jueves, 27 de noviembre de 2025

GRACIAS, DON CARLOS (MARTÍNEZ SHAW)

COLÓN ME GUIÓ AL DOCTORADO...

Desde la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América para los europeos, es decir, desde el imborrable año 1992 y, con especial significado, desde mis dos visitas a la Exposición Universal de Sevilla, la primera en junio y la segunda en septiembre de ese año, tuve claro que quería, que deseaba realizar el doctorado. Y es que, a pesar de haber acabado la carrera de Geografía e Historia dos años antes, no fue hasta el emblemático año colombino cuando el espíritu del gran descubridor, que yo asocié a la insaciable sed de conocimiento y belleza, se apoderó de mí y me llevó, finalmente, a las procelosas aguas de la tesis doctoral, aunque aún restarían tres años para tal empresa.

... Y EL AZAR ME LLEVÓ A CMS

Una vez finalizada la prestación social sustitutoria en la Fundación Antisida en mayo de 1995, llegó el momento esperado, y después del verano y aprovechando que mi hermana andaba cursando la carrera de Matemáticas en la UNED, un día que tuvo que acercarse a la Facultad de Ciencias, le pedí que entrara en la de Humanidades, colidante con la suya, y anotara el teléfono de algún profesor que impartiera el doctorado en Historia Moderna, la especialidad que me había fascinado desde aquellas mágicas clases vespertinas impartidas en la Universidad Complutense por el magnético e inclasificable Manuel Martín Galán, que tanto nos hechizó a mi amiga Sagrario y a mí. Al finalizar el día, me encontré con dos nombres, de los que, reconozco, no había oído nada en mi vida: María Helena Sánchez Ortega y Carlos Martínez Shaw. ¿Por qué decidí contactar con el segundo y no con la primera? El azar absoluto.

EN EL ESPEJO

El caso es que, como vi que el profesor en cuestión tenía tutorías presenciales los jueves en la Facultad de Humanidades, decidí llamarle el primero que apareció en el horizonte, que fue, finalmente, el día 30 de noviembre, el próximo domingo hará treinta años. Durante la conversación, en la que ya intuí una cordialidad que no esperaba, le hablé a mi receptor sobre el objetivo del doctorado y, en un brusco (para mí) giro de los acontecimientos, me emplazó para vernos esa misma tarde en la cafetería El Espejo, sita en el paseo de Recoletos de la capital de España.

Y allí aparecí, a la hora convenida, como también apareció él, puntual como siempre, con su maletín, sus gafas, su eterna sonrisa y su acento sevillano. Desde la oceánica distancia que da la perspectiva de tres décadas, aquel encuentro de aproximadamente cuarenta y cinco minutos me parece casi un sueño, pero fue real, divertido, agradable y muy esclarecedor. El hombre que tenía delante de mí no parecía un profesor al uso, en el sentido de mantener la habitual relación académica con un alumno, como yo había avizorado durante mis estudios en la Facultad de Historia de la Universidad Complutense, con las excepciones, quizá, del citado Manuel Martín Galán, Carmen Sanz Ayán o Juan Carlos Galende No solo era el lenguaje que utilizaba (cercano y popular); no solo era la claridad de los objetivos que marcaba; no solo era la amabilidad que derrochaba; era también, cómo no, el hecho de haber quedado con un futuro doctorando, totalmente desconocido, a las primeras de cambio y en una cafetería. Nadie me negará que el personaje en cuestión parecía singular y fascinante.

