martes, 26 de mayo de 2026

NUESTRO AMIGO LUCINIO

"Mucha gente caminará dentro y fuera de tu vida, pero solo los verdaderos amigos dejarán huellas en tu corazón" (Eleanor Roosevelt)

OLOR A CASTAÑAS ASADAS

Los primeros recuerdos que me vienen a la mente, probablemente de finales de los años setenta, me llevan a aquellos viernes en que la abuela Cristina preparaba aquellas deliciosas castañas asadas, que algunas veces hacía llegar a nuestra casa, cuando éramos vecinos, ellos en el bajo C, nosotros en el bajo B. Me encantaban aquellos frutos secos tostados, cocinados con esmero por la matriarca de la casa, y ofrecidos con amabilidad por la misma. Ocurría en aquellos viernes por la tarde y por la noche, de los que recuerdo luminosos fogonazos, como el de aquella mítica película, La isla del tesoro, en su versión más antigua, la de 1934, dirigida por Víctor Fleming, que tanto me gustó y que tanto retengo en la memoria.

AQUELLOS DÍAS DE NAVIDAD

Sin embargo, el bullicio de aquella vivienda, habitada entonces por la matriarca, su hija, su yerno, sus nietas y la perra Sala, era completo para nosotros cuando llegaban las entrañables fiestas de Navidad. También con Boni, Antoñita, Miguel Ángel, Micaela y Bernardo compartíamos veladas deliciosas en su casa (el bajo D) y en la nuestra, durante aquellos días finales del año, en especial durante las noches del 24 y del 31 de diciembre. Pero igualmente hacíamos con Lucinio, Juanita, Cristi, Asun y Cristina abuela. Recuerdo aquellos encuentros sabrosísimos, cargados de charlas amistosas, camaradería vecinal, turrón, polvorones, cortadillos, mazapán, peladillas y otros dulces exquisitos. Siempre nos encontrábamos muy a gusto en aquella vivienda, compartiendo agradables experiencias y animadas conversaciones.

LA INTUICIÓN DE SALA

Y, por supuesto, mantengo incólume, en el cerebro, aquellas visitas de mi pajarillo a aquella ensoñadora vivienda, cuando, al tocar el timbre, la perra Sala se retrotraía a sus cuarteles de invierno, situación que le hacía decir a la abuela Cristina a su hija: "Debe ser Juanita (mi madre), porque Sala se ha retirado a las habitaciones". ¿Por qué esa reacción de Sala y de la matriarca? Pues porque en su casa sabían que mi pajarillo tenía mucho miedo a los perros (como me ha pasado a mí hasta hace un cuarto de hora, como quien dice), y ellos habían acostumbrado al peludito personaje a esconderse cuando mi madre aparecía. Sagaz perro, perspicaz abuela.

Nuestra amistad con Lucinio y Juanita era, podríamos decir, una camaradería a fuego lento, sin estridencias, pero muy sincera. Visitábamos su casa de vez en cuando; ellos hacían lo propio con la nuestra; fuimos una vez a su vivienda del Sotillo de la Adrada aquel sábado remoto, en que recuerdo ver en su televisión de la localidad abulense la emisión de un capítulo de aquella mítica serie, Érase una vez... el hombre; ellos vinieron varias veces a la nuestra, de Pedrezuela... Nos llevábamos bien, eran gente que merecía la pena, buenos vecinos, mejores personas.

LA HELADORA MADRUGADA DEL 85

Sin embargo, esa visión bonancible que yo (y el resto de mi familia, por supuesto) tenía de aquella familia cambió de forma dramática una inolvidable madrugada de mitad de febrero de hace cuarenta y un años, cuando la Parca quiso, de forma súbita y estruendosa, penetrar en nuestras monótonas y rutinarias existencias. Y es que, al contrario de otros, Lucinio (y Juanita) surgió entre la bruma para prestarnos todo el calor, todo el apoyo, toda la ayuda que necesitábamos en aquella encrucijada límite. Recuerdo su aparición estelar en nuestra casa aquella inquietante madrugada (serían las dos de la mañana de aquel sábado funesto) para ponerse a nuestra disposición para lo que fuera menester. Recuerdo sus infinitas visitas al hospital a ver a mi padre, haciendo una improvisada parada con su taxi en las cercanías mientras trabajaba. Recuerdo algunas comidas que nos preparó Juanita (su mujer) durante aquellos turbadores primeros días. Recuerdo cuando tú, pajarillo, le comentaste que los médicos le habían dado a papá un mes de vida...

