martes, 16 de diciembre de 2025

SIEMPRE SUMERGIDA EN LAS PEQUEÑAS COSAS

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) dedicó el 39.º capítulo de su magna obra Camino (1939; cinco millones de copias; segundo libro en español más traducido de la historia) a las "cosas pequeñas". A lo largo de dieciocho puntos, el fundador del Opus Dei muestra uno de los muchos caminos que conducen a la santidad, esta vez a través de la glorificación de los actos cotidianos y rutinarios. Tres de sus epígrafes dicen así:

"813. Hacedlo todo por amor. Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo.

815. ¿Quieres de verdad ser santo? Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

825. Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas"

Desconozco dónde se encontrará tu alma ahora, mamá, pero si siguiéramos el razonamiento del santo oscense, indudablemente hace ya mucho, mucho tiempo, casi un quinquenio, que se hallaría residiendo en las verdes y frescas praderas del empíreo.

Desde que tengo uso de razón, y aún antes (por los recuerdos que me hiciste llegar sobre el "tiempo de las sombras", aquel camino vital por el que discurrimos los primeros años de nuestras vidas, pero del que no tenemos memoria), siempre, y digo siempre, anduviste sumergida en las pequeñas cosas. Era algo estructural en ti, como la humildad, la curiosidad, el agradecimiento, la capacidad de sorpresa, la conmiseración con los que sufren...

De puertas para afuera, con la familia, con los amigos, con los vecinos, con los conocidos, cuidaste al máximo la sociabilidad a través de un millón de detalles microscópicos. Si quedabas en llamar a alguien, eras un auténtico reloj suizo de precisión, bien lo saben Antonia, Ana Mari, Basi o Julia sin ir más lejos. Si alguien se encontraba enfermo, te interesabas masivamente por su estado, pero de verdad, no para quedar bien o para sonsacar detalles escabrosos que luego pudieras airear. Si te encontrabas en algún banco público con cualquiera de tus queridas abuelas, que te contaban cómo discurría su trayectoria vital en soledad a pesar de haber engendrado cinco vástagos, empatizabas al máximo con ella, y luego te cagabas en todas las muelas de sus cinco retoños cuando me narrabas la escena.

Si una vecina te pedía un favor, te volcabas con ella. Si en la calle, junto a sus portales, te juntabas con los míticos porteros (hoy ya todos desaparecidos, por muerte o jubilación), siempre sabías la manera de mantener una conversación en la que la persona en concreto, no en abstracción, fuera el centro de la misma, así como sus circunstancias cotidianas.

Nunca vi en toda esta miríada de detalles postureo alguno, huroneo insano, parloteo indecente o hablar por hablar. Como diría el gran Karlos Arguiñano, tus palabras, tus actitudes, tus hechos con los demás siempre estuvieron acompañados de toneladas de fundamento, de sinceridad, de verdadero sentir, de una fiera empatía.

Mi padre y mi madre junto a la iglesia de San Miguel Arcángel (Pedrezuela)

Pero donde demostrabas más ese cuidado de los detalles, ese gusto por las cosas pequeñas, esa exaltación de lo rutinario era, naturalmente, de puertas hacia dentro, es decir, en el interior de estas cuatro paredes y, por supuesto, fuera de ellas, en tu relación con nosotros tres.

Según nos referiste en multitud de ocasiones, no te gustaba especialmente cocinar, pero ponías los cinco sentidos al hacerlo cada día, en cada desayuno, en cada comida, en cada cena. En este sentido, muchas veces hacías alusión a la famosa frase de Teresa de Jesús "también entre los pucheros anda el Señor" (Fundaciones, 5, 8), aunque tú, habitualmente, llamabas a la santa abulense "doña Teresa". Y es que, efectivamente, siempre presencié en el pequeño microcosmos de la cocina, donde la Mujer ha entregado su vida durante tanto tiempo, laboriosidad, detallismo, cariño y emoción. 

Tanto en las comidas del día a día como, por supuesto, en las celebraciones cumpleañeras, cuaresmales o navideñas, siempre noté esa parsimonia, ese cuidado al máximo, esa sublimación de la cotidianidad. Y ese empeño, ese buen hacer en la elaboración de los alimentos que tú y el resto consumían se trasladaba, naturalmente, a la planificación semanal (que partió de Mari, y que yo heredé), a la compra de los productos en las tiendas pequeñas y en las grandes superficies, en la preparación de la mesa, en el fregado de los cacharros, en el barrer... Y todo, absolutamente todo, haciéndolo con paciencia, sin prisa, sin pausa, con orden, en una apoteosis del trabajo bien hecho.

Y lo realizado en la cocina, tu sancta sanctórum, lo expandías hacia el resto de tareas domésticas: la puesta en funcionamiento de la lavadora; el tendido de la ropa en la terraza o en los radiadores; la recogida de la misma; el planchado, con aquella delicadeza en nuestras camisas; el doblado de estas y de los pantalones cuando había cambio de estación; la limpieza general de la casa con la mopa por el suelo, la de los azulejos, la de los espejos, la de los cristales...

Sin embargo, donde el triunfo del trabajo bien hecho y de la dedicación ultraprofesional en las pequeñas cosas de la vida alcanzaban su clímax era, sin duda, en la enfermedad. ¡Cuántos años, desde aquel remoto 17 de febrero del 85, te vi luchando contra los diversos y tristes destinos que te/nos tocaron vivir! Allí, en aquellas situaciones límite, es donde extendías tu máxima potencia vital: aquellos meses inacabables de 1985 y 1986 con papá; aquella eternidad de veintinueve años de esclerosis múltiple con Mari; aquellos últimos treinta y cinco meses con tu pequeña...

Recuerdo aquella tarea hercúlea, sobrehumana, y se me parte el alma. ¡Tantas estancias en el hospital! ¡Tantas mañanas ayudando, con papá por supuesto, a levantarse a Mari, a lavarla, a darla el desayuno, a vestirla, a bajarla a la calle para que la recogiera la furgoneta del Centro de Día! Y luego, ¡tantas tardes bajando a la calle a recogerla, subiéndola aquí, dándola de merendar, poniéndola la televisión, dándola de cenar, acostándola (los últimos treinta y un meses con la ayuda de la grúa)...! 

Pero es que esta actividad frenética, aunque pausada y sincronizada, también llegaba a las pequeñas enfermedades, que tal que yo sufría a veces. Daba igual que fuera un constipado, un dolor de muelas, un problema de lumbalgia o una cefalea. Tú siempre andabas en el lado correcto de la historia, para ayudarnos y hacernos la vida un poco mejor.

Y todo lo citado se repetía en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana, en una suerte de AWAC que cubriera con su radar los 360.º de la existencia.

Además de una enorme cigarra, con cuyo canto nos iluminabas todos los días de nuestra vida, fuiste una gigantesca hormiga, un excelso enano laborioso, una especie de ángel ayudante de san Isidro en sus tareas agrícolas, que desplegabas tus alas, tu vida, tu alma, por todos los territorios que surcabas, que eran, en gran medida, los nuestros. Y así, un día y otro y otro y otro, en un interminable sendero de esmero y profesionalidad en las labores aparentemente insignificantes, socialmente minusvaloradas. 

En 1971, el maestro Joan Manuel Serrat compuso una canción que decía así:

"Uno se cree / que las mató el tiempo y la ausencia, / pero su tren / vendió boleto de ida y vuelta. 

Son aquellas pequeñas cosas / que nos dejó un tiempo de rosas / en un rincón, en un papel / o en un cajón.

Como un ladrón, / te acechan detrás de la puerta. / Te tienen tan a su merced / como hojas muertas.

Que el viento arrastra allá o aquí, / que te sonríen tristes y / nos hacen que / lloremos cuando nadie nos ve".

Sublimaste lo sencillo, lo cotidiano, lo rutinario, lo insignificante. Avanzaste por las procelosas aguas de la vida que te tocó vivir con armonía, elegancia, empeño, sinceridad y amor por los detalles. Diste todo lo que podías ofrecer, que era mucho. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que hiciste por nosotros. Un quinquenio tras tu marcha, tras tu disolución en el éter, sigo recordando aquel Camelot en que convertiste nuestra vida, y algunas veces, cuando nadie me ve, sigo llorando por los pasillos. Y rememorando a María Salgado, tan solo una vida más tarde comprendí y valoré tu legendaria labor.




















jueves, 27 de noviembre de 2025

GRACIAS, DON CARLOS (MARTÍNEZ SHAW)

COLÓN ME GUIÓ AL DOCTORADO...

Desde la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América para los europeos, es decir, desde el imborrable año 1992 y, con especial significado, desde mis dos visitas a la Exposición Universal de Sevilla, la primera en junio y la segunda en septiembre de ese año, tuve claro que quería, que deseaba realizar el doctorado. Y es que, a pesar de haber acabado la carrera de Geografía e Historia dos años antes, no fue hasta el emblemático año colombino cuando el espíritu del gran descubridor, que yo asocié a la insaciable sed de conocimiento y belleza, se apoderó de mí y me llevó, finalmente, a las procelosas aguas de la tesis doctoral, aunque aún restarían tres años para tal empresa.