Cafetería El Espejo (Wikimapia.org)

EN LOS ANDENES DEL AVE

Aquel jueves 30 de noviembre, don Carlos (él siempre me decía que le tuteara, pero a mí siempre me costaba mucho hacerlo) me mandó leer dos libros, con el fin de que fuera anotando los temas que pudieran interesarme para llevar a cabo el doctorado. Y aunque no me matricularía hasta el curso siguiente, 1996/1997, aquel dilecto y simpático sevillano se convirtió ya de facto en mi director de tesis. Finalizada la charla, acordamos que cuando hubiera acabado mi labor escrutadora, le llamaría. Y, efectivamente, pasado un tiempo, comuniqué con él otro jueves fosforescente, y esta vez, el audaz andaluz me convocó junto a la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, sita en el jardín tropical de la estación de trenes de Atocha

Increíblemente, yo nunca había estado allí (aunque la remodelación de la terminal databa de tres años antes), me fue difícil encontrar el lugar por los intrincados pasillos de la estación, y acabé llegando tarde a la cita. El marrón fue total. Y, sin embargo, el gran profesor fue indulgente con mi error, y en vez de tomar una infusión en la cafetería que entonces se hallaba a la entrada del inmenso vergel, nos vimos obligados a adentrarnos en los propios andenes del AVE, tren en el que mi acompañante hacía la ruta Sevilla-Madrid y Madrid-Sevilla todos los jueves.

Hoy parece increíble y anacrónico, después de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, pero a principios de 1996, dos personas podían charlar tranquilamente junto a las vías de los trenes en Atocha sin que uno de ellos hubiera sacado un pasaje y sin que nadie les hubiera revisado nada antes de acceder a las mismas. El caso es que tras informarle sobre mis lecturas y preferencias temáticas, volvió a recomendarme otros libros, ya más especializados en las facetas que habían despertado mi curiosidad, que, básicamente, eran las relacionadas con la religiosidad popular. Después de aquellos sabrosísimos minutos absorbiendo los conocimientos y las estrategias para llegar al objetivo último, nos despedimos, viéndole marchar con firmeza y elegancia hacia el AVE, que en dos horas y treinta minutos le trasladaría a la capital hispalense.

EN OTROS LUGARES PARA EL RECUERDO

A lo largo de los años siguientes (tardé demasiados en confeccionar la tesis doctoral), profesor y alumno volvieron a reunirse de manera informal junto a los raíles del AVE, en Atocha; en el restaurante Mora, del paseo del Prado; en la cafetería Nebraska, de la Gran Vía; en una salita de la Real Academia de la Historia, en la calle del León, después de ser admitido don Carlos como miembro de la prestigiosa institución, a finales de 2007; en el Salón General y en la Sala de Manuscritos, Raros y Varios de la Biblioteca Nacional, adonde siempre que acudía me parecía revivir el espíritu colombino de sabiduría y belleza; y, por supuesto, en su mítico despacho de la Facultad de Humanidades de la UNED, sito en el paseo de la Senda del Rey, junto al Puente de los Franceses.

En este último lugar acabé defendiendo primero el trabajo de investigación y, más tarde, la propia tesis doctoral aquel imborrable 23 de octubre, junto al gran profesor, los miembros del tribunal, algunos compañeros de trabajo y mi familia.

NO SOLO ME TRANSMITIÓ SABER

Quiero afirmar que todos aquellos años de investigación, lecturas, estrategias y encuentros los recuerdo con luz brillante, con focos encendidos, con un azul celeste y marino. Y los veo así en la lejanía, entre otras cosas, porque el director de la tesis doctoral fue Carlos Martínez Shaw, que, junto a su inmenso saber, destiló siempre conmigo una amabilidad, una simpatía, una cercanía, un saber estar realmente inconmensurables. De él aprendí contenido, capacidad de análisis, asociación de ideas, gramática, ortografía y el objetivo final del trabajo académico, el de ser publicado en beneficio último de la comunidad, es decir, del ciudadano de a pie deseoso de ilustrarse.

Hoy, todo aquel tiempo del doctorado y la tesis me parecen increíblemente lejanos, porque forman parte de una vida anterior a las grandes tormentas que azotaron mi vida entre 2013 y 2020. Y, sin embargo, aquel Camelot colombino lo mantengo fresco en mi memoria, ya que el fautor del mismo me hizo mejor persona.

