viernes, 31 de octubre de 2025

LAS DESGRACIAS QUE, EN TORNO A 1500, DESVIARON A ESPAÑA DE SU EVOLUCIÓN POLÍTICA NATURAL

LOS REYES CATÓLICOS Y LA VERTEBRACIÓN NACIONAL

El pasado 19 de octubre se cumplieron 556 años del matrimonio de los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón), acaecido en el Palacio de los Vivero, en Valladolid. En esa fecha crucial no se creó España (a pesar del título del post, elegido con fines meramente didácticos), sino que tan solo hubo una unión dinástica entre las Coronas de Castilla y Aragón, que siguieron ostentando leyes, instituciones y monedas propias. Para la unificación de toda la península ibérica no portuguesa quedaba aún la conquista del último reducto musulmán (Reino de Granada), obtenida en 1492, y la anexión del Reino de Navarra a la Corona de Castilla en 1515, tras su conquista militar tres años antes. Y para considerar a España como un ente territorial unificado y cohesionado totalmente habría que esperar a los decretos de Nueva Planta, llevados a cabo por Felipe V entre 1707 y 1716. La vertebración definitiva de España, como la conocemos hoy día, proviene, pues, de 1716.

Haciendo abstracción de la tardía incorporación del reino navarro, los Reyes Católicos pusieron las bases de un formidable edificio político, como fue la denominada "Monarquía hispánica" que, a la muerte de Isabel I (1504), incluía la Corona de Castilla (con los diversos reinos peninsulares, las islas Canarias y las posesiones de las Indias occidentales) y la de Aragón (con los Reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y el Principado de Cataluña, más los Reinos de Sicilia, Nápoles y Cerdeña). A este sugerente conjunto de territorios (repito una vez más, unidos tan solo a nivel dinástico) se sumarían entre 1497 y 1510 una serie de plazas fuertes en el norte de África, conquistadas con el objetivo de contrarrestar los ataques berberiscos y los llevados a cabo por el gran Imperio otomano. Esos presidios incorporados a Castilla fueron Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Peñón de Vélez de la Gomera, Orán, Bugía, Trípoli y el Peñón de Argel.

Ese mosaico de entidades debería haber llevado a la recién nacida Monarquía hispánica a asentarse como una potencia europea de alto rango, pero cuya proyección debería haber sido única y exclusivamente atlántica y mediterránea, despreocupándose en cierta medida del tablero global que se jugaba en el centro de Europa entre Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio Romano Germánico. Esa fue precisamente la política llevada a cabo por los monarcas castellanos desde el primer tercio del siglo XV, y por los aragoneses desde el siglo XII. Y esa expansión es la que consolidaron los Reyes Católicos, continuada tras la muerte de la reina Isabel por las diversas regencias del cardenal Cisneros y del rey Fernando.

LA RIQUEZA DE CASTILLA Y ARAGÓN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI

A este aspecto cohesionador de la política se unía la riqueza que ambas coronas poseían, basada en las industrias de ciudades como Toledo, Segovia, Cuenca o Granada; las exportaciones que los diversos municipios manufactureros realizaban hacia Flandes e Inglaterra vía Bilbao; las ferias internacionales de comercio que se desarrollaban anualmente en Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón; el trasiego mercantil entre Barcelona, Valencia y el resto de puertos ubicados en el Mediterráneo, pertenecientes a la Corona aragonesa; la fuerza de la Mesta; y, por supuesto, el comercio indiano, centralizado en Sevilla desde 1503 con la creación de la Casa de Contratación.

Todo esto es sabido, pero es preciso recalcarlo una vez más para que quede claro que el futuro de la Monarquía hispánica, en torno a 1500, era más que prometedor. Y sin embargo, en 1497 comenzaron las tempestades...

EL PRÍNCIPE JUAN

Los hijos de los Reyes Católicos fueron cinco: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. A pesar de no ser el primogénito, el heredero al trono de la recién creada Monarquía hispánica fue el príncipe Juan, que se casó con la archiduquesa Margarita de Austria, con el fin de reforzar los lazos con el Imperio germánico. Pero dos meses después del enlace, el 4 de octubre de 1497, moría Juan, debido a la tuberculosis o a un exceso de esfuerzo sexual. A pesar de ello, la Monarquía contuvo la respiración, porque la esposa del príncipe se encontraba embarazada a la muerte de este, y el futuro vástago podía convertirse automáticamente en heredero. Vana esperanza, ya que meses después, Margarita perdería a su hijo, sin haber dado a luz.

Sepulcro del príncipe Juan. Monasterio de Santo Tomás (Avila) (Reyes González, "Por amor al arte", Facebook, 3-9-2017)

LA PRINCESA ISABEL 

Fallecido el príncipe Juan, la excelsa herencia de Isabel y Fernando pasó a la princesa Isabel, quien, por cierto, parece que nunca entendió por qué sus padres no la habían elegido como heredera después del nacimiento de su hermano Juan, no existiendo ninguna ley en Castilla que impidiera gobernar a una mujer. En todo caso, ella se casó en 1490 con el infante Alfonso, heredero al trono de Portugal, aunque el matrimonio duró tan solo ocho meses y diez días, ya que el 13 de julio de 1491 fallecía el joven príncipe a causa de una caída de caballo.

A pesar del deseo de la princesa recién enviudada de regresar a Castilla y entrar de monja en la orden de las clarisas, sus padres se negaron en redondo y buscaron un nuevo enlace con el nuevo heredero al trono portugúes, el príncipe Manuel. Finalmente, se impuso la voluntad regia, y la boda se celebró el 30 de septiembre de 1497, convirtiéndose Isabel en reina consorte de Portugal, debido a que su marido ya era rey. Noventa y seis horas después del enlace, moría el príncipe Juan, por lo que Isabel se transforma a su vez en heredera al trono de Castilla. Pero la parca continuaba de cerca las andanzas matrimoniales de la pareja, y diez meses después (23-8-1498), después de dar a luz a un niño llamado Miguel de la Paz, Isabel muere. Como en el caso del hijo nonato del príncipe Juan, las esperanzas de los Reyes Católicos se centran ahora en el niño Miguel, que podría haberse convertido en el unificador de la península ibérica ocho décadas antes de que dicha unión se produjera de la mano de Felipe II. Sin embargo, dos años menos un mes después de nacer, el niño murió, disolviéndose las posibilidades de la agrupación ibérica.

LA REINA JUANA  Y EL REY FELIPE 

El fallecimiento de Isabel y de su hijo Miguel tuvieron, a la larga, consecuencias muy trascendentes, y nada positivas, para el futuro de los territorios hispánicos. Y es que la siguiente heredera de la saga familiar fue la princesa Juana, que había sido ofrecida por sus padres en matrimonio al hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo y de la duquesa María de Borgoña, Felipe, apodado el Hermoso, con quien la hija de los Reyes Católicos se unió en nupcias el 20 de septiembre de 1496.

Juana fue una mujer muy fuerte a nivel físico (tuvo seis hijos y vivió setenta y cinco años), pero muy débil a nivel mental y emocional. Algunos historiadores han querido focalizar su desgraciada vida en las infidelidades de su esposo, en los enfrentamientos con su madre, en la pugna política entre su marido y su padre por el control de Castilla o en el largo encierro en Tordesillas. Sin embargo, parece claro, a la vista de documentos y testimonios de la época, que Juana fue una mujer incapaz de gobernar, debido fundamentalmente a su mala salud, a mitad de camino entre la depresión y la melancolía.

Eliminada Juana, por tanto, de la ecuación del poder (aunque nominalmente siguió siendo reina hasta su muerte, acaecida en 1555), apareció súbitamente su esposo, Felipe, que, tras diversos enfrentamientos con Fernando el Católico, fue proclamado rey iure uxoris (por el derecho de su mujer) de Castilla en julio de 1506 (aunque de facto lo era desde 1504), con el nombre de Felipe I. Sin embargo, en un nuevo giro dramático de los acontecimientos, tres meses después de su advenimiento al poder, el nuevo monarca falleció, debido a la peste o a beber agua helada tras disputar un partido de pelota a mano.