... Y EL AZAR ME LLEVÓ A CMS

Una vez finalizada la prestación social sustitutoria en la Fundación Antisida en mayo de 1995, llegó el momento esperado, y después del verano y aprovechando que mi hermana andaba cursando la carrera de Matemáticas en la UNED, un día que tuvo que acercarse a la Facultad de Ciencias, le pedí que entrara en la de Humanidades, colidante con la suya, y anotara el teléfono de algún profesor que impartiera el doctorado en Historia Moderna, la especialidad que me había fascinado desde aquellas mágicas clases vespertinas impartidas en la Universidad Complutense por el magnético e inclasificable Manuel Martín Galán, que tanto nos hechizó a mi amiga Sagrario y a mí. Al finalizar el día, me encontré con dos nombres, de los que, reconozco, no había oído nada en mi vida: María Helena Sánchez Ortega y Carlos Martínez Shaw. ¿Por qué decidí contactar con el segundo y no con la primera? El azar absoluto.

EN EL ESPEJO

El caso es que, como vi que el profesor en cuestión tenía tutorías presenciales los jueves en la Facultad de Humanidades, decidí llamarle el primero que apareció en el horizonte, que fue, finalmente, el día 30 de noviembre, el próximo domingo hará treinta años. Durante la conversación, en la que ya intuí una cordialidad que no esperaba, le hablé a mi receptor sobre el objetivo del doctorado y, en un brusco (para mí) giro de los acontecimientos, me emplazó para vernos esa misma tarde en la cafetería El Espejo, sita en el paseo de Recoletos de la capital de España.

Y allí aparecí, a la hora convenida, como también apareció él, puntual como siempre, con su maletín, sus gafas, su eterna sonrisa y su acento sevillano. Desde la oceánica distancia que da la perspectiva de tres décadas, aquel encuentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos me parece casi un sueño, pero fue real, divertido, agradable y muy esclarecedor. El hombre que tenía delante de mí no parecía un profesor al uso, en el sentido de mantener la habitual relación académica con un alumno, como yo había avizorado durante mis estudios en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, con las excepciones, quizá, del citado Manuel Martín Galán, Carmen Sanz Ayán o Juan Carlos Galende No solo era el lenguaje que utilizaba (cercano y popular); no solo era la claridad de los objetivos que marcaba; no solo era la amabilidad que derrochaba; era también, cómo no, el hecho de haber quedado con un futuro doctorando, totalmente desconocido, a las primeras de cambio y en una cafetería. Nadie me negará que el personaje en cuestión parecía singular y fascinante.

Cafetería El Espejo (Wikimapia.org)

EN LOS ANDENES DEL AVE

Aquel jueves 30 de noviembre, don Carlos (él siempre me decía que le tuteara, pero a mí siempre me costaba mucho hacerlo) me mandó leer dos libros, con el fin de que fuera anotando los temas que pudieran interesarme para llevar a cabo el doctorado. Y aunque no me matricularía hasta el curso siguiente, 1996/1997, aquel dilecto y simpático sevillano se convirtió ya de facto en mi director de tesis. Finalizada la charla, acordamos que cuando hubiera acabado mi labor escrutadora, le llamaría. Y, efectivamente, pasado un tiempo, comuniqué con él otro jueves fosforescente, y esta vez, el audaz andaluz me convocó junto a la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, sita en el jardín tropical de la estación de trenes de Atocha

Increíblemente, yo nunca había estado allí (aunque la remodelación de la terminal databa de tres años antes), me fue difícil encontrar el lugar por los intrincados pasillos de la estación, y acabé llegando tarde a la cita. El marrón fue total. Y, sin embargo, el gran profesor fue indulgente con mi error, y en vez de tomar una infusión en la cafetería que entonces se hallaba a la entrada del inmenso vergel, nos vimos obligados a adentrarnos en los propios andenes del AVE, tren en el que mi acompañante hacía la ruta Sevilla-Madrid y Madrid-Sevilla todos los jueves.

Hoy parece increíble y anacrónico, después de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, pero a principios de 1996, dos personas podían charlar tranquilamente junto a las vías de los trenes en Atocha sin que uno de ellos hubiera sacado un pasaje y sin que nadie les hubiera revisado nada antes de acceder a las mismas. El caso es que tras informarle sobre mis lecturas y preferencias temáticas, volvió a recomendarme otros libros, ya más especializados en las facetas que habían despertado mi curiosidad, que, básicamente, eran las relacionadas con la religiosidad popular. Después de aquellos sabrosísimos minutos absorbiendo los conocimientos y las estrategias para llegar al objetivo último, nos despedimos, viéndole marchar con firmeza y elegancia hacia el AVE, que en dos horas y treinta minutos le trasladaría a la capital hispalense.

EN OTROS LUGARES PARA EL RECUERDO

A lo largo de los años siguientes (tardé demasiados en confeccionar la tesis doctoral), profesor y alumno volvieron a reunirse de manera informal junto a los raíles del AVE, en Atocha; en el restaurante Mora, del paseo del Prado; en la cafetería Nebraska, de la Gran Vía; en una salita de la Real Academia de la Historia, en la calle del León, después de ser admitido don Carlos como miembro de la prestigiosa institución, a finales de 2007; en el Salón General y en la Sala de Manuscritos, Raros y Varios de la Biblioteca Nacional, adonde siempre que acudía me parecía revivir el espíritu colombino de sabiduría y belleza; y, por supuesto, en su mítico despacho de la Facultad de Humanidades de la UNED, sito en el paseo de la Senda del Rey, junto al Puente de los Franceses.

En este último lugar acabé defendiendo primero el trabajo de investigación y, más tarde, la propia tesis doctoral aquel imborrable 23 de octubre, junto al gran profesor, los miembros del tribunal, algunos compañeros de trabajo y mi familia.

NO SOLO ME TRANSMITIÓ SABER

Quiero afirmar que todos aquellos años de investigación, lecturas, estrategias y encuentros los recuerdo con luz brillante, con focos encendidos, con un azul celeste y marino. Y los veo así en la lejanía, entre otras cosas, porque el director de la tesis doctoral fue Carlos Martínez Shaw, que, junto a su inmenso saber, destiló siempre conmigo una amabilidad, una simpatía, una cercanía, un saber estar realmente inconmensurables. De él aprendí contenido, capacidad de análisis, asociación de ideas, gramática, ortografía y el objetivo final del trabajo académico, el de ser publicado en beneficio último de la comunidad, es decir, del ciudadano de a pie deseoso de ilustrarse.

Hoy, todo aquel tiempo del doctorado y la tesis me parecen increíblemente lejanos, porque forman parte de una vida anterior a las grandes tormentas que azotaron mi vida entre 2013 y 2020. Y, sin embargo, aquel Camelot colombino lo mantengo fresco en mi memoria, ya que el fautor del mismo me hizo mejor persona.

Después de la estación Termini del inenarrable 23 de octubre, quedé con mi amigo varias veces más, con el objetivo de dar forma al libro que acabé publicando, basado en la tesis doctoral, aunque también para otros proyectos de investigación, así como para la presentación de un volumen sobre las relaciones comerciales entre España y América, del que él era coautor.

La última vez que comuniqué con el egregio sevillano fue a principios de 2024, para preguntarle su parecer acerca de unas, para mí, sorprendentes afirmaciones realizadas por dos historiadores de prestigio en un curso telemático, a lo que, como siempre, me respondió de forma clara, concisa y amena.

El historiador Carlos Martínez Shaw (El Norte de Castilla, 23-4-2017)

UNA ENORME GRATITUD

Cuando el próximo domingo 30 de noviembre se cumplan tres décadas de nuestro primer encuentro en aquella mítica cafetería de Recoletos, lo único que me vendrá a la mente de aquella velada primigenia no podrá ser más que el eterno agradecimiento de parte de un humilde exdoctorando, por el hecho de que durante varios años pasara por su vida una estrella de sabiduría y de humanidad. Gracias, don Carlos.
















 

martes, 11 de noviembre de 2025

CULTURA VS. EDUCACIÓN (MI ABUELO RAMÓN)

UN HOMBRE QUE SABÍA ESTAR

Mi abuelo Ramón (así le llamaba toda la familia, aunque su verdadero nombre de pila era Juan Ramón) fue un hombre, en consonancia con la época que le tocó vivir (nació en 1895), que tuvo una formación académica escasa, por no decir nula. Ello no fue óbice para que, según los testimonios que bebí de ti, mamá, a lo largo de varias décadas, siempre se comportara en privado y en público de forma prudente, juiciosa y educada.