Después de la estación Termini del inenarrable 23 de octubre, quedé con mi amigo varias veces más, con el objetivo de dar forma al libro que acabé publicando, basado en la tesis doctoral, aunque también para otros proyectos de investigación, así como para la presentación de un volumen sobre las relaciones comerciales entre España y América, del que él era coautor.

La última vez que comuniqué con el egregio sevillano fue a principios de 2024, para preguntarle su parecer acerca de unas, para mí, sorprendentes afirmaciones realizadas por dos historiadores de prestigio en un curso telemático, a lo que, como siempre, me respondió de forma clara, concisa y amena.

El historiador Carlos Martínez Shaw (El Norte de Castilla, 23-4-2017)

UNA ENORME GRATITUD

Cuando el próximo domingo 30 de noviembre se cumplan tres décadas de nuestro primer encuentro en aquella mítica cafetería de Recoletos, lo único que me vendrá a la mente de aquella velada primigenia no podrá ser más que el eterno agradecimiento de parte de un humilde exdoctorando, por el hecho de que durante varios años pasara por su vida una estrella de sabiduría y de humanidad. Gracias, don Carlos.
















 

martes, 11 de noviembre de 2025

CULTURA VS. EDUCACIÓN (MI ABUELO RAMÓN)

UN HOMBRE QUE SABÍA ESTAR

Mi abuelo Ramón (así le llamaba toda la familia, aunque su verdadero nombre de pila era Juan Ramón) fue un hombre, en consonancia con la época que le tocó vivir (nació en 1895), que tuvo una formación académica escasa, por no decir nula. Ello no fue óbice para que, según los testimonios que bebí de ti, mamá, a lo largo de varias décadas, siempre se comportara en privado y en público de forma prudente, juiciosa y educada.

En sus constantes andanzas entre Pedrezuela y Madrid, para contratar los productos que luego vendería en la pescadería sita en la planta baja de su vivienda; en sus visitas a familiares o amigos en la capital; en su vida social, en suma, nunca se le escapaba una palabra malsonante, una frase estridente, una expresión fuera de lugar. Si alguien le saludaba, él saludaba; si entraba en una casa, un local o una dependencia siempre se quitaba su eterna gorra, comprada, por supuesto, en Yustas, aquella tienda que aún hoy permanece varada en el tiempo en la Plaza Mayor; si alguien le hacía un pequeño o gran favor (dejarle entrar a deshora en un hospital para ver a un familiar ingresado, etc.), él siempre lo agradecía ofreciendo algún obsequio a la persona en cuestión; si hablaba con alguien, sabía escuchar; y nunca le gustaba entrar en polémicas estériles, ya fuera a cuenta de toros, política, religión u otras materias que comportaran disensiones.

Este mercader pedrezolano, este Marco Polo del siglo XX (una vez, le contaste, pajarillo, a Miguelín el sobrenombre que un buen día yo le adjudiqué a tu padre, y el primo se partió de risa) fue, en resumen, una persona con escasísimos fundamentos culturales que, sin embargo, demostró siempre durante toda su vida un gran respeto hacia los demás, una educación esmerada, un saber estar oceánico.

Desconozco si este carácter templado, prudente y educado de mi abuelo podría generalizarse entre los habitantes del microcosmos en el que vivió toda su existencia, aunque, por testimonios tuyos, pajarillo, y de otras fuentes directas, me consta que algunos de aquellos viejos valores y comportamientos se hallaban, ciertamente, asentados en la Pedrezuela de la época.