Doña Juana la Loca. Francisco Pradilla y Ortiz. 1877. Museo del Prado

EL CÉSAR CARLOS

Toda esta serie de calamidades personales, de desgracias familiares, de mala suerte en definitiva, dieron como resultado que, tras una complicada y larga regencia de Fernando el Católico primero, y del cardenal Cisneros después, hiciera su aparición estelar en la historia el segundo de los hijos de Juana y Felipe, Carlos, y la entronización de una dinastía extranjera en España tras la muerte de Fernando en enero de 1516.

LA DESMESURADA HERENCIA

¿Cuál fue el problema del advenimiento de uno de los mejores reyes que han tenido los territorios hispánicos a lo largo de su historia? Pues simple y llanamente que el bueno de Carlos venía cargado con una herencia excesiva a través de sus abuelos maternos (Castilla, Aragón y todas sus posesiones), pero especialmente paternos. Y es que a través de su abuelo, el emperador, se hizo cargo de Austria, Estiria, Carniola, Corintia, el Tirol y, por si fuera poco, tuvo la oportunidad de disputar la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, como así ocurrió en la elección imperial de 1519, en la que derrotó al favorito, Francisco I de Francia. Y por parte de su abuela María, el césar Carlos recibió el antiguo círculo de Borgoña, que reunía doce provincias, diseminadas entre las actuales Bélgica, Países Bajos y Francia.

¿FORTUNA O CALAMIDAD? CALAMIDAD

Cualquier observador neutral, cualquier hooligan del patriotismo español, cualquier analista poco avezado podría argumentar que fue una bendita fortuna esta superherencia; que ella puso los cimientos del Imperio español; y que ayudó a la hegemonía española sobre el continente europeo durante 150 años. Y yo, a ese observador neutral, a ese patriota de hojalata, a ese analista desnortado le respondería que aquel hinchado legado de territorios (fundamentalmente, el heredado de los abuelos paternos) fue una puñetera desgracia para los intereses nacionales de los territorios peninsulares hispánicos. ¿Por qué?

GUERRA, EMPOBRECIMIENTO Y MUERTE

Primero, la corona imperial. La supuesta gloria que para la Monarquía hispánica supuso el acceso de Carlos I a aquella tuvo como consecuencia inmediata la supeditación de los intereses de Castilla y de Aragón (especialmente, los primeros) a los asuntos centroeuropeos, con especial incidencia en dos frentes: las relaciones con Francia (país que se vio literalmente rodeado de estados controlados por el césar Carlos, experimentando una auténtica asfixia territorial), lo cual provocó varias guerras entre ambos países desde 1521 hasta 1559 (Paz de Cateau-Cambrésis); y los turbulentos conflictos de religión en Alemania, iniciados a raíz de la aparición de Lutero y su reforma protestante en 1517, y que asolaron el centro de Europa hasta 1555 (Paz de Augsburgo). 

Y segundo, los Países Bajos. Parte de los territorios que por vía de María de Borgoña llegaron a manos de Carlos I se rebelaron, por cuestiones político-religiosas, contra la Corona española en 1566, comenzando entonces una eterna y sangrienta disputa armada, que duró ocho décadas (la Guerra de los Ochenta Años), y que solo acabó en 1648 con la independencia de Holanda y del resto de provincias rebeldes. No es extraño que algunos historiadores hayan denominado a esta contienda el "Vietnam español".

Estas tres conflagraciones descritas desangraron económica y humanamente a los territorios peninsulares (especialmente, Castilla). Millones de ducados se gastaron durante años en unos conflictos completamente ajenos a nuestros intereses nacionales, siendo la más importante causa de las ocho bancarrotas que sufrió el erario español durante la dinastía Habsburgo: 1557, 1575, 1596, 1627, 1647, 1652, 1662 y 1666. Y decenas de miles de hombres jóvenes (y no tan jóvenes) sucumbieron en los campos de batalla del centro de Europa. Como ocurrió en la lamentable Guerra de Vietnam con un obrero de Detroit o un ganadero de Fort Worth, ¿qué coño le interesaba a un agricultor de Tierra de Campos, a un pañero de Toledo, a un mercader de Villalón o a un comerciante de Sevilla las rencillas dinásticas entre los Habsburgo y los Valois, las eternas disputas entre católicos y protestantes en Alemania o si unas cuantas miles de almas católicas se perdían en favor del calvinismo en las Provincias Unidas? En este aspecto, un procurador a Cortes durante el reinado de Felipe II resumió perfectamente la cuestión ante la costosísima guerra de Flandes cuando se justificaba desde el Gobierno central la contienda con fundamentos religiosos. El buen representante de su ciudad respondió que si los holandeses querían perderse para la causa católica, pues que se perdieran. Divino político.

¿Para qué sirvieron los cuantiosos impuestos locales y regios, cada vez más onerosos, que recaían sobre los campesinos, labradores y pequeños propietarios del conjunto de las coronas de Castilla y León? ¿Para qué sirvió el pujante comercio entre el centro y norte de Castilla con los Países Bajos e Inglaterra? ¿De qué sirvieron tantas toneladas de oro y, especialmente, de plata, extraídas de los territorios americanos?

Todas aquellas ganancias monetarias, toda aquella riqueza, toda aquella prosperidad económica que pudo ayudar al desarrollo y al progreso material de los territorios hispánicos peninsulares (como ocurrió, por ejemplo, con el asombroso caso de la diminuta Holanda), dilapidados, tirados, hechos sucumbir en contiendas lejanas, incomprensibles para el súbdito medio y bajo, ajenas, en todo caso, a nuestros intereses patrios.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD: LOS COMUNEROS

Frente al futuro incierto y espinoso que se cernía sobre Castilla con la llegada de Carlos I, su dinastía extranjera, sus ambiciosos consejeros y su onerosa herencia reaccionaron vivamente muchas ciudades, canalizándose el descontento a través del movimiento de las Comunidades de Castilla (1520-1521). Este trató, dentro del conjunto de sus complejas reivindicaciones, que la política internacional de los territorios peninsulares girara en torno a la llevada a cabo por los Reyes Católicos, es decir, atlantista y mediterránea. La sublunar derrota en Villalar (23 de abril de 1521) acabó definitivamente con esa pretensión.

SI NO HUBIERA OCURRIDO AQUEL ROSARIO DE MUERTES...

La herencia paterna de Carlos I supuso una carga descomunal, que lastró enormemente nuestro desarrollo económico y nuestro bienestar material durante 200 años. Eso no contradice el hecho de que Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, a los que he admirado siempre enormemente, fueran unos buenos reyes, que gestionaron de la mejor manera posible los territorios que les legaron sus ancestros. Pero está claro que Castilla y Aragón (especialmente, Castilla) hubieran tenido un futuro esplendoroso de no mediar una serie de inopinadas desgracias en el entorno del año 1500. La fortuna, como tantas veces, se inmiscuyó en la historia y, en este caso, para mal.










jueves, 16 de octubre de 2025

LOS "MD" Y OTROS HOMBRES INVISIBLES DE MADRID

Y escribo el término "hombres" a conciencia, no en su sentido genérico, sino en el estricto, es decir, el del conjunto de personas pertenecientes al sexo masculino, ya que solo el 15 % de los protagonistas de este nuevo post son mujeres. Como diría Jesucristo en el Evangelio de san Marcos, "el que tengo oídos para oír, que escuche y entienda".

Como hormigas, de agujero (tienda) en agujero (domicilio). Empiezan su jornada a las ocho de la mañana, y algunos la estiran hasta las once de la noche, cuando llegan a sus hogares. Pedalean infatigablemente por las calles de nuestras ciudades, con sus cascos y sus características y voluminosas mochilas amarillas, verdes o naranjas. Forman parte del paisaje urbano desde hace algunos años, como las marquesinas, como los árboles, como los semáforos. Los miramos todos los días, pero no los vemos. Son los raiders, los repartidores de productos a domicilio (especialmente, comida) a través de plataformas digitales. Y son los nuevos precarios entre los precarios.