En sus constantes andanzas entre Pedrezuela y Madrid, para contratar los productos que luego vendería en la pescadería sita en la planta baja de su vivienda; en sus visitas a familiares o amigos en la capital; en su vida social, en suma, nunca se le escapaba una palabra malsonante, una frase estridente, una expresión fuera de lugar. Si alguien le saludaba, él saludaba; si entraba en una casa, un local o una dependencia siempre se quitaba su eterna gorra, comprada, por supuesto, en Yustas, aquella tienda que aún hoy permanece varada en el tiempo en la Plaza Mayor; si alguien le hacía un pequeño o gran favor (dejarle entrar a deshora en un hospital para ver a un familiar ingresado, etc.), él siempre lo agradecía ofreciendo algún obsequio a la persona en cuestión; si hablaba con alguien, sabía escuchar; y nunca le gustaba entrar en polémicas estériles, ya fuera a cuenta de toros, política, religión u otras materias que comportaran disensiones.

Este mercader pedrezolano, este Marco Polo del siglo XX (una vez, le contaste, pajarillo, a Miguelín el sobrenombre que un buen día yo le adjudiqué a tu padre, y el primo se partió de risa) fue, en resumen, una persona con escasísimos fundamentos culturales que, sin embargo, demostró siempre durante toda su vida un gran respeto hacia los demás, una educación esmerada, un saber estar oceánico.

Desconozco si este carácter templado, prudente y educado de mi abuelo podría generalizarse entre los habitantes del microcosmos en el que vivió toda su existencia, aunque, por testimonios tuyos, pajarillo, y de otras fuentes directas, me consta que algunos de aquellos viejos valores y comportamientos se hallaban, ciertamente, asentados en la Pedrezuela de la época.

ME ACUERDO DE ÉL ENTRE TINIEBLAS

Me jode no haber conocido plenamente a mi abuelo Ramón. Cuando falleció, el 2 de septiembre de 1975, yo contaba siete años, y tan solo conservo algunas imborrables fotografías en blanco y negro, donde aparezco junto a él, a la abuela Evarista, a la bisabuela Dionisia y a ti, pajarillo, paseando por las polvorientas calles del pueblo eterno, así como posando en el pasillo empedrado exterior de la casa familiar y en la parte trasera de la misma, donde se alojaban las gallinas. Junto a esas imágenes, pululan por mi mente recuerdos brumosos y, por encima de todos, el de la mañana de su muerte, cuando, al despertarme en el frío dormitorio junto a la sala de estar de la casa familiar, me comunicaste la luctuosa noticia, ante la cual reaccioné con un grito desgarrador, cuyo eco aún escucho en la lejanía después de cincuenta años.

Y repito que me molesta no haber sabido más de él, no haber vivido más con él, por ser una persona que poseía unos valores que tanto aprecio y que tanto añoro en la vida del día a día. ¿Dónde quedaron aquellos comportamientos, aquella educación, aquel saber estar? Como diría el llorado gigante de las letras Mario Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió Perú?

Mi abuelo Ramón

A PESAR DE LO QUE SE DIGA, VIVIMOS MUCHO MEJOR QUE NUESTROS ANCESTROS

No seré yo quien cree del pasado una Arcadia feliz, un edén mítico, un paraíso perdido, una edad de oro primigenia. No va conmigo el famoso dicho de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". La nostalgia puede con todo, y parece que siempre estamos en el presente peor que en el recuerdo. Pero salvo por la salud o por la memoria de los familiares desaparecidos, seres insustituibles en nuestra vida cotidiana, casi siempre el ahora es mejor que el ayer; y para demostrarlo, ahí se encuentra el espectacular progreso de nuestro país en las últimas décadas; vamos, que vivimos de largo mucho mejor que nuestros padres y abuelos. Y hay 50.000 datos que lo atestiguan, comenzando por la esperanza de vida y terminando por la mejora incomensurable de la cultura entre la población.

MONTAÑAS DE CULTURA, DESIERTOS DE EDUCACIÓN

Contamos con Internet, las redes sociales, bibliotecas, galerías de arte, teatros, cines, exposiciones, conferencias, periódicos, revistas, emisoras de radio y de televisión, universidades, colegios mayores..., todo un mundo de conocimiento a la espera de ser utilizado. Y, sin embargo, me da la sensación de que cuanto más cultura tenemos menos educación demostramos.

No soy sociólogo ni pretendo serlo, pero una miríada de teselas del gran mosaico de la vida cotidiana me induce a la teoría proyectada. Tampoco voy a ponerme en plan catastrofista, y afirmar que todo es un puñetero desastre. Pero declaro que una parte sustancial de la sociedad actual ha perdido en gran medida los valores que caracterizaron a mi añorado abuelo.

LA ESCUCHA

¿Quién escucha hoy en día? ¿Quién presta oído a lo que dice el prójimo? Todo el mundo tiene mucho que decir, pero nada que escuchar. Bla, bla, bla, y cuando acabo mi perorata, desconecto.

EL AGRADECIMIENTO

¿Quién agradece hoy en día? Le haces un regalo a un compañero de trabajo, a un personaje púbico, a un supuesto amigo y, muchas veces, joder, casi ni te da las gracias. Atiendes a la ciudadanía en una oficina de la Administración pública y, muchas, muchas veces, después de haber dedicado a la persona en cuestión veinte o veinticinco minutos, y de conseguir resolver satisfactoriamente su gestión, se va el tío, y no te dice ni adiós. Por no mencionar a los actuales empoderados ancianos, decepcionantes réplicas de sus ancestros, que se presentan en las oficinas de atención al ciudadano con altivez y prepotencia, para exigir no se qué derechos, que no son más que disparatadas leyendas urbanas, no recogidas en ninguna parte. Por cierto, venerables mayores, algunos de los cuales no se quitan la visera que cubre su escaso cabello ni en la ducha.

LA "CEGUERA" Y LA MUDEZ

Luego se hallan los que miran, pero no ven. Multitud de personas que se tienen por muy serias y educadas en sus familias, pero que las saludas y, en unos casos, ni te miran, y en otros, lo hacen y piensan: ¿quién coño eres tú para que yo te diga hola? En el trabajo, en la comunidad de propietarios, en el aparcamiento de residentes, toda una serie de seres poco respetuosos evitan el contacto sonoro con el prójimo.

LA POLÉMICA

También nos encontramos con los polemistas de profesión. Una vez, hace ya muchos años, leí en una entrevista al gran crítico de cine Carlos Pumares que le preguntaban cuál era su verdadero oficio, a lo que el hombre, con bravo hígado, respondió que el de polemista. Bueno, pues ¿quién no conoce en su medio circundante a alguno de estos personajes? En unos casos, su especialidad favorita es el fútbol; en otros, la política; y en muchos, cualquier tema que uno saque. Da igual lo que tú expongas, lo que tú argumentes, que el polemista profesional siempre, siempre, siempre te lo rebatirá. ¿Que tú dices que dos y dos son cuatro? Pues él responderá que son cinco. ¿Que tú dices que son cinco? Pues él afirmará que cuatro. ¿Que tú dices que el sol sale por el este? Pues él ya argumentará, con sesudos razonamientos, que sale por el oeste. ¿Que le confirmas que sale por el oeste? Pues él contestará que por el este. Son incombustibles en la conversación directa, pero su fuerte son las redes sociales. Allí, en esos medios que se crearon para que la gente pudiera relacionarse de una manera armoniosa y respetuosa, el polemista alcanza su clímax, ya que sus pronunciamientos pueden llegar a cientos y miles de lectores. El caso no parece tener mucha solución, y hay quien te dice que es el signo de los tiempos.

EL SECTARISMO

Podría añadir, por último, la cuestión del sectarismo, una variante de la polémica, en la que sus representantes siempre consideran que los "suyos" son moralmente superiores a los "otros", y da igual lo que hagan de mal aquellos, que siempre lo harán peor los "otros". Trumpistas y sanchistas se llevan, hoy día, el gato al agua en estos temas.

Sepultura de mi abuelo Ramón, mi abuela Evarista y mi tío Ramón en el cementerio de Pedrezuela

VUELVO LOS OJOS HACIA MI ABUELO (Y HACIA LOS QUE ERAN COMO ÉL)

Después de escarbar someramente la tierra que nos puebla, y de contemplar algunos de los comportamientos y actitudes de muchos de los españoles de hoy en día, es lógico, pajarillo, que desee volver la vista hacia tu padre, aquel mercader marcopoliano del pasado siglo que, sin apenas cultura, derrochaba en el día a día toneladas de respeto hacia los demás, corrección y urbanidad.

