COLÓN ME GUIÓ AL DOCTORADO...
Desde la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América para los europeos, es decir, desde el imborrable año 1992 y, con especial significado, desde mis dos visitas a la Exposición Universal de Sevilla, la primera en junio y la segunda en septiembre de ese año, tuve claro que quería, que deseaba realizar el doctorado. Y es que, a pesar de haber acabado la carrera de Geografía e Historia dos años antes, no fue hasta el emblemático año colombino cuando el espíritu del gran descubridor, que yo asocié a la insaciable sed de conocimiento y belleza, se apoderó de mí y me llevó, finalmente, a las procelosas aguas de la tesis doctoral, aunque aún restarían tres años para tal empresa.
... Y EL AZAR ME LLEVÓ A CMS
Una vez finalizada la prestación social sustitutoria en la Fundación Antisida en mayo de 1995, llegó el momento esperado, y después del verano y aprovechando que mi hermana andaba cursando la carrera de Matemáticas en la UNED, un día que tuvo que acercarse a la Facultad de Ciencias, le pedí que entrara en la de Humanidades, colidante con la suya, y anotara el teléfono de algún profesor que impartiera el doctorado en Historia Moderna, la especialidad que me había fascinado desde aquellas mágicas clases vespertinas impartidas en la Universidad Complutense por el magnético e inclasificable Manuel Martín Galán, que tanto nos hechizó a mi amiga Sagrario y a mí. Al finalizar el día, me encontré con dos nombres, de los que, reconozco, no había oído nada en mi vida: María Helena Sánchez Ortega y Carlos Martínez Shaw. ¿Por qué decidí contactar con el segundo y no con la primera? El azar absoluto.
EN EL ESPEJO
El caso es que, como vi que el profesor en cuestión tenía tutorías presenciales los jueves en la Facultad de Humanidades, decidí llamarle el primero que apareció en el horizonte, que fue, finalmente, el día 30 de noviembre, el próximo domingo hará treinta años. Durante la conversación, en la que ya intuí una cordialidad que no esperaba, le hablé a mi receptor sobre el objetivo del doctorado y, en un brusco (para mí) giro de los acontecimientos, me emplazó para vernos esa misma tarde en la cafetería El Espejo, sita en el paseo de Recoletos de la capital de España.
Y allí aparecí, a la hora convenida, como también apareció él, puntual como siempre, con su maletín, sus gafas, su eterna sonrisa y su acento sevillano. Desde la oceánica distancia que da la perspectiva de tres décadas, aquel encuentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos me parece casi un sueño, pero fue real, divertido, agradable y muy esclarecedor. El hombre que tenía delante de mí no parecía un profesor al uso, en el sentido de mantener la habitual relación académica con un alumno, como yo había avizorado durante mis estudios en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, con las excepciones, quizá, del citado Manuel Martín Galán, Carmen Sanz Ayán o Juan Carlos Galende No solo era el lenguaje que utilizaba (cercano y popular); no solo era la claridad de los objetivos que marcaba; no solo era la amabilidad que derrochaba; era también, cómo no, el hecho de haber quedado con un futuro doctorando, totalmente desconocido, a las primeras de cambio y en una cafetería. Nadie me negará que el personaje en cuestión parecía singular y fascinante.
EN LOS ANDENES DEL AVE
Aquel jueves 30 de noviembre, don Carlos (él siempre me decía que le tuteara, pero a mí siempre me costaba mucho hacerlo) me mandó leer dos libros, con el fin de que fuera anotando los temas que pudieran interesarme para llevar a cabo el doctorado. Y aunque no me matricularía hasta el curso siguiente, 1996/1997, aquel dilecto y simpático sevillano se convirtió ya de facto en mi director de tesis. Finalizada la charla, acordamos que cuando hubiera acabado mi labor escrutadora, le llamaría. Y, efectivamente, pasado un tiempo, comuniqué con él otro jueves fosforescente, y esta vez, el audaz andaluz me convocó junto a la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, sita en el jardín tropical de la estación de trenes de Atocha.
Increíblemente, yo nunca había estado allí (aunque la remodelación de la terminal databa de tres años antes), me fue difícil encontrar el lugar por los intrincados pasillos de la estación, y acabé llegando tarde a la cita. El marrón fue total. Y, sin embargo, el gran profesor fue indulgente con mi error, y en vez de tomar una infusión en la cafetería que entonces se hallaba a la entrada del inmenso vergel, nos vimos obligados a adentrarnos en los propios andenes del AVE, tren en el que mi acompañante hacía la ruta Sevilla-Madrid y Madrid-Sevilla todos los jueves.