ME ACUERDO DE ÉL ENTRE TINIEBLAS

Me jode no haber conocido plenamente a mi abuelo Ramón. Cuando falleció, el 2 de septiembre de 1975, yo contaba siete años, y tan solo conservo algunas imborrables fotografías en blanco y negro, donde aparezco junto a él, a la abuela Evarista, a la bisabuela Dionisia y a ti, pajarillo, paseando por las polvorientas calles del pueblo eterno, así como posando en el pasillo empedrado exterior de la casa familiar y en la parte trasera de la misma, donde se alojaban las gallinas. Junto a esas imágenes, pululan por mi mente recuerdos brumosos y, por encima de todos, el de la mañana de su muerte, cuando, al despertarme en el frío dormitorio junto a la sala de estar de la casa familiar, me comunicaste la luctuosa noticia, ante la cual reaccioné con un grito desgarrador, cuyo eco aún escucho en la lejanía después de cincuenta años.

Y repito que me molesta no haber sabido más de él, no haber vivido más con él, por ser una persona que poseía unos valores que tanto aprecio y que tanto añoro en la vida del día a día. ¿Dónde quedaron aquellos comportamientos, aquella educación, aquel saber estar? Como diría el llorado gigante de las letras Mario Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió Perú?

Mi abuelo Ramón

A PESAR DE LO QUE SE DIGA, VIVIMOS MUCHO MEJOR QUE NUESTROS ANCESTROS

No seré yo quien cree del pasado una Arcadia feliz, un edén mítico, un paraíso perdido, una edad de oro primigenia. No va conmigo el famoso dicho de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". La nostalgia puede con todo, y parece que siempre estamos en el presente peor que en el recuerdo. Pero salvo por la salud o por la memoria de los familiares desaparecidos, seres insustituibles en nuestra vida cotidiana, casi siempre el ahora es mejor que el ayer; y para demostrarlo, ahí se encuentra el espectacular progreso de nuestro país en las últimas décadas; vamos, que vivimos de largo mucho mejor que nuestros padres y abuelos. Y hay 50.000 datos que lo atestiguan, comenzando por la esperanza de vida y terminando por la mejora incomensurable de la cultura entre la población.

MONTAÑAS DE CULTURA, DESIERTOS DE EDUCACIÓN

Contamos con Internet, las redes sociales, bibliotecas, galerías de arte, teatros, cines, exposiciones, conferencias, periódicos, revistas, emisoras de radio y de televisión, universidades, colegios mayores..., todo un mundo de conocimiento a la espera de ser utilizado. Y, sin embargo, me da la sensación de que cuanto más cultura tenemos menos educación demostramos.

No soy sociólogo ni pretendo serlo, pero una miríada de teselas del gran mosaico de la vida cotidiana me induce a la teoría proyectada. Tampoco voy a ponerme en plan catastrofista, y afirmar que todo es un puñetero desastre. Pero declaro que una parte sustancial de la sociedad actual ha perdido en gran medida los valores que caracterizaron a mi añorado abuelo.

LA ESCUCHA

¿Quién escucha hoy en día? ¿Quién presta oído a lo que dice el prójimo? Todo el mundo tiene mucho que decir, pero nada que escuchar. Bla, bla, bla, y cuando acabo mi perorata, desconecto.

EL AGRADECIMIENTO

¿Quién agradece hoy en día? Le haces un regalo a un compañero de trabajo, a un personaje púbico, a un supuesto amigo y, muchas veces, joder, casi ni te da las gracias. Atiendes a la ciudadanía en una oficina de la Administración pública y, muchas, muchas veces, después de haber dedicado a la persona en cuestión veinte o veinticinco minutos, y de conseguir resolver satisfactoriamente su gestión, se va el tío, y no te dice ni adiós. Por no mencionar a los actuales empoderados ancianos, decepcionantes réplicas de sus ancestros, que se presentan en las oficinas de atención al ciudadano con altivez y prepotencia, para exigir no se qué derechos, que no son más que disparatadas leyendas urbanas, no recogidas en ninguna parte. Por cierto, venerables mayores, algunos de los cuales no se quitan la visera que cubre su escaso cabello ni en la ducha.