Cuando en nuestra visita periódica al cementerio de Pedrezuela papá y yo abrimos la verja y accedemos a la casa de los difuntos, lo primero que oteo a mi izquierda, y en tercer lugar, es la tumba del tío Ramón, de la abuela Evarista y del abuelo Ramón. Desde que te fuiste, pajarillo, hemos tratado papá y yo de tenerla lo más adecentada y en orden posible. No estaría de más que, visto lo visto en el mundo actual de los vivos, llamara a Carlos, aquel marmolista que se encargó de la sepultura donde os alojáis Mari y tú (y que en un tiempo indeterminado se convertirá en mi eterna residencia), y le sugiriera que, junto al nombre de tu padre, añadiera una pequeña frase: "aquí yace un hombre educado y que siempre sabía estar".










viernes, 31 de octubre de 2025

LAS DESGRACIAS QUE, EN TORNO A 1500, DESVIARON A ESPAÑA DE SU EVOLUCIÓN POLÍTICA NATURAL

LOS REYES CATÓLICOS Y LA VERTEBRACIÓN NACIONAL

El pasado 19 de octubre se cumplieron 556 años del matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón), acaecido en el Palacio de los Vivero, en Valladolid. En esa fecha crucial no se creó España (a pesar del título del post, elegido con fines meramente didácticos), sino que tan solo hubo una unión dinástica entre las Coronas de Castilla y Aragón, que siguieron ostentando leyes, instituciones y monedas propias. Para la unificación de toda la península ibérica no portuguesa quedaba aún la conquista del último reducto musulmán (Reino de Granada), obtenida en 1492, y la anexión del Reino de Navarra a la Corona de Castilla en 1515, tras su conquista militar tres años antes. Y para considerar a España como un ente territorial unificado y cohesionado totalmente habría que esperar a los decretos de Nueva Planta, llevados a cabo por Felipe V entre 1707 y 1716. La vertebración definitiva de España, como la conocemos hoy día, proviene, pues, de 1716.

Haciendo abstracción de la tardía incorporación del reino navarro, los Reyes Católicos pusieron las bases de un formidable edificio político, como fue la denominada "Monarquía hispánica" que, a la muerte de Isabel I (1504), incluía la Corona de Castilla (con los diversos reinos peninsulares, las islas Canarias y las posesiones de las Indias occidentales) y la de Aragón (con los Reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y el Principado de Cataluña, más los Reinos de Sicilia, Nápoles y Cerdeña). A este sugerente conjunto de territorios (repito una vez más, unidos tan solo a nivel dinástico) se sumarían entre 1497 y 1510 una serie de plazas fuertes en el norte de África, conquistadas con el objetivo de contrarrestar los ataques berberiscos y los llevados a cabo por el gran Imperio otomano. Esos presidios incorporados a Castilla fueron Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía, Trípoli y el Peñón de Argel.

Ese mosaico de entidades debería haber llevado a la recién nacida Monarquía hispánica a asentarse como una potencia europea de alto rango, pero cuya proyección debería haber sido única y exclusivamente atlántica y mediterránea, despreocupándose en cierta medida del tablero global que se jugaba en el centro de Europa entre Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico. Esa fue precisamente la política llevada a cabo por los monarcas castellanos desde el primer tercio del siglo XV, y por los aragoneses desde el siglo XII. Y esa expansión es la que consolidaron los Reyes Católicos, continuada tras la muerte de la reina Isabel por las diversas regencias del cardenal Cisneros y del rey Fernando.

LA RIQUEZA DE CASTILLA Y ARAGÓN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI

A este aspecto cohesionador de la política se unía la riqueza que ambas coronas poseían, basada en las industrias de ciudades como Toledo, Segovia, Cuenca o Granada; las exportaciones que los diversos municipios manufactureros realizaban hacia Flandes e Inglaterra vía Bilbao; las ferias internacionales de comercio que se desarrollaban anualmente en Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón; el trasiego mercantil entre Barcelona, Valencia y el resto de puertos ubicados en el Mediterráneo, pertenecientes a la Corona aragonesa; la fuerza de la Mesta; y, por supuesto, el comercio indiano, centralizado en Sevilla desde 1503 con la creación de la Casa de Contratación.

Todo esto es sabido, pero es preciso recalcarlo una vez más para que quede claro que el futuro de la Monarquía hispánica, en torno a 1500, era más que prometedor. Y sin embargo, en 1497 comenzaron las tempestades...

EL PRÍNCIPE JUAN

Los hijos de los Reyes Católicos fueron cinco: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. A pesar de no ser el primogénito, el heredero al trono de la recién creada Monarquía hispánica fue el príncipe Juan, que se casó con la archiduquesa Margarita de Austria, con el fin de reforzar los lazos con el Imperio germánico. Pero dos meses después del enlace, el 4 de octubre de 1497, moría Juan, debido a la tuberculosis o a un exceso de esfuerzo sexual. A pesar de ello, la Monarquía contuvo la respiración, porque la esposa del príncipe se encontraba embarazada a la muerte de este, y el futuro vástago podía convertirse automáticamente en heredero. Vana esperanza, ya que meses después, Margarita perdería a su hijo, sin haber dado a luz.

Sepulcro del príncipe Juan. Monasterio de Santo Tomás (Avila) (Reyes González, "Por amor al arte", Facebook, 3-9-2017)

LA PRINCESA ISABEL 

Fallecido el príncipe Juan, la excelsa herencia de Isabel y Fernando pasó a la princesa Isabel, quien, por cierto, parece que nunca entendió por qué sus padres no la habían elegido como heredera después del nacimiento de su hermano Juan, no existiendo ninguna ley en Castilla que impidiera gobernar a una mujer. En todo caso, ella se casó en 1490 con el infante Alfonso, heredero al trono de Portugal, aunque el matrimonio duró tan solo ocho meses y diez días, ya que el 13 de julio de 1491 fallecía el joven príncipe a causa de una caída de caballo.

A pesar del deseo de la princesa recién enviudada de regresar a Castilla y entrar de monja en la orden de las clarisas, sus padres se negaron en redondo y buscaron un nuevo enlace con el nuevo heredero al trono portugúes, el príncipe Manuel. Finalmente, se impuso la voluntad regia, y la boda se celebró el 30 de septiembre de 1497, convirtiéndose Isabel en reina consorte de Portugal, debido a que su marido ya era rey. Noventa y seis horas después del enlace, moría el príncipe Juan, por lo que Isabel se transforma a su vez en heredera al trono de Castilla. Pero la parca continuaba de cerca las andanzas matrimoniales de la pareja, y diez meses después (23-8-1498), después de dar a luz a un niño llamado Miguel de la Paz, Isabel muere. Como en el caso del hijo nonato del príncipe Juan, las esperanzas de los Reyes Católicos se centran ahora en el niño Miguel, que podría haberse convertido en el unificador de la península ibérica ocho décadas antes de que dicha unión se produjera de la mano de Felipe II. Sin embargo, dos años menos un mes después de nacer, el niño murió, disolviéndose las posibilidades de la agrupación ibérica.

LA REINA JUANA  Y EL REY FELIPE 

El fallecimiento de Isabel y de su hijo Miguel tuvieron, a la larga, consecuencias muy trascendentes, y nada positivas, para el futuro de los territorios hispánicos. Y es que la siguiente heredera de la saga familiar fue la princesa Juana, que había sido ofrecida por sus padres en matrimonio al hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo y de la duquesa María de Borgoña, Felipe, apodado el Hermoso, con quien la hija de los Reyes Católicos se unió en nupcias el 20 de septiembre de 1496.

Juana fue una mujer muy fuerte a nivel físico (tuvo seis hijos y vivió setenta y cinco años), pero muy débil a nivel mental y emocional. Algunos historiadores han querido focalizar su desgraciada vida en las infidelidades de su esposo, en los enfrentamientos con su madre, en la pugna política entre su marido y su padre por el control de Castilla o en el largo encierro en Tordesillas. Sin embargo, parece claro, a la vista de documentos y testimonios de la época, que Juana fue una mujer incapaz de gobernar, debido fundamentalmente a su mala salud, a mitad de camino entre la depresión y la melancolía.

Eliminada Juana, por tanto, de la ecuación del poder (aunque nominalmente siguió siendo reina hasta su muerte, acaecida en 1555), apareció súbitamente su esposo, Felipe, que, tras diversos enfrentamientos con Fernando el Católico, fue proclamado rey iure uxoris (por el derecho de su mujer) de Castilla en julio de 1506 (aunque de facto lo era desde 1504), con el nombre de Felipe I. Sin embargo, en un nuevo giro dramático de los acontecimientos, tres meses después de su advenimiento al poder, el nuevo monarca falleció, debido a la peste o a beber agua helada tras disputar un partido de pelota a mano.

Doña Juana la Loca. Francisco Pradilla y Ortiz. 1877. Museo del Prado

EL CÉSAR CARLOS

Toda esta serie de calamidades personales, de desgracias familiares, de mala suerte en definitiva, dieron como resultado que, tras una complicada y larga regencia de Fernando el Católico primero, y del cardenal Cisneros después, hiciera su aparición estelar en la historia el segundo de los hijos de Juana y Felipe, Carlos, y la entronización de una dinastía extranjera en España tras la muerte de Fernando en enero de 1516.

