viernes, 27 de febrero de 2026

VAN OLDENBARNEVELT, EL OTRO SERVET

MIGUEL SERVET. LA SANGRE Y LA CENIZA

Desde que, a principios de 1989, descubrí al personaje a través de una memorable serie emitida en TVE, mi fascinación por Miguel Servet (Villanueva de Sigena, ca. 29 de septiembre de 1509-Ginebra, 27 de octubre de 1553) se ha mantenido a través del tiempo.

En aquellos remotos y desasosegantes días (hacía tres meses que a mi hermana le habían detectado esclerosis múltiple), yo andaba cursando en la Universidad Complutense de Madrid cuarto curso de Geografía e Historia, aunque ya había decidido el año anterior (influido notablemente por las magistrales clases vespertinas del gran Manuel Martín Galán) que la especialidad que deseaba estudiar iba a ser Historia Moderna.

Es evidente que el entonces monopolio de la televisión estatal (aún no había aparecido Telemadrid, mayo de 1989, ni las cadenas privadas, enero de 1990) influyó en que la legendaria emisión concitara a su alrededor una audiencia sorprendentemente importante para la época, teniendo en cuenta el contenido de la misma. Yo, desde luego, fui uno de sus más adictos seguidores, y tras un par de capítulos dubitativos, devoré los siguientes cinco con fruición, llegando al clímax con el último, en el que tiene lugar la condena a la hoguera y la ejecución del genial y testarudo aragonés.

UN HOMBRE DE SABER UNIVERSAL

¿Por qué me sedujo tanto aquella serie y el personaje central de la misma? Pues, en esencia, porque donde uno creía hallar única y exclusivamente al descubridor de la circulación menor o pulmonar de la sangre (que pasa del ventrículo derecho al pulmón para oxigenarse, y vuelve al ventrículo izquierdo), proceso que explicó en su magna obra Christianismi Restitutio, (que, por cierto compré en junio de aquel mismo año en la Feria del Libro del Retiro, en Madrid), se encontró, por contra, con un personaje poliédrico, multifacético y heterodoxo.

Miguel Servet (1) apareció, de pronto, gigante ante mí, como uno de los máximos representantes del humanismo español del siglo XVI, destacando por sus dotes de científico, teólogo y, fundamentalmente, de hombre de saber universal, en paralelo al gran Erasmo de Rotterdam. Y es que su sagaz descubrimiento citado era solo la punta del iceberg de su dimensión intelectual, ya que, a su interés por la medicina (Syruporum universa ratio, París, 1557), le seguía el mostrado por la geografía (Geografía, de Ptolomeo, Lyon, 1535), la astronomía (Apologetica disceptatio pro astrologia, París, 1538), la anatomía, las matemáticas, la jurisprudencia y, por supuesto, la teología. Y fue en este campo del conocimiento, tan espinoso como dado a polémicas hiperbólicas en la época, donde el universal aragonés tuvo su auge y su caída.

HETERODOXIA RELIGIOSA

Porque, efectivamente, al margen de publicar Declarationis Jesu Christi (1540), dos Biblias latinas, editadas por H. de la Porte (Lyon, 1542), la Biblia de Pagnini (1542) y la Biblia sacra cum glossis (Lyon, 1545), Miguel Servet se hizo famoso en toda Europa por tres obras, en las que desparramaba sus heterodoxas ideas: De Trinitatis Erroribus (Haguenau, 1531), Dialogorum de Trinitate libri duo (Haguenau, 1532) y, especialmente, la ya citada Christianismi Restitutio (Viena, 1553).

En las dos primeras, Servet desarrolla una idea sui generis sobre el dogma de la Santísima Trinidad, estableciendo que en ella hay una distinción personal, pero no real, es decir, negando la división de la esencia divina y estableciendo que las personas de la Trinidad son simplemente formas o modos. Además, reconociendo en Jesús las cualidades divinas, no acepta su eternidad, cualidad que tan solo concede al Verbo, esto es, a Dios antes de encarnarse en el Hijo.

Por contra, su obra definitiva, la Christianismi Restitutio, es, esencialmente, una colección de tratados sobre diferentes parcelas teológicas, en la que se pretende que la Iglesia católica vuelva a sus orígenes en cuanto al restablecimiento del conocimiento de Dios, a la justificación por la fe y a la regeneración del bautismo y de la comunión eucarística.

