UNA POLÉMICA DE PACOTILLA
A raíz de una disparatada polémica sobre la conquista española de América, surgida por unas torpes palabras de un gran rey, un desatinado viaje de una presidenta autonómica y un inconcebible comportamiento de una presidenta norteamericana, ha regresado (como en el caso de las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer) la añeja, ajada y sempiterna cuestión de la culpa y el perdón por los acontecimientos históricos deplorables de una nación, en este caso a quinientos años de distancia.
EN CONTRA DE LA LEYENDA NEGRA Y DE LA LEYENDA ROSA
Desde siempre me molestó mucho la famosa Leyenda Negra sobre España, que desde finales del siglo XV (aunque el término, como tal, es creado por Julián Juderías en 1910) e, increíblemente, hasta la actualidad, sigue presente en la vida cultural, social y política de mi país y de muchos de los países que fueron colonias o enemigos del Imperio español. Británicos, holandeses, franceses, mexicanos, dominicanos, guatemaltecos, peruanos y un largo etcétera se quejaron, con mayor o menor intensidad a lo largo del tiempo, por la política llevada a cabo en América (pero no solo en ella) por los gobernantes de la Monarquía Hispánica, así como por la de los representantes de estos allende los mares y, fundamentalmente, por los hechos desarrollados por los propios exploradores, descubridores, conquistadores y colonizadores del gran continente al que puso nombre, de forma injusta, un oscuro marino italiano.
Pero juntamente con esta aversión a las oscuras facetas de la gesta descubridora, desde hace muchos años también siento un profundo desprecio por la Leyenda Rosa acerca de la Conquista. Igual que al gran Geoffrey Paker le "sacaron de sus casillas" los análisis excesivamente hagiográficos y luminosos que en 1998 se realizaron sobre el reinado de Felipe II (a cuenta de la celebración del 400.º aniversario del fallecimiento del habitante de El Escorial), que le llevó a reescribir su biografía de 1978 por otra, bastante más crítica con el rey vencedor de Lepanto, en 2014; repito, igual que le pasó al gran historiador inglés, a mí también me producen un importante rechazo los estudios, análisis y ensayos que tan solo ponen de manifiesto las luces de la Conquista, obviando y enterrando sus sombras.
LAS SOMBRAS DEL PASADO IMPERIAL
Precisamente por ello, y al calor del triple choque político ya comentado, me sumergí en las páginas de un corto, pero maravilloso libro, que trata sobre los "hombres y mujeres de la península ibérica que viajaron hasta el continente americano para explorarlo e instalarse en él, centrándose en el período que va desde el primer viaje trasatlántico de Colón en 1492 hasta la extinción del reino inca en 1572" (1).
Y, la verdad, es que su lectura no me dejó indiferente, porque a través de sus densas páginas, Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto hacen aflorar a la superficie lo mejor y lo peor de las vidas de los conquistadores españoles en América y de las acciones que llevaron a cabo.
LA MASACRE DE CHOLULA
Efectivamente, en el sabroso estudio aparecen entre otros, sin edulcoración, los hechos más violentos, los más tétricos, las grandes destrucciones. En un principio, surge la masacre de Cholula (octubre de 1519), en la que Hernán Cortés (1485-1547) y sus escasas tropas (el 1 % del total de su ejército combinado), escoltadas por miles de aliados indígenas txalcaltecas y totonacas, asesinaron a tres mil habitantes de la ciudad tras, supuestamente, descubrir un complot de Moctezuma (ca. 1466-1520), el emperador azteca, para matar a los españoles dentro de la localidad aliada de los mexica.
EL APRESAMIENTO DE MOCTEZUMA (A TRAICIÓN)
Más tarde, en noviembre de ese año, se produce el apresamiento y encarcelamiento de Moctezuma por Hernán Cortés, después de la llegada de los españoles y sus aliados indígenas a la capital imperial, Tenochtitlan. Este auténtico golpe de Estado (el emperador, además, había recibido a los españoles con exquisita delicadeza y hospitalidad) fue seguido por una orden del jefe español, según la cual cualquiera que alzara su mano contra españoles o aliados de estos sería despedazado y arrojado como alimento a los perros.
