martes, 16 de diciembre de 2025

SIEMPRE SUMERGIDA EN LAS PEQUEÑAS COSAS

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) dedicó el 39.º capítulo de su magna obra Camino (1939; cinco millones de copias; segundo libro en español más traducido de la historia) a las "cosas pequeñas". A lo largo de dieciocho puntos, el fundador del Opus Dei muestra uno de los muchos caminos que conducen a la santidad, esta vez a través de la glorificación de los actos cotidianos y rutinarios. Tres de sus epígrafes dicen así:

"813. Hacedlo todo por amor. Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo.

815. ¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

825. Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas"

Desconozco dónde se encontrará tu alma ahora, mamá, pero si siguiéramos el razonamiento del santo oscense, indudablemente hace ya mucho, mucho tiempo, casi un quinquenio, que se hallaría residiendo en las verdes y frescas praderas del empíreo.

Desde que tengo uso de razón, y aún antes (por los recuerdos que me hiciste llegar sobre el "tiempo de las sombras", aquel camino vital por el que discurrimos los primeros años de nuestras vidas, pero del que no tenemos memoria), siempre, y digo siempre, anduviste sumergida en las pequeñas cosas. Era algo estructural en ti, como la humildad, la curiosidad, el agradecimiento, la capacidad de sorpresa, la conmiseración con los que sufren...

De puertas para afuera, con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los conocidos, cuidaste al máximo la sociabilidad a través de un millón de detalles microscópicos. Si quedabas en llamar a alguien, eras un auténtico reloj suizo de precisión, bien lo saben Antonia, Ana Mari, Basi o Julia sin ir más lejos. Si alguien se encontraba enfermo, te interesabas masivamente por su estado, pero de verdad, no para quedar bien o para sonsacar detalles escabrosos que luego pudieras airear. Si te encontrabas en algún banco público con cualquiera de tus queridas abuelas, que te contaban cómo discurría su trayectoria vital en soledad a pesar de haber engendrado cinco vástagos, empatizabas al máximo con ella, y luego te cagabas en todas las muelas de sus cinco retoños cuando me narrabas la escena.

Si una vecina te pedía un favor, te volcabas con ella. Si en la calle, junto a sus portales, te juntabas con los míticos porteros (hoy ya todos desaparecidos, por muerte o jubilación), siempre sabías la manera de mantener una conversación en la que la persona en concreto, no en abstracción, fuera el centro de la misma, así como sus circunstancias cotidianas.

Nunca vi en toda esta miríada de detalles postureo alguno, huroneo insano, parloteo indecente o hablar por hablar. Como diría el gran Karlos Arguiñano, tus palabras, tus actitudes, tus hechos con los demás siempre estuvieron acompañados de toneladas de fundamento, de sinceridad, de verdadero sentir, de una fiera empatía.

Mi padre y mi madre junto a la iglesia de San Miguel Arcángel (Pedrezuela)

Pero donde demostrabas más ese cuidado de los detalles, ese gusto por las cosas pequeñas, esa exaltación de lo rutinario era, naturalmente, de puertas hacia dentro, es decir, en el interior de estas cuatro paredes y, por supuesto, fuera de ellas, en tu relación con nosotros tres.

Según nos referiste en multitud de ocasiones, no te gustaba especialmente cocinar, pero ponías los cinco sentidos al hacerlo cada día, en cada desayuno, en cada comida, en cada cena. En este sentido, muchas veces hacías alusión a la famosa frase de Teresa de Jesús "también entre los pucheros anda el Señor" (Fundaciones, 5, 8), aunque tú, habitualmente, llamabas a la santa abulense "doña Teresa". Y es que, efectivamente, siempre presencié en el pequeño microcosmos de la cocina, donde la Mujer ha entregado su vida durante tanto tiempo, laboriosidad, detallismo, cariño y emoción. 

Tanto en las comidas del día a día como, por supuesto, en las celebraciones cumpleañeras, cuaresmales o navideñas, siempre noté esa parsimonia, ese cuidado al máximo, esa sublimación de la cotidianidad. Y ese empeño, ese buen hacer en la elaboración de los alimentos que tú y el resto consumían se trasladaba, naturalmente, a la planificación semanal (que partió de Mari, y que yo heredé), a la compra de los productos en las tiendas pequeñas y en las grandes superficies, en la preparación de la mesa, en el fregado de los cacharros, en el barrer... Y todo, absolutamente todo, haciéndolo con paciencia, sin prisa, sin pausa, con orden, en una apoteosis del trabajo bien hecho.

