viernes, 31 de octubre de 2025

LAS DESGRACIAS QUE, EN TORNO A 1500, DESVIARON A ESPAÑA DE SU EVOLUCIÓN POLÍTICA NATURAL

LOS REYES CATÓLICOS Y LA VERTEBRACIÓN NACIONAL

El pasado 19 de octubre se cumplieron 556 años del matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón), acaecido en el Palacio de los Vivero, en Valladolid. En esa fecha crucial no se creó España (a pesar del título del post, elegido con fines meramente didácticos), sino que tan solo hubo una unión dinástica entre las Coronas de Castilla y Aragón, que siguieron ostentando leyes, instituciones y monedas propias. Para la unificación de toda la península ibérica no portuguesa quedaba aún la conquista del último reducto musulmán (Reino de Granada), obtenida en 1492, y la anexión del Reino de Navarra a la Corona de Castilla en 1515, tras su conquista militar tres años antes. Y para considerar a España como un ente territorial unificado y cohesionado totalmente habría que esperar a los decretos de Nueva Planta, llevados a cabo por Felipe V entre 1707 y 1716. La vertebración definitiva de España, como la conocemos hoy día, proviene, pues, de 1716.

Haciendo abstracción de la tardía incorporación del reino navarro, los Reyes Católicos pusieron las bases de un formidable edificio político, como fue la denominada "Monarquía hispánica" que, a la muerte de Isabel I (1504), incluía la Corona de Castilla (con los diversos reinos peninsulares, las islas Canarias y las posesiones de las Indias occidentales) y la de Aragón (con los Reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y el Principado de Cataluña, más los Reinos de Sicilia, Nápoles y Cerdeña). A este sugerente conjunto de territorios (repito una vez más, unidos tan solo a nivel dinástico) se sumarían entre 1497 y 1510 una serie de plazas fuertes en el norte de África, conquistadas con el objetivo de contrarrestar los ataques berberiscos y los llevados a cabo por el gran Imperio otomano. Esos presidios incorporados a Castilla fueron Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía, Trípoli y el Peñón de Argel.

Ese mosaico de entidades debería haber llevado a la recién nacida Monarquía hispánica a asentarse como una potencia europea de alto rango, pero cuya proyección debería haber sido única y exclusivamente atlántica y mediterránea, despreocupándose en cierta medida del tablero global que se jugaba en el centro de Europa entre Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico. Esa fue precisamente la política llevada a cabo por los monarcas castellanos desde el primer tercio del siglo XV, y por los aragoneses desde el siglo XII. Y esa expansión es la que consolidaron los Reyes Católicos, continuada tras la muerte de la reina Isabel por las diversas regencias del cardenal Cisneros y del rey Fernando.

LA RIQUEZA DE CASTILLA Y ARAGÓN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI

A este aspecto cohesionador de la política se unía la riqueza que ambas coronas poseían, basada en las industrias de ciudades como Toledo, Segovia, Cuenca o Granada; las exportaciones que los diversos municipios manufactureros realizaban hacia Flandes e Inglaterra vía Bilbao; las ferias internacionales de comercio que se desarrollaban anualmente en Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón; el trasiego mercantil entre Barcelona, Valencia y el resto de puertos ubicados en el Mediterráneo, pertenecientes a la Corona aragonesa; la fuerza de la Mesta; y, por supuesto, el comercio indiano, centralizado en Sevilla desde 1503 con la creación de la Casa de Contratación.

Todo esto es sabido, pero es preciso recalcarlo una vez más para que quede claro que el futuro de la Monarquía hispánica, en torno a 1500, era más que prometedor. Y sin embargo, en 1497 comenzaron las tempestades...

EL PRÍNCIPE JUAN

Los hijos de los Reyes Católicos fueron cinco: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. A pesar de no ser el primogénito, el heredero al trono de la recién creada Monarquía hispánica fue el príncipe Juan, que se casó con la archiduquesa Margarita de Austria, con el fin de reforzar los lazos con el Imperio germánico. Pero dos meses después del enlace, el 4 de octubre de 1497, moría Juan, debido a la tuberculosis o a un exceso de esfuerzo sexual. A pesar de ello, la Monarquía contuvo la respiración, porque la esposa del príncipe se encontraba embarazada a la muerte de este, y el futuro vástago podía convertirse automáticamente en heredero. Vana esperanza, ya que meses después, Margarita perdería a su hijo, sin haber dado a luz.