Frente a otros, Lucinio emergió como un ángel protector, un compañero superlativo, un camarada desmesurado. La palabra "amigo", que tanto se banaliza, quedó asociada desde aquel crucial momento, en su verdadero sentido, en su real categoría, a nuestro entrañable vecino.

La suerte, ese elemento que tanta gente desprecia, relativiza e, incluso, ignora (aun cuando forma parte de nuestra vida infinitamente más de lo que imaginamos); ese elemento con el que no contaron, por desgracia, mis dos pajarillos; la suerte, repito, acompañó a mi padre, y aunque tardó diecisiete meses en recuperarse, finalmente emergió de las sombras y acabó viendo el luminoso amanecer.

Como suele suceder en esta extraña vida, la desaparición de la catarata, ya ante nuestros ojos, hizo volver a la normalidad nuestra relación con Lucinio y su familia, aun cuando para nosotros, su imagen, gigantesca y mítica, se hubiera aposentado, de forma definitiva, en el frontispicio de nuestra existencia.

Atropos o Las Parcas, pintura de Francisco de Goya (https://museodelprado.es)

EL VERANO DE 2011

Pasaron veintiséis años, y una tarde de junio, nuevamente, la Señora de Negro intentó, por segunda vez, interferir en nuestras adormiladas existencias. Y en aquel verano finisecular volvió a aparecer nuestro entrañable amigo, hasta el punto de que se volvió del pueblo abulense a Madrid para acompañarnos en ese nuevo trance límite. La situación, afortunadamente, aunque grave, no tuvo las dimensiones temporales de la anterior, y al final del verano mi padre, por segunda vez, acabó recuperando el tono. Nuevamente nuestro vecino, nuestro amigo, estuvo a nuestro lado de forma fiel y calurosa.

No solo en estas adversas coyunturas estuvo este gran personaje a la altura de las circunstancias; no solo en estas tristes situaciones, ni muchísimo menos, estuvo nuestro guardián particular, en el sitio que solo los rectos y los virtuosos ocupan. Recuerdo, a vuela pluma, la alegría que le dio cuando aprobé la oposición del Ayuntamiento de Madrid; la solidaridad que mostró en el largo e infinito affaire de mi hermana; la compañía en aquel segundo día de octubre de hace ya más de diez años, cuando despedimos en San Roque a mi angelical pajarillo; aquellas visitas a nuestra casa por Navidad, en especial la de aquella tarde de Nochebuena del 2019 tan finisecular y melancólica, por lo que meses después pasaría; por supuesto, aquel inolvidable velatorio, hace más de un lustro, cuando mi otro pajarillo acababa de cruzar el Rubicón de la vida hacía solo unas horas, y el acompañamiento a su última morada en aquella tristísima mañana del maldito Día de los Inocentes; incluso, los consejos que me dio, una vez pasado este último y durísimo trance, sobre los trámites acerca del papeleo de la herencia de mi madre.

LOS NUEVE DÍAS EN EL IPR

Por eso, cuando a principios del pasado mes de enero, mi padre (y yo) se sumergió nuevamente en un hospital durante apenas nueve días, y nuestro entrañable amigo regresó con su fulgurante luz a iluminar nuestras vidas en forma de ponerse él (y sus dos hijas) a nuestra disposición; de frecuentes llamadas durante la hospitalización; de periódicos telefonazos tras salir del famoso IPR; de preocuparse, en definitiva, por el bienestar y la salud de mi padre; cuando todo eso ha vuelto, como un déjà vu, a nuestras vidas, he echado la vista atrás más de cuatro décadas, y me he dado cuenta de que algunas personas son irrepetibles (a pesar de que ninguno de nosotros terminamos siendo imprescindibles), y que su luz nos ha iluminado (como la columna de nube que guiaba a los israelitas tras su salida de Egipto, y que era la personificación de Yahvé) durante los días, pero, sobre todo, durante las noches oscuras del alma, esas a las que se refería poéticamente el gran san Juan de la Cruz.

