martes, 26 de mayo de 2026

NUESTRO AMIGO LUCINIO

"Mucha gente caminará dentro y fuera de tu vida, pero solo los verdaderos amigos dejarán huellas en tu corazón" (Eleanor Roosevelt)

OLOR A CASTAÑAS ASADAS

Los primeros recuerdos que me vienen a la mente, probablemente de finales de los años setenta, me llevan a aquellos viernes en que la abuela Cristina preparaba aquellas deliciosas castañas asadas, que algunas veces hacía llegar a nuestra casa, cuando éramos vecinos, ellos en el bajo C, nosotros en el bajo B. Me encantaban aquellos frutos secos tostados, cocinados con esmero por la matriarca de la casa, y ofrecidos con amabilidad por la misma. Ocurría en aquellos viernes por la tarde y por la noche, de los que recuerdo luminosos fogonazos, como el de aquella mítica película, La isla del tesoro, en su versión más antigua, la de 1934, dirigida por Víctor Fleming, que tanto me gustó y que tanto retengo en la memoria.

AQUELLOS DÍAS DE NAVIDAD

Sin embargo, el bullicio de aquella vivienda, habitada entonces por la matriarca, su hija, su yerno, sus nietas y la perra Sala, era completo para nosotros cuando llegaban las entrañables fiestas de Navidad. También con Boni, Antoñita, Miguel Ángel, Micaela y Bernardo compartíamos veladas deliciosas en su casa (el bajo D) y en la nuestra, durante aquellos días finales del año, en especial durante las noches del 24 y del 31 de diciembre. Pero igualmente hacíamos con Lucinio, Juanita, Cristi, Asun y Cristina abuela. Recuerdo aquellos encuentros sabrosísimos, cargados de charlas amistosas, camaradería vecinal, turrón, polvorones, cortadillos, mazapán, peladillas y otros dulces exquisitos. Siempre nos encontrábamos muy a gusto en aquella vivienda, compartiendo agradables experiencias y animadas conversaciones.

LA INTUICIÓN DE SALA

Y, por supuesto, mantengo incólume, en el cerebro, aquellas visitas de mi pajarillo a aquella ensoñadora vivienda, cuando, al tocar el timbre, la perra Sala se retrotraía a sus cuarteles de invierno, situación que le hacía decir a la abuela Cristina a su hija: "Debe ser Juanita (mi madre), porque Sala se ha retirado a las habitaciones". ¿Por qué esa reacción de Sala y de la matriarca? Pues porque en su casa sabían que mi pajarillo tenía mucho miedo a los perros (como me ha pasado a mí hasta hace un cuarto de hora, como quien dice), y ellos habían acostumbrado al peludito personaje a esconderse cuando mi madre aparecía. Sagaz perro, perspicaz abuela.

Nuestra amistad con Lucinio y Juanita era, podríamos decir, una camaradería a fuego lento, sin estridencias, pero muy sincera. Visitábamos su casa de vez en cuando; ellos hacían lo propio con la nuestra; fuimos una vez a su vivienda del Sotillo de la Adrada aquel sábado remoto, en que recuerdo ver en su televisión de la localidad abulense la emisión de un capítulo de aquella mítica serie, Érase una vez... el hombre; ellos vinieron varias veces a la nuestra, de Pedrezuela... Nos llevábamos bien, eran gente que merecía la pena, buenos vecinos, mejores personas.

LA HELADORA MADRUGADA DEL 85

Sin embargo, esa visión bonancible que yo (y el resto de mi familia, por supuesto) tenía de aquella familia cambió de forma dramática una inolvidable madrugada de mitad de febrero de hace cuarenta y un años, cuando la Parca quiso, de forma súbita y estruendosa, penetrar en nuestras monótonas y rutinarias existencias. Y es que, al contrario de otros, Lucinio (y Juanita) surgió entre la bruma para prestarnos todo el calor, todo el apoyo, toda la ayuda que necesitábamos en aquella encrucijada límite. Recuerdo su aparición estelar en nuestra casa aquella inquietante madrugada (serían las dos de la mañana de aquel sábado funesto) para ponerse a nuestra disposición para lo que fuera menester. Recuerdo sus infinitas visitas al hospital a ver a mi padre, haciendo una improvisada parada con su taxi en las cercanías mientras trabajaba. Recuerdo algunas comidas que nos preparó Juanita (su mujer) durante aquellos turbadores primeros días. Recuerdo cuando tú, pajarillo, le comentaste que los médicos le habían dado a papá un mes de vida...

Frente a otros, Lucinio emergió como un ángel protector, un compañero superlativo, un camarada desmesurado. La palabra "amigo", que tanto se banaliza, quedó asociada desde aquel crucial momento, en su verdadero sentido, en su real categoría, a nuestro entrañable vecino.