Sentado este verano en una terraza de la plaza de Santa Bárbara, haciendo cola el otro día a la entrada del Vips del Centro Comercial Las Rosas, paseando por las calles de Moratalaz... uno se los encuentra en todas partes: unas veces, conduciendo sus caballos de acero; otras, esperando a que les suministren los productos; y en ocasiones, formando grupos de colegas junto a los establecimientos de marras.

En sus cabalgadas diurnas y aun nocturnas por el asfalto urbano, estos sufridores de la ruta nos suministran los apetecibles sándwiches de Vips, las deliciosas hamburguesas y patatas gajo de Burger King, las excelentes pizzas de Pizza Hut, los encomiables fingers de pollo de KFC, los apetitosos burritos y tacos de los restaurantes mexicanos, los sabrosos kebabs de los bares turcos... Todo un universo gastronómico, parte de él quizá no muy saludable (aunque cada uno hace con su cuerpo lo que le da la real gana), que llega a nuestros hogares a la hora de comer, a la de merendar, en el cumpleaños de la tía Hermelinda o cuando delante de nuestro televisor vemos salir a los jugadores del Real Madrid y del Barcelona en el Clásico de todos los años. Da igual que haya sol, luna, lluvia, nieve, niebla, viento; el raider siempre cumple, llega a casa a punto para cualquier celebración, deja el pedido y sale pitando para entregar el siguiente, mientras nosotros nos quedamos saboreando los suculentos manjares.

Alguno habrá español, no digo yo que no, pero la inmensa mayoría de estos trabajadores sobre ruedas son sudamericanos, africanos y asiáticos. Dentro de estos últimos, destacan con luz propia los ciudadanos originarios de Bangladesh, con su inconfundible tez oscura, su sonrisa inherente y, en muchos casos, con la partícula "MD" que antecede a su nombre de pila, colocada en honor del profeta Muhammad, es decir, Mahoma.

Después de diez o doce horas de trasiego sin cuento por nuestras calles, plazas y avenidas, regateando coches, motos y autobuses, jugándose literalmente la vida por una carrera más (en abril del año pasado, un repartidor venezolano de veintinueve años, que no llevaba ni un año en Madrid, murió atropellado de madrugada por un taxi en la avenida de la Ciudad de Barcelona), muchos de estos seres cuasiinvisibles para el gran público logran unos ingresos de entre 600 y 800 euros al mes, y lo que es peor, en gran parte de los casos, sin protección social. Y es que, a pesar de que la Ley rider, que entró en vigor en agosto de 2021, exigía que todos estos trabajadores fueran contratados como asalariados (con todos sus derechos laborales) y no como falsos autónomos (como hasta ese momento había ocurrido), el caso es que cuatro años después de ser publicada en el BOE, la norma no ha conseguido erradicar ni muchísimo menos las abusivas prácticas de empresas como Glovo, Uber, Easy Eat, Amazon, etc. 

Repartidor de Uber Eats (La Vanguardia, 12-9-22)

En la actualidad, una gran parte de estos trabajadores en la sombra (pero que extienden su jornada de sol a sol) siguen siendo irregulares, sin tarjeta de residencia que les permita trabajar legalmente, y obligados por las circunstancias económicas a buscar el alquiler o la venta de cuentas de las citadas empresas por parte de antiguos repartidores con la documentación en regla. Habrá quien diga que al ser irregulares, estas personas no deberían haber entrado en nuestro país para trabajar, y que lo que les pasa es la consecuencia forzosa de su situación legal. Yo lo miro desde otro prisma: 1) para prosperar en la vida, las personas hacen lo que pueden; 2) su oficio no es delincuencial; y 3) el hecho de estar en una situación ilegal no justifica que estos seres humanos sean maltratados por desaprensivos ciudadanos, avariciosos empresarios e indolentes gobiernos.

Como ciudadanos de bien, esperemos y deseemos que la normativa legal vaya calando lentamente en este opaco mundo de explotación laboral, que se desarrolla cotidianamente ante nuestra inexpresiva mirada. Y la próxima vez que contemplemos a estos trabajadores en sus eternas bicicletas, acelerando para conseguir un reparto más, adelantando vehículos y esquivando autobuses, pensemos que no es necesario irnos a miles de kilómetros en busca de historias humanas injustas e infortunadas, porque estas las vemos diariamente delante de nuestros ojos.









miércoles, 24 de septiembre de 2025

3653 DÍAS DESPUÉS

Hola, Mari. Te escribo desde la vida, esa extraña existencia que transito, a mi pesar, desde hace demasiados años, y de la que fuiste expulsada, a tu pesar, por fuerzas oscuras (algunos las denominan luminosas) hace casi ya una década.

Te observo, te atisbo, te oteo diariamente en el salón, en mi escritorio, en la habitación de mamá, en la tuya, a través de esas imágenes que me permiten mantenerte congelada en el tiempo con tu sonrisa eterna, con tus ganas de vivir, con tu resistencia ante la adversidad, con tu bondad, con tu amor hacia mamá, hacia papá y hacia mí. Y muchas, muchas veces (y te lo digo con total honestidad), cuando te veo en esas estampas del pasado; cuando pienso en aquellos inacabables veintinueve años de calamidades sin cuento; cuando rememoro aquellos últimos treinta y dos meses de deterioro físico; cuando pasan por mi mente aquellos recuerdos tan dolorosos; entonces, pregunto a la diosa Fortuna, al destino, a la Naturaleza, a Dios, al Demonio, a Yahvé, a Alá, a Buda, a Visnú, al sursuncorda, a su puta madre en definitiva, por qué tú pasaste por lo que pasaste, por qué atravesaste el desierto que atravesaste, por qué sufriste lo que sufriste, por qué, en resumen, estás al otro lado del espejo y yo, aún, me hallo en la cara visible de la Luna.

Y lo que te manifiesto en estas líneas no es solo una queja ante las Alturas y las Bajuras; no es solo un recurso al pataleo ante una situación ya inamovible; es, sobre todo y por encima de todo, un postrero lamento ante una ucronía, ante una realidad alternativa, ante un "lo que pudo ser y no fue". Porque si esa tarde de otoño de 1986, cuando volvías del instituto en compañía de tus amigas, no hubieras sentido la primera punzada de la innombrable enfermedad; si hubieras regresado a casa sana y salva; y en cambio, hubiera sido yo, al retornar aquel día de la universidad, el que hubiera notado el comienzo del paseo nocturno por el inframundo de los antiguos egipcios, descrito en el Libro de los muertos; si yo, pues, hubiera sido el "elegido" para el tortuoso ascenso a la montaña del dolor, y tú te hubieras convertido en un trasunto mío; entonces, no solo hubieras tenido un mejor passer por este valle de lágrimas, sino que tu vida, en comparación con la mía, hubiera merecido mucho más la pena.

Aún mantengo frescos en la retina algunos fogonazos de tu oceánica y procelosa existencia, que me hacen pensar en la ucronía, en la realidad alternativa que pudo desarrollarse si las circunstancias hubieran sido distintas: aquellas fiestas patronales de Pedrezuela en 1992, en las que te integraste en la peña El Mogollón Subversivo, con aquella camiseta roja tan bonita, y en las que disfrutaste tanto; aquella oposición al Ayuntamiento de Madrid en 1995, malograda en el segundo examen por aquella cruel circunstancia; aquellas cartas de varias empresas que, al comienzo de la carrera de Matemáticas y en vista de tus impresionantes notas académicas, te ofrecían diversas salidas profesionales al final del mundo universitario; aquellos escarceos sentimentales con el gran Álvaro; aquella bella amistad con el bueno de Tomás, el objetor eterno. 

