ATENAS, HACIA EL 300 A. C.
Zenón, nacido en torno al año 334 a. C. en Citio, colonia griega en Chipre, era un hombre de negocios, hijo de un mercader llamado Mnaseas. Su juventud transcurrió en el comercio del tinte púrpura, uno de los bienes más exclusivos de la Antigüedad, extraído de los caracoles marinos. La vida del joven Zenón parecía trazada para seguir los pasos de su padre, es decir, trabajar duro, acumular riqueza y mejorar su estatus social.
Sobre el año 300 a. C., el mercader griego navegaba desde Fenicia (territorio en el que hoy se asientan poblaciones del Líbano, Siria e Israel) hacia el puerto ateniense de El Pireo, llevando consigo un valiosísimo cargamento de púrpura. Sin embargo, cerca ya de su destino, una repentina y violenta tormenta azotó su barco, hundiéndolo, y haciéndole perder toda su fortuna. Zenón logró sobrevivir y llegar a la costa, pero en un abrir y cerrar de ojos pasó de ser un hombre rico y respetado a un náufrago empobrecido, un auténtico don nadie.
Muchos en su situación hubieran sentido una amargura cuasieterna o unos irrefrenables deseos de suicidarse, pero para el joven Zenón su particular "hundimiento del Titanic" supuso una auténtica liberación, un giro de 180 % en su vida. Y es que, varado en Atenas, sin dinero y sin nada que hacer, y tras unas serie de vicisitudes, acabó convirtiéndose en discípulo de Crates de Tebas, el representante más genuino de la escuela filosófica del cinismo, de quien aprendió la austeridad, el desprecio por el lujo y la fortaleza ante la opinión pública.
A pesar de aspirar estos puros fundamentos, el joven Zenón sentía que a la corriente filosófica de su maestro le faltaba algo y, por ello, decidió estudiar con otras escuelas: con los megáricos y con la Academia platónica, bebiendo lo mejor de cada una de ellas.
Al final, meses después de su naufragio, Zenón se encontró listo para desarrollar y enseñar sus particulares ideas filosóficas, empezando a dar sus lecciones en la Stoa Poikilé (el Pórtico Pintado), columnata pública en el ágora de Atenas, decorada con murales de batallas históricas, y centro del bullicio de la metrópoli. Allí, en aquel lugar público, a pie de calle, ante todos los ciudadanos que quisieran oírle, Zenón fundó la filosofía estoica (proveniente de Stoa), una corriente inmortal que ha llegado hasta nuestros días, y cuya escuela, inicialmente, no tenía muros porque el mundo era su aula. En definitiva, un ideario para la vida cotidiana.
PAMPLONA, 20 DE MAYO DE 1521
Durante los primeros treinta años de su vida (había nacido en 1491), Ignacio de Loyola fue el típico hijo de una familia noble vasca, dado, según sus propias palabras, "a las vanidades del mundo y principalmente a deleitarse en ejercicios de armas con un grande y vano deseo de ganar honra". Dentro de esta vida relativamente normal en un joven de su edad y estatus social, se incluye un episodio de violencia contra el clero de la parroquia de Azpeitia, con el que él y otros miembros de su clan familiar tenían discrepancias, y que derivó en un proceso penal, del que, finalmente, salió liberado.
Sin embargo, todo cambió en la primavera de 1521. Ese año, el rey francés Francisco I decidió apoyar a Enrique de Albret en sus aspiraciones al trono de Navarra, contando con el apoyo de una facción de la tierra, los agramonteses. Navarra había sido conquistada por las tropas castellanas de Fernando el Católico en 1512, por lo que la ofensiva francesa era considerada como una auténtica invasión.
Ante esta delicada situación, el virrey de Navarra fue a Segovia a solicitar ayuda para defender el territorio, dejando al mando de Pamplona a un subalterno, que acabó teniendo disensiones con los vecinos y el concejo, a raíz de las cuales estos decidieron marcharse.
En mayo de 1521 llegaron a Pamplona Ignacio de Loyola y un hermano suyo, junto con un grupo de soldados que habían reunido en Guipúzcoa, con la intención de defender la ciudad. La inferioridad numérica de los españoles ante los franceses era tan evidente que el hermano del futuro santo decidió huir con algunos soldados. En cambio, este acudió al castillo de la ciudad para participar en el auxilio de la urbe.
El 20 de mayo, lunes de Pentecostés, los franceses, una vez tomada la población, asediaron la fortaleza, y en el fragor de la batalla, una bala de artillería francesa rompió una pierna de Ignacio de Loyola, lastimándole la otra, y dejándolo cojo durante el resto de su vida.
Tras la rendición del fuerte tres días después, Ignacio fue trasladado a la casa familiar de Loyola, en Azpeitia, para recuperarse. Durante su largo y doloroso reposo, y a falta de libros de caballerías en la mansión (muy populares en la época entre los jóvenes nobles), leyó sobre la vida de Cristo y de los santos, iniciándose de esta manera su despertar espiritual.