Sepulcro del príncipe Juan. Monasterio de Santo Tomás (Avila) (Reyes González, "Por amor al arte", Facebook, 3-9-2017)

LA PRINCESA ISABEL 

Fallecido el príncipe Juan, la excelsa herencia de Isabel y Fernando pasó a la princesa Isabel, quien, por cierto, parece que nunca entendió por qué sus padres no la habían elegido como heredera después del nacimiento de su hermano Juan, no existiendo ninguna ley en Castilla que impidiera gobernar a una mujer. En todo caso, ella se casó en 1490 con el infante Alfonso, heredero al trono de Portugal, aunque el matrimonio duró tan solo ocho meses y diez días, ya que el 13 de julio de 1491 fallecía el joven príncipe a causa de una caída de caballo.

A pesar del deseo de la princesa recién enviudada de regresar a Castilla y entrar de monja en la orden de las clarisas, sus padres se negaron en redondo y buscaron un nuevo enlace con el nuevo heredero al trono portugúes, el príncipe Manuel. Finalmente, se impuso la voluntad regia, y la boda se celebró el 30 de septiembre de 1497, convirtiéndose Isabel en reina consorte de Portugal, debido a que su marido ya era rey. Noventa y seis horas después del enlace, moría el príncipe Juan, por lo que Isabel se transforma a su vez en heredera al trono de Castilla. Pero la parca continuaba de cerca las andanzas matrimoniales de la pareja, y diez meses después (23-8-1498), después de dar a luz a un niño llamado Miguel de la Paz, Isabel muere. Como en el caso del hijo nonato del príncipe Juan, las esperanzas de los Reyes Católicos se centran ahora en el niño Miguel, que podría haberse convertido en el unificador de la península ibérica ocho décadas antes de que dicha unión se produjera de la mano de Felipe II. Sin embargo, dos años menos un mes después de nacer, el niño murió, disolviéndose las posibilidades de la agrupación ibérica.

LA REINA JUANA  Y EL REY FELIPE 

El fallecimiento de Isabel y de su hijo Miguel tuvieron, a la larga, consecuencias muy trascendentes, y nada positivas, para el futuro de los territorios hispánicos. Y es que la siguiente heredera de la saga familiar fue la princesa Juana, que había sido ofrecida por sus padres en matrimonio al hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo y de la duquesa María de Borgoña, Felipe, apodado el Hermoso, con quien la hija de los Reyes Católicos se unió en nupcias el 20 de septiembre de 1496.

Juana fue una mujer muy fuerte a nivel físico (tuvo seis hijos y vivió setenta y cinco años), pero muy débil a nivel mental y emocional. Algunos historiadores han querido focalizar su desgraciada vida en las infidelidades de su esposo, en los enfrentamientos con su madre, en la pugna política entre su marido y su padre por el control de Castilla o en el largo encierro en Tordesillas. Sin embargo, parece claro, a la vista de documentos y testimonios de la época, que Juana fue una mujer incapaz de gobernar, debido fundamentalmente a su mala salud, a mitad de camino entre la depresión y la melancolía.

Eliminada Juana, por tanto, de la ecuación del poder (aunque nominalmente siguió siendo reina hasta su muerte, acaecida en 1555), apareció súbitamente su esposo, Felipe, que, tras diversos enfrentamientos con Fernando el Católico, fue proclamado rey iure uxoris (por el derecho de su mujer) de Castilla en julio de 1506 (aunque de facto lo era desde 1504), con el nombre de Felipe I. Sin embargo, en un nuevo giro dramático de los acontecimientos, tres meses después de su advenimiento al poder, el nuevo monarca falleció, debido a la peste o a beber agua helada tras disputar un partido de pelota a mano.