Y lo realizado en la cocina, tu sancta sanctórum, lo expandías hacia el resto de tareas domésticas: la puesta en funcionamiento de la lavadora; el tendido de la ropa en la terraza o en los radiadores; la recogida de la misma; el planchado, con aquella delicadeza en nuestras camisas; el doblado de estas y de los pantalones cuando había cambio de estación; la limpieza general de la casa con la mopa por el suelo, la de los azulejos, la de los espejos, la de los cristales...

Sin embargo, donde el triunfo del trabajo bien hecho y de la dedicación ultraprofesional en las pequeñas cosas de la vida alcanzaban su clímax era, sin duda, en la enfermedad. ¡Cuántos años, desde aquel remoto 17 de febrero del 85, te vi luchando contra los diversos y tristes destinos que te/nos tocaron vivir! Allí, en aquellas situaciones límite, es donde extendías tu máxima potencia vital: aquellos meses inacabables de 1985 y 1986 con papá; aquella eternidad de veintinueve años de esclerosis múltiple con Mari; aquellos últimos treinta y cinco meses con tu pequeña...

Recuerdo aquella tarea hercúlea, sobrehumana, y se me parte el alma. ¡Tantas estancias en el hospital! ¡Tantas mañanas ayudando, con papá por supuesto, a levantarse a Mari, a lavarla, a darla el desayuno, a vestirla, a bajarla a la calle para que la recogiera la furgoneta del Centro de Día! Y luego, ¡tantas tardes bajando a la calle a recogerla, subiéndola aquí, dándola de merendar, poniéndola la televisión, dándola de cenar, acostándola (los últimos treinta y un meses con la ayuda de la grúa)...! 

Pero es que esta actividad frenética, aunque pausada y sincronizada, también llegaba a las pequeñas enfermedades, que tal que yo sufría a veces. Daba igual que fuera un constipado, un dolor de muelas, un problema de lumbalgia o una cefalea. Tú siempre andabas en el lado correcto de la historia, para ayudarnos y hacernos la vida un poco mejor.

Y todo lo citado se repetía en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, en una suerte de AWAC que cubriera con su radar los 360.º de la existencia.

Además de una enorme cigarra, con cuyo canto nos iluminabas todos los días de nuestra vida, fuiste una gigantesca hormiga, un excelso enano laborioso, una especie de ángel ayudante de san Isidro en sus tareas agrícolas, que desplegabas tus alas, tu vida, tu alma, por todos los territorios que surcabas, que eran, en gran medida, los nuestros. Y así, un día y otro y otro y otro, en un interminable sendero de esmero y profesionalidad en las labores aparentemente insignificantes, socialmente minusvaloradas. 

En 1971, el maestro Joan Manuel Serrat compuso una canción que decía así:

"Uno se cree / que las mató el tiempo y la ausencia, / pero su tren / vendió boleto de ida y vuelta. 

Son aquellas pequeñas cosas / que nos dejó un tiempo de rosas / en un rincón, en un papel / o en un cajón.

Como un ladrón, / te acechan detrás de la puerta. / Te tienen tan a su merced / como hojas muertas.

Que el viento arrastra allá o aquí, / que te sonríen tristes y / nos hacen que / lloremos cuando nadie nos ve".

Sublimaste lo sencillo, lo cotidiano, lo rutinario, lo insignificante. Avanzaste por las procelosas aguas de la vida que te tocó vivir con armonía, elegancia, empeño, sinceridad y amor por los detalles. Diste todo lo que podías ofrecer, que era mucho. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que hiciste por nosotros. Un quinquenio tras tu marcha, tras tu disolución en el éter, sigo recordando aquel Camelot en que convertiste nuestra vida, y algunas veces, cuando nadie me ve, sigo llorando por los pasillos. Y rememorando a María Salgado, tan solo una vida más tarde comprendí y valoré tu legendaria labor.




















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