LA MATANZA DEL TEMPLO MAYOR
En tercer lugar, nos encontramos con la matanza de Tóxcatl, también llamada la Matanza del Templo Mayor, ocurrida en mayo de 1520. Se trata del asesinato de cuatrocientos nobles aztecas en el momento en que estos se encontraban celebrando una ceremonia religiosa en el interior del citado templo. El responsable de la masacre fue Pedro de Alvarado (1485-1541), lugarteniente de Cortés mientras este hacía frente, en la costa del golfo de México (sí, señor Trump, golfo de México), a las tropas españolas que, procedentes de Cuba, tenían la misión de capturarlo por haber traicionado las órdenes primigenias del gobernador de la isla para la exploración de la península del Yucatán.
LA DESTRUCCIÓN DE TENOCHTITLAN
Meses después, entre mayo y agosto de 1521, tuvo lugar el asedio de la capital mexica por parte del ejército combinado txalcalteca-español, que provocó aproximadamente cien mil muertos entre los habitantes de Tenochtitlan, víctimas de los ataques exteriores, las enfermedades y el hambre. La ciudad fue tomada y saqueada, casa por casa, pero no ofreció oro, sino solo pilas de cadáveres.
LA DEVASTACIÓN DE LOS ALTIPLANOS GUATEMALTECOS
Tres años después de estos impactantes sucesos comenzó el asalto hispano sobre los mayas. Entre 1524 y 1529, primero Pedro de Alvarado y su hermano Jorge invadieron los altiplanos guatemaltecos, aliados a miles de aztecas, txalcaltecas, zapotecas, mixtecas y otros guerreros mesoamericanos. El impacto de tal ejército fue demoledor, y los altiplanos quedaron totalmente destruidos durante su conquista.
LA ANIQUILACIÓN DE GRAN PARTE DE LA POBLACIÓN MAYA
Paralelamente a esta incursión, tuvo lugar la protagonizada por las huestes de Francisco de Montejo (1479-1553) sobre el Yucatán que, también con miles de guerreros procedentes del centro de México, tomaron gran parte de la zona en litigio, tras sucumbir gran parte de la población maya ante la violencia y las enfermedades.
EL SECUESTRO DE ATAHUALPA (A TRAICIÓN)
En séptimo lugar, se nos narra la irrupción de Francisco Pizarro (1478-1541) y sus hombres en el inmenso imperio inca. En noviembre de 1532, invitados por el emperador Atahualpa (ca. 1500-1533) (que hacía poco había vencido a su hermano Huáscar en una sangrienta guerra civil), se encuentran con él en la ciudad sagrada de Cajamarca. Allí, en un escalofriante paralelismo con lo acontecido trece años antes en Tenochtitlan, y durante un encuentro diplomático con las autoridades incas (que habían ofrecido a los españoles alimentos y alojamiento), Francisco Pizarro captura al emperador. Durante un año, este fue mantenido como rehén, mientras los súbditos se apresuraban a reunir una montaña de oro y plata para liberarlo. Sin embargo, una vez pagado el rescate, Atahualpa fue ejecutado en 1533 por orden de Pizarro. La traición fue completa.
¿ALGÚN ESPAÑOL PUEDE SENTIRSE ORGULLOSO DE ESTOS HECHOS?
Creo que estos siete ejemplos (habría muchos más, por supuesto, a lo largo de los cerca de dos siglos que duró la conquista de los territorios americanos, como el sistema de encomienda o la explotación de los nativos en las minas de plata) debieran servir para mostrar a los incrédulos y a los nostálgicos de los viejos tiempos imperiales las tropelías, barbaridades y malos usos que los españoles (sí, los españoles) cometimos hace medio milenio a nueve mil kilómetros de nuestra querida patria. ¿Quién, en su sano juicio, puede sentirse orgulloso de estos comportamientos? ¿Qué persona de bien, estudioso de la Historia o no, puede defender estas acciones terribles y miserables?
Los autores del delicioso volumen argumentan, con una objetividad y una equidistancia asombrosas, que los conquistadores españoles recurrieron a estas brutales tácticas debido a su inmensa inferioridad numérica y a su tremenda desesperación, originada en el aislamiento en que se hallaban y en la imposibilidad de contar con suficientes medios humanos y materiales, procedentes de la metrópoli, con los que revertir la situación. Sin embargo, al mismo tiempo, los dos historiadores no justifican en absoluto aquellos horribles crímenes. Como no lo hicieron, sino todo lo contrario, algunos de los religiosos que arribaron al Continente a partir del segundo viaje de Cristóbal Colón.
