UN HOMBRE QUE SABÍA ESTAR
Mi abuelo Ramón (así le llamaba toda la familia, aunque su verdadero nombre de pila era Juan Ramón) fue un hombre, en consonancia con la época que le tocó vivir (nació en 1895), que tuvo una formación académica escasa, por no decir nula. Ello no fue óbice para que, según los testimonios que bebí de ti, mamá, a lo largo de varias décadas, siempre se comportara en privado y en público de forma prudente, juiciosa y educada.
En sus constantes andanzas entre Pedrezuela y Madrid, para contratar los productos que luego vendería en la pescadería sita en la planta baja de su vivienda; en sus visitas a familiares o amigos en la capital; en su vida social, en suma, nunca se le escapaba una palabra malsonante, una frase estridente, una expresión fuera de lugar. Si alguien le saludaba, él saludaba; si entraba en una casa, un local o una dependencia siempre se quitaba su eterna gorra, comprada, por supuesto, en Yustas, aquella tienda que aún hoy permanece varada en el tiempo en la Plaza Mayor; si alguien le hacía un pequeño o gran favor (dejarle entrar a deshora en un hospital para ver a un familiar ingresado, etc.), él siempre lo agradecía ofreciendo algún obsequio a la persona en cuestión; si hablaba con alguien, sabía escuchar; y nunca le gustaba entrar en polémicas estériles, ya fuera a cuenta de toros, política, religión u otras materias que comportaran disensiones.
Este mercader pedrezolano, este Marco Polo del siglo XX (una vez, le contaste, pajarillo, a Miguelín el sobrenombre que un buen día yo le adjudiqué a tu padre, y el primo se partió de risa) fue, en resumen, una persona con escasísimos fundamentos culturales que, sin embargo, demostró siempre durante toda su vida un gran respeto hacia los demás, una educación esmerada, un saber estar oceánico.
Desconozco si este carácter templado, prudente y educado de mi abuelo podría generalizarse entre los habitantes del microcosmos en el que vivió toda su existencia, aunque, por testimonios tuyos, pajarillo, y de otras fuentes directas, me consta que algunos de aquellos viejos valores y comportamientos se hallaban, ciertamente, asentados en la Pedrezuela de la época.
ME ACUERDO DE ÉL ENTRE TINIEBLAS
Me jode no haber conocido plenamente a mi abuelo Ramón. Cuando falleció, el 2 de septiembre de 1975, yo contaba siete años, y tan solo conservo algunas imborrables fotografías en blanco y negro, donde aparezco junto a él, a la abuela Evarista, a la bisabuela Dionisia y a ti, pajarillo, paseando por las polvorientas calles del pueblo eterno, así como posando en el pasillo empedrado exterior de la casa familiar y en la parte trasera de la misma, donde se alojaban las gallinas. Junto a esas imágenes, pululan por mi mente recuerdos brumosos y, por encima de todos, el de la mañana de su muerte, cuando, al despertarme en el frío dormitorio junto a la sala de estar de la casa familiar, me comunicaste la luctuosa noticia, ante la cual reaccioné con un grito desgarrador, cuyo eco aún escucho en la lejanía después de cincuenta años.
Y repito que me molesta no haber sabido más de él, no haber vivido más con él, por ser una persona que poseía unos valores que tanto aprecio y que tanto añoro en la vida del día a día. ¿Dónde quedaron aquellos comportamientos, aquella educación, aquel saber estar? Como diría el llorado gigante de las letras Mario Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió Perú?
A PESAR DE LO QUE SE DIGA, VIVIMOS MUCHO MEJOR QUE NUESTROS ANCESTROS
No seré yo quien cree del pasado una Arcadia feliz, un edén mítico, un paraíso perdido, una edad de oro primigenia. No va conmigo el famoso dicho de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". La nostalgia puede con todo, y parece que siempre estamos en el presente peor que en el recuerdo. Pero salvo por la salud o por la memoria de los familiares desaparecidos, seres insustituibles en nuestra vida cotidiana, casi siempre el ahora es mejor que el ayer; y para demostrarlo, ahí se encuentra el espectacular progreso de nuestro país en las últimas décadas; vamos, que vivimos de largo mucho mejor que nuestros padres y abuelos. Y hay 50.000 datos que lo atestiguan, comenzando por la esperanza de vida y terminando por la mejora incomensurable de la cultura entre la población.
MONTAÑAS DE CULTURA, DESIERTOS DE EDUCACIÓN
Contamos con Internet, las redes sociales, bibliotecas, galerías de arte, teatros, cines, exposiciones, conferencias, periódicos, revistas, emisoras de radio y de televisión, universidades, colegios mayores..., todo un mundo de conocimiento a la espera de ser utilizado. Y, sin embargo, me da la sensación de que cuanto más cultura tenemos menos educación demostramos.
No soy sociólogo ni pretendo serlo, pero una miríada de teselas del gran mosaico de la vida cotidiana me induce a la teoría proyectada. Tampoco voy a ponerme en plan catastrofista, y afirmar que todo es un puñetero desastre. Pero declaro que una parte sustancial de la sociedad actual ha perdido en gran medida los valores que caracterizaron a mi añorado abuelo.