LA "CEGUERA" Y LA MUDEZ

Luego se hallan los que miran, pero no ven. Multitud de personas que se tienen por muy serias y educadas en sus familias, pero que las saludas y, en unos casos, ni te miran, y en otros, lo hacen y piensan: ¿quién coño eres tú para que yo te diga hola? En el trabajo, en la comunidad de propietarios, en el aparcamiento de residentes, toda una serie de seres poco respetuosos evitan el contacto sonoro con el prójimo.

LA POLÉMICA

También nos encontramos con los polemistas de profesión. Una vez, hace ya muchos años, leí en una entrevista al gran crítico de cine Carlos Pumares que le preguntaban cuál era su verdadero oficio, a lo que el hombre, con bravo hígado, respondió que el de polemista. Bueno, pues ¿quién no conoce en su medio circundante a alguno de estos personajes? En unos casos, su especialidad favorita es el fútbol; en otros, la política; y en muchos, cualquier tema que uno saque. Da igual lo que tú expongas, lo que tú argumentes, que el polemista profesional siempre, siempre, siempre te lo rebatirá. ¿Que tú dices que dos y dos son cuatro? Pues él responderá que son cinco. ¿Que tú dices que son cinco? Pues él afirmará que cuatro. ¿Que tú dices que el sol sale por el este? Pues él ya argumentará, con sesudos razonamientos, que sale por el oeste. ¿Que le confirmas que sale por el oeste? Pues él contestará que por el este. Son incombustibles en la conversación directa, pero su fuerte son las redes sociales. Allí, en esos medios que se crearon para que la gente pudiera relacionarse de una manera armoniosa y respetuosa, el polemista alcanza su clímax, ya que sus pronunciamientos pueden llegar a cientos y miles de lectores. El caso no parece tener mucha solución, y hay quien te dice que es el signo de los tiempos.

EL SECTARISMO

Podría añadir, por último, la cuestión del sectarismo, una variante de la polémica, en la que sus representantes siempre consideran que los "suyos" son moralmente superiores a los "otros", y da igual lo que hagan de mal aquellos, que siempre lo harán peor los "otros". Trumpistas y sanchistas se llevan, hoy día, el gato al agua en estos temas.

Sepultura de mi abuelo Ramón, mi abuela Evarista y mi tío Ramón en el cementerio de Pedrezuela

VUELVO LOS OJOS HACIA MI ABUELO (Y HACIA LOS QUE ERAN COMO ÉL)

Después de escarbar someramente la tierra que nos puebla, y de contemplar algunos de los comportamientos y actitudes de muchos de los españoles de hoy en día, es lógico, pajarillo, que desee volver la vista hacia tu padre, aquel mercader marcopoliano del pasado siglo que, sin apenas cultura, derrochaba en el día a día toneladas de respeto hacia los demás, corrección y urbanidad.

Cuando en nuestra visita periódica al cementerio de Pedrezuela papá y yo abrimos la verja y accedemos a la casa de los difuntos, lo primero que oteo a mi izquierda, y en tercer lugar, es la tumba del tío Ramón, de la abuela Evarista y del abuelo Ramón. Desde que te fuiste, pajarillo, hemos tratado papá y yo de tenerla lo más adecentada y en orden posible. No estaría de más que, visto lo visto en el mundo actual de los vivos, llamara a Carlos, aquel marmolista que se encargó de la sepultura donde os alojáis Mari y tú (y que en un tiempo indeterminado se convertirá en mi eterna residencia), y le sugiriera que, junto al nombre de tu padre, añadiera una pequeña frase: "aquí yace un hombre educado y que siempre sabía estar".










EL INVIERNO DE LA VIDA EN LA REALIDAD PARALELA DEL IPR

EN UN PRINCIPIO FUE EL GREGORIO MARAÑÓN... Desde que en la heladora madrugada del domingo 17 de febrero de 1985, mi madre, llorando, y yo as...