LA DESMESURADA HERENCIA

¿Cuál fue el problema del advenimiento de uno de los mejores reyes que han tenido los territorios hispánicos a lo largo de su historia? Pues simple y llanamente que el bueno de Carlos venía cargado con una herencia excesiva a través de sus abuelos maternos (Castilla, Aragón y todas sus posesiones), pero especialmente paternos. Y es que a través de su abuelo, el emperador, se hizo cargo de Austria, Estiria, Carniola, Corintia, el Tirol y, por si fuera poco, tuvo la oportunidad de disputar la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, como así ocurrió en la elección imperial de 1519, en la que derrotó al favorito, Francisco I de Francia. Y por parte de su abuela María, el césar Carlos recibió el antiguo círculo de Borgoña, que reunía doce provincias, diseminadas entre las actuales Bélgica, Países Bajos y Francia.

¿FORTUNA O CALAMIDAD? CALAMIDAD

Cualquier observador neutral, cualquier hooligan del patriotismo español, cualquier analista poco avezado podría argumentar que fue una bendita fortuna esta superherencia; que ella puso los cimientos del Imperio español; y que ayudó a la hegemonía española sobre el continente europeo durante 150 años. Y yo, a ese observador neutral, a ese patriota de hojalata, a ese analista desnortado le respondería que aquel hinchado legado de territorios (fundamentalmente, el heredado de los abuelos paternos) fue una puñetera desgracia para los intereses nacionales de los territorios peninsulares hispánicos. ¿Por qué?

GUERRA, EMPOBRECIMIENTO Y MUERTE

Primero, la corona imperial. La supuesta gloria que para la Monarquía hispánica supuso el acceso de Carlos I a aquella tuvo como consecuencia inmediata la supeditación de los intereses de Castilla y de Aragón (especialmente, los primeros) a los asuntos centroeuropeos, con especial incidencia en dos frentes: las relaciones con Francia (país que se vio literalmente rodeado de estados controlados por el césar Carlos, experimentando una auténtica asfixia territorial), lo cual provocó varias guerras entre ambos países desde 1521 hasta 1559 (Paz de Cateau-Cambrésis); y los turbulentos conflictos de religión en Alemania, iniciados a raíz de la aparición de Lutero y su reforma protestante en 1517, y que asolaron el centro de Europa hasta 1555 (Paz de Augsburgo). 

Y segundo, los Países Bajos. Parte de los territorios que por vía de María de Borgoña llegaron a manos de Carlos I se rebelaron, por cuestiones político-religiosas, contra la Corona española en 1566, comenzando entonces una eterna y sangrienta disputa armada, que duró ocho décadas (la Guerra de los Ochenta Años), y que solo acabó en 1648 con la independencia de Holanda y del resto de provincias rebeldes. No es extraño que algunos historiadores hayan denominado a esta contienda el "Vietnam español".

Estas tres conflagraciones descritas desangraron económica y humanamente a los territorios peninsulares (especialmente, Castilla). Millones de ducados se gastaron durante años en unos conflictos completamente ajenos a nuestros intereses nacionales, siendo la más importante causa de las ocho bancarrotas que sufrió el erario español durante la dinastía Habsburgo: 1557, 1575, 1596, 1627, 1647, 1652, 1662 y 1666. Y decenas de miles de hombres jóvenes (y no tan jóvenes) sucumbieron en los campos de batalla del centro de Europa. Como ocurrió en la lamentable Guerra de Vietnam con un obrero de Detroit o un ganadero de Fort Worth, ¿qué coño le interesaba a un agricultor de Tierra de Campos, a un pañero de Toledo, a un mercader de Villalón o a un comerciante de Sevilla las rencillas dinásticas entre los Habsburgo y los Valois, las eternas disputas entre católicos y protestantes en Alemania o si unas cuantas miles de almas católicas se perdían en favor del calvinismo en las Provincias Unidas? En este aspecto, un procurador a Cortes durante el reinado de Felipe II resumió perfectamente la cuestión ante la costosísima guerra de Flandes cuando se justificaba desde el Gobierno central la contienda con fundamentos religiosos. El buen representante de su ciudad respondió que si los holandeses querían perderse para la causa católica, pues que se perdieran. Divino político.

¿Para qué sirvieron los cuantiosos impuestos locales y regios, cada vez más onerosos, que recaían sobre los campesinos, labradores y pequeños propietarios del conjunto de las coronas de Castilla y León? ¿Para qué sirvió el pujante comercio entre el centro y norte de Castilla con los Países Bajos e Inglaterra? ¿De qué sirvieron tantas toneladas de oro y, especialmente, de plata, extraídas de los territorios americanos?

Todas aquellas ganancias monetarias, toda aquella riqueza, toda aquella prosperidad económica que pudo ayudar al desarrollo y al progreso material de los territorios hispánicos peninsulares (como ocurrió, por ejemplo, con el asombroso caso de la diminuta Holanda), dilapidados, tirados, hechos sucumbir en contiendas lejanas, incomprensibles para el súbdito medio y bajo, ajenas, en todo caso, a nuestros intereses patrios.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD: LOS COMUNEROS

Frente al futuro incierto y espinoso que se cernía sobre Castilla con la llegada de Carlos I, su dinastía extranjera, sus ambiciosos consejeros y su onerosa herencia reaccionaron vivamente muchas ciudades, canalizándose el descontento a través del movimiento de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Este trató, dentro del conjunto de sus complejas reivindicaciones, que la política internacional de los territorios peninsulares girara en torno a la llevada a cabo por los Reyes Católicos, es decir, atlantista y mediterránea. La sublunar derrota en Villalar (23 de abril de 1521) acabó definitivamente con esa pretensión.

SI NO HUBIERA OCURRIDO AQUEL ROSARIO DE MUERTES...

La herencia paterna de Carlos I supuso una carga descomunal, que lastró enormemente nuestro desarrollo económico y nuestro bienestar material durante 200 años. Eso no contradice el hecho de que Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a los que he admirado siempre enormemente, fueran unos buenos reyes, que gestionaron de la mejor manera posible los territorios que les legaron sus ancestros. Pero está claro que Castilla y Aragón (especialmente, Castilla) hubieran tenido un futuro esplendoroso de no mediar una serie de inopinadas desgracias en el entorno del año 1500. La fortuna, como tantas veces, se inmiscuyó en la historia y, en este caso, para mal.










jueves, 16 de octubre de 2025

LOS "MD" Y OTROS HOMBRES INVISIBLES DE MADRID

Y escribo el término "hombres" a conciencia, no en su sentido genérico, sino en el estricto, es decir, el del conjunto de personas pertenecientes al sexo masculino, ya que solo el 15 % de los protagonistas de este nuevo post son mujeres. Como diría Jesucristo en el Evangelio de san Marcos, "el que tengo oídos para oír, que escuche y entienda".

Como hormigas, de agujero (tienda) en agujero (domicilio). Empiezan su jornada a las ocho de la mañana, y algunos la estiran hasta las once de la noche, cuando llegan a sus hogares. Pedalean infatigablemente por las calles de nuestras ciudades, con sus cascos y sus características y voluminosas mochilas amarillas, verdes o naranjas. Forman parte del paisaje urbano desde hace algunos años, como las marquesinas, como los árboles, como los semáforos. Los miramos todos los días, pero no los vemos. Son los raiders, los repartidores de productos a domicilio (especialmente, comida) a través de plataformas digitales. Y son los nuevos precarios entre los precarios.

Sentado este verano en una terraza de la plaza de Santa Bárbara, haciendo cola el otro día a la entrada del Vips del Centro Comercial Las Rosas, paseando por las calles de Moratalaz... uno se los encuentra en todas partes: unas veces, conduciendo sus caballos de acero; otras, esperando a que les suministren los productos; y en ocasiones, formando grupos de colegas junto a los establecimientos de marras.

En sus cabalgadas diurnas y aun nocturnas por el asfalto urbano, estos sufridores de la ruta nos suministran los apetecibles sándwiches de Vips, las deliciosas hamburguesas y patatas gajo de Burger King, las excelentes pizzas de Pizza Hut, los encomiables fingers de pollo de KFC, los apetitosos burritos y tacos de los restaurantes mexicanos, los sabrosos kebabs de los bares turcos... Todo un universo gastronómico, parte de él quizá no muy saludable (aunque cada uno hace con su cuerpo lo que le da la real gana), que llega a nuestros hogares a la hora de comer, a la de merendar, en el cumpleaños de la tía Hermelinda o cuando delante de nuestro televisor vemos salir a los jugadores del Real Madrid y del Barcelona en el Clásico de todos los años. Da igual que haya sol, luna, lluvia, nieve, niebla, viento; el raider siempre cumple, llega a casa a punto para cualquier celebración, deja el pedido y sale pitando para entregar el siguiente, mientras nosotros nos quedamos saboreando los suculentos manjares.