Aquellos increíbles viajes con la Asociación de Esclerosis Múltiple de Madrid a Tenerife (el Gran Salto del 99, como lo denominé yo), a PortAventura (donde, según tus amigas, no parabas de subirte a las distintas atracciones), a Granada, a Córdoba, al valle de Arán..., todos ya con la silla de ruedas, y en los que te negaste rotundamente a que te acompañaran papá y mamá porque no ibas a disfrutar lo mismo...; aquellos regresos de la Asociación, a las 18:15 (siempre recuerdo aquella hora en el reloj del salón), con la sonrisa en la cara y con tantas ganas de contarnos las historias acaecidas durante la mañana; aquellas indescriptibles fiestas de Carnaval y de Halloween en la Asociación, de las que venías siempre contentísima; aquella inverosímil reanudación de tu querida carrera de Matemáticas en la UNED; aquella asignatura maldita que te faltó para concluir el periplo universitario, cuando ya casi no podías redactar y cuando ya nada esperabas de un futuro profesional; aquella escritura cada vez más distorsionada; en fin, aquel escribir con la boca antes de las tormentas de finales del 12...

¿Adonde trato de llegar con estas remotas evocaciones, que parece que nunca existieron? ¿Qué trato de demostrar con estas desgarradoras páginas del pasado? Pues simple y llanamente, que si fuiste capaz de vivir estas deslumbrantes realidades narradas con todos lo elementos en contra, no hace falta ser un lince para imaginar dónde hubieras llegado de no mediar el cruel destino.

Pero como en aquella fatídica última curva de la caravana presidencial en Dallas; como en aquella marcha atrás del vehículo del archiduque Francisco Fernando en la maldita esquina de Sarajevo; como en la llegada, ya casi fuera del tiempo, del mariscal Von Blücher a la ladera de Waterloo; al final, ninguna realidad se puede cambiar, y JFK y el heredero al trono imperial fueron asesinados; Napoléon perdió, finalmente, su baraka; y desde aquella aparentemente anodina tarde de finales del 86, tu destino quedó marcado en las estrellas.

Y cuando el próximo miércoles 1 de octubre, a las 17:30, se cumplan 3653 jornadas desde que se ocultó el sol a tu vista, dos únicos pensamientos taladrarán mi memoria: el primero, que te echo de menos muchísimo, cada día quizá más; y el segundo, que no llegaré nunca ni a la suela de tus zapatos en lo que a hacer frente al destino y a aprovechar este breve ínterin, que es la vida, se refiere. Hasta otra, y un beso gigantesco adonde te encuentres.










sábado, 21 de junio de 2025

WATERLOO, EL OCASO DEL HOMBRE QUE ARRUINÓ ESPAÑA

EL EMBRUJO DE NAPOLEÓN

Sí, he de reconocerlo. Yo también, durante años, sufrí el influjo de la alargada sombra de Napoleón Bonaparte (1769-1821), aquel corso que llegó a dominar media Europa. Sin ir más lejos, cuando visité por primera vez París, en mayo de 1991, uno de los hitos del periplo fue la tumba del militar y político francés, sita en el complejo arquitectónico de los Inválidos, actualmente sede del Museo del Ejército del país del Hexágono. Igualmente, en aquel mismo viaje adquirí un pequeño busto de Le Petit Caporal (el Pequeño cabo), uno de los apodos con que se le conocía en la época, figura que aún conservo en una vitrina de mi casa.

Pero, por supuesto, mi admiración por Napoleón no se quedaba en estos anecdóticos hechos descritos, sino que tenía que ver con algunos de los hechos históricos relacionados con su vida como militar y político. Sobre su primera faceta, ha sido siempre considerado como uno de los mejores estrategas de la historia, al nivel de Alejandro Magno y Julio César. Su habilitad e innovación en el arte de la guerra le llevó a vencer en sesenta batallas y a perder en tan solo siete.

Sin embargo, el embrujo que me cautivó de él durante años (al igual que a millones de personas) se centró fundamentalmente en sus acciones políticas, primero como cónsul, luego como cónsul vitalicio y, sobre todo, como emperador. Y es que, como hijo adelantado de la Revolución francesa, introdujo todas un serie de reformas liberales, que pretendían consolidar la herencia revolucionaria: la creación del código civil en 1804, que establecía la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; la eliminación de numerosos privilegios feudales; la libertad religiosa en Francia y la tolerancia religiosa en los territorios ocupados; el fomento de la educación pública y laica, estableciendo la universidad como una institución estatal; la reorganización de la administración estatal, etc, etc, etc.

¿Quién, en su sano juicio, no iba a ser un entusiasta seguidor de este hombre, de baja estatura, pero de grandes ideales?

LA FACETA OSCURA DEL JACOBINO

No obstante, ese mismo Napoleón poseía una Cara B, que durante mucho tiempo no se contó, no se contó debidamente o no se quiso tener en cuenta sin más. En mi caso particular, solo el tiempo, el estudio, las lecturas, el conocimiento en suma, me fueron sacando lentamente del empíreo de la leyenda rosa del gran general.

EL GOLPE DE ESTADO

Para empezar, Napoleón llegó al poder mediante un golpe de Estado, aunque incruento, el 9 de noviembre de 1799, conocido como el 18 de brumario, que acabó con el Directorio gobernante, marcando el inicio del Consulado, que muchos historiadores consideran el final de la Revolución francesa, comenzada diez años antes, del que fue nombrado primer cónsul.

Comenzaba, así pues, una dictadura civil, que se consolidó en 1802, cuando fue nombrado cónsul vitalicio del nuevo gobierno, cargo que le otorgaba el poder absoluto sobre Francia, y sobre todo, en 1804, cuando fue entronizado como emperador de los franceses. De esta manera, todos los logros socioeconómicos que se le atribuyen son llevados a cabo mediante el despotismo ilustrado: "todo por el pueblo, pero sin el pueblo".

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

En segundo lugar, aunque es rigurosamente cierto que Francia no comenzó la mayoría de las denominadas guerras napoleónicas, que enfrentaron a la nación del Hexágono contra una serie fluctuante de coaliciones europeas, y que asolaron el Continente entre 1803 y 1815, la realidad es que Napoleón Bonaparte se halló en el centro de esta vorágine de horror, que causó entre cinco y siete millones de muertos.

APROVECHANDO QUE MARCHABA HACIA LISBOA...

En tercer término, la ambición desmedida del Pequeño cabo hizo que, habiendo conseguido el control de buena parte de Europa occidental y central hacia el verano de 1807, se aventurase a conquistar también Portugal al año siguiente, al no respetar esta el bloqueo continental que Francia había decretado contra Inglaterra. Y entonces, en ese instante supremo, es cuando aparecemos nosotros, los españoles, en liza, que ya habíamos sufrido la destrucción de nuestra gran armada, coaligada con la francesa, tres años antes en la batalla de Trafalgar.

POLÍTICOS ESPAÑOLES DESPRECIABLES

Y digo que aparecemos en el mapa político de la época, no porque nosotros quisiéramos, sino porque el déspota francés, aprovechando el paso que nuestros gobernantes del momento (el rey Carlos IV y su primer ministro, Manuel Godoy) le habían brindado en su avance hacia Portugal, y las intrigas palaciegas, que enfrentaron al rey español con su hijo, Fernando VII, beneficiándose de estas peculiares circunstancias repito, Napoleón decidió añadir a sus ya vastas conquistas también la de España.

ALGUNOS MADRILEÑOS SE REBELAN

El levantamiento popular en Madrid el 2 de mayo de 1808, llevado a cabo tan solo por un puñado de patriotas de extracción humilde y unos pocos militares de rango medio, y que costó la vida a 409 de ellos, encendió la mecha que prendió en todo el territorio nacional contra el invasor francés.