DOS OASIS (ENTRE OTROS) EN UN DESIERTO DE INJUSTICIA
Entre aquellos defensores de los indígenas, destacaron especialmente dos dominicos. El primero, Antonio de Montesinos (ca. 1480-1540), quien llegado a la isla La Española (en la actualidad, compartida por República Dominicana y Haití) en 1510, vio pronto el terrible panorama que se abría ante sus ojos. Y en un legendario sermón, leído ante las autoridades coloniales en una iglesia de Santo Domingo el 21 de diciembre de 1511, criticó durísimamente (fue la primera vez que alguien lo hacía) las insoportables condiciones en que vivían los indios, los malos tratos que sufrían por parte de muchos encomenderos y la extinción a la que se veían condenados si no se remediaba la situación (2).
El segundo dominico que intentó abrir los ojos a las autoridades peninsulares sobre la cruda realidad de los indígenas americanos fue Bartolome de las Casas (1484-1566), quien, en compañía de su padre, arribó a La Española en 1502, y que nueve años después escuchó el sermón-denuncia de Montesinos. Durante el resto de su vida intentó, a través de libros y entrevistas con las autoridades metropolitanas, hacer ver que "la única norma para llevar a los pueblos la religión cristiana, es la evangelización pacífica"; que el único "camino de evangelización era la persuasión del entendimiento y la invitación de la voluntad"; que la esclavitud era un atentado contra los derechos del hombre a la vista de Dios; y que, en consecuencia, el régimen de la encomienda debía suprimirse (3). Y aún hay por ahí algunos que siguen comprando la "mercancía averiada" de que Las Casas fue elemento nuclear de la Leyenda Negra. Desde luego, si no hubiera habido abusos, este ínclito religioso no se hubiera sentido en la necesidad de escribir los furiosos y, sin duda, exagerados, libros que escribió, en especial su Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
Aunque la vida de estos dos gigantes de la historia (y la de muchos otros religiosos menos conocidos) no sirvió para eliminar por completo los atropellos que muchos españoles realizaron durante la Conquista, sin embargo, a través de las Leyes de Burgos de 1512 y las Leyes Nuevas de 1542 se consiguió el reconocimiento de los indios como un súbdito más de la Corona; la eliminación de la esclavitud; la anulación, en parte, de la encomienda; y la supresión de la guerra de conquista.
Estos son los hechos duros, fríos, metálicos. Quien quiera matizar, que matice; quien quiera contraponerlos, que los contraponga. Pero estos sucesos existieron, le duela a quien le duela, y le pese a quien le pese. Y el que se sienta orgulloso del proceder de nuestros ancestros o el que los relativice, allá él; no es mi caso.
LA RESPONSABILIDAD DE LAS NACIONES POR SUCESOS DEL PASADO
Sin embargo, la bronca política desarrollada hace poco a tres bandas entre un monarca, una presidenta nacional y una presidenta autonómica nos devuelve a la espinosa y sensible cuestión de la responsabilidad de los países por hechos ocurridos hace mucho tiempo por parte de determinados naturales de aquellos, si no por sus propios gobernantes.
POCOS SE HAN DISCULPADO A LO LARGO DE LA HISTORIA
En este sentido, he de decir alto y claro que solo conozco unos pocos casos en los que altos mandatarios de instituciones o de naciones hayan pedido perdón por sucesos acaecidos en el pasado, responsabilidad de aquellas. No digo que no hayan existido más asunciones de culpa, pero a mí no me salen más que las realizadas por los pontífices Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, por algunas de las erróneas y deplorables acciones llevadas a cabo por la Iglesia católica a lo largo de los últimos dos mil años; y las de algunos de los gobernantes que han regido Alemania desde 1945 (hasta 1989, los de la República Federal Alemana) por el exterminio de seis millones de judíos llevado a cabo por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, apenas unos pocos granos en la inmensa playa de la historia.
EL SIGLO MÁS SANGRIENTO
Por otra parte, se hallan los terribles y escalofriantes crímenes cometidos por algunos países y algunas etnias durante el reciente siglo XX (este sí cercano en el tiempo), de las que nadie se disculpó. Así, podemos entresacar, a vuela pluma, el genocidio armenio, que consistió en la deportación forzada y el exterminio sistemático de 1,5 millones de armenios cristianos que vivían en el Imperio otomano, llevado a cabo por el gobierno de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1923; el Holodomor, es decir, la hambruna provocada deliberadamente por el régimen soviético de Stalin en Ucrania entre 1932 y 1933, y que provocó la muerte de entre 3,5 y 7 millones de personas; o, sin ir más lejos, y ya en la Segunda Guerra Mundial (y al margen del Holocausto judío y de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki), el bombardeo anglo-americano sobre Hamburgo en julio de 1943, que provocó la muerte de 40.000 civiles, o el realizado por el ejército estadounidense en Tokio, en marzo de 1945, en el que murieron 100.000 civiles.