Columna de nube que guiaba a los israelitas tras salir de Egipto (https://iglesiadelpilar.com.ar)

SI HUBIERAS ESTADO, QUERIDO AMIGO, AQUELLA MAÑANA EN LA LLANURA QUE LLEVABA A SODOMA Y GOMORRA...

En el capítulo 18 del libro del Génesis, se produce una conversación muy interesante entre Abraham y Yahvé. Y es que, habiendo decidido el segundo de ellos destruir las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, por los múltiples pecados de sus moradores, el gran patriarca israelita le inquiere a su Señor, por seis veces, en grado descendente, si sería capaz de salvarlas en el hipotético caso de que hubiera 50, 45, 40, 30, 20 o 10 personas justas y rectas. Y por seis veces, el dios de los judíos responde taxativamente a Abraham que, en caso de haber 50, 45, 40, 30, 20 o, incluso, 10 personas justas y rectas, él salvaría la ciudad en atención a esos pocos elegidos. 

Después de todo lo visto en este acelerado post, cualquiera que tenga ojos y oídos comprenderá que, de haberse encontrado nuestro entrañable Lucinio aquella remota mañana en Sodoma y Gomorra junto con otros nueve como él, es evidente que Yahvé hubiera salvado in extremis a las réprobas poblaciones. 

Gracias por todos estos años, querido amigo.

martes, 12 de mayo de 2026

¿SE DEBE PEDIR PERDÓN POR HECHOS ACAECIDOS HACE MEDIO MILENIO?

UNA POLÉMICA DE PACOTILLA

A raíz de una disparatada polémica sobre la conquista española de América, surgida por unas torpes palabras de un gran rey, un desatinado viaje de una presidenta autonómica y un inconcebible comportamiento de una presidenta norteamericana, ha regresado (como en el caso de las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer) la añeja, ajada y sempiterna cuestión de la culpa y el perdón por los acontecimientos históricos deplorables de una nación, en este caso a quinientos años de distancia.

EN CONTRA DE LA LEYENDA NEGRA Y DE LA LEYENDA ROSA

Desde siempre me molestó mucho la famosa Leyenda Negra sobre España, que desde finales del siglo XV (aunque el término, como tal, es creado por Julián Juderías en 1910) e, increíblemente, hasta la actualidad, sigue presente en la vida cultural, social y política de mi país y de muchos de los países que fueron colonias o enemigos del Imperio español. Británicos, holandeses, franceses, mexicanos, dominicanos, guatemaltecos, peruanos y un largo etcétera se quejaron, con mayor o menor intensidad a lo largo del tiempo, por la política llevada a cabo en América (pero no solo en ella) por los gobernantes de la Monarquía Hispánica, así como por la de los representantes de estos allende los mares y, fundamentalmente, por los hechos desarrollados por los propios exploradores, descubridores, conquistadores y colonizadores del gran continente al que puso nombre, de forma injusta, un oscuro marino italiano.

Pero juntamente con esta aversión a las oscuras facetas de la gesta descubridora, desde hace muchos años también siento un profundo desprecio por la Leyenda Rosa acerca de la Conquista. Igual que al gran Geoffrey Paker le "sacaron de sus casillas" los análisis excesivamente hagiográficos y luminosos que en 1998 se realizaron sobre el reinado de Felipe II (a cuenta de la celebración del 400.º aniversario del fallecimiento del habitante de El Escorial), que le llevó a reescribir su biografía de 1978 por otra, bastante más crítica con el rey vencedor de Lepanto, en 2014; repito, igual que le pasó al gran historiador inglés, a mí también me producen un importante rechazo los estudios, análisis y ensayos que tan solo ponen de manifiesto las luces de la Conquista, obviando y enterrando sus sombras.

