Y escribo el término "hombres" a conciencia, no en su sentido genérico, sino en el estricto, es decir, el del conjunto de personas pertenecientes al sexo masculino, ya que solo el 15 % de los protagonistas de este nuevo post son mujeres. Como diría Jesucristo en el Evangelio de san Marcos, "el que tengo oídos para oír, que escuche y entienda".
Como hormigas, de agujero (tienda) en agujero (domicilio). Empiezan su jornada a las ocho de la mañana, y algunos la estiran hasta las once de la noche, cuando llegan a sus hogares. Pedalean infatigablemente por las calles de nuestras ciudades, con sus cascos y sus características y voluminosas mochilas amarillas, verdes o naranjas. Forman parte del paisaje urbano desde hace algunos años, como las marquesinas, como los árboles, como los semáforos. Los miramos todos los días, pero no los vemos. Son los raiders, los repartidores de productos a domicilio (especialmente, comida) a través de plataformas digitales. Y son los nuevos precarios entre los precarios.
Sentado este verano en una terraza de la plaza de Santa Bárbara, haciendo cola el otro día a la entrada del Vips del Centro Comercial Las Rosas, paseando por las calles de Moratalaz... uno se los encuentra en todas partes: unas veces, conduciendo sus caballos de acero; otras, esperando a que les suministren los productos; y en ocasiones, formando grupos de colegas junto a los establecimientos de marras.
En sus cabalgadas diurnas y aun nocturnas por el asfalto urbano, estos sufridores de la ruta nos suministran los apetecibles sándwiches de Vips, las deliciosas hamburguesas y patatas gajo de Burger King, las excelentes pizzas de Pizza Hut, los encomiables fingers de pollo de KFC, los apetitosos burritos y tacos de los restaurantes mexicanos, los sabrosos kebabs de los bares turcos... Todo un universo gastronómico, parte de él quizá no muy saludable (aunque cada uno hace con su cuerpo lo que le da la real gana), que llega a nuestros hogares a la hora de comer, a la de merendar, en el cumpleaños de la tía Hermelinda o cuando delante de nuestro televisor vemos salir a los jugadores del Real Madrid y del Barcelona en el Clásico de todos los años. Da igual que haya sol, luna, lluvia, nieve, niebla, viento; el raider siempre cumple, llega a casa a punto para cualquier celebración, deja el pedido y sale pitando para entregar el siguiente, mientras nosotros nos quedamos saboreando los suculentos manjares.
Alguno habrá español, no digo yo que no, pero la inmensa mayoría de estos trabajadores sobre ruedas son sudamericanos, africanos y asiáticos. Dentro de estos últimos, destacan con luz propia los ciudadanos originarios de Bangladesh, con su inconfundible tez oscura, su sonrisa inherente y, en muchos casos, con la partícula "MD" que antecede a su nombre de pila, colocada en honor del profeta Muhammad, es decir, Mahoma.
Después de diez o doce horas de trasiego sin cuento por nuestras calles, plazas y avenidas, regateando coches, motos y autobuses, jugándose literalmente la vida por una carrera más (en abril del año pasado, un repartidor venezolano de veintinueve años, que no llevaba ni un año en Madrid, murió atropellado de madrugada por un taxi en la avenida de la Ciudad de Barcelona), muchos de estos seres cuasiinvisibles para el gran público logran unos ingresos de entre 600 y 800 euros al mes, y lo que es peor, en gran parte de los casos, sin protección social. Y es que, a pesar de que la Ley rider, que entró en vigor en agosto de 2021, exigía que todos estos trabajadores fueran contratados como asalariados (con todos sus derechos laborales) y no como falsos autónomos (como hasta ese momento había ocurrido), el caso es que cuatro años después de ser publicada en el BOE, la norma no ha conseguido erradicar ni muchísimo menos las abusivas prácticas de empresas como Glovo, Uber, Easy Eat, Amazon, etc.