También podemos intercalar en esta narrativa del horror del sangriento siglo XX la matanza de 8000 bosnios en Srebrenica el 11 de julio de 1995 por parte del ejército serbio, en el contexto de las guerras de los Balcanes (1991-2001); o, finalmente, el genocidio acontecido en Ruanda en la primavera de 1994, en el que la etnia hutu masacró a 800.000 compatriotas de la etnia tutsi (incluidos miles de hutus moderados).
¿Alguien me puede decir si algún dirigente turco, ruso, inglés, norteamericano, serbio o hutu ha pedido perdón alguna vez por estos espeluznantes e inimaginables crímenes, cometidos en el cercano y a la vez terrorífico siglo XX?
EL PRESENTISMO
Por último, nos encontramos con el siempre manoseado "presentismo", es decir, el análisis de acontecimientos de un pasado remoto con los ojos del presente. Los siglos XVI y XVII fueron tiempos, por desgracia, de violencia terrible e inacabable: guerras de religión, represión de la heterodoxia, odio al "otro", choques entre mastodónticos imperios, represión sobre minorías religiosas, sociales y sexuales... En suma, una violencia institucionalizada y cotidiana. Y en el inicio de esta temprana Edad Moderna, un 12 de octubre de 1492, quiso el "destino" que Cristóbal Colón desembarcara en la pequeña isla de Guanahaní...
A PESAR DE LAS LUCES DE LA CONQUISTA...
El descubrimiento, conquista y colonización del continente americano por los españoles durante cuatrocientos años dejó un montón de teselas luminosas en el inmenso mosaico de la historia. Hay que ser objetivos y no negar esta realidad. El idioma castellano y su escritura ayudaron al proceso de globalización que comenzó a finales del siglo XV, y en el que los portugueses corrieron paralelos. En este sentido, el Imperio español se convirtió en la primera institución política global de toda la humanidad, con lo que ello supuso a nivel de organización territorial en un espacio tan inmenso, por ejemplo, como el americano, cuyo núcleo pasó a ser el Ayuntamiento. La universidad penetró en el Continente, siendo su primera sucursal en Santo Domingo en 1538.
La imprenta, que se había inventado cincuenta y dos años antes de la arribada de Colón, fue una transferencia de saber fundamental. A través de la Escuela de Salamanca, iniciada por Francisco de Vitoria en 1526, España exportó a las tierras allende los mares sus ideas sobre el derecho internacional, los derechos humanos y la ciencia económica moderna. Toda una riqueza cultural, procedente de Grecia, Roma y el mundo islámico, además del humanismo renacentista, penetró en aquellas sociedades. Suma y sigue. No, no es baladí la aportación española al gran continente.
... HAY QUE RECONOCER LOS ERRORES DEL PASADO, AUNQUE NUNCA PEDIR PERDÓN
Acepto plenamente las críticas que, a lo largo de la historia, se han dirigido a muchas de las acciones que los conquistadores españoles llevaron a cabo en América; es más, las hago mías. Ningún español de bien puede sentirse reconfortado por las traiciones, crímenes y matanzas que nuestros antepasados cometieron en el Nuevo Mundo.
Sin embargo, creo, honestamente, que exigir a España que pida perdón por hechos acaecidos hace medio milenio es totalmente injusto, desproporcionado y ahistórico. Lo que no han hecho otros países por crímenes infinitamente más numerosos y más cercanos en el tiempo no se nos puede exigir a nosotros. Aceptemos, sin más, las sombras y las luces del pasado, tratemos de no cometer los mismos errores del ayer y dejemos a los investigadores de la historia el análisis desapasionado y desideologizado de aquellos terribles hechos.
(1) Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto, Los conquistadores: una breve introducción. Madrid, Alianza Editorial, 2013.
(2) https://historia-hispanica.rah.es/biografias.
(3) https://historia-hispanica.rah.es/biografias.


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