Hoy parece increíble y anacrónico, después de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, pero a principios de 1996, dos personas podían charlar tranquilamente junto a las vías de los trenes en Atocha sin que uno de ellos hubiera sacado un pasaje y sin que nadie les hubiera revisado nada antes de acceder a las mismas. El caso es que tras informarle sobre mis lecturas y preferencias temáticas, volvió a recomendarme otros libros, ya más especializados en las facetas que habían despertado mi curiosidad, que, básicamente, eran las relacionadas con la religiosidad popular. Después de aquellos sabrosísimos minutos absorbiendo los conocimientos y las estrategias para llegar al objetivo último, nos despedimos, viéndole marchar con firmeza y elegancia hacia el AVE, que en dos horas y treinta minutos le trasladaría a la capital hispalense.
EN OTROS LUGARES PARA EL RECUERDO
A lo largo de los años siguientes (tardé demasiados en confeccionar la tesis doctoral), profesor y alumno volvieron a reunirse de manera informal junto a los raíles del AVE, en Atocha; en el restaurante Mora, del paseo del Prado; en la cafetería Nebraska, de la Gran Vía; en una salita de la Real Academia de la Historia, en la calle del León, después de ser admitido don Carlos como miembro de la prestigiosa institución, a finales de 2007; en el Salón General y en la Sala de Manuscritos, Raros y Varios de la Biblioteca Nacional, adonde siempre que acudía me parecía revivir el espíritu colombino de sabiduría y belleza; y, por supuesto, en su mítico despacho de la Facultad de Humanidades de la UNED, sito en el paseo de la Senda del Rey, junto al Puente de los Franceses.
En este último lugar acabé defendiendo primero el trabajo de investigación y, más tarde, la propia tesis doctoral aquel imborrable 23 de octubre, junto al gran profesor, los miembros del tribunal, algunos compañeros de trabajo y mi familia.
NO SOLO ME TRANSMITIÓ SABER
Quiero afirmar que todos aquellos años de investigación, lecturas, estrategias y encuentros los recuerdo con luz brillante, con focos encendidos, con un azul celeste y marino. Y los veo así en la lejanía, entre otras cosas, porque el director de la tesis doctoral fue Carlos Martínez Shaw, que, junto a su inmenso saber, destiló siempre conmigo una amabilidad, una simpatía, una cercanía, un saber estar realmente inconmensurables. De él aprendí contenido, capacidad de análisis, asociación de ideas, gramática, ortografía y el objetivo final del trabajo académico, el de ser publicado en beneficio último de la comunidad, es decir, del ciudadano de a pie deseoso de ilustrarse.
Hoy, todo aquel tiempo del doctorado y la tesis me parecen increíblemente lejanos, porque forman parte de una vida anterior a las grandes tormentas que azotaron mi vida entre 2013 y 2020. Y, sin embargo, aquel Camelot colombino lo mantengo fresco en mi memoria, ya que el fautor del mismo me hizo mejor persona.
Después de la estación Termini del inenarrable 23 de octubre, quedé con mi amigo varias veces más, con el objetivo de dar forma al libro que acabé publicando, basado en la tesis doctoral, aunque también para otros proyectos de investigación, así como para la presentación de un volumen sobre las relaciones comerciales entre España y América, del que él era coautor.
La última vez que comuniqué con el egregio sevillano fue a principios de 2024, para preguntarle su parecer acerca de unas, para mí, sorprendentes afirmaciones realizadas por dos historiadores de prestigio en un curso telemático, a lo que, como siempre, me respondió de forma clara, concisa y amena.
UNA ENORME GRATITUD
Cuando el próximo domingo 30 de noviembre se cumplan tres décadas de nuestro primer encuentro en aquella mítica cafetería de Recoletos, lo único que me vendrá a la mente de aquella velada primigenia no podrá ser más que el eterno agradecimiento de parte de un humilde exdoctorando, por el hecho de que durante varios años pasara por su vida una estrella de sabiduría y de humanidad. Gracias, don Carlos.


La relación profesor-alumno establece un gran rendimiento de la Educación, en todos los grados de la enseñanza, al establecer el vínculo de la materia que se imparte en la calidad profesional y humana de los docentes. Para bien o para mal, los alumnos acaban asociando sus notas a cómo eran sus profesoras y profesores que le impartieron su asignatura.
ResponderEliminarSiguiendo tus referencias cinematográficas e históricas, Sevilla, la ciudad de tu profesor de tesis doctoral, ambienta la serie "La peste", en la segunda mitad del siglo XVI, centro mundial de la época, por ser el Puerto de Indias, y sede actual de el Archivo Histórico de Indias, que conserva documentos de aquella época del Nuevo Mundo.
Enhorabuena por tus treinta años de doctor en Historia.
Gracias por tus amables palabras. Un abrazo.
Eliminar