LAS SOMBRAS DEL PASADO IMPERIAL

Precisamente por ello, y al calor del triple choque político ya comentado, me sumergí en las páginas de un corto, pero maravilloso libro, que trata sobre los "hombres y mujeres de la península ibérica que viajaron hasta el continente americano para explorarlo e instalarse en él, centrándose en el período que va desde el primer viaje trasatlántico de Colón en 1492 hasta la extinción del reino inca en 1572" (1).

Y, la verdad, es que su lectura no me dejó indiferente, porque a través de sus densas páginas, Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto hacen aflorar a la superficie lo mejor y lo peor de las vidas de los conquistadores españoles en América y de las acciones que llevaron a cabo.

LA MASACRE DE CHOLULA

Efectivamente, en el sabroso estudio aparecen entre otros, sin edulcoración, los hechos más violentos, los más tétricos, las grandes destrucciones. En un principio, surge la masacre de Cholula (octubre de 1519), en la que Hernán Cortés (1485-1547) y sus escasas tropas (el 1 % del total de su ejército combinado), escoltadas por miles de aliados indígenas txalcaltecas y totonacas, asesinaron a tres mil habitantes de la ciudad tras, supuestamente, descubrir un complot de Moctezuma (ca. 1466-1520), el emperador azteca, para matar a los españoles dentro de la localidad aliada de los mexica.

Lienzo de Tlaxcala, lámina 9. Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces

EL APRESAMIENTO DE MOCTEZUMA (A TRAICIÓN)

Más tarde, en noviembre de ese año, se produce el apresamiento y encarcelamiento de Moctezuma por Hernán Cortés, después de la llegada de los españoles y sus aliados indígenas a la capital imperial, Tenochtitlan. Este auténtico golpe de Estado (el emperador, además, había recibido a los españoles con exquisita delicadeza y hospitalidad) fue seguido por una orden del jefe español, según la cual cualquiera que alzara su mano contra españoles o aliados de estos sería despedazado y arrojado como alimento a los perros.

LA MATANZA DEL TEMPLO MAYOR

En tercer lugar, nos encontramos con la matanza de Tóxcatl, también llamada la Matanza del Templo Mayor, ocurrida en mayo de 1520. Se trata del asesinato de cuatrocientos nobles aztecas en el momento en que estos se encontraban celebrando una ceremonia religiosa en el interior del citado templo. El responsable de la masacre fue Pedro de Alvarado (1485-1541), lugarteniente de Cortés mientras este hacía frente, en la costa del golfo de México (sí, señor Trump, golfo de México), a las tropas españolas que, procedentes de Cuba, tenían la misión de capturarlo por haber traicionado las órdenes primigenias del gobernador de la isla para la exploración de la península del Yucatán.

LA DESTRUCCIÓN DE TENOCHTITLAN

Meses después, entre mayo y agosto de 1521, tuvo lugar el asedio de la capital mexica por parte del ejército combinado txalcalteca-español, que provocó aproximadamente cien mil muertos entre los habitantes de Tenochtitlan, víctimas de los ataques exteriores, las enfermedades y el hambre. La ciudad fue tomada y saqueada, casa por casa, pero no ofreció oro, sino solo pilas de cadáveres.

LA DEVASTACIÓN DE LOS ALTIPLANOS GUATEMALTECOS

Tres años después de estos impactantes sucesos comenzó el asalto hispano sobre los mayas. Entre 1524 y 1529, primero Pedro de Alvarado y su hermano Jorge invadieron los altiplanos guatemaltecos, aliados a miles de aztecas, txalcaltecas, zapotecas, mixtecas y otros guerreros mesoamericanos. El impacto de tal ejército fue demoledor, y los altiplanos quedaron totalmente destruidos durante su conquista.

