio, en Vallecas, también aquejado de la "puta gripe", tal como la denominó una enfermera del sitio, airada ante esta nueva plaga del invierno 25/26. Un vallecano, al que, por cierto, nadie visitó durante los días de nuestra convivencia, y que la única llamada que hizo al exterior fue a un trabajador social municipal para comentarle su situación, pero que nunca apareció por allí.
EL TALLER FRENTE A LA INDUSTRIA
Frente a la barahúnda, al torbellino, al huracán del edificio de Doctor Esquerdo, tan lleno de gente, con tantos pasillos, con tantas intersecciones, con la mítica M30 (que descubrí increíblemente la noche que pasamos en la UPH 4, y de la que tanto me hablaste, pajarillo, hace cuarenta años), que conecta el edificio principal con el de Oncología; frente a tanto trasiego, a tanta multitud, la tercera planta del IPR (supongo que el resto de plantas destinadas a hospitalización serán iguales) me pareció casi desde el principio una especie de humilde taller, quizá como el que albergaba la rueca que gira en el cuadro Las hilanderas, de Diego Velázquez: el taller de Francisco Silvela frente a la gran industria de Doctor Esquerdo. Y recalco, para que no haya malas interpretaciones, que esta simbólica comparación la realizo solo y exclusivamente en cuanto a las dimensiones de la edificación.
Porque, efectivamente, esa tercera planta solo alberga para los ingresados un único pasillo, de cincuenta metros de largo y tres de ancho, que se abre a veintiocho habitaciones dobles. Lógicamente, en esa planta existen más dependencias, además de una cómoda sala de espera, dotada de una pequeña y elegante biblioteca, a disposición de pacientes y acompañantes. Pero es en ese medio centenar de metros en el que se materializa la vida cotidiana del hospital, una existencia, ya digo, paralela, por lo diferente, a la que se respira más allá de sus puertas de entrada.
EL TIEMPO
Primero está el tiempo. Y es que cuando se habita en estos espacios de paredes blancas, que son los hospitales, y más si se permanece muchos días en ellos, uno nota inmediatamente la ralentización del padre Cronos, la lentitud en la caída de los granos en el reloj de arena, el avance renqueante del segundero. Uno se halla en el IPR para recuperarse, para sanarse, para volver al torbellino de la vida, y el enfermo y su hipotético acompañante han de acomodarse al tranquilo transitar de las olas, porque, en definitiva, no hay cosa más importante en la vida que estar sano, y todo el que diga lo contrario o relativice esta aserción no tiene ni puta idea de lo que va el tema.
LA MONOTONÍA
Y junto con la cámara lenta a la que viaja la vida en las habitaciones y en el mítico pasillo, se halla en paralelo la monotonía, la rutina. En una suerte de Atrapado en el tiempo, película que tanto me fascinó cuando la visioné hace tan solo unos meses, las jornadas en el centro hospitalario se hallan cargadas de hábitos, de costumbres, y son, en suma, planas e iguales. Enfermeros que pasan tomando la tensión, la temperatura y la saturación en sangre a los pacientes dos o tres veces al día, así como administrando los diversos tratamientos; auxiliares que lavan a aquellos enfermos que no pueden valerse por sí mismos, que cambian su ropa interior, que rehacen las camas, que reparten las comidas; personal que pasa limpiando el pasillo y las habitaciones; celadores que se encargan de movilizar a los pacientes en sus ingresos, en sus pruebas médicas y en su altas; y médicos, por supuesto, que te visitan el día del ingreso, te dan alguna explicación de vez en cuando de cómo evoluciona el mal que padeces, y vuelven la última jornada para decir que te vas, entregándote la famosa Carpeta de información al alta.
LA PERFECTA ORQUESTA
Este es el trasiego, la jornada de los trabajadores públicos del IPR, perfectamente sincronizada, esmerada, cuidadosa, profesional en definitiva, en la que ningún detalle se pasa por alto, en la que la misma minuciosidad se pone en repartir las bandejas del desayuno, en asear a un paciente, en ponerle un antibiótico o en limpiar los baños y los suelos. Todo un modelo de organización, que solo se capta en su verdadera dimensión si uno se aleja mentalmente de su propio caso particular; toda una excelencia en el trabajo público, tan injustamente denostado a veces por los apóstoles del apocalipsis ideológico.
EN LO MÁS CRUDO DEL CRUDO INVIERNO
Pero el alma de la tercera planta del IPR la integran, básicamente, los enfermos, los pacientes, los dolientes. Veintiocho camas para veintiocho microhistorias. Y aquí es donde detecté el gran nexo común en la mayoría de los sufrientes: la edad. Cuando llegamos, habían pasado dos días de la emblemática fiesta de los Reyes Magos, y el legendario pasillo se encontraba decorado con motivos referentes a la reciente Navidad, pero también con insinuaciones a la estación del año que transitábamos en esos instantes, la más representativa de las cuales se hallaba frente al Control de enfermería (este, una suerte de caravanserai en la Ruta de la Seda, de campo base en las estribaciones del Everest, de puesto de mando en una importante batalla): un pequeño mural en la pared hecho de cartón, con un muñeco de nieve, un árbol y, enmarcándolo todo, la palabra "INVIERNO".