SERVET Y CALVINO

De todas estas polémicas cuestiones en la época, sobresalió, sin duda, su concepción de la Trinidad y de la no eternidad del Hijo, que le valieron a Servet el inicio de un proceso inquisitorial por parte de la Inquisición española y francesa en 1532, que le obligaron a modificar su nombre en los libros que publicó a partir de entonces y a cambiar frecuentemente de residencia por diferentes ciudades de Europa, con la estación Termini de Ginebra. Allí, en 1553, tuvo lugar el enfrentamiento final, después de diecinueve años de polémicas sin cuento entre Servet y Juan Calvino (que tan bien ha analizado María Tausiet (2)), quien ya en 1546 había advertido, en una carta a un amigo, del final que le esperaba a su contrincante intelectual en el caso de que este pisara los pies en su ciudad. Así sucedió, y tras ser detenido acusado de herejía, se le realizó un proceso judicial de dos meses y doce días, al final del cual fue condenado a ser quemado vivo, sentencia que se ejecutó a las afueras de la teocrática Ginebra el 27 de octubre de 1553.

La aparición estelar de Miguel Servet en mi vida, en marzo y abril del 89, me dejó una honda huella en dos aspectos concretos: la defensa de la libertad de conciencia y de la tolerancia religiosa, así como la especial valoración de una de las facetas del humanismo renacentista, a saber, el insaciable deseo de conocimiento en la mayoría de las ramas del saber. Tres años antes de que el "espíritu colombino del 92" aterrizara en mi vida, un genial aragonés puso ya las bases del mismo. No es casualidad, pues, que una imagen de Juanjo Puigcorbé, el actor catalán que dio vida a Miguel Servet en la legendaria serie, lleve decorando mi habitación desde hace treinta y siete años.

Ejecución de Miguel Servet (www.granadacostanacional.es, 9-12-2021)

¿QUIÉN SE ACUERDA DE VAN OLDENBARNEVELT?

Si la figura de este español universal ha pasado casi de puntillas por la Historia, y casi nadie sabe hoy la verdadera dimensión del personaje, ¿qué vamos a contar de Johan van Oldenbarnevelt, que nació seis años antes del suplicio de Servet en la meseta de Champel? Aunque, a fuerza de ser sinceros, la gran pregunta que podría fustigar al lector que ha conseguido llevar vivo hasta esta parte de mi escrito debería ser: ¿pero qué diablos tiene que ver el insigne aragonés con este señor? Pues aunque parezca increíble, puedo afirmar rotundamente que bastante más de lo que parece. Veámoslo.

LA REBELIÓN DE LAS SIETE PROVINCIAS

Desde hace muchos, muchos años, me ha atraído sobremanera la política internacional desarrollada por los cinco reyes de la Casa de Austria, que gobernaron, entre otros, los diferentes territorios de la actual España entre 1516 y 1700. Y he de reconocer que uno de los capítulos que, de siempre, más me han fascinado ha sido el correspondiente a la rebelión de los Países Bajos, es decir, la revuelta que las siete provincias del norte (Holanda, Zelanda, Güeldres, Overijssel, Utrecht, Groninga y Frisia) llevaron a cabo entre 1566 y 1648 contra la dominación española de aquellas latitudes. Estamos hablando, por supuesto, de la llamada Guerra de los Ochenta Años.

Habiendo ya leído bastante acerca de este desgraciado y sangriento conflicto (cuyo origen, esto es, la adquisición de los Países Bajos por la Corona de España a través de la herencia paterna recibida por Carlos I, solo fue posible después de una sucesión de desgracias familiares en la descendencia de los Reyes Católicos, que acabó con uno de los hijos de Juana I de Castilla en el trono) durante los reinados de Felipe II y Felipe IV, me dio hace poco por rellenar el vacío bibliográfico que tenía sobre el monarca intermedio de ambos. De esta manera, cayeron en mis manos dos obras fundamentales del período: una, que me sirvió de introducción al mismo, escrita por Hugo Huidobro Castaño (3) y otra, sublime, que me guió por el corazón mismo del secular enfrentamiento hispano-holandés. Me refiero a un volumen escrito por el historiador inglés Paul C. Allen (4).

Ha sido en este último libro, maravilloso e impactante, y que a veces me recordaba, durante su lectura, el diario de un reportero de guerra o de un periodista en una reunión de altos vuelos internacionales, tal es su detallismo, fluidez y conexión entre los diferentes espacios geográficos, donde he descubierto la verdadera dimensión de Johan van Oldenbarnevelt.

ABOGADO Y POLÍTICO

Este holandés (5), nacido en 1547, que cursó estudios de Derecho en las universidades de Lovaina, Bourges y Heildeberg (en esta última es donde entró en contacto con las ideas protestantes), y que al volver a su país fue elegido miembro del Consejo de Holanda, sito en La Haya, se convirtió desde 1572, tras la segunda revuelta de las provincias neerlandesas contra la autoridad española (esta sí exitosa, no como la de 1566), en uno de los principales líderes de dicha insurrección.