LA ANIQUILACIÓN DE GRAN PARTE DE LA POBLACIÓN MAYA

Paralelamente a esta incursión, tuvo lugar la protagonizada por las huestes de Francisco de Montejo (1479-1553) sobre el Yucatán que, también con miles de guerreros procedentes del centro de México, tomaron gran parte de la zona en litigio, tras sucumbir gran parte de la población maya ante la violencia y las enfermedades.

EL SECUESTRO DE ATAHUALPA (A TRAICIÓN)

En séptimo lugar, se nos narra la irrupción de Francisco Pizarro (1478-1541) y sus hombres en el inmenso imperio inca. En noviembre de 1532, invitados por el emperador Atahualpa (ca. 1500-1533) (que hacía poco había vencido a su hermano Huáscar en una sangrienta guerra civil), se encuentran con él en la ciudad sagrada de Cajamarca. Allí, en un escalofriante paralelismo con lo acontecido trece años antes en Tenochtitlan, y durante un encuentro diplomático con las autoridades incas (que habían ofrecido a los españoles alimentos y alojamiento), Francisco Pizarro captura al emperador. Durante un año, este fue mantenido como rehén, mientras los súbditos se apresuraban a reunir una montaña de oro y plata para liberarlo. Sin embargo, una vez pagado el rescate, Atahualpa fue ejecutado en 1533 por orden de Pizarro. La traición fue completa.

Óleo de Juan Lapiani (1864-1932) que representa la captura de Atahualpa en Cajamarca 

¿ALGÚN ESPAÑOL PUEDE SENTIRSE ORGULLOSO DE ESTOS HECHOS?

Creo que estos siete ejemplos (habría muchos más, por supuesto, a lo largo de los cerca de dos siglos que duró la conquista de los territorios americanos, como el sistema de encomienda o la explotación de los nativos en las minas de plata) debieran servir para mostrar a los incrédulos y a los nostálgicos de los viejos tiempos imperiales las tropelías, barbaridades y malos usos que los españoles (sí, los españoles) cometimos hace medio milenio a nueve mil kilómetros de nuestra querida patria. ¿Quién, en su sano juicio, puede sentirse orgulloso de estos comportamientos? ¿Qué persona de bien, estudioso de la Historia o no, puede defender estas acciones terribles y miserables?

Los autores del delicioso volumen argumentan, con una objetividad y una equidistancia asombrosas, que los conquistadores españoles recurrieron a estas brutales tácticas debido a su inmensa inferioridad numérica y a su tremenda desesperación, originada en el aislamiento en que se hallaban y en la imposibilidad de contar con suficientes medios humanos y materiales, procedentes de la metrópoli, con los que revertir la situación. Sin embargo, al mismo tiempo, los dos historiadores no justifican en absoluto aquellos horribles crímenes. Como no lo hicieron, sino todo lo contrario, algunos de los religiosos que arribaron al Continente a partir del segundo viaje de Cristóbal Colón.

DOS OASIS (ENTRE OTROS) EN UN DESIERTO DE INJUSTICIA

Entre aquellos defensores de los indígenas, destacaron especialmente dos dominicos. El primero, Antonio de Montesinos (ca. 1480-1540), quien llegado a la isla La Española (en la actualidad, compartida por República Dominicana y Haití) en 1510, vio pronto el terrible panorama que se abría ante sus ojos. Y en un legendario sermón, leído ante las autoridades coloniales en una iglesia de Santo Domingo el 21 de diciembre de 1511, criticó durísimamente (fue la primera vez que alguien lo hacía) las insoportables condiciones en que vivían los indios, los malos tratos que sufrían por parte de muchos encomenderos y la extinción a la que se veían condenados si no se remediaba la situación (2).