Después de varios paseos por delante del sugerente cartel, se me hizo la luz y descubrí que, frente a la superficie de la referencia estacional, la mágica palabra simbolizaba el invierno del hombre, su etapa final, su pronta disolución. Porque, efectivamente, la inmensa mayoría de los destinados a habitar aquel pequeño microcosmos blanco eran ancianos, especialmente mujeres, octogenarios, nonagenarios e incluso centenarios. Por allí andaba la buena de Teresa, que llamaba constantemente a su inexistente madre a viva voz; por allí deambulaba Enrique, aquel espigado y famélico personaje que, tras sus maratonianos paseos por el pasillo, siempre preguntaba a su mujer, a su hermano o a Henry, el chico que la familia había contratado para quedarse con él por la noche; repito, que siempre preguntaba cuál era su habitación; y no solo eso, sino que, a veces, al hombre, en su difuso mundo interior, le daba por pasear con una silla de ruedas (él andaba perfectamente), llevar la mesita en la que le colocaban la comida de un sitio a otro del pasillo, preguntar a Henry que quién era y qué hacía allí o discutir seriamente con las enfermeras por no querer ducharse durante cuatro días seguidos.
Por este pequeño mundo de fluorescentes blancos llegó el último día a nuestra habitación Juan, un vecino de Rivas-Vaciamadrid, que, inmediatamente, me preguntó que de dónde era, y al contestarle yo que de Moratalaz, añadió que él había sido celador en el Centro de Especialidades de Pavones. Hasta ahí parecería todo normal, pero la cosa cambia cuando a los cinco minutos te hace la misma pregunta, igual que a los diez y a los quince.
NACIDA EL AÑO DEL DESASTRE DE ANNUAL
Sin embargo, quien más simbolizó el cartel que aludía a la estación invernal fue, por supuesto, Asunción. Venía de alguna residencia de mayores de Guadalajara, y contaba con la inestimable edad de 104 años. Se hallaba en la cama 315, sola, sin vecino de habitación y sin nadie que la visitara. La pobre mujer se pasaba gran parte de las jornadas gritando amargamente "madre", "madre", "madre". Cada vez que pasaba yo por delante de su habitación, la miraba y ella, casi siempre, volvía su cara hacia mí. Luego, por la noche, cuando me acostaba junto a mi padre en aquel sillón extensible tan agradable, mi mente volaba hacia la vida de la venerable abuela, nacida el año en que el ejército español sufrió la terrible derrota de Annual en el Rif marroquí. Y divagaba sobre cuáles habrían sido las circunstancias de que no tuviera a ninguna persona a su lado tan solo unos metros antes de arribar al río Leteo, a la laguna Estigia, al paseo en la barca del mítico Caronte. Y, sí, tristemente, pensando en Asunción en la neblina de la madrugada, me veía a mí mismo habitando la cama 315.
RUMORES LEJANOS DE VIDA EXTERIOR
Caminar gran parte del día por el estrecho pasillo con mi padre o a solas era, quizá, el ejemplo máximo de la realidad paralela que habitaba el IPR. Al pasar por delante de las habitaciones, muchas con la televisión de pago encendido, y oír las noticias de las negociaciones para formar gobierno en Extremadura, de la tensión diplomática entre Estados Unidos y la Unión Europea a cuenta de Groenlandia, de los casos de corrupción que afectan al Gobierno central; al andar por el interior de la delgada recta, y escuchar en algunas radios las canciones de Aitana, Rosalía o Dani Fernández; esos murmullos sonoros del exterior me parecían lejanas olas que el viento batía caprichosamente y que, sabiendo a la perfección que existían, asemejaban entes extraños a la realidad cotidiana del hospital.
SI UNO DE ELLOS HUBIERA HABITADO SODOMA Y GOMORRA...
Dentro de este mundo de mujeres y hombres mayores, de decadencia física y mental, de estragos causados por el tiempo y la edad, tan solo vi la luz, fosforescente, brillante, superlativa, proyectada por los trabajadores sanitarios. Lourdes, Toñi, Cris, Paula, el enfermero andaluz, la enfermera de pelo rizado de por la noche..., todo un conjunto de profesionales que dan, diariamente, lo mejor de sus existencias a cuenta de unos pacientes, instalados ya en el invierno de sus vidas. Después de un pequeño lapso de tiempo habitando en el vientre de la ballena blanca, que es el IPR, he quedado plenamente convencido de que si uno solo de estos personajes anónimos hubiera residido en las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, es evidente que Yahvé, en su ira contra la corrupción y el pecado, pero en su búsqueda de alguna persona justa en las ciudades que permitiera salvarlas, nunca hubiera derramado el azufre y el fuego sobre las destartaladas cabezas de sus habitantes.









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