LA ESCUCHA
¿Quién escucha hoy en día? ¿Quién presta oído a lo que dice el prójimo? Todo el mundo tiene mucho que decir, pero nada que escuchar. Bla, bla, bla, y cuando acabo mi perorata, desconecto.
EL AGRADECIMIENTO
¿Quién agradece hoy en día? Le haces un regalo a un compañero de trabajo, a un personaje púbico, a un supuesto amigo y, muchas veces, joder, casi ni te da las gracias. Atiendes a la ciudadanía en una oficina de la Administración pública y, muchas, muchas veces, después de haber dedicado a la persona en cuestión veinte o veinticinco minutos, y de conseguir resolver satisfactoriamente su gestión, se va el tío, y no te dice ni adiós. Por no mencionar a los actuales empoderados ancianos, decepcionantes réplicas de sus ancestros, que se presentan en las oficinas de atención al ciudadano con altivez y prepotencia, para exigir no se qué derechos, que no son más que disparatadas leyendas urbanas, no recogidas en ninguna parte. Por cierto, venerables mayores, algunos de los cuales no se quitan la visera que cubre su escaso cabello ni en la ducha.
LA "CEGUERA" Y LA MUDEZ
Luego se hallan los que miran, pero no ven. Multitud de personas que se tienen por muy serias y educadas en sus familias, pero que las saludas y, en unos casos, ni te miran, y en otros, lo hacen y piensan: ¿quién coño eres tú para que yo te diga hola? En el trabajo, en la comunidad de propietarios, en el aparcamiento de residentes, toda una serie de seres poco respetuosos evitan el contacto sonoro con el prójimo.
LA POLÉMICA
También nos encontramos con los polemistas de profesión. Una vez, hace ya muchos años, leí en una entrevista al gran crítico de cine Carlos Pumares que le preguntaban cuál era su verdadero oficio, a lo que el hombre, con bravo hígado, respondió que el de polemista. Bueno, pues ¿quién no conoce en su medio circundante a alguno de estos personajes? En unos casos, su especialidad favorita es el fútbol; en otros, la política; y en muchos, cualquier tema que uno saque. Da igual lo que tú expongas, lo que tú argumentes, que el polemista profesional siempre, siempre, siempre te lo rebatirá. ¿Que tú dices que dos y dos son cuatro? Pues él responderá que son cinco. ¿Que tú dices que son cinco? Pues él afirmará que cuatro. ¿Que tú dices que el sol sale por el este? Pues él ya argumentará, con sesudos razonamientos, que sale por el oeste. ¿Que le confirmas que sale por el oeste? Pues él contestará que por el este. Son incombustibles en la conversación directa, pero su fuerte son las redes sociales. Allí, en esos medios que se crearon para que la gente pudiera relacionarse de una manera armoniosa y respetuosa, el polemista alcanza su clímax, ya que sus pronunciamientos pueden llegar a cientos y miles de lectores. El caso no parece tener mucha solución, y hay quien te dice que es el signo de los tiempos.
EL SECTARISMO
Podría añadir, por último, la cuestión del sectarismo, una variante de la polémica, en la que sus representantes siempre consideran que los "suyos" son moralmente superiores a los "otros", y da igual lo que hagan de mal aquellos, que siempre lo harán peor los "otros". Trumpistas y sanchistas se llevan, hoy día, el gato al agua en estos temas.
VUELVO LOS OJOS HACIA MI ABUELO (Y HACIA LOS QUE ERAN COMO ÉL)
Después de escarbar someramente la tierra que nos puebla, y de contemplar algunos de los comportamientos y actitudes de muchos de los españoles de hoy en día, es lógico, pajarillo, que desee volver la vista hacia tu padre, aquel mercader marcopoliano del pasado siglo que, sin apenas cultura, derrochaba en el día a día toneladas de respeto hacia los demás, corrección y urbanidad.
Cuando en nuestra visita periódica al cementerio de Pedrezuela papá y yo abrimos la verja y accedemos a la casa de los difuntos, lo primero que oteo a mi izquierda, y en tercer lugar, es la tumba del tío Ramón, de la abuela Evarista y del abuelo Ramón. Desde que te fuiste, pajarillo, hemos tratado papá y yo de tenerla lo más adecentada y en orden posible. No estaría de más que, visto lo visto en el mundo actual de los vivos, llamara a Carlos, aquel marmolista que se encargó de la sepultura donde os alojáis Mari y tú (y que en un tiempo indeterminado se convertirá en mi eterna residencia), y le sugiriera que, junto al nombre de tu padre, añadiera una pequeña frase: "aquí yace un hombre educado y que siempre sabía estar".


En la sociedad actual, no son compatibles la formación con la educación. Somos la sociedad de la información y el conocimiento, nunca una sociedad tuvo el inmenso acceso a la cultura, y la sociedad carece de educación, entendida con predicar con el ejemplo una conducta desde unos valores, en el plano de relación con los demás. La generación de tu abuelo es ya Historia, en el sentido de ser personas que no se pudieron permitir formarse, pero eran personas sabias, honestas y trabajadoras, valores ya perdidos. En conclusión, que las personas que dirigen las sociedades tienen formación y no educación, y son como todo el mundo parte de la misma sociedad.
ResponderEliminarMuchas gracias, como siempre, por tus atinadas reflexiones.
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