Después de abandonar Loyola, el joven Ignacio decidió realizar una peregrinación a Jerusalén, siendo su primera etapa una parada de oración a la Virgen Negra, en la abadía de Montserrat. Más tarde, en marzo de 1522, se trasladó a Manresa, donde vivió cerca de un año. Allí, mientras oraba y hacía penitencia diaria en una cueva, comenzó a componer los Ejercicios Espirituales, su obra cumbre, culminando de esta manera su transformación interior.
Años más tarde (15 de agosto de 1534) fundó, junto con otros seis compañeros, la Compañía de Jesús, aprobada oficialmente por el papa Paulo III el 27 de septiembre de 1540 como orden religiosa, una de las más influyentes con las que ha contado el catolicismo.
CASOS MINORITARIOS
A lo largo de la historia, muchos hombres y mujeres de relevancia pública (como Zenón de Citio o Ignacio de Loyola, o como Pablo de Tarso o Francisco de Borja) o absolutamente anónimos, han visto alteradas, metamorfoseadas, distorsionadas sus existencias por acontecimientos exteriores a las mismas, que han modificado radicalmente sus vidas, que han hecho dirigir sus pasos vitales hacia escenarios radicalmente distintos a los que se esperaba de ellos por sus orígenes, por su familia, por su tránsito durante la juventud.
Sin embargo, los ejemplos de estas alteraciones, de estos cambios sustanciales, de estos golpes de teatro vitales son, dentro del transcurrir histórico, absolutamente minoritarios, apenas unos pocos granos de arena en la inmensidad de una playa, apenas un diminuto oasis en mitad de un gigantesco desierto. Porque lo normal, lo habitual, lo mayoritario, lo casi absoluto es que la persona (tú, yo, el resto del mundo) no cambiemos un ápice en nuestro núcleo interior desde la juventud hasta el día del descenso al inframundo.
Ante esta afirmación rotunda, ante esta frase lapidaria, muchos se revolverán inquietos, otros se reirán y otros tantos la negarán compulsivamente, porque, según todos ellos, ¿cómo es posible decir que el hombre no evoluciona a lo largo de su indeterminada existencia? ¿Cómo aceptar que el ser humano no cambia desde la juventud hasta la vejez? ¿En qué cabeza cabe?
LA EVOLUCIÓN SUPERFICIAL Y LA PROFUNDA
Sin embargo, yo no niego el cambio, la evolución, digamos superficial o meramente biológica. Es evidente que, con los años, uno gana en experiencia, es más sabio, saber hacer más cosas, eso le pasa a todo el mundo. La gente, cada uno en su esfera particular o pública, aprende a poner enchufes, a cocinar, a fregar, a tender, a emitir certificados de vida laboral, a construir viviendas, a conducir autobuses, a reparar atascos, a formar una familia, a cuidar a los hijos, a preocuparse de sus ancestros, a interactuar con su medio circundante de amistades o conocidos, a componer poemas, a redactar guiones de cine, a realizar operaciones quirúrgicas, a escribir libros de historia... En fin, una pléyade de acciones que el ser humano, en el trascurso de su vida, aprende a realizar, dependiendo de sus orígenes, su familia o sus gustos particulares. Esto es una verdad insoslayable.
Pero yo no hablo de la inalterabilidad del ser humano en estos ámbitos, que podríamos catalogar de superficiales o exteriores, sino de los nucleares o interiores. Y es que esta parte profunda del hombre (o la mujer) es la que varía poco o nada desde la juventud, es decir, desde que un ser humano se ha consolidado como persona y como ente autónomo.
LOS RASGOS NUCLEARES DEL SER HUMANO
Habrá casos, no digo yo que no, porque las excepciones suelen fortalecer a la norma, pero ¿cuántas personas conocemos que, a partir de, pongamos por caso, los veinte años, han modificado su forma de ser en ámbitos tan privados, tan particulares, tan íntimos, tan nucleares, como el egoísmo, la avaricia, la bondad, la cicatería, la envidia, la amplitud de miras, la miseria moral, el fanatismo político o religioso, la agresividad, la fortaleza interior, la sociabilidad, la soberbia, la ira, la pereza, la caridad, la mundanidad, la curiosidad, el agradecimiento o la humildad?
Por centrarnos en los aspectos más oscuros de las personas, veamos unos pocos ejemplos.
EL FANATISMO POLÍTICO
¿Cúantos terrorista de ETA, provistos de sus verdades absolutas, entendieron que sus vidas descendían precipitadamente por un barranco de maldad y oprobio? ¿Yoyes, Juan Manuel Soares Gamboa, los polismilis del 82...? Porque el resto, por marcar una cruz en un cuestionario, por tener una lacrimógena entrevista con un familiar de un asesinado, por decir un "lo siento" en voz bajita, no, esos miserables no me valen.
EL FANATISMO SOCIAL
¿Cuántas personas que se las dan de cultas, educadas, refinadas, cosmopolitas, viajeras empedernidas, abiertas al mundo, se alegraban, a los veinte años, del mal ajeno (incluso de la muerte) cuando este le ocurría a un rival político, a un ser humano que tuviera ideas diferentes a las suyas o, simplemente, a alguien que le cayera mal por alguna circunstancia personal, y a los setenta y cinco se compadecen de esas mismas personas que tuvieron aquel infortunio? En mi entrañable Pedrezuela, en mi entrañable Moratalaz, en mi entrañable comunidad de vecinos, en mi entrañable lugar de trabajo, he conocido varios casos en el que la inalterabilidad de la miseria humana es indeleble.