En la actualidad, una gran parte de estos trabajadores en la sombra (pero que extienden su jornada de sol a sol) siguen siendo irregulares, sin tarjeta de residencia que les permita trabajar legalmente, y obligados por las circunstancias económicas a buscar el alquiler o la venta de cuentas de las citadas empresas por parte de antiguos repartidores con la documentación en regla. Habrá quien diga que al ser irregulares, estas personas no deberían haber entrado en nuestro país para trabajar, y que lo que les pasa es la consecuencia forzosa de su situación legal. Yo lo miro desde otro prisma: 1) para prosperar en la vida, las personas hacen lo que pueden; 2) su oficio no es delincuencial; y 3) el hecho de estar en una situación ilegal no justifica que estos seres humanos sean maltratados por desaprensivos ciudadanos, avariciosos empresarios e indolentes gobiernos.
Como ciudadanos de bien, esperemos y deseemos que la normativa legal vaya calando lentamente en este opaco mundo de explotación laboral, que se desarrolla cotidianamente ante nuestra inexpresiva mirada. Y la próxima vez que contemplemos a estos trabajadores en sus eternas bicicletas, acelerando para conseguir un reparto más, adelantando vehículos y esquivando autobuses, pensemos que no es necesario irnos a miles de kilómetros en busca de historias humanas injustas e infortunadas, porque estas las vemos diariamente delante de nuestros ojos.

Totalmente de acuerdo contigo Juan.
ResponderEliminarEncomiable pero ligeramente tramposo, aterriza lo que dices a la vida real, estarías dispuesto a pagar un 30% más porque te lleven a casa la comida basura del fin de semana? Propón que el señor Mc Donald incorpore una tarifa para quien quiera pagar ese 30% que vaya directamente para el repartidor. Sabes porqué no lo va a hacer? Por dos razones, la burocracia y los impuestos, ninguna de las dos depende de la empresa privada que es quien genera estos trabajos pero que parece la única culpable de la explotación de los mismos, parece que sigue interesando en este país que siga circulando dinero en metálico (sic) y que prospere cualquier tipo de economía sumergida...no quiero poner como ejemplo a los USA porque tiene carencias de todos conocidos pero como muestra, te contaré que el hijo de un Consejero de una empresa del IBEX al que conozco personalmente, Carlos se fue a vivir el sueño de su vida, realizar programas de televisión, encontró un trabajo de realizador y se fue a los Angeles, hasta que no consiguió pasados dos meses un segundo trabajo, tuvo que estar durmiendo en un coche, no le daba para alquilar una habitación...
ResponderEliminarPrimero, yo sí pagaría ese 30 % que comentas, aunque, la verdad, es que nunca he recurrido a los raiders, que sí los veo, en cambio, cuando voy algún viernes o sábado a algún Vips o a algún Burger King, esperando a recoger sus pedidos. Segundo, a alguna de las sagradas empresas privadas que, según tú, son lo más de lo más, ya las han tenido que multar (50 millones de euros, si mal no recuerdo) por sus prácticas abusivas e indecentes con estos repartidores. Tercero, el Gobierno no tenía otra opción en 2021 que poner orden en este oscuro mundo de prácticas irregulares, y la Ley "raider", con todos sus defectos, entra en esa materia. Que tú pienses que el sector público es el malo (burocracia e impuestos) y el sector privado es el bueno, me parece cojonudo. A mí ambos me parecen complementarios, y cuando el segundo abusa tiene que ser regulado por el primero. Y no, no interesa a nadie que exista la economía sumergida, solo a empresas sinvergüenzas que se ponen las botas con el trabajo de otros.
EliminarVolviendo a tus referencias cinematográficas, la película "La historia de Souleymane" aborda la vida de un inmigrante guineano en París, repartidor en bicicleta, que está preparando su entrevista de solicitud de asilo en Francia. Los trabajos de reparto de comida son precarios y los desempeñan fundamentalmente inmigrantes, tratando de labrarse una vida mejor. Su labor fue esencial en la pandemia, atendiendo pedidos a domicilio. La actividad económica siempre va a crear un sector informal sumergido, porque lo necesita para abaratar costes, al que había que regular, para evitar su precariedad.
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