El segundo dominico que intentó abrir los ojos a las autoridades peninsulares sobre la cruda realidad de los indígenas americanos fue Bartolome de las Casas (1484-1566), quien, en compañía de su padre, arribó a La Española en 1502, y que nueve años después escuchó el sermón-denuncia de Montesinos. Durante el resto de su vida intentó, a través de libros y entrevistas con las autoridades metropolitanas, hacer ver que "la única norma para llevar a los pueblos la religión cristiana, es la evangelización pacífica"; que el único "camino de evangelización era la persuasión del entendimiento y la invitación de la voluntad"; que la esclavitud era un atentado contra los derechos del hombre a la vista de Dios; y que, en consecuencia, el régimen de la encomienda debía suprimirse (3). Y aún hay por ahí algunos que siguen comprando la "mercancía averiada" de que Las Casas fue elemento nuclear de la Leyenda Negra. Desde luego, si no hubiera habido abusos, este ínclito religioso no se hubiera sentido en la necesidad de escribir los furiosos y, sin duda, exagerados, libros que escribió, en especial su Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

Aunque la vida de estos dos gigantes de la historia (y la de muchos otros religiosos menos conocidos) no sirvió para eliminar por completo los atropellos que muchos españoles realizaron durante la Conquista, sin embargo, a través de las Leyes de Burgos de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542 se consiguió el reconocimiento de los indios como un súbdito más de la Corona; la eliminación de la esclavitud; la anulación, en parte, de la encomienda; y la supresión de la guerra de conquista.

Estos son los hechos duros, fríos, metálicos. Quien quiera matizar, que matice; quien quiera contraponerlos, que los contraponga. Pero estos sucesos existieron, le duela a quien le duela, y le pese a quien le pese. Y el que se sienta orgulloso del proceder de nuestros ancestros o el que los relativice, allá él; no es mi caso.

LA RESPONSABILIDAD DE LAS NACIONES POR SUCESOS DEL PASADO

Sin embargo, la bronca política desarrollada hace poco a tres bandas entre un monarca, una presidenta nacional y una presidenta autonómica nos devuelve a la espinosa y sensible cuestión de la responsabilidad de los países por hechos ocurridos hace mucho tiempo por parte de determinados naturales de aquellos, si no por sus propios gobernantes.

POCOS SE HAN DISCULPADO A LO LARGO DE LA HISTORIA

En este sentido, he de decir alto y claro que solo conozco unos pocos casos en los que altos mandatarios de instituciones o de naciones hayan pedido perdón por sucesos acaecidos en el pasado, responsabilidad de aquellas. No digo que no hayan existido más asunciones de culpa, pero a mí no me salen más que las realizadas por los pontífices Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, por algunas de las erróneas y deplorables acciones llevadas a cabo por la Iglesia católica a lo largo de los últimos dos mil años; y las de algunos de los gobernantes que han regido Alemania desde 1945 (hasta 1989, los de la República Federal Alemana) por el exterminio de seis millones de judíos llevado a cabo por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, apenas unos pocos granos en la inmensa playa de la historia.

EL SIGLO MÁS SANGRIENTO

Por otra parte, se hallan los terribles y escalofriantes crímenes cometidos por algunos países y algunas etnias durante el reciente siglo XX (este sí cercano en el tiempo), de las que nadie se disculpó. Así, podemos entresacar, a vuela pluma, el genocidio armenio, que consistió en la deportación forzada y el exterminio sistemático de 1,5 millones de armenios cristianos que vivían en el Imperio otomano, llevado a cabo por el gobierno de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1923; el Holodomor, es decir, la hambruna provocada deliberadamente por el régimen soviético de Stalin en Ucrania entre 1932 y 1933, y que provocó la muerte de entre 3,5 y 7 millones de personas; o, sin ir más lejos, y ya en la Segunda Guerra Mundial (y al margen del Holocausto judío y de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki), el bombardeo anglo-americano sobre Hamburgo en julio de 1943, que provocó la muerte de 40.000 civiles, o el realizado por el ejército estadounidense en Tokio, en marzo de 1945, en el que murieron 100.000 civiles. 