ESPAÑA, ASOLADA Y HUMILLADA

La Guerra de la Independencia que siguió a esta heroica sublevación duró seis largos años, y vino a ser el compendio de todos los horrores imaginables, y que tan sabiamente supo captar el pintor Francisco de Goya en su serie de ochenta y dos grabados Los desastres de la guerra. La cifra de muertos en el conflicto se estima en 500.000, de los que 300.000 fueron españoles, esto es, el 3 % de la población de nuestro país (en términos actuales, con nuestra población de 2025, equivaldría a 1.470.000 muertos, que se dice pronto). A los fallecidos por acciones derivadas directamente de la guerra hay que sumar las víctimas a causa de epidemias de tifus, cólera o disentería, así como por la escasez de alimentos como consecuencia de las requisas militares.

Luego está la destrucción material que se extendió por todo el país: campos devastados, que llevaron a problemas de abastecimiento y hambrunas; carreteras dañadas; puentes y canales destruidos; y, sobre todo, ciudades bombardeadas, entre las que destacaron con luz propia Zaragoza, en cuyo terrible asedio (1808-1809) murieron 52.000 españoles, y Gerona, que tras siete meses de cerco vio sucumbir a más de 5.000 de nuestros compatriotas. Como tercer botón de muestra, que no último, diremos que Madrid sufrió gravísimos daños durante los años de la ocupación napoléonica (1808-1813), quedando el palacio y los jardines del Buen Retiro casi totalmente destruidos, cientos de edificios dañados y multitud de calles demolidas.

Por último, nos encontramos con el expolio artístico. Los acólitos del emperador de los franceses, durante la ocupación, saquearon y destruyeron iglesias, monasterios, archivos y edificios históricos, robando obras de arte y documentos valiosos, que se llevaron a su país.

En conjunto, la pérdida de vidas humanas, el desplazamiento de poblaciones enteras y la destrucción material que provocó la aventura española de Napoleón Bonaparte tuvo consecuencias devastadoras en nuestra economía y sociedad, lastrando el desarrollo del país durante décadas.

Y no hai remedio, por Francisco de Goya

EL MISMO ERROR 129 AÑOS ANTES

La faceta oscura del déspota ilustrado francés se acabó de ver cuatro años después de la invasión de la península ibérica, cuando en junio de 1812 decidió asaltar el Imperio ruso, que había tenido la osadía de comerciar con Inglaterra, descabalando el bloqueo continental al que tenía sometido Napoleón a las islas británicas. Al igual que pasaría 129 años después con Adolf Hitler, a Napoléon no le bastaba controlar la mayor parte de Europa occidental y central, y quiso anexionarse la inmensa Rusia. La jugada le salió fatal. Su Grande Armée, compuesta por 600.000 soldados, penetró hasta Moscú, pero la táctica de tierra quemada ordenada por el zar Alejandro I, la llegada del general invierno y la resistencia del ejército ruso obligaron a la retirada de las tropas napoleónicas, que cuando regresaron a Francia contaban apenas con 50.000 efectivos.

LA PRIMERA ABDICACIÓN

Las estrepitosas derrotas en las campañas de España y Rusia hicieron sucumbir el poder del Pequeño cabo, y tras la invasión de Francia por parte de una coalición europea, encabezada por Inglaterra y Rusia, Napoléon Bonaparte se vio obligado a abdicar el 11 de abril de 1814, y a exiliarse a la isla mediterránea de Elba. Sin embargo, once meses después, aprovechando el malestar político provocado por la Restauración borbónica de Luis XVIII, el militar y político corso desembarcó en el sur de Francia, reclutó un ejército de simpatizantes y se hizo nuevamente con el poder, iniciando su segundo reinado, conocido como los Cien Días. Ante ese nuevo resurgir del déspota ilustrado, otra coalición europea, formada por ingleses, holandeses y prusianos, se formó enseguida para hacerle frente.

LA LEGENDARIA BATALLA

Este pasado 18 de junio se cumplieron 210 años del espectacular choque entre los dos ejércitos en las proximidades de Waterloo, una localidad belga a veinte kilómetros al sur de Bruselas. Desde que tengo uso de razón me ha apasionado esta batalla decisiva en la historia de Europa. Los 200.000 soldados que participaron en la misma; las 50.000 vidas que sucumbieron en aquel enfrentamiento; el triunfo inicial de Napoleón frente a ingleses y holandeses; la victoria que el corso tuvo en la mano; la llegada in extremis del ejército prusiano; y la derrota final y total del emperador francés; todo ello ha formado parte de mis pasiones más encendidas desde que era niño.

Creo que la razón esencial de ese interés máximo por aquella jornada histórica se basó siempre en que durante aproximadamente doce horas el destino de Europa estuvo en vilo y, sobre todo, en que la batalla representó el ocaso de un personaje multifacético y complejo, que durante años representó para mí la luz, pero que desde hace mucho tiempo simboliza la destrucción caprichosa de mi país y el consecuente retraso histórico que para España supuso su vergonzosa invasión.

La batalla de Waterloo, por William Sadler II

ARREPENTIMIENTO TARDÍO

Cuatro días después de la batalla, el general otrora victorioso tuvo que abdicar por segunda vez, esta de manera definitiva, y fue obligado a exiliarse a la isla de Santa Elena, ubicada en el Atlántico sur, a 1800 kilómetros de distancia de la costa occidental de Angola. Allí, en aquel minúsculo y remoto lugar de África, Napoléon Bonaparte vivió sus últimos años, hasta su muerte, el 5 de mayo de 1821. Tenía cincuenta y un años. Cuentan que en sus Memorias, escritas durante su cautiverio, afirmó que el más grande error de su vida militar fue la invasión de España. Como diría el refranero castellano: "A buenas horas, mangas verdes".


PD: ESTE BLOG CONTINUARÁ A MEDIADOS DE SEPTIEMBRE (si el demonio o Dios lo permiten)

Buen verano a todos










martes, 3 de junio de 2025

¿EXISTE LA SUERTE? PREGUNTEN EN GITEGA

 "Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte; asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control" (Match Point, Introducción, Woody Allen, 2005).

LA SUERTE CON MAYÚSCULAS

Cuando hablo de la suerte con mayúsculas, no me refiero a que una persona acierte la Bonoloto; a que un equipo de fútbol gane la Final de la Liga de Campeones con un gol en el último suspiro del partido; o a que alguien quede, en una oposición a la Administración Pública, en el número 100 cuando se ofertaban 100 plazas. No. Cuando yo utilizo el término "Suerte" aludo a las dos situaciones que, desde mi punto de vista, condicionan definitivamente a una persona durante su tránsito por la vida material: el lugar de nacimiento y las grandes enfermedades. Hoy solo me ocuparé de la primera de ellas.

HITOS DEL PRIMER MUNDO

El extraordinario progreso científico y tecnológico que el mundo occidental (en el que incluyo, por supuesto, a España) ha logrado durante los últimos ochenta años nos ha hecho perder, a los afortunados que vivimos en esos países, algunas perspectivas esenciales. Acontecimientos como el descubrimiento de la estructura de la doble hélice de ADN (1953); el primer descenso de un ser humano al abismo Challenger, sito en la fosa de las Marianas (1960); la llegada del hombre a la Luna (1969); la aparición del teléfono móvil (1973); la creación de Internet (1983); o la salida del Sistema Solar por parte de la sonda espacial Voyager 1 (2012), han hecho pensar a una parte significativa de la población occidental que todo, absolutamente todo en la vida, depende de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia y nuestra capacidad organizativa.

CASUALIDAD Y CAUSALIDAD

En este sentido, las palabras "azar", "suerte", "fortuna", "casualidad", "tyche" o "baraka" han sido progresiva, pero implacablemente, arrinconadas en el desván de la historia. Cuando la superestructura formada por los medios de comunicación, la educación y la cultura ha ido imponiendo durante décadas que todas las facetas de nuestra vida se hayan tan solo subordinadas a nuestras decisiones personales llega un momento en el que uno piensa que aquí no existe la casualidad, sino tan solo la causalidad. Vamos, que todo acontecer humano depende de nosotros mismos, que somos dueños absolutos de nuestra existencia, y que marcamos indefectiblemente nuestro futuro.