LA ENVIDIA
Cuando yo era pequeño, mi padre (hoy, viejo y vulnerable) me dijo una vez que era más fácil encontrar a alguien que te acompañara en el llanto por una desgracia personal o familiar que alguien que te acompañara en la alegría por que te hubiera tocado la lotería. Padre sagaz y perspicaz. Compadecer al prójimo es relativamente sencillo, pero alegrarte de su buena fortuna es ya más complicado (¡ah, la maldita envidia!), y eso no cambia desde los veinte hasta que te mueres.
LA SOBERBIA
¿Qué podemos decir de los "orgullosos pobres", como los definía mi pajarillo, también denominados "soberbios", esos seres que siempre van con la barbilla bien alta, que entran en los lugares cerrados como si se paseasen sobre la alfombra roja del Festival de Cine de Cannes, y que, por supuesto, siempre pontifican cuando hablan, esperando que el resto de los mortales que los contemplamos respondamos "Es palabra de Dios. Te alabamos, Señor"? ¿Modificará con el tiempo su fanfarronería, su superioridad estética y moral? Ni de broma.
EL EGOÍSMO
¿O qué decir del que se preocupa, solo y exclusivamente, de su bienestar personal y familiar más cercano, sin importarle una mierda lo que le ocurre al vecino que tiene en la puerta de al lado? ¿Ese ser "pasota" y egoísta va a cambiar entre su juventud y su vejez? No se lo cree ni él.
EL RENCOR
¿Y qué pensar de aquella persona con la que hace siete años y dos meses tuviste una pequeña discusión, un roce, un "quítame allá esas pajas", y que siete años y dos meses después, al hilo de alguna circunstancia actual, te recuerda aquella historia, para ti totalmente enterrada, pero para ella totalmente viva y coleando dentro de su alma podrida? ¿Evolucionará ese ser en su sempiterno rencor? Ya.
LA IRA Y LA AGRESIVIDAD
Y, por último, y por no convertir este post en una lista interminable de comportamientos oprobiosos, que no cambian durante el trayecto vital, ¿qué podemos hablar sobre los maltratadores, los verbales y los físicos? ¿Alguien piensa, en su sano juicio, que un tío (o tía) que es capaz de insultar, menospreciar o agredir a su pareja sentimental va a cambiar su comportamiento a lo largo de su asquerosa existencia?
Si alguna de las veinticuatro mujeres asesinadas en España en lo que va de año pudiera volver a la vida y hablar sobre su experiencia, estoy completamente seguro de que nos diría que nunca pensó que aquella pequeña discusión con su pareja en el jardín de su vivienda; aquel rifirrafe durante la cena; aquella mirada airada de su novio (o marido) cuando algún hombre la miraba con deseo por la calle; aquellos gritos recibidos por su pareja por tenerla, supuestamente, abandonada, mientras ella se dedicaba a laborales personales; en fin, que esa mujer nunca hubiera pensado que esa disparatada escalera descendente de la dignidad humana iba a terminar con una cuchillada en la garganta o un martillazo en la cabeza.
Y esa pobre mujer, arrepentida, sin duda, por no haber visto cernirse el peligro sobre ella, hubiera fundamentado su falta de vista en el consabido latiguillo que su pareja (probablemente, buen vecino, agradable de aspecto, simpático, con una vida social plena) la espetaba siempre al día siguiente de su último estallido de cólera: "lo siento, cariño, te aseguro que esto no volverá a ocurrir".
SERES INMUTABLES SALVO QUE NOS OBLIGUEN DESDE "FUERA"
Quizá tenga yo una visión agustiniana, luterana, de concebir el mundo como una Massa damnata (masa condenada); quizá tenga yo una perspectiva especialmente pesimista del género humano. No lo sé. Pero lo que he visto desde hace muchos años, lo que he leído, lo que he escuchado, me lleva a pensar que la parte nuclear, la más profunda de la persona, es inalterable a lo largo del tiempo... salvo que acontecimientos exteriores modifiquen esa ruta automática por los senderos de la vida. Únicamente tragedias sin cuento, desgracias personales o familiares o circunstancias especialmente perturbadoras pueden llegar a modificar ese inmutable núcleo interior de la persona.
QUIZÁ TODOS DEBERÍAMOS SUFRIR UNA CAÍDA DEL CABALLO, CAMINO DE DAMASCO, COMO LE OCURRIÓ A SAULO
Pensándolo fríamente, quizá todos, alguna vez durante nuestra vida, deberíamos pasar por las mismas vicisitudes que acompañaron a Zenón de Citio, a Ignacio de Loyola, a Pablo de Tarso o a Francisco de Borja, para que muchos de nuestros mezquinos comportamientos desaparecieran, y virásemos, definitivamente, 180 % en nuestra triste existencia.



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