La suerte, ese elemento que tanta gente desprecia, relativiza e, incluso, ignora (aun cuando forma parte de nuestra vida infinitamente más de lo que imaginamos); ese elemento con el que no contaron, por desgracia, mis dos pajarillos; la suerte, repito, acompañó a mi padre, y aunque tardó diecisiete meses en recuperarse, finalmente emergió de las sombras y acabó viendo el luminoso amanecer.

Como suele suceder en esta extraña vida, la desaparición de la catarata, ya ante nuestros ojos, hizo volver a la normalidad nuestra relación con Lucinio y su familia, aun cuando para nosotros, su imagen, gigantesca y mítica, se hubiera aposentado, de forma definitiva, en el frontispicio de nuestra existencia.

Atropos o Las Parcas, pintura de Francisco de Goya (https://museodelprado.es)

EL VERANO DE 2011

Pasaron veintiséis años, y una tarde de junio, nuevamente, la Señora de Negro intentó, por segunda vez, interferir en nuestras adormiladas existencias. Y en aquel verano finisecular volvió a aparecer nuestro entrañable amigo, hasta el punto de que se volvió del pueblo abulense a Madrid para acompañarnos en ese nuevo trance límite. La situación, afortunadamente, aunque grave, no tuvo las dimensiones temporales de la anterior, y al final del verano mi padre, por segunda vez, acabó recuperando el tono. Nuevamente nuestro vecino, nuestro amigo, estuvo a nuestro lado de forma fiel y calurosa.

No solo en estas adversas coyunturas estuvo este gran personaje a la altura de las circunstancias; no solo en estas tristes situaciones, ni muchísimo menos, estuvo nuestro guardián particular, en el sitio que solo los rectos y los virtuosos ocupan. Recuerdo, a vuela pluma, la alegría que le dio cuando aprobé la oposición del Ayuntamiento de Madrid; la solidaridad que mostró en el largo e infinito affaire de mi hermana; la compañía en aquel segundo día de octubre de hace ya más de diez años, cuando despedimos en San Roque a mi angelical pajarillo; aquellas visitas a nuestra casa por Navidad, en especial la de aquella tarde de Nochebuena del 2019 tan finisecular y melancólica, por lo que meses después pasaría; por supuesto, aquel inolvidable velatorio, hace más de un lustro, cuando mi otro pajarillo acababa de cruzar el Rubicón de la vida hacía solo unas horas, y el acompañamiento a su última morada en aquella tristísima mañana del maldito Día de los Inocentes; incluso, los consejos que me dio, una vez pasado este último y durísimo trance, sobre los trámites acerca del papeleo de la herencia de mi madre.

LOS NUEVE DÍAS EN EL IPR

Por eso, cuando a principios del pasado mes de enero, mi padre (y yo) se sumergió nuevamente en un hospital durante apenas nueve días, y nuestro entrañable amigo regresó con su fulgurante luz a iluminar nuestras vidas en forma de ponerse él (y sus dos hijas) a nuestra disposición; de frecuentes llamadas durante la hospitalización; de periódicos telefonazos tras salir del famoso IPR; de preocuparse, en definitiva, por el bienestar y la salud de mi padre; cuando todo eso ha vuelto, como un déjà vu, a nuestras vidas, he echado la vista atrás más de cuatro décadas, y me he dado cuenta de que algunas personas son irrepetibles (a pesar de que ninguno de nosotros terminamos siendo imprescindibles), y que su luz nos ha iluminado (como la columna de nube que guiaba a los israelitas tras su salida de Egipto, y que era la personificación de Yahvé) durante los días, pero, sobre todo, durante las noches oscuras del alma, esas a las que se refería poéticamente el gran san Juan de la Cruz.

Columna de nube que guiaba a los israelitas tras salir de Egipto (https://iglesiadelpilar.com.ar)

SI HUBIERAS ESTADO, QUERIDO AMIGO, AQUELLA MAÑANA EN LA LLANURA QUE LLEVABA A SODOMA Y GOMORRA...

En el capítulo 18 del libro del Génesis, se produce una conversación muy interesante entre Abraham y Yahvé. Y es que, habiendo decidido el segundo de ellos destruir las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, por los múltiples pecados de sus moradores, el gran patriarca israelita le inquiere a su Señor, por seis veces, en grado descendente, si sería capaz de salvarlas en el hipotético caso de que hubiera 50, 45, 40, 30, 20 o 10 personas justas y rectas. Y por seis veces, el dios de los judíos responde taxativamente a Abraham que, en caso de haber 50, 45, 40, 30, 20 o, incluso, 10 personas justas y rectas, él salvaría la ciudad en atención a esos pocos elegidos. 

Después de todo lo visto en este acelerado post, cualquiera que tenga ojos y oídos comprenderá que, de haberse encontrado nuestro entrañable Lucinio aquella remota mañana en Sodoma y Gomorra junto con otros nueve como él, es evidente que Yahvé hubiera salvado in extremis a las réprobas poblaciones. 

Gracias por todos estos años, querido amigo.

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