Calles de Gitega (www.adonde-y-cuando.es)

DEL EMPÍREO AL INFIERNO

Es muy fácil asumir estos postulados, estar de acuerdo con estas afirmaciones, cuando habitamos un país que se encuentra situado en el puesto número 15 en el ranking mundial del Producto Interior Bruto (PIB) nominal; en el 35 en el ranking  del PIB per cápita; en el 28 en el ranking del Índice de Desarrollo Humano (IDH), que tiene en cuenta la salud, la educación, los ingresos y las condiciones de vida de un país para ofrecer una medida del desarrollo humano; que supera el 98 % de tasa de alfabetización; o que tiene una esperanza de vida de 83,77 años.

¿Pero qué pensaríamos si hubiésemos nacido en Gitega? Esta ciudad, de 27 kilómetros cuadrados y 132.367 habitantes, es la capital de Burundi, país que la mayor parte de los estudios consultados consideran el más pobre de la Tierra. Todos los datos de esta nación centroafricana son aterradores: está situada en el puesto 164 en la clasificación del PIB mundial nominal (de un total de 192 países); en el 182 en la clasificación del PIB mundial per cápita (de 182); en el puesto 187 del IDH (de un total de 193); posee una tasa de alfabetización de 69,44 %; y una esperanza de vida de 63,8 años (no llega ni a la edad de nuestra jubilación).

Si hubiéramos venido a la vida en Gitega, donde casi todas las calles están sin asfaltar, y cuya área metropolitana en concreto se halla a la cola de todo el planeta en datos socioeconómicos, ¿qué idearíamos sobre nuestro futuro personal? ¿qué imaginaríamos del control sobre nuestra vida? ¿qué cavilaríamos sobre que solo nuestras decisiones personales marcan el rumbo de nuestra existencia? ¿qué creeríamos sobre la casualidad, el azar o la fortuna? ¿nos preguntaríamos todos los días de nuestra vida por qué he tenido que nacer aquí o qué he hecho yo para merecer esto?

AL ESTE DEL EDÉN

En el libro del Génesis, que abre la Biblia, se narra que después de desobedecer a Dios al comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva fueron expulsados del huerto del edén hacia el este, instalándose en esa salida varios querubines y una espada encendida que giraba en todas las direcciones para guardar el camino de entrada al paraíso. Desde entonces, vivir al este del edén es sinónimo de habitar un mundo caído, derrumbado, ruinoso.

No voy a disertar aquí sobre las causas (variadas y complejas) que han conducido a que Burundi, al igual que otras naciones centroafricanas (República Centroafricana, Sudán del Sur, Somalia, Mozambique o República Democrática del Congo) han llegado a ser arrojadas al este del edén de la historia, pero la realidad es que habitan ese triste y lóbrego lugar.

Adán y Eva, expulsado del paraíso (www.alamy.com)

Un día, cuando yo era pequeño, mi padre me lo comentó dentro de una conversación más larga, pero el ahora viejo tenía más razón que un santo. Los habitantes del primer mundo (entre los que nos encontramos los españoles) solemos olvidar el pequeño y, en apariencia, intrascendente detalle de que vivimos en nuestros desarrollados países tan solo gracias a la nimia y, supuestamente, poco significativa circunstancia de que hemos nacido en estas naciones. ¿Y qué hemos hecho nosotros para ello? Nada, solo contar con la puñetera fortuna, el puñetero azar y la puñetera suerte?

Y gracias, en gran medida, a esa baraka, a esa tyche, a esa casualidad, hemos podido iniciar nuestro trasiego en este mundo por las grandes avenidas de la vida, por las grandes autopistas de la existencia. Sí, ya sé que luego, después de este hito aparentemente banal, nuestro esfuerzo, nuestra diligencia, nuestra constancia pueden conducirnos a estadios superiores de progreso material y espiritual; eso sí, siempre que no se cruce en nuestro camino el otro gran heraldo de la fortuna, que es la enfermedad hors catégorie. Sin embargo, sin ese bingo primigenio descomunal, oceánico; sin ese premio de nacer en un país del primer mundo, gran parte de la vida queda tristemente mediatizada, distorsionada.

Por ello, cuando la próxima vez cualquier español hable de que en este breve ínterin, que es la vida, no existe la suerte y la casualidad, sino solo el esfuerzo y la causalidad, acordémonos de que a 8092 kilómetros hacia el sur existe una nación cuyos naturales nada hicieron por merecer el triste destino de caer en el lado equivocado de la historia.










martes, 20 de mayo de 2025

TARDES DE SOLEDAD, VIOLENCIA Y ANACRONISMO

LOS ANIMALES, A TRAVÉS DEL TIEMPO

No me considero, ni nunca me he considerado, un conservacionista, un animalista o un acérrimo defensor de los derechos de los animales. Durante gran parte de mi vida nuestros primos irracionales no me supusieron, en el mejor de los casos, más que una anécdota, y en el peor, un miedo exacerbado, especialmente en el caso de los perros a partir de un intrascendente suceso acaecido en mi más tierna niñez.

Con el paso del tiempo, los animales fueron penetrando en mi existencia a través de dos vías. La primera, mediante la confección de mi tesis doctoral, que trataba sobre las respuestas religiosas que los españoles de la decimoséptima centuria llevaron a cabo frente a las plagas del campo, entre las cuales se incluían insectos, mamíferos y aves, capitaneadas todas ellas por la todopoderosa y dañina langosta.

La segunda vía fue por la contemplación, en vivo o en documentales, de seres, a mi juicio, fascinantes, como las gaviotas (sensación de libertad y de suspensión en el aire), las tortugas (invitación a la lentitud y a la tranquilidad, tan alejadas ambas de la vida actual en Occidente) y (¡qué sorprendente ironía!) los perros, que observados con mis actuales sentidos ofrecen tantas virtudes, como la fidelidad, el juego continuo, el instinto más primario o la inestimable compañía a quienes los poseen. Otros animales que siempre llamaron mi atención fueron la iguana (por su rareza), la oveja (por su inocencia), el búho (por su capacidad de observación), el delfín (por su inteligencia), el pingüino (por su torpeza al andar en tierra firme) o el gorrión (el máximo exponente de "mi pajarillo").

NO A LA IRRACIONALIDAD, NO AL MALTRATO

Esta nueva consideración hacia estos seres nunca me hizo caer, sin embargo, en la tentación de confundir admiración y asombro con amor irracional. Y es que cuando veo a ciertas personas manifestarse contra la venta de pieles; cuando oigo determinadas concentraciones para despedir a una piara de cerdos que es llevada en camiones a mataderos para su sacrificio; cuando siento que algunos seres racionales se comportan mejor con los irracionales que con sus propios familiares o amigos; cuando contemplo todo esto, me dan ganas de salir corriendo.

Pero estas situaciones descritas son una cosa, y otras muy distintas, el maltrato animal. Aquí no valen ambigüedades. Que alguien arroje una cabra por un campanario, juegue al fútbol con una gallina o abandone a su suerte a varios caballos en una finca o a un perro en una carretera, no es que me parezca un delito (que lo es), sino que me parece un rasgo de depravación humana. Y aquí, en este instante, llegamos a la sempiterna polémica sobre la tauromaquia o "el arte de lidiar toros", como la define la RAE.

EN SALDAÑA EMPEZÓ TODO

Esta actividad, cuyo primer referente en España lo encontramos en el año 1128, durante la celebración de la boda de Alfonso VII de Castilla y Berenguela de Barcelona, que tuvo lugar en la localidad palentina de Saldaña, se consolida, en su forma moderna de toreo a pie, en plazas cerradas y circulares, con tendidos y ruedos, a partir del siglo XVIII.