Doña Juana la Loca. Francisco Pradilla y Ortiz. 1877. Museo del Prado

EL CÉSAR CARLOS

Toda esta serie de calamidades personales, de desgracias familiares, de mala suerte en definitiva, dieron como resultado que, tras una complicada y larga regencia de Fernando el Católico primero, y del cardenal Cisneros después, hiciera su aparición estelar en la historia el segundo de los hijos de Juana y Felipe, Carlos, y la entronización de una dinastía extranjera en España tras la muerte de Fernando en enero de 1516.

LA DESMESURADA HERENCIA

¿Cuál fue el problema del advenimiento de uno de los mejores reyes que han tenido los territorios hispánicos a lo largo de su historia? Pues simple y llanamente que el bueno de Carlos venía cargado con una herencia excesiva a través de sus abuelos maternos (Castilla, Aragón y todas sus posesiones), pero especialmente paternos. Y es que a través de su abuelo, el emperador, se hizo cargo de Austria, Estiria, Carniola, Corintia, el Tirol y, por si fuera poco, tuvo la oportunidad de disputar la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, como así ocurrió en la elección imperial de 1519, en la que derrotó al favorito, Francisco I de Francia. Y por parte de su abuela María, el césar Carlos recibió el antiguo círculo de Borgoña, que reunía doce provincias, diseminadas entre las actuales Bélgica, Países Bajos y Francia.

¿FORTUNA O CALAMIDAD? CALAMIDAD

Cualquier observador neutral, cualquier hooligan del patriotismo español, cualquier analista poco avezado podría argumentar que fue una bendita fortuna esta superherencia; que ella puso los cimientos del Imperio español; y que ayudó a la hegemonía española sobre el continente europeo durante 150 años. Y yo, a ese observador neutral, a ese patriota de hojalata, a ese analista desnortado le respondería que aquel hinchado legado de territorios (fundamentalmente, el heredado de los abuelos paternos) fue una puñetera desgracia para los intereses nacionales de los territorios peninsulares hispánicos. ¿Por qué?

GUERRA, EMPOBRECIMIENTO Y MUERTE

Primero, la corona imperial. La supuesta gloria que para la Monarquía hispánica supuso el acceso de Carlos I a aquella tuvo como consecuencia inmediata la supeditación de los intereses de Castilla y de Aragón (especialmente, los primeros) a los asuntos centroeuropeos, con especial incidencia en dos frentes: las relaciones con Francia (país que se vio literalmente rodeado de estados controlados por el césar Carlos, experimentando una auténtica asfixia territorial), lo cual provocó varias guerras entre ambos países desde 1521 hasta 1559 (Paz de Cateau-Cambrésis); y los turbulentos conflictos de religión en Alemania, iniciados a raíz de la aparición de Lutero y su reforma protestante en 1517, y que asolaron el centro de Europa hasta 1555 (Paz de Augsburgo). 

Y segundo, los Países Bajos. Parte de los territorios que por vía de María de Borgoña llegaron a manos de Carlos I se rebelaron, por cuestiones político-religiosas, contra la Corona española en 1566, comenzando entonces una eterna y sangrienta disputa armada, que duró ocho décadas (la Guerra de los Ochenta Años), y que solo acabó en 1648 con la independencia de Holanda y del resto de provincias rebeldes. No es extraño que algunos historiadores hayan denominado a esta contienda el "Vietnam español".