Alguno habrá español, no digo yo que no, pero la inmensa mayoría de estos trabajadores sobre ruedas son sudamericanos, africanos y asiáticos. Dentro de estos últimos, destacan con luz propia los ciudadanos originarios de Bangladesh, con su inconfundible tez oscura, su sonrisa inherente y, en muchos casos, con la partícula "MD" que antecede a su nombre de pila, colocada en honor del profeta Muhammad, es decir, Mahoma.

Después de diez o doce horas de trasiego sin cuento por nuestras calles, plazas y avenidas, regateando coches, motos y autobuses, jugándose literalmente la vida por una carrera más (en abril del año pasado, un repartidor venezolano de veintinueve años, que no llevaba ni un año en Madrid, murió atropellado de madrugada por un taxi en la avenida de la Ciudad de Barcelona), muchos de estos seres cuasiinvisibles para el gran público logran unos ingresos de entre 600 y 800 euros al mes, y lo que es peor, en gran parte de los casos, sin protección social. Y es que, a pesar de que la Ley rider, que entró en vigor en agosto de 2021, exigía que todos estos trabajadores fueran contratados como asalariados (con todos sus derechos laborales) y no como falsos autónomos (como hasta ese momento había ocurrido), el caso es que cuatro años después de ser publicada en el BOE, la norma no ha conseguido erradicar ni muchísimo menos las abusivas prácticas de empresas como Glovo, Uber, Easy Eat, Amazon, etc. 

Repartidor de Uber Eats (La Vanguardia, 12-9-22)

En la actualidad, una gran parte de estos trabajadores en la sombra (pero que extienden su jornada de sol a sol) siguen siendo irregulares, sin tarjeta de residencia que les permita trabajar legalmente, y obligados por las circunstancias económicas a buscar el alquiler o la venta de cuentas de las citadas empresas por parte de antiguos repartidores con la documentación en regla. Habrá quien diga que al ser irregulares, estas personas no deberían haber entrado en nuestro país para trabajar, y que lo que les pasa es la consecuencia forzosa de su situación legal. Yo lo miro desde otro prisma: 1) para prosperar en la vida, las personas hacen lo que pueden; 2) su oficio no es delincuencial; y 3) el hecho de estar en una situación ilegal no justifica que estos seres humanos sean maltratados por desaprensivos ciudadanos, avariciosos empresarios e indolentes gobiernos.

Como ciudadanos de bien, esperemos y deseemos que la normativa legal vaya calando lentamente en este opaco mundo de explotación laboral, que se desarrolla cotidianamente ante nuestra inexpresiva mirada. Y la próxima vez que contemplemos a estos trabajadores en sus eternas bicicletas, acelerando para conseguir un reparto más, adelantando vehículos y esquivando autobuses, pensemos que no es necesario irnos a miles de kilómetros en busca de historias humanas injustas e infortunadas, porque estas las vemos diariamente delante de nuestros ojos.









miércoles, 24 de septiembre de 2025

3653 DÍAS DESPUÉS

Hola, Mari. Te escribo desde la vida, esa extraña existencia que transito, a mi pesar, desde hace demasiados años, y de la que fuiste expulsada, a tu pesar, por fuerzas oscuras (algunos las denominan luminosas) hace casi ya una década.

Te observo, te atisbo, te oteo diariamente en el salón, en mi escritorio, en la habitación de mamá, en la tuya, a través de esas imágenes que me permiten mantenerte congelada en el tiempo con tu sonrisa eterna, con tus ganas de vivir, con tu resistencia ante la adversidad, con tu bondad, con tu amor hacia mamá, hacia papá y hacia mí. Y muchas, muchas veces (y te lo digo con total honestidad), cuando te veo en esas estampas del pasado; cuando pienso en aquellos inacabables veintinueve años de calamidades sin cuento; cuando rememoro aquellos últimos treinta y dos meses de deterioro físico; cuando pasan por mi mente aquellos recuerdos tan dolorosos; entonces, pregunto a la diosa Fortuna, al destino, a la Naturaleza, a Dios, al Demonio, a Yahvé, a Alá, a Buda, a Visnú, al sursuncorda, a su puta madre en definitiva, por qué tú pasaste por lo que pasaste, por qué atravesaste el desierto que atravesaste, por qué sufriste lo que sufriste, por qué, en resumen, estás al otro lado del espejo y yo, aún, me hallo en la cara visible de la Luna.

Y lo que te manifiesto en estas líneas no es solo una queja ante las Alturas y las Bajuras; no es solo un recurso al pataleo ante una situación ya inamovible; es, sobre todo y por encima de todo, un postrero lamento ante una ucronía, ante una realidad alternativa, ante un "lo que pudo ser y no fue". Porque si esa tarde de otoño de 1986, cuando volvías del instituto en compañía de tus amigas, no hubieras sentido la primera punzada de la innombrable enfermedad; si hubieras regresado a casa sana y salva; y en cambio, hubiera sido yo, al retornar aquel día de la universidad, el que hubiera notado el comienzo del paseo nocturno por el inframundo de los antiguos egipcios, descrito en el Libro de los muertos; si yo, pues, hubiera sido el "elegido" para el tortuoso ascenso a la montaña del dolor, y tú te hubieras convertido en un trasunto mío; entonces, no solo hubieras tenido un mejor passer por este valle de lágrimas, sino que tu vida, en comparación con la mía, hubiera merecido mucho más la pena.

Aún mantengo frescos en la retina algunos fogonazos de tu oceánica y procelosa existencia, que me hacen pensar en la ucronía, en la realidad alternativa que pudo desarrollarse si las circunstancias hubieran sido distintas: aquellas fiestas patronales de Pedrezuela en 1992, en las que te integraste en la peña El Mogollón Subversivo, con aquella camiseta roja tan bonita, y en las que disfrutaste tanto; aquella oposición al Ayuntamiento de Madrid en 1995, malograda en el segundo examen por aquella cruel circunstancia; aquellas cartas de varias empresas que, al comienzo de la carrera de Matemáticas y en vista de tus impresionantes notas académicas, te ofrecían diversas salidas profesionales al final del mundo universitario; aquellos escarceos sentimentales con el gran Álvaro; aquella bella amistad con el bueno de Tomás, el objetor eterno. 

Aquellos increíbles viajes con la Asociación de Esclerosis Múltiple de Madrid a Tenerife (el Gran Salto del 99, como lo denominé yo), a PortAventura (donde, según tus amigas, no parabas de subirte a las distintas atracciones), a Granada, a Córdoba, al valle de Arán..., todos ya con la silla de ruedas, y en los que te negaste rotundamente a que te acompañaran papá y mamá porque no ibas a disfrutar lo mismo...; aquellos regresos de la Asociación, a las 18:15 (siempre recuerdo aquella hora en el reloj del salón), con la sonrisa en la cara y con tantas ganas de contarnos las historias acaecidas durante la mañana; aquellas indescriptibles fiestas de Carnaval y de Halloween en la Asociación, de las que venías siempre contentísima; aquella inverosímil reanudación de tu querida carrera de Matemáticas en la UNED; aquella asignatura maldita que te faltó para concluir el periplo universitario, cuando ya casi no podías redactar y cuando ya nada esperabas de un futuro profesional; aquella escritura cada vez más distorsionada; en fin, aquel escribir con la boca antes de las tormentas de finales del 12...

¿Adonde trato de llegar con estas remotas evocaciones, que parece que nunca existieron? ¿Qué trato de demostrar con estas desgarradoras páginas del pasado? Pues simple y llanamente, que si fuiste capaz de vivir estas deslumbrantes realidades narradas con todos lo elementos en contra, no hace falta ser un lince para imaginar dónde hubieras llegado de no mediar el cruel destino.

Pero como en aquella fatídica última curva de la caravana presidencial en Dallas; como en aquella marcha atrás del vehículo del archiduque Francisco Fernando en la maldita esquina de Sarajevo; como en la llegada, ya casi fuera del tiempo, del mariscal Von Blücher a la ladera de Waterloo; al final, ninguna realidad se puede cambiar, y JFK y el heredero al trono imperial fueron asesinados; Napoléon perdió, finalmente, su baraka; y desde aquella aparentemente anodina tarde de finales del 86, tu destino quedó marcado en las estrellas.