AQUELLAS FIESTAS DEL 95

He de reconocer que nunca me llamaron la atención las corridas de toros. De niño acompañé a mis padres a algunas (muy pocas), y de joven asistí a unas cuantas en las fiestas patronales del pueblo de mis ancestros. Nunca me dijeron gran cosa, salvo que eran el pretexto perfecto para estar con mis amigos. Sin embargo, el último año que acudí a estas fiestas, a finales de septiembre de 1995, algo ocurrió en una de aquellas tardes. Desconozco si es que fue la espantosa faena, la horrible muerte del toro, con varios descabellos de por medio; no sé, pero durante aquella postrera velada fue la primera vez en mi vida que pensé: ¿qué coño pinto yo aquí viendo esto? Y aunque a las fiestas no volví por diferentes motivos, a una corrida de toros ni me lo planteé nunca más.

Durante años, aunque fui testigo de las constantes y aceleradas restricciones que las autoridades competentes ejercían sobre todos y cada uno de los diferentes festejos taurinos que se desarrollaban a nivel local, nunca tuve una opinión clara sobre las corridas de toros, y si la tenía esta se hallaba lastrada lastimosamente por la maldita ideología. ¿En qué momento cambió todo? No lo sé con seguridad, pero cambió.

UN DOCUMENTAL IMPRESCINDIBLE

Una vez que decidí tratar la polémica sobre la tauromaquia en este blog, a pesar de tener ya muy clara mi posición al respecto, decidí contemplar la película-documental Tardes de soledad, dirigida por el catalán Albert Serra, que fue galardonada con el premio Concha de Oro en el último Festival Internacional de Cine de San Sebastián. La idea era ver si los diversos momentos en los que es grabado el diestro peruano Andrés Roca Rey a lo largo de varias corridas afectaban de alguna manera a la visión que albergaba yo sobre el festejo en sí. Y he de reconocer que no solo no cambió mi valoración, sino que la reforzó en todos sus aspectos.

Cartel de la película-documental (www.eldiario.es)

GLADIADORES 3.0

Sobre los toreros en sí, me siguen pareciendo gladiadores del siglo XXI, que en aras de una opción vital, se juegan la vida todas las tardes en un enfrentamiento universal y eterno contra un formidable enemigo, de media tonelada de peso, con una fuerza y unos cuernos que dan pavor solo verlos en la butaca del cine. No seré yo, sin duda, el que alce la voz sobre estos luchadores incansables contra el destino; no seré yo, ciertamente, el que califique de asesinos a quienes se enfrentan a la muerte en cada verónica, en cada chicuelina, en cada gaonera, en cada larga cambiada, en cada pase natural, en cada derechazo, en cada pase de pecho, en cada manoletina y, sobre todo, cada vez que entran a matar al morlaco de marras. Aunque el enfrentamiento en la épica batalla casi siempre acaba igual (el torero gana, el toro pierde), reconozco una cierta grandeza en quienes se exponen durante media hora en la plaza a la negra parca, solo por cumplir un sueño de vítores y fama.

UN SUPLICIO INIMAGINABLE

Sin embargo, la admiración hacia la valentía y arrojo de los diestros no oscurece un ápice la percepción que mantengo desde hace mucho tiempo sobre el festejo en sí. La película-documental sobre Andrés Roca Rey presenta lo que ya sabía, pero aumentado. Un animal (el toro) sale a la arena potente, encendido, eléctrico. Al margen de los cien mil capotazos y muletazos, ese ser irracional recibe primero varios puyazos en su morrillo con una vara que acaba con una puya en la punta, que le suele provocar la pérdida de 1/6 del volumen de su sangre. 

Después, le clavan entre cuatro y seis banderillas (palos de madera decorados con puntas puntiagudas) en los hombros y/o la joroba, que ocasionan en el animal el desgarramiento de músculos, nervios y vasos sanguíneos, al margen de la propia deshidratación consecuencia de la pérdida de sangre. 

Más tarde, le clavan una espada de ochenta centímetros de largo de doble filo, que busca llegar al corazón, aunque a menudo causa lesiones en los pulmones y bronquios. 

Finalmente, si el toro sigue vivo después de esto, se procede al descabello, es decir, se introduce un cuchillo entre la primera y segunda vértebras cervicales, seccionando la médula espinal. Así, el toro cae con sus extremidades extendidas, aunque aún mueve la cabeza y los ojos. 

Antes de morir, bien por asfixia, bien por desangramiento, el animal se halla aún consciente, ya que la corteza cerebral y el tronco encefálico permanecen intactos. Ver en el documental de Albert Serra cómo el animal, derrotado, caído, con la cabeza ladeada, empapado en sangre, medio asfixiado, va cerrando lentamente los ojos, segundos antes de que los mulilleros lo arrastren por el albero hacia el desolladero es un espectáculo triste y macabro.

Antes del descabello (www.theconversation.com)

RAZONES MUY POBRES

Los defensores de esta fiesta, a la que se denomina "nacional", esgrimen argumentos de variado pelaje: ideológicos (la tauromaquia es una fiesta que simboliza la España eterna y unitaria); económicos (hay muchos intereses en juego); de arraigo (es una tradición más que centenaria); de enfrentamiento entre iguales (puede morir cualquiera de las dos partes); de libertad (hay aún una parroquia no desdeñable de aficionados y, por contra, nadie está obligado a presenciar dicho espectáculo); e incluso de origen (el toro de lidia se cría para ser toreado). Bien.

Que las corridas de toros puedan representar un nexo común a todos los españoles contradice el estudio que, en febrero de este mismo año, ha llevado a cabo el BBVA, llamado Percepciones de la naturaleza y los animales, según el cual más del 70 % de la población española rechaza las mismas. 

Que haya una industria en torno a esta violenta función no me impacta: pues que se recicle en otras actividades. 

Que se nos venda esta representación gore como una tradición me lleva al recuerdo de los autos de fe de la Santa Inquisición y de los ajusticiamientos públicos que, por desgracia, fueron también una costumbre durante muchos decenios en nuestras calles y plazas. 

Que se argumente que el enfrentamiento es entre iguales, no niego que el toro sea un enemigo descomunal, pero siempre acaba perdiendo. 

Que haya aún en nuestro país una cierta afición a las corridas de toros me parece estupendo, pero eso no convalida la existencia de una bárbara carnicería. Por cierto, lo que me parece el "no va más" es que los menores de edad puedan asistir a estos espectáculos. 

Y que haya quienes arguyen que el toro bravo ha nacido para morir funestamente en una plaza no legitima la existencia y crianza de esa especie. Traer un ser vivo al mundo para este sufrimiento no me parece de recibo.

FUERA DEL TIEMPO

Ningún argumento me convence para aceptar este espectáculo atroz, sanguinario y perverso, pero yo daría la puntilla a quienes lo defienden, aludiendo a su anacronismo. Una sociedad, como la española de 2025, en la que se ha inoculado desde hace muchísimo tiempo -acertadamente, sin duda-, el amor por los animales; en la que tantos documentales, revistas y artículos de periódico nos hablan a diario sobre el respeto a los irracionales; en la que en una ciudad como Madrid conviven 300.000 perros con 3.000.000 de personas; en la que el número de mascotas aumenta día a día; en la que pisar una hormiga está mal visto. Una sociedad que acabó con lacras como la fiesta del Descabezagallos, la del Toro de la Vega o la del propio toro embolado, repito, esa misma sociedad que ha avanzado tanto en tan poco tiempo, ¿durante cuánto tiempo más puede seguir admitiendo y soportando la insoportable tragedia del toro de lidia?










martes, 6 de mayo de 2025

"CAROL" O EL TRIUNFO DEL AMOR A CONTRACORRIENTE

UN DRAMA ROMÁNTICO

Mientras durante la última Madrugá, las calles de Sevilla iban llenándose de pasos procesionales, cofrades y gentío anónimo enfervorizado, yo, acomodado en mi sillón favorito, exploraba la cartelera infinita de Movistar Plus, hasta encontrar un título que llamó inmediatamente mi atención. Se trataba de Carol, un drama romántico de 2015, dirigido por Todd Haynes, y cuyo guión fue escrito a partir de la novela de Patricia Highsmith titulada Carol (The Prince of Salt). El filme trata sobre la relación sentimental entre dos mujeres neoyorkinas durante la década de los 50, Therese Belivet (Rooney Mara), una joven aspirante a fotógrafa que trabaja como dependienta en una tienda de juguetes, y otra, Carol Aird (la bella y sensual Cate Blanchett), una mujer de mediana edad, que vive una matrimonio sin calor y sin pasión.