Su papel en el conflicto solo hizo más que aumentar con el paso de los años, y en 1576 se convirtió en pensionario de Rotterdam, cargo que le permitió acceder al parlamento de la provincia de Holanda, y a partir de ahí y de la incorporación del resto de provincias a la rebelión (que fructificó en la Unión de Utrecht de 1579), dirigir las acciones conjuntas de los Países Bajos. Desde entonces, y hasta 1609, apoyó totalmente el liderazgo militar de los estatúter de Holanda y Zelanda, Guillermo de Orange (hasta su asesinato por un fanático católico, tras haber sido puesto precio a su cabeza por el rey Felipe II) y del hijo de este, Mauricio de Nassau, colaborando con ellos en las campañas militares contra el ejército español.

LA TREGUA EN LA QUE POCOS POLÍTICOS CREÍAN

Hasta aquí podemos entender la vida de este político holandés como la de una pieza más, sin duda importante, aunque aún no decisiva, en el largo enfrentamiento entre los dos territorios. Sin embargo, su papel adquiere un protagonismo fundamental, que le comienza a acercar a la vida de Miguel Servet, en 1607, con el comienzo de las negociaciones entre las dos potencias beligerantes para buscar un acuerdo de paz, ya que ambas se encontraban exhaustas a nivel económico y militar.

A pesar de que gran parte de la población de las Provincias Unidas se declaraba en esos momentos de extenuación partidaria de buscar una salida diplomática al conflicto, el partido belicista encabezado por Mauricio de Nassau intentó, desde el principio y por todos los medios, poner trabas a las negociaciones, ya que consideraba que la lucha debía continuar hasta la expulsión del ejército español del conjunto de los Países Bajos y la reconquista total de las provincias del sur, fieles a la Monarquía hispánica. 

Sin embargo, el posibilismo, la diplomacia, la política (entendida como el arte de lo posible), de Van Oldenbarnevelt en las negociaciones que dieron lugar a la Tregua de los Doce Años, firmada en Amberes el 9 de abril (casualmente o no, según Allen, sí, la misma jornada en la que Felipe III firmó la orden de expulsión de la minoría morisca del territorio español), supuso el triunfo absoluto de las tesis moderadas del gran abogado, que representaban, en esencia, los deseos de paz de gran parte de la población de las siete provincias, a excepción, quizá, de la de Zelanda. Y recalco lo de los deseos de paz de la población, ya que, por contra, el número de líderes políticos de ambos bandos que estuvieron plenamente convencidos de las bondades del armisticio fue escaso, y en el fascinante libro de Allen queda acreditado, salvándose, aparte del caso de nuestro protagonista, los del archiduque Alberto y el general Ambrosio Spínola.

La Tregua de los Doce Años supuso la práctica independencia de las Provincias Unidas. A pesar de ello, los verdaderos deseos del rey Felipe III eran utilizar ese largo período de paz para que la Monarquía hispánica, agotada después de más de cuatro décadas de guerra (solo en el período 1598-1609 se habían transferido a los Países Bajos la nada despreciable cantidad de treinta y siete millones de ducados, a un ritmo de más de tres millones anuales, a lo que había que añadir la bancarrota que la Corona española declaró a finales de 1607), pudiera recuperarse a nivel financiero y humano, con el objetivo último de volver a asaltar la fortaleza nórdica por enésima vez.

Johan van Oldenbarnevelt (taller de Michiel Jansz van Mierevelt, www.worldhistory.org, publicado por el Rijksmusem, 29-10-2023)

PACIFISTAS Y ARMINIANISTAS CONTRA BELICISTAS Y CALVINISTAS

Sin embargo, en el campo neerlandés, los partidarios de continuar la conflagración nunca perdonaron al buen abogado haber impuesto sus tesis pacifistas, y desde 1609 estuvieron siempre al acecho de utilizar la mínima oportunidad para ir en su contra. Esta comenzó a gestarse tras la tregua, cuando los conflictos interiores de las Provincias Unidas sustituyeron al enfrentamiento secular contra el imperio español. Dos fueron los fenómenos que socavaron la unión de los territorios protestantes, y en ambos la figura de Van Oldenbarnevelt se halló en el centro.

De una parte, la disputa entre el particularismo de las provincias, especialmente de Holanda, representada especialmente por el abogado, y los deseos del príncipe Mauricio y sus acólitos por desarrollar un régimen monárquico en todos los Países Bajos. 

Y de otra, el elemento religioso, que nos retrotrae nuevamente a Miguel Servet. En este caso, la lucha se dio entre el calvinismo rigorista, que intentaba establecer una teocracia, como la impuesta en Ginebra, para todos los territorios de las Provincias Unidas, y la corriente arminianista, que defendía una Iglesia abierta y tolerante. La primera de las opciones contaba como partidarios a Mauricio de Nassau, el partido belicista y seis de las siete provincias, y la segunda, a Johan van Oldenbarnevelt, el partido republicano y la provincia de Holanda.