Y cuando el próximo miércoles 1 de octubre, a las 17:30, se cumplan 3653 jornadas desde que se ocultó el sol a tu vista, dos únicos pensamientos taladrarán mi memoria: el primero, que te echo de menos muchísimo, cada día quizá más; y el segundo, que no llegaré nunca ni a la suela de tus zapatos en lo que a hacer frente al destino y a aprovechar este breve ínterin, que es la vida, se refiere. Hasta otra, y un beso gigantesco adonde te encuentres.










sábado, 21 de junio de 2025

WATERLOO, EL OCASO DEL HOMBRE QUE ARRUINÓ ESPAÑA

EL EMBRUJO DE NAPOLEÓN

Sí, he de reconocerlo. Yo también, durante años, sufrí el influjo de la alargada sombra de Napoleón Bonaparte (1769-1821), aquel corso que llegó a dominar media Europa. Sin ir más lejos, cuando visité por primera vez París, en mayo de 1991, uno de los hitos del periplo fue la tumba del militar y político francés, sita en el complejo arquitectónico de los Inválidos, actualmente sede del Museo del Ejército del país del Hexágono. Igualmente, en aquel mismo viaje adquirí un pequeño busto de Le Petit Caporal (el Pequeño cabo), uno de los apodos con que se le conocía en la época, figura que aún conservo en una vitrina de mi casa.

Pero, por supuesto, mi admiración por Napoleón no se quedaba en estos anecdóticos hechos descritos, sino que tenía que ver con algunos de los hechos históricos relacionados con su vida como militar y político. Sobre su primera faceta, ha sido siempre considerado como uno de los mejores estrategas de la historia, al nivel de Alejandro Magno y Julio César. Su habilitad e innovación en el arte de la guerra le llevó a vencer en sesenta batallas y a perder en tan solo siete.

Sin embargo, el embrujo que me cautivó de él durante años (al igual que a millones de personas) se centró fundamentalmente en sus acciones políticas, primero como cónsul, luego como cónsul vitalicio y, sobre todo, como emperador. Y es que, como hijo adelantado de la Revolución francesa, introdujo todas un serie de reformas liberales, que pretendían consolidar la herencia revolucionaria: la creación del código civil en 1804, que establecía la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; la eliminación de numerosos privilegios feudales; la libertad religiosa en Francia y la tolerancia religiosa en los territorios ocupados; el fomento de la educación pública y laica, estableciendo la universidad como una institución estatal; la reorganización de la administración estatal, etc, etc, etc.

¿Quién, en su sano juicio, no iba a ser un entusiasta seguidor de este hombre, de baja estatura, pero de grandes ideales?

LA FACETA OSCURA DEL JACOBINO

No obstante, ese mismo Napoleón poseía una Cara B, que durante mucho tiempo no se contó, no se contó debidamente o no se quiso tener en cuenta sin más. En mi caso particular, solo el tiempo, el estudio, las lecturas, el conocimiento en suma, me fueron sacando lentamente del empíreo de la leyenda rosa del gran general.

EL GOLPE DE ESTADO

Para empezar, Napoleón llegó al poder mediante un golpe de Estado, aunque incruento, el 9 de noviembre de 1799, conocido como el 18 de brumario, que acabó con el Directorio gobernante, marcando el inicio del Consulado, que muchos historiadores consideran el final de la Revolución francesa, comenzada diez años antes, del que fue nombrado primer cónsul.

Comenzaba, así pues, una dictadura civil, que se consolidó en 1802, cuando fue nombrado cónsul vitalicio del nuevo gobierno, cargo que le otorgaba el poder absoluto sobre Francia, y sobre todo, en 1804, cuando fue entronizado como emperador de los franceses. De esta manera, todos los logros socioeconómicos que se le atribuyen son llevados a cabo mediante el despotismo ilustrado: "todo por el pueblo, pero sin el pueblo".

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

En segundo lugar, aunque es rigurosamente cierto que Francia no comenzó la mayoría de las denominadas guerras napoleónicas, que enfrentaron a la nación del Hexágono contra una serie fluctuante de coaliciones europeas, y que asolaron el Continente entre 1803 y 1815, la realidad es que Napoleón Bonaparte se halló en el centro de esta vorágine de horror, que causó entre cinco y siete millones de muertos.

APROVECHANDO QUE MARCHABA HACIA LISBOA...

En tercer término, la ambición desmedida del Pequeño cabo hizo que, habiendo conseguido el control de buena parte de Europa occidental y central hacia el verano de 1807, se aventurase a conquistar también Portugal al año siguiente, al no respetar esta el bloqueo continental que Francia había decretado contra Inglaterra. Y entonces, en ese instante supremo, es cuando aparecemos nosotros, los españoles, en liza, que ya habíamos sufrido la destrucción de nuestra gran armada, coaligada con la francesa, tres años antes en la batalla de Trafalgar.

POLÍTICOS ESPAÑOLES DESPRECIABLES

Y digo que aparecemos en el mapa político de la época, no porque nosotros quisiéramos, sino porque el déspota francés, aprovechando el paso que nuestros gobernantes del momento (el rey Carlos IV y su primer ministro, Manuel Godoy) le habían brindado en su avance hacia Portugal, y las intrigas palaciegas, que enfrentaron al rey español con su hijo, Fernando VII, beneficiándose de estas peculiares circunstancias repito, Napoleón decidió añadir a sus ya vastas conquistas también la de España.

ALGUNOS MADRILEÑOS SE REBELAN

El levantamiento popular en Madrid el 2 de mayo de 1808, llevado a cabo tan solo por un puñado de patriotas de extracción humilde y unos pocos militares de rango medio, y que costó la vida a 409 de ellos, encendió la mecha que prendió en todo el territorio nacional contra el invasor francés.

ESPAÑA, ASOLADA Y HUMILLADA

La Guerra de la Independencia que siguió a esta heroica sublevación duró seis largos años, y vino a ser el compendio de todos los horrores imaginables, y que tan sabiamente supo captar el pintor Francisco de Goya en su serie de ochenta y dos grabados Los desastres de la guerra. La cifra de muertos en el conflicto se estima en 500.000, de los que 300.000 fueron españoles, esto es, el 3 % de la población de nuestro país (en términos actuales, con nuestra población de 2025, equivaldría a 1.470.000 muertos, que se dice pronto). A los fallecidos por acciones derivadas directamente de la guerra hay que sumar las víctimas a causa de epidemias de tifus, cólera o disentería, así como por la escasez de alimentos como consecuencia de las requisas militares.

Luego está la destrucción material que se extendió por todo el país: campos devastados, que llevaron a problemas de abastecimiento y hambrunas; carreteras dañadas; puentes y canales destruidos; y, sobre todo, ciudades bombardeadas, entre las que destacaron con luz propia Zaragoza, en cuyo terrible asedio (1808-1809) murieron 52.000 españoles, y Gerona, que tras siete meses de cerco vio sucumbir a más de 5.000 de nuestros compatriotas. Como tercer botón de muestra, que no último, diremos que Madrid sufrió gravísimos daños durante los años de la ocupación napoléonica (1808-1813), quedando el palacio y los jardines del Buen Retiro casi totalmente destruidos, cientos de edificios dañados y multitud de calles demolidas.

Por último, nos encontramos con el expolio artístico. Los acólitos del emperador de los franceses, durante la ocupación, saquearon y destruyeron iglesias, monasterios, archivos y edificios históricos, robando obras de arte y documentos valiosos, que se llevaron a su país.

En conjunto, la pérdida de vidas humanas, el desplazamiento de poblaciones enteras y la destrucción material que provocó la aventura española de Napoleón Bonaparte tuvo consecuencias devastadoras en nuestra economía y sociedad, lastrando el desarrollo del país durante décadas.

Y no hai remedio, por Francisco de Goya

EL MISMO ERROR 129 AÑOS ANTES

La faceta oscura del déspota ilustrado francés se acabó de ver cuatro años después de la invasión de la península ibérica, cuando en junio de 1812 decidió asaltar el Imperio ruso, que había tenido la osadía de comerciar con Inglaterra, descabalando el bloqueo continental al que tenía sometido Napoleón a las islas británicas. Al igual que pasaría 129 años después con Adolf Hitler, a Napoléon no le bastaba controlar la mayor parte de Europa occidental y central, y quiso anexionarse la inmensa Rusia. La jugada le salió fatal. Su Grande Armée, compuesta por 600.000 soldados, penetró hasta Moscú, pero la táctica de tierra quemada ordenada por el zar Alejandro I, la llegada del general invierno y la resistencia del ejército ruso obligaron a la retirada de las tropas napoleónicas, que cuando regresaron a Francia contaban apenas con 50.000 efectivos.

LA PRIMERA ABDICACIÓN

Las estrepitosas derrotas en las campañas de España y Rusia hicieron sucumbir el poder del Pequeño cabo, y tras la invasión de Francia por parte de una coalición europea, encabezada por Inglaterra y Rusia, Napoléon Bonaparte se vio obligado a abdicar el 11 de abril de 1814, y a exiliarse a la isla mediterránea de Elba. Sin embargo, once meses después, aprovechando el malestar político provocado por la Restauración borbónica de Luis XVIII, el militar y político corso desembarcó en el sur de Francia, reclutó un ejército de simpatizantes y se hizo nuevamente con el poder, iniciando su segundo reinado, conocido como los Cien Días. Ante ese nuevo resurgir del déspota ilustrado, otra coalición europea, formada por ingleses, holandeses y prusianos, se formó enseguida para hacerle frente.