También podemos intercalar en esta narrativa del horror del sangriento siglo XX la matanza de 8000 bosnios en Srebrenica el 11 de julio de 1995 por parte del ejército serbio, en el contexto de las guerras de los Balcanes (1991-2001); o, finalmente, el genocidio acontecido en Ruanda en la primavera de 1994, en el que la etnia hutu masacró a 800.000 compatriotas de la etnia tutsi (incluidos miles de hutus moderados).

¿Alguien me puede decir si algún dirigente turco, ruso, inglés, norteamericano, serbio o hutu ha pedido perdón alguna vez por estos espeluznantes e inimaginables crímenes, cometidos en el cercano y a la vez terrorífico siglo XX?

EL PRESENTISMO

Por último, nos encontramos con el siempre manoseado "presentismo", es decir, el análisis de acontecimientos de un pasado remoto con los ojos del presente. Los siglos XVI y XVII fueron tiempos, por desgracia, de violencia terrible e inacabable: guerras de religión, represión de la heterodoxia, odio al "otro", choques entre mastodónticos imperios, represión sobre minorías religiosas, sociales y sexuales... En suma, una violencia institucionalizada y cotidiana. Y en el inicio de esta temprana Edad Moderna, un 12 de octubre de 1492, quiso el "destino" que Cristóbal Colón desembarcara en la pequeña isla de Guanahaní...

A PESAR DE LAS LUCES DE LA CONQUISTA...

El descubrimiento, conquista y colonización del continente americano por los españoles durante cuatrocientos años dejó un montón de teselas luminosas en el inmenso mosaico de la historia. Hay que ser objetivos y no negar esta realidad. El idioma castellano y su escritura ayudaron al proceso de globalización que comenzó a finales del siglo XV, y en el que los portugueses corrieron paralelos. En este sentido, el Imperio español se convirtió en la primera institución política global de toda la humanidad, con lo que ello supuso a nivel de organización territorial en un espacio tan inmenso, por ejemplo, como el americano, cuyo núcleo pasó a ser el Ayuntamiento. La universidad penetró en el Continente, siendo su primera sucursal en Santo Domingo en 1538. 

La imprenta, que se había inventado cincuenta y dos años antes de la arribada de Colón, fue una transferencia de saber fundamental. A través de la Escuela de Salamanca, iniciada por Francisco de Vitoria en 1526, España exportó a las tierras allende los mares sus ideas sobre el derecho internacional, los derechos humanos y la ciencia económica moderna. Toda una riqueza cultural, procedente de Grecia, Roma y el mundo islámico, además del humanismo renacentista, penetró en aquellas sociedades. Suma y sigue. No, no es baladí la aportación española al gran continente.

... HAY QUE RECONOCER LOS ERRORES DEL PASADO, AUNQUE NUNCA PEDIR PERDÓN

Acepto plenamente las críticas que, a lo largo de la historia, se han dirigido a muchas de las acciones que los conquistadores españoles llevaron a cabo en América; es más, las hago mías. Ningún español de bien puede sentirse reconfortado por las traiciones, crímenes y matanzas que nuestros antepasados cometieron en el Nuevo Mundo.

Sin embargo, creo, honestamente, que exigir a España que pida perdón por hechos acaecidos hace medio milenio es totalmente injusto, desproporcionado y ahistórico. Lo que no han hecho otros países por crímenes infinitamente más numerosos y más cercanos en el tiempo no se nos puede exigir a nosotros. Aceptemos, sin más, las sombras y las luces del pasado, tratemos de no cometer los mismos errores del ayer y dejemos a los investigadores de la historia el análisis desapasionado y desideologizado de aquellos terribles hechos.

(1) Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto, Los conquistadores: una breve introducción. Madrid, Alianza Editorial, 2013.

(2) https://historia-hispanica.rah.es/biografias.

(3) https://historia-hispanica.rah.es/biografias.

LA INALTERABILIDAD DEL SER HUMANO

ATENAS, HACIA EL 300 A. C. Zenón , nacido en torno al año 334 a. C. en Citio , colonia griega en Chipre , era un hombre de negocios, hijo de...