La "madre de todas las disputas" eclosionó en el verano de 1617, cuando los Estados Generales de las Provincias Unidas intentaron establecer un modelo de iglesia nacional en la línea de la Ginebra, que chocó contra los deseos del parlamento holandés. El conflicto derivó, un año después, en la invasión de la provincia "rebelde" por parte del ejército del príncipe de Orange, en el control de la misma y en el apresamiento de los líderes holandeses, el primero de ellos nuestro conocido abogado.

Acusado de traición, y tras nueve meses de prisión, terribles interrogatorios y un juicio llevado a cabo por un tribunal compuesto mayoritariamente por enemigos de Van Oldenbarnevelt, que no le permitió siquiera contar con un abogado defensor, el político holandés, en otro tiempo una de las almas de la insurrección neerlandesa, fue declarado culpable, condenado a muerte y decapitado en La Haya el 13 de mayo de 1619. Restaban menos de veinticuatro meses para que expirara su gran aportación política.

DOS APÓSTOLES DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA, SEPULTADOS POR LA HISTORIA

Quizá, después de haber leído estos procelosos acontecimientos, muchos pensarán que existen, de hecho, grandes diferencias entre Miguel Servet y Johan van Oldenbarnevelt. No las niego. Uno contaba con una faceta científica, y el otro, con una política. Uno era la expresión más pura del hombre de saber universal, en línea con Leonardo, y el otro contaba con una sólida formación de Derecho. Uno era un polemista exacerbado e insaciable, y el otro, un político posibilista, que, por si fuera poco, fue el principal artífice de la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) en 1602. Estas son diferencias incuestionables.

Sin embargo, si analizamos la parte profunda de ambos personajes, nos daremos cuenta de que, en esencia, no resultaban tan antagónicos como pudiera parecer. Servet era un teólogo cristiano, pero antitrinitario y cercano al anabaptismo (creía firmemente en que el bautismo no se debía imponer a los recién nacidos, sino a las personas adultas, cuando estas manifestaran su voluntad de recibir el preciado sacramento), por tanto, en la periferia de la ortodoxia cristiana, y por ello fue perseguido durante toda su vida por católicos, pero también por protestantes.

Van Oldenbarnevelt era partidario de una Iglesia abierta y tolerante, en las antípodas de la esgrimida por el calvinismo rigorista, y por ello, también fue condenado por este. Además, en paralelo a esta dimensión religiosa, el abogado holandés desarrolló un posibilismo político, que tuvo su acto final en la Tregua de Amberes, que los belicistas de turno nunca le perdonaron.

He aquí dos hombres, en apariencia muy diferentes, pero en su parte esencial, a mi juicio, muy parecidos. Ambos defendieron posturas religiosas y políticas personalistas, minoritarias y heterodoxas para la época, que pagaron con sus vidas. Ambos fueron apóstoles de la libertad de conciencia, cercenada por el poder autoritario. Y ambos, tras ser las cenizas de uno aventadas en el campo de Chapel, y ser enterrado el otro bajo la capilla de la Corte, en el Binnenhof de La Haya, sepultadas sus figuras y su recuerdo durante decenios bajo un manto de silencio. Tan solo Voltaire, ciento cincuenta años después de la ejecución del abogado, comenzó a reconocer la valía de ambos personajes y la terrible injusticia de sus ejecuciones.

En una época, como la nuestra, donde nuevas formas de autoritarismo, con trazos ideológicos antagónicos, se expanden como un reguero de pólvora por partes sustanciales del globo, no está de más recordar a dos personas, a las que la historia devoró, y que fueron maltratadas por hombres autodenominados puros, que les acusaron, ignominiosamente, de cometer un único delito: pensar por sí mismos y declarar en alto su heterodoxo ideario.

(1) Es fundamental para su estudio el clásico volumen de José Barón Fernández, Miguel Servet. Su vida y su obra, Madrid, Espasa-Calpe, 1989.

(2) "Mago contra falsario: un duelo de insultos entre Calvino y Servet", Hispania Sacra, vol. 62, nº 125, 2010, pp. 181-211.

(3) La gran ocasión. Los años decisivos de Felipe III, Gijón, Ediciones Trea, 2021.

(4) Felipe III y la Pax Hispánica, 1598-1621, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

(5) Parte de los datos, en Tomás Fernández y Elena Tamaro, "Biografía de Johan van Oldenbarnebelt", [Internet]. Barcelona, España; Editorial Biografías y Vidas, 2024, en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/oldenbarnevelt.htm [página consultada en febrero de 2026].

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