LA LEGENDARIA BATALLA

Este pasado 18 de junio se cumplieron 210 años del espectacular choque entre los dos ejércitos en las proximidades de Waterloo, una localidad belga a veinte kilómetros al sur de Bruselas. Desde que tengo uso de razón me ha apasionado esta batalla decisiva en la historia de Europa. Los 200.000 soldados que participaron en la misma; las 50.000 vidas que sucumbieron en aquel enfrentamiento; el triunfo inicial de Napoleón frente a ingleses y holandeses; la victoria que el corso tuvo en la mano; la llegada in extremis del ejército prusiano; y la derrota final y total del emperador francés; todo ello ha formado parte de mis pasiones más encendidas desde que era niño.

Creo que la razón esencial de ese interés máximo por aquella jornada histórica se basó siempre en que durante aproximadamente doce horas el destino de Europa estuvo en vilo y, sobre todo, en que la batalla representó el ocaso de un personaje multifacético y complejo, que durante años representó para mí la luz, pero que desde hace mucho tiempo simboliza la destrucción caprichosa de mi país y el consecuente retraso histórico que para España supuso su vergonzosa invasión.

La batalla de Waterloo, por William Sadler II

ARREPENTIMIENTO TARDÍO

Cuatro días después de la batalla, el general otrora victorioso tuvo que abdicar por segunda vez, esta de manera definitiva, y fue obligado a exiliarse a la isla de Santa Elena, ubicada en el Atlántico sur, a 1800 kilómetros de distancia de la costa occidental de Angola. Allí, en aquel minúsculo y remoto lugar de África, Napoléon Bonaparte vivió sus últimos años, hasta su muerte, el 5 de mayo de 1821. Tenía cincuenta y un años. Cuentan que en sus Memorias, escritas durante su cautiverio, afirmó que el más grande error de su vida militar fue la invasión de España. Como diría el refranero castellano: "A buenas horas, mangas verdes".


PD: ESTE BLOG CONTINUARÁ A MEDIADOS DE SEPTIEMBRE (si el demonio o Dios lo permiten)

Buen verano a todos










martes, 3 de junio de 2025

¿EXISTE LA SUERTE? PREGUNTEN EN GITEGA

 "Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte; asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control" (Match Point, Introducción, Woody Allen, 2005).

LA SUERTE CON MAYÚSCULAS

Cuando hablo de la suerte con mayúsculas, no me refiero a que una persona acierte la Bonoloto; a que un equipo de fútbol gane la Final de la Liga de Campeones con un gol en el último suspiro del partido; o a que alguien quede, en una oposición a la Administración Pública, en el número 100 cuando se ofertaban 100 plazas. No. Cuando yo utilizo el término "Suerte" aludo a las dos situaciones que, desde mi punto de vista, condicionan definitivamente a una persona durante su tránsito por la vida material: el lugar de nacimiento y las grandes enfermedades. Hoy solo me ocuparé de la primera de ellas.

HITOS DEL PRIMER MUNDO

El extraordinario progreso científico y tecnológico que el mundo occidental (en el que incluyo, por supuesto, a España) ha logrado durante los últimos ochenta años nos ha hecho perder, a los afortunados que vivimos en esos países, algunas perspectivas esenciales. Acontecimientos como el descubrimiento de la estructura de la doble hélice de ADN (1953); el primer descenso de un ser humano al abismo Challenger, sito en la fosa de las Marianas (1960); la llegada del hombre a la Luna (1969); la aparición del teléfono móvil (1973); la creación de Internet (1983); o la salida del Sistema Solar por parte de la sonda espacial Voyager 1 (2012), han hecho pensar a una parte significativa de la población occidental que todo, absolutamente todo en la vida, depende de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia y nuestra capacidad organizativa.

CASUALIDAD Y CAUSALIDAD

En este sentido, las palabras "azar", "suerte", "fortuna", "casualidad", "tyche" o "baraka" han sido progresiva, pero implacablemente, arrinconadas en el desván de la historia. Cuando la superestructura formada por los medios de comunicación, la educación y la cultura ha ido imponiendo durante décadas que todas las facetas de nuestra vida se hayan tan solo subordinadas a nuestras decisiones personales llega un momento en el que uno piensa que aquí no existe la casualidad, sino tan solo la causalidad. Vamos, que todo acontecer humano depende de nosotros mismos, que somos dueños absolutos de nuestra existencia, y que marcamos indefectiblemente nuestro futuro.

Calles de Gitega (www.adonde-y-cuando.es)

DEL EMPÍREO AL INFIERNO

Es muy fácil asumir estos postulados, estar de acuerdo con estas afirmaciones, cuando habitamos un país que se encuentra situado en el puesto número 15 en el ranking mundial del Producto Interior Bruto (PIB) nominal; en el 35 en el ranking  del PIB per cápita; en el 28 en el ranking del Índice de Desarrollo Humano (IDH), que tiene en cuenta la salud, la educación, los ingresos y las condiciones de vida de un país para ofrecer una medida del desarrollo humano; que supera el 98 % de tasa de alfabetización; o que tiene una esperanza de vida de 83,77 años.

¿Pero qué pensaríamos si hubiésemos nacido en Gitega? Esta ciudad, de 27 kilómetros cuadrados y 132.367 habitantes, es la capital de Burundi, país que la mayor parte de los estudios consultados consideran el más pobre de la Tierra. Todos los datos de esta nación centroafricana son aterradores: está situada en el puesto 164 en la clasificación del PIB mundial nominal (de un total de 192 países); en el 182 en la clasificación del PIB mundial per cápita (de 182); en el puesto 187 del IDH (de un total de 193); posee una tasa de alfabetización de 69,44 %; y una esperanza de vida de 63,8 años (no llega ni a la edad de nuestra jubilación).

Si hubiéramos venido a la vida en Gitega, donde casi todas las calles están sin asfaltar, y cuya área metropolitana en concreto se halla a la cola de todo el planeta en datos socioeconómicos, ¿qué idearíamos sobre nuestro futuro personal? ¿qué imaginaríamos del control sobre nuestra vida? ¿qué cavilaríamos sobre que solo nuestras decisiones personales marcan el rumbo de nuestra existencia? ¿qué creeríamos sobre la casualidad, el azar o la fortuna? ¿nos preguntaríamos todos los días de nuestra vida por qué he tenido que nacer aquí o qué he hecho yo para merecer esto?

AL ESTE DEL EDÉN

En el libro del Génesis, que abre la Biblia, se narra que después de desobedecer a Dios al comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva fueron expulsados del huerto del edén hacia el este, instalándose en esa salida varios querubines y una espada encendida que giraba en todas las direcciones para guardar el camino de entrada al paraíso. Desde entonces, vivir al este del edén es sinónimo de habitar un mundo caído, derrumbado, ruinoso.

No voy a disertar aquí sobre las causas (variadas y complejas) que han conducido a que Burundi, al igual que otras naciones centroafricanas (República Centroafricana, Sudán del Sur, Somalia, Mozambique o República Democrática del Congo) han llegado a ser arrojadas al este del edén de la historia, pero la realidad es que habitan ese triste y lóbrego lugar.

Adán y Eva, expulsado del paraíso (www.alamy.com)

Un día, cuando yo era pequeño, mi padre me lo comentó dentro de una conversación más larga, pero el ahora viejo tenía más razón que un santo. Los habitantes del primer mundo (entre los que nos encontramos los españoles) solemos olvidar el pequeño y, en apariencia, intrascendente detalle de que vivimos en nuestros desarrollados países tan solo gracias a la nimia y, supuestamente, poco significativa circunstancia de que hemos nacido en estas naciones. ¿Y qué hemos hecho nosotros para ello? Nada, solo contar con la puñetera fortuna, el puñetero azar y la puñetera suerte?

Y gracias, en gran medida, a esa baraka, a esa tyche, a esa casualidad, hemos podido iniciar nuestro trasiego en este mundo por las grandes avenidas de la vida, por las grandes autopistas de la existencia. Sí, ya sé que luego, después de este hito aparentemente banal, nuestro esfuerzo, nuestra diligencia, nuestra constancia pueden conducirnos a estadios superiores de progreso material y espiritual; eso sí, siempre que no se cruce en nuestro camino el otro gran heraldo de la fortuna, que es la enfermedad hors catégorie. Sin embargo, sin ese bingo primigenio descomunal, oceánico; sin ese premio de nacer en un país del primer mundo, gran parte de la vida queda tristemente mediatizada, distorsionada.

Por ello, cuando la próxima vez cualquier español hable de que en este breve ínterin, que es la vida, no existe la suerte y la casualidad, sino solo el esfuerzo y la causalidad, acordémonos de que a 8092 kilómetros hacia el sur existe una nación cuyos naturales nada hicieron por merecer el triste destino de caer en el lado equivocado de la historia.










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