Estas tres conflagraciones descritas desangraron económica y humanamente a los territorios peninsulares (especialmente, Castilla). Millones de ducados se gastaron durante años en unos conflictos completamente ajenos a nuestros intereses nacionales, siendo la más importante causa de las ocho bancarrotas que sufrió el erario español durante la dinastía Habsburgo: 1557, 1575, 1596, 1627, 1647, 1652, 1662 y 1666. Y decenas de miles de hombres jóvenes (y no tan jóvenes) sucumbieron en los campos de batalla del centro de Europa. Como ocurrió en la lamentable Guerra de Vietnam con un obrero de Detroit o un ganadero de Fort Worth, ¿qué coño le interesaba a un agricultor de Tierra de Campos, a un pañero de Toledo, a un mercader de Villalón o a un comerciante de Sevilla las rencillas dinásticas entre los Habsburgo y los Valois, las eternas disputas entre católicos y protestantes en Alemania o si unas cuantas miles de almas católicas se perdían en favor del calvinismo en las Provincias Unidas? En este aspecto, un procurador a Cortes durante el reinado de Felipe II resumió perfectamente la cuestión ante la costosísima guerra de Flandes cuando se justificaba desde el Gobierno central la contienda con fundamentos religiosos. El buen representante de su ciudad respondió que si los holandeses querían perderse para la causa católica, pues que se perdieran. Divino político.

¿Para qué sirvieron los cuantiosos impuestos locales y regios, cada vez más onerosos, que recaían sobre los campesinos, labradores y pequeños propietarios del conjunto de las coronas de Castilla y León? ¿Para qué sirvió el pujante comercio entre el centro y norte de Castilla con los Países Bajos e Inglaterra? ¿De qué sirvieron tantas toneladas de oro y, especialmente, de plata, extraídas de los territorios americanos?

Todas aquellas ganancias monetarias, toda aquella riqueza, toda aquella prosperidad económica que pudo ayudar al desarrollo y al progreso material de los territorios hispánicos peninsulares (como ocurrió, por ejemplo, con el asombroso caso de la diminuta Holanda), dilapidados, tirados, hechos sucumbir en contiendas lejanas, incomprensibles para el súbdito medio y bajo, ajenas, en todo caso, a nuestros intereses patrios.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD: LOS COMUNEROS

Frente al futuro incierto y espinoso que se cernía sobre Castilla con la llegada de Carlos I, su dinastía extranjera, sus ambiciosos consejeros y su onerosa herencia reaccionaron vivamente muchas ciudades, canalizándose el descontento a través del movimiento de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Este trató, dentro del conjunto de sus complejas reivindicaciones, que la política internacional de los territorios peninsulares girara en torno a la llevada a cabo por los Reyes Católicos, es decir, atlantista y mediterránea. La sublunar derrota en Villalar (23 de abril de 1521) acabó definitivamente con esa pretensión.

SI NO HUBIERA OCURRIDO AQUEL ROSARIO DE MUERTES...

La herencia paterna de Carlos I supuso una carga descomunal, que lastró enormemente nuestro desarrollo económico y nuestro bienestar material durante 200 años. Eso no contradice el hecho de que Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a los que he admirado siempre enormemente, fueran unos buenos reyes, que gestionaron de la mejor manera posible los territorios que les legaron sus ancestros. Pero está claro que Castilla y Aragón (especialmente, Castilla) hubieran tenido un futuro esplendoroso de no mediar una serie de inopinadas desgracias en el entorno del año 1500. La fortuna, como tantas veces, se inmiscuyó en la historia y, en este caso, para mal.










3 comentarios:

  1. Fernando el Católico es "El Príncipe" de Nicolás Maquiavelo, manual de habilidad política de gestión por resultados. Los Reyes Católicos son el matrimonio fundador del nacimiento de España como nación. Son paralelas las vidas de "El Gran Capitán" y Juan de Austria, en contrarrestar el ataque del dominio de Europa por el Islam. Europa no fue musulmana por la defensa española y sería hoy distinta. La extensión del latifundismo en el sur de la península se debe a la Reconquista, generando una estructura de poder en la que los nobles siempre no se sometieron al poder de los monarcas. España no fue nunca plenamente feudal como lo fue Europa, y Europa le debe mucho al paso internacional por España del Camino de Santiago. Muy buenos análisis de Claudio Sánchez Albornoz sobre un periodo del que hay muy pocos estudios, la Baja Edad Media, que nos explica las causas del origen del país con los Reyes Católicos.

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  2. La herencia de Carlos I fue una carga descomunal que desvió a España de su camino natural y prometedor hacia la hegemonía europea basada en sus propios recursos, transformando la potencia en un imperio centrado en guerras dinásticas ajenas.

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