Reconozco que la obra me atrapó desde un principio, toda ella llena de conflictos personales, vidas a contracorriente, convencionalismos sociales, golpes de teatro y, por encima de todo, ternura a raudales, amplificada por el tema principal de la banda sonora, delicioso, mágico.

Escena de Carol (www.primevideo.com)

VIDAS INCOMPLETAS

Desde siempre me han atraído de forma irresistible las películas en las que sus protagonistas se hallan encerrados en situaciones de cárceles vivenciales, en las que el núcleo interior de la persona no puede salir del todo a la superficie, en las que la esencia humana queda sepultada bajo toneladas de disimulo, formalismos, convenciones y otras formas de coerción social.

AQUELLAS DOS HEROÍNAS...

En esta línea, hace más de treinta años disfruté enormemente con la icónica Thelma y Louise, aquel road movie de Ridley Scott, que planteaba descarnadamente la lucha de dos heroínas contra la violencia machista, y de la que quedó grabada a fuego en mis retinas la inmortal escena final. Yo, entonces, me encontraba escribiendo un diario personal, iniciado a partir de una grave enfermedad de mi padre. Aunque los apuntes de entonces no tenían una periodicidad específica, la aparición estelar en mi vida de aquel magno filme me obligó a introducir una larga entrada, que analizaba pormenorizadamente la película, incidiendo en las causas que conducían a la hecatombe postrera. Mucho antes de que algunas feministas sobrevenidas, de charanga y pandereta, yo ya me interesaba por las vidas de quienes tuvieron la mala suerte de navegar por procelosas aguas durante toda su puñetera existencia.

VICTORIA CONTRA TODO PRONÓSTICO

En Carol, dos mujeres de edades y estratos sociales diferentes luchan denodadamente, en un microcosmos de hace siete décadas, por poner en práctica una relación claramente a contracorriente de la sociedad en la que viven. Las trabas, los obstáculos, las resistencias son múltiples y poderosas, pero, al final, el amor triunfa sobre las tinieblas.

UNA LARGA TRAVESÍA POR EL DESIERTO

Echo la vista atrás y veo que, a lo largo de casi toda la historia, la homosexualidad ha estado tolerada o incluso valorada socialmente tan solo en un puñado de culturas, tales como la antigua Mesopotamia, la antigua Grecia, la antigua Roma, algunas regiones de China (como la provincia de Fujian) o en ciertos momentos de la historia de la Europa antigua. 

NO A LA REVANCHA, NO AL OLVIDO

No voy a entrar aquí en las causas de esta desgraciada situación; en las críticas a las diferentes religiones, que no solo no aceptaron la diversidad sexual, sino que fomentaron la persecución de la misma; o en la legislación que multitud de estados y sociedades llevaron a cabo para discriminar, multar, condenar, castigar y, por supuesto, ejecutar a multitud de homosexuales a través del tiempo.

No, no quiero una venganza tipo woke, no admito un revanchismo anacrónico, no deseo una guerra entre opciones sexuales diferentes. Pero no quiero olvidar, es más, pretendo recordar a los miles y miles de personas anónimas que, a lo largo de casi toda la historia (hasta hace un cuarto de hora, como quien dice) no han podido poner en práctica no solo sus deseos más primarios, sino, por encima de todo, relaciones personales y sentimentales con seres de su mismo sexo.

LA NOCHE OSCURA DEL ALMA

Pienso en tantas vidas disimuladas, en tantos armarios sin abrir, en tanto sofoco interior. Imagino tantas existencias insatisfechas, tanta falta de plenitud, tanto dolor emocional. Reflexiono sobre tantas uniones indeseadas, tantas aceptaciones forzadas, tantas vidas en contra de uno mismo.

Medito sobre tanto miedo al "qué dirán", sobre tanto miedo a que a uno lo descubran, sobre tanto miedo a que a uno lo delaten, sobre tanto miedo a que a uno lo juzguen, sobre tanto miedo a que a uno lo condenen, sobre tanto miedo, en fin, a que a uno lo lapiden, lo quemen, lo ahorquen o lo gaseen. 

Y siempre, siempre, siempre, me he preguntado cómo conllevarían estos parias de la historia, estas víctimas propiciatorias de dioses y reyes, estos habitantes de las vías de servicio de la vida, repito, cómo asumirían, cómo aceptarían, cómo sobrellevarían, en suma, cómo vivirían unas existencias tan oscuras, tan claustrofóbicas, tan secretas, tan sigilosas, tan incompletas.

Para que estas reflexiones no queden en la abstracción, referiré dos casos que el historiador Javier Ruiz Astiz menciona en un artículo titulado “Vestido de diabólico deseo”: prácticas sodomíticas y justicia en Navarra durante el Antiguo Régimen", publicado en la revista Clío y Crimen, del año 2015. 

El primero apunta a un hombre llamado Marco de Orta, quien la justicia civil castigó en 1526 a «que sea ahorcado de una soga a la garganta hasta que el alma le salga de las carnes y muera naturalmente y que no sea quitado de la dicha horca sin nuestra licencia». 

El segundo ejemplo hace referencia a un tal Francisco Negro, quien en 1545 fue condenado también por un tribunal civil a «que sea puesto en un palo derecho con una argolla de hierro a la garganta que esté fixada en el dicho palo levantando del suelo hasta medio hastado, al cual le sea dado un garrote a la garganta hasta ser ahogado». Solo viendo estos ejemplos se da uno cuenta de lo que podía comportar ser homosexual en otras épocas en nuestro país.

Diversos iconos de la homosexualidad (www.istockphoto.com)

COMO SIEMPRE TUVO QUE SER

Hoy, al menos en Occidente, la situación ha cambiado radicalmente y, salvo los intolerantes y los extremistas de siempre, la inmensa mayoría de la sociedad acepta con plena normalidad las diferentes opciones sexuales de cada persona. Sin ir más lejos, de los treinta y nueve países en los que, en la actualidad, es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo, diecinueve son europeos, habiendo sido España el tercer país del mundo en conseguirlo, a través de una ley que entró en vigor el 3 de julio de 2005.

VALOREMOS HABER NACIDO AHORA Y AQUÍ (OTROS NO TUVIERON TANTA SUERTE)

Actualmente, en España, es fácil estar a favor de los derechos de las personas homosexuales, entre otra serie de causas porque gran parte de ellos han sido ya conseguidos. Pero precisamente por eso, hoy es más necesario que nunca agradecer a la naturaleza, al destino o, simplemente, a la fortuna haber nacido en esta época y en este país, porque solo así sabremos valorar en su justa medida lo que tenemos, y recordar que hubo una época oscura de la historia (que terminó hace un cuarto de hora), en la que una relación como la de Therese Belivet y Carol Aird no es que casi nunca acabara con final feliz, sino que en unas ocasiones no podía ocurrir sin más, en otras se llevaba a cabo de forma clandestina y, en otras muchas, terminaba costando la vida a alguien. Creo que en algo hemos avanzado.










LÁZARO, EN EL INFIERNO DE LOS DESGRACIADOS

" Yo he visto cosas que vosotros no creeríais:  atacar naves en llamas más allá de Orión;  he visto rayos-C brillar en la oscuridad cer...